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4 de juny 2009

No hay que morir dos veces, Francisco González Ledesma

Planeta, Barcelona, 2009. 464 pp. 19.89 €

Gregorio León

Generalmente, en las novelas negras clásicas, aquellas que se atienen a los clichés aceptados o más bien exigidos por los lectores, encontramos tipos duros, malhechores, chicas que siempre traen desgracias irreparables y algún detective en el que podemos hallar el único rasgo de integridad . Así se concibió la mejor novela negra, la que parieron Hammett y Chandler, y así se sigue escribiendo. ¿No se han dado cuenta del descaro con el que Philip Kerr imita a Chandler? Una bendita imitación que agradecemos todos lo que estamos interesados en el III Reich y en sus escondidos secretos. Pero en la última aventura del inspector Méndez que nos ha regalado Francisco González Ledesma, encontramos un personaje que desborda bondad, entre otras cosas porque no ha conocido ni conocerá el mal. Una niña con síndrome de Down que lo da todo a cambio de una sonrisa, que sólo será capaz de ofrecerle una mujer atormentada que se llama Sandra, y que está deseando morir. Las mujeres, las mujeres. Siempre las mujeres. Como ocurre en casi todas las novelas de Francisco González Ledesma, son ellas los personajes más potentes, las que encienden la mecha de la trama.
Con el talento que sólo tienen las grandes maestros, González Ledesma nos va envolviendo, engañando, que a fin de cuentas de eso se trata cuando hablamos de ficción. Lo que parece la preparación de un asesinato realizado por encargo, lo que intuimos como un asunto de prostitución, la más sórdida, la que tiene como víctimas a los menores, se va ramificando hasta encontrarnos con un caso de terrorismo internacional. Y otra vez Méndez, el de los procedimientos poco ortodoxos, el que elige los peores menús, pero poseedor de una lucidez que está más allá de los métodos, de un corazón que no suele entrar en el pecho de los detectives que se nos aparecen en el camino de tantas lecturas. Es él el único que puede impedir la muerte de centenares de personas que disfrutan insensatamente los acordes de un vals ajenos a la tragedia que está a punto de producirse sobre la cubierta de un yate de recreo.
He leído, siempre con placer, otras novelas de González Ledesma. Aquí reseñé su exitosa Una novela de barrio, premio RBA. Pero me atrevo a decir que esta es incluso mejor, la más redonda, la que presenta más matices. Estoy con Lorenzo Silva. Dice en la faja que acompaña No hay que morir dos veces que esta novela es tierna en su ironía. Y esa es la palabra: ternura. Esa es la gran protagonista de esta novela. Obviamente, de género femenino.

La tormenta en un vaso, 4 de junio de 2009

24 de des. 2007

Una novela de barrio, Francisco González Ledesma

I Premio de Novela Negra RBA. RBA, Barcelona, 2007. 297 pp. 19 €

Gregorio León

En tiempos como los que corren, es muy difícil dar con un premio que merezca unanimidad. Pero no entre el jurado, que es el primero que tiene en sus manos la novela, sino después, cuando sale de la imprenta, o sea, a la intemperie. Tan viciado está el mundo editorial, escenario de chalaneos y componendas que hicieron decir lo que dijo a Juan Marsé con aquello del Planeta, que es un hecho llamativo que un autor merezca salvarse. Es el caso de Francisco González Ledesma. No le conozco. Y me encantaría. Porque debe de ser ese tipo capaz de hacerte disfrutar con sus vivencias una tarde entera, evocando sus tiempos de periodista, o de escritor de novelas del Oeste. Y me gustaría conocerlo para agradecerle este regalo extraordinario que es Una novela de barrio. Es curioso. Cualquiera tendría la tentación de abrirla para buscar las peripecias de su conocido inspector Méndez. Pero son los personajes aparentemente secundarios los que entran en nuestras vidas de lectores y se quedan para siempre. Es de carne y hueso, y no sólo de palabras, Eva Expósito, el personaje más desdichado de la novela, mucho más incluso que ese David Miralles con el que comparte techo y memoria. O madame Ruth, su vida estancada, hirviendo en un piso que mira a poniente, escondiendo miles de secretos impuestos por su antigua profesión.
Hay pasajes memorables que ya justifican por sí solos la lectura de Una novela de barrio. Por ejemplo, la visita que hacen David Miralles y Mabel a la casa del Poble Sec, en la que aún perduran las huellas de su hijo muerto, la misma casa donde Mabel cambió los calcetines blancos por las medias que le daba la madame. Un mundo sórdido, pero no porque aparezcan putas o matachines, que eso es lo de menos, sino porque está habitado de recuerdos. Y esos recuerdos están en carne viva, supurando pus. Nadie puede olvidar a un hijo muerto, ni siquiera con la muerte.
La novela tiene acción. Faltaría más. No se escapa de los cánones del género, que por eso se llevó el I Premio de Novela Negra RBA. Pero esconde mucho más. Un afluente de recuerdos que la recorre, página a página, haciendo que lo que menos importe sea como va a salir de esta ese hijo de los barrios bajos llamado Méndez.
Una historia de Francisco González Ledesma que, por llevarle la contraria a uno de sus personajes, no está destinada al silencio ni al olvido. Enhorabuena, Paco.

La tormenta en un vaso, 24 de diciembre de 2007