09/04/2014

Peores maneras de morir - Francisco González Ledesma (2013)


Título: Peores maneras de morir
Título Original: (Peores maneras de morir, 2013)
Autor: Francisco González Ledesma
Editorial: Planeta
Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos

Copyright:
© Francisco González Ledesma, 2013
© Editorial Planeta, S.A.,2013
Edición: 1ª Edición, Enero 2013
ISBN: 9788408034919
Tapa: Blanda
Etiquetas: España, Barcelona, mafia, crítica social, género negro, trata de blancas, policiaca, intriga, literatura española, novela, prostitución, suspense
Nº de páginas: 375


Argumento:

El inspector Méndez se enfrenta a su último caso, destapando gracias a su intuición el entramado de una sociedad que se dedica al tráfico de mujeres de origen eslavo, cuyo destino es la prostitución y en el que están implicados varios personajes que por su posición social no lo aparentan.

El asesinato de dos mujeres en el barrio del Raval de Barcelona conduce a la policía a una pista falsa, pero buen conocedor del barrio donde se crió y de sus gentes va uniendo los hilos que darán sentido a sus investigaciones.

Nuevos asesinatos cometidos de diferentes maneras no despistarán al viejo inspector que sabrá identificar a los autores de los crímenes y los motivos que hay detrás de cada uno de ellos, colaborando e implicándose en la trama y en contra de sus mandos superiores.

Opinión:

Conocer a los habitantes de una barriada desde hace tiempo y haber convivido con ellos, sean chulos, carteristas o prostitutas, es un handicap para quien necesita saber de costumbres y escondites. Aunque también es una labor que conlleva compromiso, porque si encierras a alguien en prisión te debes a él asumiendo sus obligaciones: de esta manera el inspector Méndez sigue llevando flores a la tumba de quien recibió su bala perdida o cuidando los perros y periquitos de un dueño encarcelado.

Así consigue el respeto de quienes están al otro lado, cada uno sabe a qué se dedica el otro y mañana te puedo detener o echarte un cable en lo que necesites. La ley no escrita de la calle que a él le funciona y le permite llegar a donde sus superiores y compañeros no se atreven a acercarse.

Si los asesinatos cometidos al principio de la novela destacan por su brutalidad, nuevas muertes confirmarán la sospecha de nuestro protagonista y el entramado dedicado al tráfico de mujeres se irá deshaciendo al tiempo que conocemos que la muerte puede llegar por un acto premeditado o fruto de la casualidad, pero que siempre está a la vuelta de la esquina y que se puede presentar de la forma más bestial o más dulce.

El autor sabe mantener en vilo al lector pues nadie sabe cuál será el próximo paso ni cuándo sucederá, sólo sabe que va a ocurrir pero no se puede imaginar cuál será en esta ocasión la manera de morir elegida por el asesino y si ésta será peor que la anterior.

