Nació en el Poble Sec y allí vivió el hambre en tiempos de
violencia y miseria. Era hijo de una matrimonio de clase trabajadora y toda su
obra -su gran obra- sería un homenaje a la dignidad, la tenacidad y la entereza
del perdedor (y azote de las argucias y malicias de los que ganan; en los
ayuntamientos, en la política y en las finanzas). Francisco González Ledesma
era un trabajador imbatible, formidable. Lo fue ya desde la infancia y, como él
contaba en una entrevista, cuando consiguió seguir adelante con sus estudios
gracias a una tía de Zaragoza. La ayuda económica de aquella señora tenía una
condición: no se admitían suspensos.
Y así llegó a estudiar la carrera de Derecho. Para costeársela,
entró a trabajar en aquella gran factoría llamada editorial Bruguera. Allí
escribió a destajo, ganando pulso y oficio, esa serie de novelitas firmadas
bajo el pseudónimo de Silver Kane (y tuvo otros, que incluían la novela
romántica). Más tarde pasaría a ser abogado de la firma Brughera, trabajo en el
que no se sentiría del todo bien. Y, en verdad, cuando se convirtió en abogado
con despacho propio, acabó sintiéndose peor. Tenía buenos ingresos, posición,
pero defendía lo que en todas sus novelas atacó: señores que merecían estar en
la cárcel.
No sólo escribió aquellas (¡400!) novelas por entrega, a veces una
por día. En Bruguera, entre 1947 y 1966, también fue guionista de tebeos -El inspector Dan, Doctor Niebla o Teniente Negro-
y, fuera de la órbita de aquella editorial, en 1948, con 21 años, fue
galardonado con el premio internacional de novela joven creado por el editor
José Janés. Conoció a Somerseth Maugham -que era miembro del jurado-, y fue un
gran honor, pero la censura franquista vetó la publicación de Sombras viejas por
roja y pornógrafa. Casi treinta años después publicó por vez primera en España,
con su verdadero nombre, la novela Los napoleones.
El fuerte carácter social, la radiografía del paisaje en fuga de
Barcelona -"se acaba la Rambla de los camioneros y llega la de los
ejecutivos"- de su obra posterior es indivisible de su carrera de
periodista. Primero en El Correo Catalán y luego, durante 25 años,
en La
Vanguardia, en donde fue redactor jefe -y en donde durante mucho
tiempo en esta redacción le han guardado su máquina de escribir-. Como su gran
personaje, el comisario Méndez, González Ledesma ejercía el periodismo a fuerza
de "patear al calle".
Conoció y entendió Barcelona como un notario que levanta acta de
todos sus rincones, burdeles, inspectores de policías hijos del franquismo
(como lo sería su personaje), ladrones de poca monta y señores en las esquinas
de lo que en la obra de Méndez se llamaría El Chino, en desprecio de lo que
para autor y protagonista eran un amargo eufemismo de estos tiempos: el Raval.
El francés Leo Malet escribió una historia por cada distrito de París.
Barcelona tiene un recorrido literario de la obra de Juan Marsé, y
de Mercè Rodoreda. La ruta de Méndez -altamente reconocido en Francia- sería un
trabajo de fina arqueología. La misma que llevaba a cabo este comisario que
desde hace muchas, muchas novelas sus superiores quieren jubilar, relegado a un
escritorio junto al retrete en la comisaría de Nou de la Rambla, un tipo
honesto e incómodo, valiente como nadie y "zorro viejo", que aunque
algo decrépito sigue siendo capaz de molerse a golpes por honor y de buscar
antiguas confidentes en viejas madamas, en un barrio chino en donde "se
han ido las madames y han llegado los dentistas". Crónica
sentimental en rojo (Premio Planeta), El pecado o algo
parecido -en donde las garras del sabueso Méndez llegan a
Madrid y "algún pez gordo de la Moncloa"- , Cinco mujeres y
media (Prix Mistere) Una novela de barrio (Premio RBA 2007); en
cada novela la lengua de Méndez es más amarga, y su mirada más certera.
En 2007 su autor publicó en forma de libro una obra llamada La
ciudad sin tiempo. Un prodigio de registro diferente, un recorrido por
Barcelona (cuyo origen había sido una historia por entregas publicada en este
diario) y centrada en un personaje inmortal, nacido en un burdel de la Edad
Media, que vive todas las épocas de la ciudad, que huye de la muerte en 1714 o
asiste a la inauguración del "Set portes".
Por eso fue muy difícil de creer que este otro inmortal,
encantador y fuerte, sufriera un ictus cuando ya tenía casi acabada su
novela Peores maneras de morir. Decía Ledesma que la prueba de
fuego sobre sus propios textos era releerlos tiempo después: si se aburría, los
tiraba. Afortunadamente, y posiblemente porque no podría soportar la idea de no
cumplir con sus editores, esta novela sobre chicas que huyen de verdugos que
las esclavizan y luego se comportan como empresarios de alto nivel, sobre la
ciudad que tapia, hermosea y derriba y se hace irreconocible, se publicó (y con
la colaboración de una de sus hijas). Fue la despedida de un maestro del que
-como crítica habitual de novela negra- no me puedo despedir. Sé que no volveré
a reseñar la fuerza y la puñetera verdad ala que nos confrontó él, libro tras
libro. Sé que no volveré a encontrarme con frases así: "no le doy mi palabra
de caballero porque sin duda no lo soy, pero le doy una palabra que en la calle
vale más, mi palabra de hijo de puta". Queda, pues, salir a buscarlo, Como
Méndez salía a buscar con un libro en los bolsillos la ciudad que sólo podía
contar él. Así lo dijo su autor: "La ciudad, Méndez, está llena de cosas
que han existido, y en las calles siempre hay alguien que las recuerda. Por eso
caminamos sobre el pasado y por eso nos está esperando en las esquinas".
Lilian Neuman. La Vanguardia, 3 de marzo de 2015
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