2 de març 2015

Réquiem por Francisco González Ledesma


En la muerte de uno de los grandes, del más grande, ponemos crespón negro en nuestra mancheta y rendimos tributo y homenaje a Francisco González Ledesma con este artículo de su hijo Enric González que publicamos en el número #03 de Fiat Lux y en el que recuerda su infancia en las oficinas de Bruguera donde González Ledesma pasó buena parte de su vida escribiendo decenas de novelas.

Una historia vieja en blanco y negro

Máquina de escribir y cárcel. Dibujo y crimen. Para mí, son ideas enlazadas. La niñez no es sólo la única patria posible; es también el mapa de la imaginación, la fábrica de prejuicios, la unidad de medida. Y aquellos personajes en blanco y negro, aquellos bohemios forzados tan amargos y divertidos, permanecen en el fondo de mi infancia. La vida era cárcel, fracaso y risa. Lo será siempre.
Podríamos empezar por Rafael González Martínez, nacido en 1910 en la ciudad de Burgos. Ese hombre, tío de mi padre, debió de ser joven alguna vez. Lo era, sin duda, cuando se trasladó a Barcelona para trabajar como periodista en La Noche. Y seguía siéndolo durante la guerra civil, mientras trabajaba en La Vanguardia obrerista y republicana, incautada a la familia Godó. Rafael González, con 29 años, se negó a exiliarse tras la caída de Barcelona y la victoria del franquismo. Dicen que se negó incluso a abandonar su puesto de redactor. No importó, la realidad se ocupó de abandonarle a él. Bajo amenaza de cárcel y profesionalmente represaliado, dedicó los años siguientes a la semiclandestinidad y a la venta ambulante de carbón y jabón (astuta mezcla). En 1946, cuando ingresó en la Editorial Bruguera, ya no era joven. Era un hombre frustrado, emocionalmente gélido, envuelto en un halo de amargura. Su sueño, ser escritor, estaba roto. Como él. Creo que nadie de los que trabajaron para él en las décadas siguientes fue capaz de apreciarle; quizá mi padre, Francisco González Ledesma, que le conocía de antes. A Rafael González, el tirano, el censor del lápiz rojo, el director de publicaciones de Bruguera, se le odiaba, se le temía, acaso se le respetara a veces. Pero es posible que alguno de los artistas a los que explotó percibiera alguna vez que aquel tipo taciturno, cuya presencia oscurecía por igual su hogar y su oficina, sentía una devoción profunda (y ocultísima) por la creatividad ajena.
Mi héroe personal era Víctor Mora. Por su amistad por mi padre, por sus manos gigantescas, por el Capitán Trueno y por la cárcel. El padre de Víctor Mora había sido policía de fronteras de la Generalitat republicana y en 1939 tuvo que exiliarse a Francia. Su salud se quebró en el campo de concentración francés y murió en pocos años. Víctor y su madre volvieron a Barcelona. Ella trabajó en el mercado de la Boquería y él, como aprendiz aquí y allá. Mi padre me contaba que vivían junto al Matadero, casi dentro de él, en una lucha continua contra ratas gigantescas. Fue el terrible Rafael González quien le llevó a Bruguera y le encargó los guiones del Doctor Niebla, un misterioso justiciero creado por el propio Rafael González (como Douglas L. Templewood) y continuado por mi padre. “Mora, usted tiene que ser escritor”, le dijo.
Pero Mora se hizo comunista, del PSUC, y la Brigada Político-Social del comisario Creix no tardó en detenerle. También cayó su compañera de entonces y para toda la vida, Armonía Rodríguez. Mora pasó unos meses en la cárcel. Luego, durante años, sufrió la intimidación de los registros policiales en plena madrugada. Compréndanme: el hombre al que yo más admiraba, el creador del Capitán Trueno, el tipo que alguna vez me contó antes de dormir un cuento de Goliat, había estado en la cárcel y era considerado un delincuente. Eso no se borra.