Bourbon Street, 9 de abril de 2014

29/03/2014

Memoria del olvido

Félix Angel Moreno Ruiz


González Ledesma (Barcelona, 1927), uno de los grandes cultivadores del género negro en España, ha vuelto. Y lo hace con una novela breve, casi un relato, que ya había aparecido hace unos años en una colección que promocionaba una revista y que ahora publica la editorial Menoscuarto en una cuidada edición. El protagonista de esta historia es Montero, un joven poeta que, en los primeros y terribles años de la posguerra, escribe versos y conspira contra el régimen franquista. Un día, cuando asiste a una reunión clandestina, la policía irrumpe en el local. Montero consigue escapar de la redada, pero recibe un tiro en la cadera. Sangrando, casi arrastrándose, tropieza con un coche en el que viaja una mujer misteriosa que lo recoge y lo traslada a un piso. Allí, además de curarse de las heridas, descubre que Ana, su benefactora, es la esposa de uno de los jefes de la policía encargada de la represión política. Ponce, que así se llama el marido, es un hombre cruel y un fiel servidor de la dictadura, que está dispuesta a utilizar todos los mecanismos represivos para acallar cualquier atisbo de rebeldía. Hastiada de ese mundo y, a la vez, atrapada en él, Ana utiliza el apartamento como un oasis en el que poder escribir y refugiarse de tanta miseria. Allí permanece el poeta mientras sana la herida, oculto, sin poder ver siquiera la calle por temor a ser descubierto. Durante los meses de convalecencia, se inicia entre los dos jóvenes una historia de amor imposible, que se desmorona brutalmente cuando Ponce irrumpe en el piso y viola a Ana mientras Montero está oculto bajo una pila de ropa sucia. El poeta logra huir a Estados Unidos y, años después, con la llegada de la democracia, regresa a Barcelona para reencontrarse con la mujer. Sin embargo, los únicos recuerdos que tiene del piso en el que vivió su historia de amor son un adoquín pintado de azul por una niña, una fachada decorada con estatuas y el sonido del tranvía. Durante varios años, aprovechando las vacaciones, recorre la ciudad con un plano intentado localizar el edificio, que se convierte en una obsesión, en un rayo de luna becqueriano e ilusorio mientras, inexorablemente, va envejeciendo y perdiendo la memoria y el sentido de la realidad. Cuando, por azares del destino, encuentra a la mujer, ya es demasiado tarde para los dos. Un adoquín azul es una historia de decepciones, de sueños truncados por la más amarga realidad en la que la verdadera protagonista es la Barcelona "caótica, convulsa, sucia, viciosa y, por lo tanto, fascinante" de la posguerra. Y es también una novela bien escrita, con momentos líricos de gran intensidad y escenas de extremada crudeza y realismo, llevados con temple por la sabia mano de un maestro curtido en mil y una batallas literarias.
'El adoquín azul'. Autor: Francisco González Ledesma. Edita: Menoscuarto. Palencia, 2014
Córdoba, 29 de marzo de 2014

20/03/2014

'Pulp': animal de compañía

'El adoquín azul': El periodista y escritor Francisco González Ledesma publica su última novela, un 'thriller' de bella factura que desarrolla una apasionante historia de amor frustrado


