Olga Imbaquingo, Corresponsal en Nueva York
Pobre Barcelona: es como Dios y también como el diablo; los tres sufren de la indescriptible enfermedad de la inmortalidad. Solo uno de ellos es el triunfador, los otros son perdedores, son los vencidos, los humillados.
Desde el puesto de avanzada de la costumbre aprendida siglo tras siglo, el lector apuesta a ciegas que el ganador es Dios. Pero “¿a los que triunfan los condenan, los torturan y los crucifican?, eso no se hace con los que ganan, sino con los que pierden”.
En ‘La ciudad sin tiempo’ de Enrique Moriel (Francisco González Ledesma, su nombre real) el gran triunfador es el diablo y “curiosamente, es más humano que Dios”. La propuesta narrativa, a momentos recargada de una diatriba teológica, utiliza a la ficción como el vehículo para cuestionar a la religión y a sus creadores, pero también aprovecha con maestría para llevar al lector a través del tiempo por Barcelona, la de la Inquisición, la de las guerras Carlistas, la de Franco… la rival de Madrid.
Un personaje casi gaseoso, con un rostro que no tiene tiempo, con una sonrisa de vida eterna, que es peor que la sonrisa de la muerte; Marta Vives, una joven obsesionada con el pasado de Barcelona, su arqueología y sus antepasados y un puñado de familias de estirpe catalana, son los personajes que el escritor inventa para replantear el debate sobre el bien y el mal.
Narrada en dos tiempos: el pasado comienza en la época donde los cementerios y los sótanos de la Inquisición hablaban más que las calles y los mercados; el presente, el misterioso asesinato de un representante de abolengo catalán. Y la ficción comienza a rodar.
El personaje de la sonrisa eterna es un vampiro, nacido en la Edad Media, en un prostíbulo fuera de muralla gótica de la ciudad. Es el hombre del rostro sin tiempo, venido más de allá de la muerte. Es el testigo de una interminable epopeya popular de una ciudad, cuyas ramblas descansan sobre otras Barcelonas antiguas y de osarios olvidados.
Él, que es el hijo del mal, se horroriza cuando a nombre de Dios se tortura, se mata y se arrebata la dignidad. Él, que es la esencia de la maldad, en sus múltiples vidas, hace de escribano, monaguillo, sepulturero, banquero, periodista y ayudante de verdugo que se remuerde al saber que es “un mal asunto ante la Inquisición demostrar que sabías más que ella”.
La propuesta de Moriel, uno de los mayores representantes de novela negra, es contemporánea. Derrama mucha tinta revisando el pasado y reconstruyendo las calles del ayer, pero ¿qué presente no se levanta sobre las ruinas del pasado? El mérito: todos los hechos históricos novelados son reales. Moriel llevaba 30 años macerando ‘La ciudad sin tiempo’, desde cuando escribía novelas que a los militares de Franco les ponían los pelos de punta.
De esa censura nace la idea de darle la voz narrativa a un vampiro, que nunca muere y que de tan viejo y sabio que es posee el cofre de los secretos que se ocultan debajo de la alfombra de los ricos y adentro de las sotanas de los curas.
Con él, el escritor hace lo que le da gana en su aventura literaria. Y como nunca muere conoce al maestro Antonio Gaudí, ya viejo y ermitaño intentando acabar el interminable templo de La Sagrada Familia. El vampiro, cuyo cuerpo no sabe de amores terrenales, ayuda a levantar la obra de Gaudí porque aunque es un perseguido nunca se va de Barcelona: ella es su novia y también es eterna.
El Comercio, 28 de junio de 2009
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28 de juny 2009
11 de set. 2007
Moriel
Diego Medrano
Lleva Enrique Moriel vendidos cien mil ejemplares de su excelente novela 'La ciudad sin límites' (Destino). Pero Enrique Moriel no existe, tan sólo comporta el valiente pseudónimo de Francisco González Ledesma, quien, en el colmo de la gracia y perversidad, quiso cambiarse el nombre, prostituirlo por otro, ya que temía profundamente el lugar en el que se colocaría su libro en cualquier librería una vez sabido que era él. Esto indica mucho de su ego (inexistente) y de una astucia (forjada en la calle) que hacen de este golfo septuagenario un escritor de cojones. Pero los pseudónimos no son nuevos para Ledesma, ni mucho menos, en la posguerra firmó cerca de cuatrocientas novelas (en su mayoría del oeste) con otro apodo: Silver Kane. Alguien con oficio excesivo, mucho temple, sabedor de las miserias del oficio y los pasos exactos que conviene dar dentro del mismo.