Editorial Bruguera tenía mucho que ver con la cárcel. Incluso los propietarios, gente de orden, habían sufrido detenciones tras la caída de Barcelona. El estilo empresarial de los hermanos Bruguera, Pantaleón y Francisco, que en 1940 transformaron la editorial familiar El Gato Negro en Editorial Bruguera, estaba basado en la explotación de represaliados y ex presos políticos: aceptaban trabajar más que nadie por menos que nadie. Ese mecanismo ambiguo de protección y explotación implicaba que, a veces, un miembro de la plantilla (como el propio Mora) tenía que trabajar desde una celda. Ningún problema. Otro escritor de la casa, el metódico y productivo Luis García Lecha (que firmaba sus relatos policiales como Clark Carrados o con el menos imaginativo seudónimo de Louis G. Milk) ejercía también como funcionario de prisiones en la cárcel Modelo de Barcelona, y se encargaba de recoger la producción de los autores temporalmente encarcelados.
Como su tío, Rafael González, mi padre vivió durante años en el lado oscuro. Su primera novela, Sombras viejas, ganó el Premio Internacional de Novela. Él tenía 21 años. La censura impidió que se publicara. En adelante se ganó la vida como escritor de novelas populares, bajo el seudónimo Silver Kane, y como abogado de Editorial Bruguera. Mi padre se encargaba de redactar los contratos leoninos que sometían a los autores (él incluido) y de aplastar en los tribunales a quienes intentaban rebelarse. Lo que oía en casa de niño me permitió hacerme una idea de la venalidad de los magistrados, de lo fácil que resulta ganar pleitos cuando se tiene dinero y de la enorme distancia entre lo justo y la justicia. Y me enseñó a tomármelo con humor. No había desgracia ni acontecimiento triste que no concluyera con un chiste y unas risas. Las anécdotas de Bruguera, contadas por mi padre o mi madre (a ella, secretaria y colorista de historietas, los Bruguera le robaron las cotizaciones que pagaba mensualmente y la dejaron sin pensión), eran siempre tragedias cómicas.
Nací en 1959, justo cuando fracasaba el intento de fuga de los cinco historietistas más brillantes de Bruguera. Cifré, Escobar, Peñarroya, Giner y Conti formaron una cooperativa en 1957 y lanzaron Tío Vivo, una revista estupenda. Los hermanos Bruguera, ayudados por mi tío abuelo y mi padre, presionaron a impresores y distribuidores hasta arruinar la revista de los fugitivos. Esa historia triste, sobre la que se basa el cómic El invierno del dibujante, de Paco Roca, planeó sobre mi infancia. Mezclada con otras historias, mucho menos tristes. Como las de Manuel Vázquez. Ese hombre, un historietista de genialidad ilimitada, era una fábrica de historias. Quizá les suene la película El gran Vázquez (2010), en la que Santiago Segura interpretaba al dibujante. Vázquez era un moroso vocacional, un artista del sablazo, un vago rematado, un mentiroso compulsivo, un creador absolutamente brillante. Decía pasar largas temporadas en la cárcel, por impago de facturas, aunque es probable que no la pisara nunca: eran excusas, como las tres muertes de su padre, para escaparse una temporada con alguna señora y no pegar ni golpe. Por cierto, creo que los tres presuntos entierros de su padre los pagó Editorial Bruguera, a instancias de Rafael González: el capataz amargado e implacable sentía por Vázquez, igual que por otros artistas del lápiz y la letra, un cariño profundo.
Mi padre acabó con su carrera de abogado un día de 1965. Había llevado a los tribunales a alguno de sus colegas, tal vez a la escritora Corín Tellado. Ese día regresó tarde a casa, abrió la nevera y yo me interpuse entre él y algo que había dentro. Cuenta que estuvo a punto de pegarme un puñetazo en la cabeza. Sintió que se había convertido en un monstruo y decidió cambiar su vida. Entró como periodista en prácticas en El Correo Catalán y escribió novelitas de Silver Kane cada noche, todas las noches durante muchos años, hasta cuatro novelitas mensuales, para mantener a la familia. Fue, dice, mucho más feliz.
Editorial Bruguera suspendió pagos en 1982 y el último de sus restos desapareció en 2010. Aquel grupo de autores brillantes fue muriendo. Rafael González falleció en 1995. Su hijo, del que estaba alejado, apareció asesinado en Nueva York. Un asunto mafioso, dijeron. Rafael Ramos, entonces corresponsal de La Vanguardia en Washington, tuvo la gentileza de reconocer el cadáver y firmar papeles.
Víctor Mora y mi padre siguen vivos. Yo sigo relacionando la escritura con la opresión, la desesperanza y, en ocasiones, el humor.
Fiat Lux, 2 de marzo de 2015