Tanto monta, monta tanto, Silver Kane como Enrique Moriel. Sendos seudónimos son los que utilizó el periodista y escritor Francisco González Ledesma para firmar más de 300 novelas de lo más cercano al 'pulp' que hemos tenido en España. González Ledesma (Barcelona, 1927), además, fue uno de los impulsores, junto a Manuel Vázquez Montalbán, de la novela negra de corte social en España. Una parada en su página de wikipedia augura más de una sorpresa acerca de un escritor al que, por desgracia, y como suele ocurrir por estos pagos, no hemos considerado en su justa medida. Pero siempre estamos a tiempo de remediarlo. Y este 'El adoquín azul', su última novela, publicada por la gente de Menoscuarto, aparece en las librerías como la excusa perfecta para adentrarse en un escritor de los de raza.
Conocida es la anécdota de que, en 1948, con tan sólo 21 primaveras, un jovencísimo González Ledesma se alzaba con elPremio Internacional de Novela por su obra 'Sombras viejas', en cuyo jurado se encontraban Somerset Maugham y Walter Starkie. No obstante, al parecer, los censores del franquismo prohibieron su publicación, tildando a su autor de "rojo" y "pornográfico", lo que le sumió en el silencio como novelista durante un buen número de años. Aunque, por fortuna, volvió a la máquina de escribir con la fuerza de un 'tsunami'.
"Rojo" y "pornográfico". No me digáis que no se puede tener mejor comienzo en el mundo de las letras. Y de ahí a las novelas del oeste que leían nuestros padres como si fuesen adictos de unos peculiares 'dealers' denominados 'quiosqueros'. Y, finalmente, a la novela negra con un personaje, el inspector Ricardo Méndez, que se encuentra a la altura de Pepe Carvalho o Plinio. Ahora, después de la última entrega de Méndez, 'Peores manera de morir' (2013), llega esta 'nouvelle' contundente y fresca, rescate de una publicación por entregas hecha en el verano de 2002 en la revista 'Interviú'. Y bienvenida sea esta novela breve -apenas roza las 70 páginas - en la que ni falta ni sobra una palabra y que sirve a su autor para lograr una perfecta metáfora del vacío existencial en que nos encontramos todos.
El argumento bien merece una pequeña parada: Montero, traductor y poeta en una Barcelona de posguerra, es herido en una redada, de la que logra escapar gracias a la ayuda de Ana, la mujer de un feroz jefe de policía. A partir de aquí lo que sigue es un 'thriller' de bella factura y una apasionante y enternecedora historia de amor frustrado. González Ledesma cien por cien, vamos. Uno de los grandes. Otro de los nuestros. Sobra decir que la novela es más que recomendable. Ahí va su arranque para que os hagáis una idea:
De acuerdo, Señor, pero yo no sé si Montero -a quien recuerdo en mi soledad- ha muerto. Yo conocí a Montero en mis años de niño, que, como tú sabes, fueron años de hambre, de muerte programada, de portales oscuros y luces verticales cayendo sobre los barrios de atrás en el barrio donde él y yo nacimos. Montero era algo mayor que yo; supongo que unos diez años. Su tiempo barcelonés también lo has conocido. En su niñez, oyó hablar de los sindicatos en lucha, conoció el somatén y hasta parece que se acordó de ti para rezarte la primera oración de su vida, cuando se encontró entre el fuego cruzado de dos bandas de pistoleros, unos del sindicato y otros de la patronal. De todos modos, a eso, no sé por qué, él lo llamaba el Gran Tiempo, o el Tiempo de las Intensidades.
Montero solía decir, es verdad, que aquella había sido una época irrepetible, y que él había tenido la oportunidad de vivir una Barcelona caótica, convulsa, sucia, viciosa y, por lo tanto, fascinante: fueron, siempre según Montero, tiempos de grandes iniciativas, desde la Mancomunitat al Institut d'Estudis Catalans, desde Puig iCadafalch a Pau Casals, desde la Sagrada Familia a Madame petit. No creas, sin embargo, que Montero fue un cínico, al unir cosas tan dispares. Él amaba aquella Barcelona en su infinita variedad, su lucha, su imaginación y su pestilencia. Hay que decir en su honor que a Montero le interesaban más la Biblioteca de Catalunya y los versos de Salvat Papasseit que todo lo demás, porque Montero, Señor, era un poeta. Quiero decir que al margen de trabajar casi diez horas al día como traductor, ir de vez en cuando al Ateneo (donde solía integrarse, con una devoción religiosa, al círculo de Pompeu Fabra), buscar documentación en las bibliotecas y amar con la mirada a las gentes de las calles, Montero escribía cosas que se iban con el aire de la ciudad, cosas dedicadas a la nada.
Supongo que tú no estás demasiado al corriente de la poesía, Señor, en especial la religiosa, que tiene efectos narcotizantes de suma gravedad, pero aun así Montero hubiese debido merecer tu atención, o tu lástima. Montero escribía sobre cosas tan perfectamente frágiles como las calles que cambian y las mujeres que envejecen, y supongo que eso hizo que no se le considerara nunca un poeta de valores permanentes, al revés de lo que ocurre con los sabios que te cantan a ti, Señor, a la patria o a la madre, inversiones espirituales siempre seguras y que Montero desdeñó. Yo no sé si fue un gran poeta, pero imagino que debió de serlo, porque no lo cita ninguna antología y porque alguna vez, sin embargo, he oído sus letrillas en la calle, en boca de alguna vieja que aún las recuerda. Montero interpretó la luz de los portales, la risa de los niños, el llanto de las mujeres y la mirada de los perros, es decir, hizo un trabajo perfectamente inútil sobre cosas pasajeras de las que ninguna historia se acuerda.
Marga Nelken, El Mundo, 20 de marzo de 201