Criado en los barrios pobres, siempre con mucho pueblo al fondo de sus obras, sonrisas ladeadas de meretrices y mujeres que esperan a sus maridos en los portales el día de la paga para hacer la compra del mes, Ledesma o Moriel (qué mas da si es un genio) ha conseguido innumerables premios, todos reconocidísimos y de gran altura sentimental: Premio Planeta, Premio Pepe Carvalho, etc. El último, sí, hace unos días: Premio Internacional de Novela Negra RBA (125.000 euros, el mejor dotado del mundo en dicho género). La literatura de Ledesma es apasionante: mucho crimen, mucha marginalidad, todo absolutamente verosímil.
No fuerza como Mankell, sino que es más sutil, mucho más verdadero, es la literatura de quien lleva setenta años de su vida en el portal de su casa con los ojos en vilo y la sonrisa gaseada por el vino de turno. Marsé y Montalbán fueron sus grandes amigos, sus defensores a ultranza. Llega el gran momento en España de Ledesma, o Moriel, o Dios Bendito, y debemos enterarnos de una puta vez. Yo recomendaría el acercamiento al Ledesma de la modernidad por este orden: 'Cinco mujeres y media' (Planeta), 'Tiempo de venganza' (Planeta), 'El pecado o algo parecido' (Planeta), 'La ciudad sin tiempo' (Destino) e 'Historia de mis calles' (Planeta). Que no falte este último, es su vida.
Lleva Enrique Moriel vendidos cien mil ejemplares de su excelente novela 'La ciudad sin límites' (Destino). Pero Enrique Moriel no existe, tan sólo comporta el valiente pseudónimo de Francisco González Ledesma, quien, en el colmo de la gracia y perversidad, quiso cambiarse el nombre, prostituirlo por otro, ya que temía profundamente el lugar en el que se colocaría su libro en cualquier librería una vez sabido que era él. Esto indica mucho de su ego (inexistente) y de una astucia (forjada en la calle) que hacen de este golfo septuagenario un escritor de cojones. Pero los pseudónimos no son nuevos para Ledesma, ni mucho menos, en la posguerra firmó cerca de cuatrocientas novelas (en su mayoría del oeste) con otro apodo: Silver Kane. Alguien con oficio excesivo, mucho temple, sabedor de las miserias del oficio y los pasos exactos que conviene dar dentro del mismo.
Criado en los barrios pobres, siempre con mucho pueblo al fondo de sus obras, sonrisas ladeadas de meretrices y mujeres que esperan a sus maridos en los portales el día de la paga para hacer la compra del mes, Ledesma o Moriel (qué mas da si es un genio) ha conseguido innumerables premios, todos reconocidísimos y de gran altura sentimental: Premio Planeta, Premio Pepe Carvalho, etc. El último, sí, hace unos días: Premio Internacional de Novela Negra RBA (125.000 euros, el mejor dotado del mundo en dicho género). La literatura de Ledesma es apasionante: mucho crimen, mucha marginalidad, todo absolutamente verosímil.
No fuerza como Mankell, sino que es más sutil, mucho más verdadero, es la literatura de quien lleva setenta años de su vida en el portal de su casa con los ojos en vilo y la sonrisa gaseada por el vino de turno. Marsé y Montalbán fueron sus grandes amigos, sus defensores a ultranza. Llega el gran momento en España de Ledesma, o Moriel, o Dios Bendito, y debemos enterarnos de una puta vez. Yo recomendaría el acercamiento al Ledesma de la modernidad por este orden: 'Cinco mujeres y media' (Planeta), 'Tiempo de venganza' (Planeta), 'El pecado o algo parecido' (Planeta), 'La ciudad sin tiempo' (Destino) e 'Historia de mis calles' (Planeta). Que no falte este último, es su vida.
