2 març 2015

Maestro Ledesma

  • Como todos los hombres realmente sabios, era un hombre profundamente bueno. Lo saben quienes lo conocieron a través de sus libros, y también quienes tuvimos el privilegio de tratarlo personalmente.


Como todos los hombres realmente sabios, era un hombre profundamente bueno. Lo saben quienes lo conocieron a través de sus libros, y también quienes tuvimos el privilegio de tratarlo personalmente. Hace unos años, en 2011, nos preguntamos a quién podíamos dar el primer premio José Luis Sampedro, que distingue una trayectoria literaria y humanista y se entrega cada año, desde entonces, en el marco del festival Getafe Negro. No tuvimos muchas dudas: nadie mejor para recibirlo que Francisco González Ledesma. No pudo venir a recogerlo personalmente, pero se lo hicimos llegar a través de su hija. Sé que le alegró unir su nombre al de José Luis, otro hombre grande cuya inteligencia se traducía en una bondad infatigable y sin imposturas.
Lo conocí hace diecisiete años, en una Semana Negra de Gijón, cuando yo comparecía allí con mi primera novela de la serie de Bevilacqua, y él asistía ya en su condición de patriarca y pionero del género negro en España con la serie de su inolvidable inspector Méndez. Con ella aportó a un género casi inexistente en nuestro país un héroe mítico, repleto de humanidad y con inmediata proyección internacional (en Francia se lo venera). Desde entonces nos fuimos viendo aquí y allá, de festival en festival, y nos honró con su presencia en Getafe Negro, cuando apenas era un proyecto que arrancaba y de incierto futuro.
Con él y con Rosa, su mujer, además de la mía, compartí un viaje a Friburgo, invitados por el profesor Julio Peñate, donde tuvimos la oportunidad de hablar de novela negra española con los alumnos suizos, a los que encandiló con su bonhomía, su hondura y la ternura que rezumaban todas sus historias; aun cuando eran, a menudo, las historias de cómo vivía y sufría la gente humilde, esa a la que permaneció leal toda su vida. De aquella visita salió un libro sobre ambos que ahora es un tesoro para mí, y también una amistad que no lo es menos. Eso y la convicción de que detrás de un hombre de su estatura hay, sobre todo, pasión y trabajo, además del amor y el sostén de una mujer tan excepcional como Rosa, a la que quiero enviar desde aquí un abrazo en mi nombre y en el de toda mi familia.
Abogado, periodista, escritor popular, escritor de género, escritor a secas y con mayúsculas. Todo eso lo fue Francisco González Ledesma y varias de esas cosas a la vez, dejándose la piel en larguísimas jornadas para poder sacar adelante a su familia y poder legarnos una obra por la que le debemos inmensa gratitud. En especial se la deben los barceloneses, porque en ella hay una memoria de la ciudad, de esa ciudad sustancial a la que a veces se ignora y ningunea, en beneficio de otras versiones, más rutilantes y monocromáticas, pero que él supo apresar en toda su pluralidad, con sus luces y sus sombras, su dulzura y su amargor. Eso que para sus lectores, a despecho de cualquier idealización reduccionista, será para siempre Barcelona. Y si las ciudades sienten, uno apuesta que Barcelona agradece haber tenido quien la contara con tanta belleza y tanta verdad.
Amigo, maestro, sigues en tus libros. Porque los hombres de veras buenos, de veras sabios, no se mueren nunca.
Lorenzo Silva. El Mundo, 2 de marzo de 2015