19/03/2014

González Ledesma, un impostor muy legal

Antonio G. Iturbe


González Ledesma es un trilero. Agita las manos para que no sepamos dónde está la bolita. Pero a los lectores de siempre no consigue engañarnos: él finge que escribe novelas policíacas o novelas sociales… pero lo que de verdad escribe son poemas. Poemas en prosa, a pie de calle, sin otra rima que el vaivén de las vidas, de una belleza que no excluye ni la rabia ni el peso de las decepciones. Hay más poesía en un párrafo de cualquiera de sus libros cogido al azar que varias obras completas de poetas muy engolados y laureados.
En la oportuna reedición de El adoquín azul (Menoscuarto) muestra, una vez más, que estamos ante el gran cronista de la cara oculta de Barcelona, un escritor de la altura de Juan Marsé. Las comparaciones son odiosas (o simplemente bobas), es verdad, pero vale para situar la liga en la que juega. El partido de calle donde la vida no es un juego. Y es que el padre del detective Méndez es un merodeador incansable de la trastienda de Barcelona, de los barrios bajos donde la ciudad rutilante lava sus trapos sucios y tiende los felpudos donde los que pisan fuerte se limpian los zapatos.
Nos cuenta una historia de Montero, un poeta “que escribía sobre cosas tan perfectamente frágiles como las calles que cambian y las mujeres que envejecen”. Simpatiza con los izquierdosos y se ve envuelto en una redada ordenada desde la comisaría de Vía Layetana. Al tratar de escapar, recibe un disparo en la cadera que lo deja mal herido. Cuando está a punto de desmayarse en plena calle y quedar a merced de la policía, se le abre una puerta, la de un coche que lo hace subir y se lo lleva de allí. Despierta en el piso de su rescatador, que es rescatadora: una mujer bondadosa, que escribe en ese piso porque es escritora y que, encima, es la esposa del comisario Ponce que ha ordenado la redada. Le asquea lo que hace su marido y por eso ha querido ayudarlo, aun poniéndose en riesgo. Lo ayuda a escapar vendándole los ojos y haciéndolo pasar por ciego. No quiere que sepa dónde está ese piso para que nunca regrese a buscarla y ponga su vida en peligro. Lo deja en un tren con destino a Francia y desaparece. Montero pasará el resto de su vida tratando de encontrar a esa mujer que tanto le dio.
Un libro que te transmite esa serena decepción que probablemente tengan que tener todas las vidas decentes. Dentro de algunos años, únicamente podrá saberse a través de sus libros cómo era de verdad esa Barcelona de las malas calles, que a veces son las buenas.
Que Leer, 19 de marzo de 2014


El sabio vientre de la mujer

"Estamos hechos de una mujer y seguramente una mujer nos cerrará los ojos".

Francisco González Ledesma en entrevista con Fernando Sánchez Dragó.

Esta nouvelle es esencia del talante literario de González Ledesma. Publicada por primera vez hace poco más de diez años, la historia de un voluntarioso joven poeta y traductor salvado por una misteriosa mujer en la Barcelona de posguerra tiene, me atrevo a decir, alcance de leyenda, o de alegoría. El libro formaba parte de una colección ideada por la revista Interviú y es un acierto que la editorial Mennoscuarto lo haya recuperado.   

Con el personaje de Montero, traductor y poeta perseguido por las fuerzas del orden -o por los triunfantes esbirros del régimen-, Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) descubre el velo de la indefensión, la de un hombre que puede ser salvado por una mujer, pero para que esto ocurra tiene que tener -hermosa imagen- los ojos vendados. No sabe en dónde está, y en parte ya no sabe quién es.

A Montero, en medio de una estampida, herido de bala y a punto de caer, una desconocida lo llama desde un coche y lo conmina a entrar en el interior. Poco después ella lo oculta en su estudio privado, un lugar en donde su marido -nada menos que un jefe de policía de los peores- no entra, porque ese el lugar en donde ella es quien es: una escritora con habitación propia, en tiempos en que, como describe aquí Ledesma con su dosis de sorna y mala leche, las mujeres carecían de tal privilegio, o escribían en la cárcel, porque tampoco podían hacerlo en la mesa de un bar; eso era de marxistas.