El Comercio, 11 de septiembre de 2007
13 de jul. 2005
«No puedo oír hablar de Alfred Hitchcock»
El autor presentó ayer 'Cinco mujeres y media', su última novela desde que recibió el premio Dashiell Hammett en 2002
L. Alonso
Abogado antes que fraile, Francisco González Ledesma conoció a muchos delincuentes en los tribunales y allí supo de primera mano lo que sufren las víctimas. Después llegarían el periodismo y la literatura. Ayer, el escritor presentó en la Semana Negra su última novela 'Cinco mujeres y media'.
Su salto de la abogacía al periodismo ya fue registrado por EL COMERCIO en la primera edición de la Semana Negra. Hoy, dieciocho años después de la que sin que medie pregunta considera «una de las mejores entrevistas» que le han hecho, González Ledesma habla de Gijón, de su obra y de las transformaciones que sufre su geografía sentimental, motor de sus obras.
L. Alonso
Abogado antes que fraile, Francisco González Ledesma conoció a muchos delincuentes en los tribunales y allí supo de primera mano lo que sufren las víctimas. Después llegarían el periodismo y la literatura. Ayer, el escritor presentó en la Semana Negra su última novela 'Cinco mujeres y media'.
Su salto de la abogacía al periodismo ya fue registrado por EL COMERCIO en la primera edición de la Semana Negra. Hoy, dieciocho años después de la que sin que medie pregunta considera «una de las mejores entrevistas» que le han hecho, González Ledesma habla de Gijón, de su obra y de las transformaciones que sufre su geografía sentimental, motor de sus obras.
-Barcelona, el escenario por excelencia de sus novelas, tiene muchas similitudes con Gijón.
-Las dos tienen el mismo espíritu de ciudad obrera y han sido víctimas de las consecuencias del capitalismo salvaje, al que se han resistido Pero Barcelona es ya inhabitable, mientras que en Gijón la calidad de vida es mayor.
-Ambas ciudades han sufrido la reconversión industrial, aunque con desiguales resultados.
-En Gijón se desarrolló el capitalismo de Estado y en Barcelona, el de la empresa privada. Ambos son igual de crueles. No hay derecho a lo que le están haciendo a Asturias con la reconversión.
-Si Alfred Hitchcock hubiese conocido el Tren Negro, ¿Qué habría sido de 'Extraños en un tren'?
-¿No me hables de Hitchcock! Estuvo a punto de comprarme un guión.Yo, entonces, alquilé un piso caro en Barcelona. Pero el sindicato de guionistas de Hollywood presionó para evitar que el director comprara sus guiones en el extranjero. Me quedé sin piso, y ahora, cada vez que lo veo, me pongo enfermo.
-Entonces, si comenzara una novela negra a bordo del Tren Negro, ¿Cómo se desarrollaría?
-No sería difícil. De hecho, ya lo he pensado alguna vez.El tren que trae a los escritores de la Semana Negra es muy adecuado para ello. Habría un escritor que en el tren se encuentra a una periodista veterana a la que amó y le inspiró su primera novela. Él, que se ve viejo y fracasado a su lado, se suicida. Sin embargo, le dará a la mujer las claves para resolver su muerte.
-'Cinco mujeres y media' contiene una crítica feroz a la Justicia...
-Méndez, al igual que Ledesma, está de parte de la víctima. Estoy a favor de la reinserción del delincuente, pero discrepo en dos aspectos del sistema judicial: un delincuente sexual no se regenera nunca. Además, recibe ayudas desproporcionadas: asistente social, cobra el paro en la cárcel...
-¿Es más fácil ser medio hombre, o medio mujer?
-Últimamente, las mujeres se están masculinizando, y los hombres, feminizando. Yo, que soy un poco ingenuo, aún creo en los valores masculinos tradicionales de respeto y protección de la mujer.
-Entonces, ¿Cree que las mujeres necesitan protección extra?
-Es una cuestión de fortaleza física. Quizá no, pero es necesario cierto sentido caballeroso. No hay que olvidar que sin las mujeres, los hombres no haríamos nada. Ellas constituyen la justificación de la vida del hombre. Todo lo que hacen los hombres, sea ser héroe de guerra o ganar dinero, es para conquistar a una mujer.
El Comercio, 13 de julio de 2005
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