Esto es lo que se debe contar de la historia, cuyo prodigio consiste en la gran elipsis que se impone de principio a fin: los largos e interminables años venideros, sin sosiego ni retorno. La vida hacia adelante sin pistas ni señales (y a la larga sin memoria). En menos de ochenta páginas, las que abarcan aquel obligado cautiverio en el lugar más valioso que aquella mujer podía ofrecer -su más preciado yo interior-, está la acritud y la tristeza que habitan las páginas de la serie protagonizada por el viejo policía Méndez. Los tiempos de penuria (y la historia de este país) que marcan de por vida. Y la licencia poética de este señor que se permite hablar durante todo el relato en persuasiva segunda persona, hablándole a un especial dios sin religión. Si alguien viera un adoquín azul, no dude en quedarse con él y, sobre todo, no se le ocurra olvidarlo.

El adoquín azul
Francisco González Ledesma
Menoscuarto
74 páginas
11 Euros

Las damas conversan sobre el crimen, 19 de marzo de 2014


17/03/2014

EL EXPEDIENTE BARCELONA (Francisco González Ledesma)


EL AUTOR

Francisco González Ledesma (Barcelona, 17 de marzo de 1927), periodista, guionista de historietas y novelista español especializado en el género policiaco. Junto a Manuel Vázquez Montalbán y el pequeño grupo, reunido en torno a la Semana Negra de Gijón, está considerado como uno de los principales impulsores de la novela negra de corte social en España. Es padre del periodista y escritor Enric González.

Con cinco años ya contaba historias a cambio de merienda en el patio del colegio público donde acudía. Su madre era una modista de Poble Sec, barrio popular de Barcelona, y marchó a Zaragoza, a casa de una tía que también cosía, para estudiar en un colegio religioso de cuyas sórdidas relaciones curas-alumnos dejó constancia en su libro Tiempo de venganza.

En 1941, ocuparon su lugar otros de sus hermanos y volvió a Barcelona, al barrio de Poble Sec. Cursó el Bachillerato en los duros Escolapios y en el instituto Balmes; en este último encontró profesores que le enseñaron y estimularon, como Guillermo Díaz-Plaja; la tía de Zaragoza sufragaba los estudios siempre y cuando no hubiera suspensos. Ya entonces comenzó a llevar originales a la Editorial Molino. Novelista precoz, se inició escribiendo guiones de historietas para la editorial Bruguera y novelas del Oeste que entrega a un ritmo de una a la semana, bajo el pseudónimo Silver Kane, lo que le proporciona oficio y recursos literarios, además de permitirle costearse la carrera de Derecho.

Obtuvo en 1948, con solo 21 años, el Premio Internacional de Novela, instituido por el editor Josep Janés por su novela Sombras viejas y en cuyo jurado se encontraba Somerset Maugham y Walter Starkie. Sin embargo, la censura franquista prohibió su publicación, tildando a su autor de "rojo" y "pornógrafo", lo que le sumió en el silencio como novelista y le llevó a dedicarse primero a la abogacía y, después, al periodismo, en el Correo Catalán y, durante 25 años, en La Vanguardia, donde llegó a ser redactor jefe. Ambas profesiones le proporcionaron un buen conocimiento de la sociedad, de las calles de Barcelona, de los políticos y del mundo de las finanzas, que utilizaría en sus futuras novelas.



Continuó, mientras tanto, con su producción historietística. En total, habría compuesto unos trescientos títulos bajo el seudónimo de Silver Kane (de los que "Grafito", publicación especializada en cultura popular, comprobó que la Biblioteca Nacional sólo conservaba tres en 1986).  En su tiempo libre, escribió Los napoleones (que también fue prohibida), Las calles de nuestros padres y Expediente Barcelona (finalista del Premio Ciutat de València, en 1983), que solo pudieron ser publicadas con la transición política a la democracia. En 1984 recibió el Premio Planeta por Crónica sentimental en rojo lo que le supuso notable popularidad y muchos ánimos para seguir escribiendo.
Su novela Expediente Barcelona fue traducida y publicada por la prestigiosa editorial francesa Gallimard, lo cual le proporcionó un prestigio y éxito editorial en Francia muy superior del que goza en España, hasta el punto de que sus nuevas novelas aparecen publicadas antes en el país vecino. El protagonista de sus novelas, el comisario Ricardo Méndez, mezcla de escepticismo y pundonor, sigue los cánones del relato criminal. Méndez aparece por vez primera precisamente en Expediente Barcelona e inaugura una serie novelística que, junto a la propia ciudad de Barcelona, constituye el nexo central de sus novelas. El 23 de julio de 2009 a las 19 horas, frente a su familia, admiradores y las autoridades locales, descubrió una placa que conmemora el nacimiento del brillante autor. En la calle Tapioles número 22 aprendió a vivir, a ser honesto y a empeñarse en su trabajo -González Ledesma dixit-. Agradecido y emocionado ha hecho gala de una gran sencillez y no poco compromiso con el complicado barrio de Poble Sec, el que recorre Méndez y que vio nacer al escritor. El 9/10/09 recibe La Medalla de Oro de la ciudad de Toulouse (Francia)y además participó en el 1r Festival des Littératures Policières organizado por Toulouse Polars du Sud, que preside el especialista francés Claude Mesplède. Ha sido objeto, por parte de Jordi Canal Artiga, de un dossier de prensa él y el 24 de noviembre asistió al encuentro con los lectores de los clubs de lectura de Novela Negra de la Bóbila en Hospitalet (Barcelona). Citado por su lucidez definitoria de los delitos por el Director de la Oficina Anticorrupción de Cataluña, y fiscal, David Martínez Madero el 4/2/2010 en una mesa de la BCN Negra 2010 sobre la corrupción. Al día siguiente él mismo participa reivindicando a Terenci Moix como escritor de dos novelas negras.

EL LIBRO



  • Nº de páginas: 318 págs.
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editoral: LA FACTORIA DE IDEAS
  • Lengua: CASTELLANO
  • ISBN: 9788498002843

  • Al despacho de un abogado de cuarta acuden a solicitar unas comprometedoras pruebas de paternidad, que implican a Ramón Masnou, hombre influyente de la burguesía catalana conectado con peligrosos revolucionarios. Abierto el tarro de las esencias, pasearemos por la Barcelona de los meublés, los antros, los cines de sesión doble, y por las cárceles... Todo ello para destapar una trama con la que recorreremos la historia de la Ciudad Condal desde la sufrida posguerra hasta una Transición que quizás ha sido asumida con cierta ingenuidad. Aquí podremos saborear el sexismo de Henry Miller, un cierto humor grotesco y, ante todo, una precisa recreación del ambiente de los barrios.

    Expediente Barcelona tiene el valor de la confesión sincera. 

    IMPRESION PERSONAL


    El expediente Barcelona, publicada originalmente por la editorial Júcar en 1983, supuso la primera aparición del personaje de Méndez, el policía ambiguo y escéptico creado por González Ledesma que protagonizaría gran parte de su obra policiaca posterior. En los escasos pasajes de la novela en los que aparece, ya aparecen trazados con intensidad los principales elementos que iría con el tiempo desarrollando su autor. Además de Méndez, en la obra ya está presente el otro gran elemento de las producciones de Ledesma: Barcelona. Las calles de la ciudad condal son el escenario en el que se desarrolla toda la novela, que introduce también el habitual gusto del autor por la creación de personajes de los ambientes periodístico y judicial, los que frecuentó el escritor en su actividad profesional.
     
    Bar Ibiza, en la Calle Tapioles, del Poble Sec, barrio popular de Barcelona
     
     
    Toda la novela presenta un tono desencantado análogo al que se puede encontrar en otros autores como Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín o Juan Madrid. Con su carácter escéptico y crítico, la obra muestra la frustración de toda una generación ante las transformaciones sociales, políticas y económicas producidas después de la muerte del dictador y ante la constatación del fracaso de todo el idealismo utópico que rodeó los primeros años de cambio político, personificado en el tratamiento del personaje femenino principal. Junto a este desengaño, el libro aparece dominado por un continuo viraje hacia el pasado, como si sólo en la memoria (aunque no, evidentemente, en la memoria del franquismo, sino en la de la época en la que los ideales y las banderas aún tenían algún significado) encontrara el autor el consuelo ante el frustrante devenir de la sociedad española tras la muerte de Franco. La importancia de la memoria se vertebra a través de la constante conexión de los hechos novelescos tratados con un pasado que los explica y da sentido, poniendo así de manifiesto que toda novela policial y toda investigación son, casi siempre, una reconstrucción del pasado.
     
    Masía en Tossa de Mar, Costa Brava, similar a la que tenía la familia Masnou
     
     
    En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

    En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

    Nihil Obstat, 17 de marzo de 2014

    03/10/2013

    “La dama de Cachemira” de Francisco González Ledesma: original asesino y alta dosis de absurdo

     La dama de Cachemira (RBA 2009; primera edición de 1986) es una extraña -mejor, especial- novela negra. No acaba de convencer,  aunque a su favor diré que si quien lee es de gusto negrotampoco podrá soltarla. Una obra perro hortelano.
    Sólo por la pluma que la parió, Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), maestro del género policíaco, periodista, guionista –humanísimo hombre de letras-, bien merece esta obra una oportunidad lectora.

    Un asesino en silla de ruedas en Barcelona

    El escenario de La dama de Cachemira, es, por supuesto, Barcelona. En la elección del malo González Ledesma es ciertamente original: un asesino en silla de ruedas. Detrás, la pena y automática adhesión que generan mujeres vapuleadas por la vida que, pese a sus infortunios, mantienen sus sueños.
    Sueñan con un hombre que las quiera como una mujer quiere que un hombre la quiera. Sueñan con viajar a lujares lejanos y exóticos. Sueños, amor y vidas marginales que, en la coctelera, producen asesinato. Capeando estos temporales, como buen equilibrista de la más sórdida Barcelona, el bueno de Méndez.
    La dama de Cachemira fue Premio Mystére a la mejor novela negra publicada en 1986. Distinción para un autor que, en su precoz nacimiento literario, conquistó más quereres fuera que dentro de su país. Los tiempos de la censura franquista y la frustración de los creadores. Un hombre hecho a sí mismo. De origen humilde, madre modista y que estudió gracias al mecenazgo de su tía. Un intelectual que, cuando cosechó premios internacionales y alcanzó cotas de alta responsabilidad (fue director jefe de La Vanguardia), nunca dejó de ser un chaval del barrio de Poble-Sec.

    ¿Demasiada dosis de absurdo?

    Los recelos avanzados al inicio de esta terapia de novela vienen de que el famoso y, en los círculos de la literatura negra, querido Méndez  -el policía protagonista- no logra establecer la complicidad esperada con el público. Demasiada la dosis de absurdo (propia del género) que el autor inyecta a Méndez y, en general, al tono de la novela.
    El resultado de esa sobredosis de absurdo es que la picaresca intrínseca a este tipo de antihéroes detectivescos que protagonizan las mejores sagas de la literatura negra en España (el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán o el listísimo despojo humano de El laberinto de las aceitunas y posteriores de Eduardo Mendoza) se desvirtúa. La sonrisa que provocan éstos no acaba de llegar con Méndez.
    Surrealismo muy particular en las relaciones y navegación por los bajos fondos el de Méndez. Se disuelve, se pierde la fuerza y esencia del humor que caracteriza a las novelas que siguen este esquema. El detective quiere resultar entrañable y granjearse nuestra simpatia desde esa mezcla de patetismo y alto calibre humano pero… le cuesta.  El efecto no es de alcance universal, como el que consiguen otros homólogos suyos pícaros negros.
    Rosa Valle. Terapia de letras, 3 de octubre de 2013

    02/10/2013

    Peores maneras de morir de Francisco González Ledesma

    Francisco González Ledesma (Barcelona 1927) es un escritor y periodista barcelonés que se dedicó primero a la abogacía y luego al periodismo en el periódico La Vanguardia hasta dedicarse por entero al género policial,  es considerado como un Maestro de la novela negra española de corte social. Él creó al inspector Ricardo Méndez  y son  11 libros los publicados;   Peores maneras de morir es el onceavo , es el canto del cisne del inspector Méndez, su última aparición. González Ledesma ha tardado 3 años en escribirlo y estuvo a punto de no hacerlo porque fue fulminado por un ictus vascular, del cual por suerte se  recuperó. Al igual que otros héroes librescos como Kurt Wallander, Hyeronimus Bosch u otros, el viejo y achacoso inspector Méndez ha logrado encariñar a sus miles de lectores con su humanidad llena de sabiduría popular y callejera, su propia  justicia , su estómago reventado de beber vino peleón y sus pulmones calcinados por el tabaco negro y la polución urbana.
    Hace mucho tiempo le leí la novela que le valió el Premio Planeta 1984, Crónica sentimental en rojo que me gustó porque era una historia entretenida, aunque complicada de asesinato de una chica a la que le cercenan un pecho y donde los asesinos están entre la gente más cercana. Era ésta la tercera publicación del ciclo del inspector Méndez y transcurre en la Barcelona vieja allá por los años 80.
    Me ha gustado bastante Peores maneras de morir porque a pesar de la crudeza del  relato, el lenguaje es paradójicamente muy poético y lleno de verdaderas reflexiones ,  sobre la vida actual en Barcelona, antigua urbe opulenta , pero que hoy en día se inscribe en la terrible crisis económica que aqueja a la península ibérica que no es otra cosa que una crisis-estafa  con la subsecuente pobreza y desempleo.
    Se trata de una historia  de trata de blancas, especialmente de jóvenes eslavas traídas a España con engaños y reducidas a la esclavitud sexual más horrorosa. El tráfico de mujeres se haría bajo diversas entidades jurídicas que son hechas y deshechas en pocas horas en caso de peligro. Los poderes públicos son en parte  corruptos y cobrarían coima por mantener los ojos cerrados. Nunca ha habido estadísticas fiables relativas a la trata de blancas porque es un negocio que se esconde en las transferencias bancarias, como nunca ha habido estadísticas fiables relativas a la prostitución porque es un negocio que se esconde en las camas. Son datos que pertenecen al mundo privado, al de las habitaciones cerradas y los recuerdos secretos y por eso no hay nada que sea medianamente exacto ni atraviese con su silencio las puertas de la verdad (pg 14).
    Lo extraño del inspector Méndez es que él no cree en la justicia ni en la ley. Sólo cree en una especie de justicia de la calle porque él trabaja de la única forma que sabe hacerlo, patéandose las calles. Es muy empático con las víctimas aunque sean víctimas culpables. Él le pagó el entierro al único hombre que mató en el ejercicio de su trabajo; y también él le cuida  los perros a un fulano que cumple condena por delito. Estamos ante un caso totalmente atípico de policía, por lo que es rechazado por sus otros  colegas y superiores . Es un buen hombre, un sentimental sin futuro.
    El estilo de González Ledesma:…Miró las dos casas en el silencio sideral de la noche. Antes, a aquella hora, siempre había bares abiertos que vendían una copa y mujeres de piernas largas que vendían a la vez una ilusión y una mentira, pero ahora no había más que sombras. seguramente la izquierda había dado grandes libertades, pero había quitado todas las pequeñas libertades, incluso la de fumar. Sin mujeres y sin tabaco se vive más años, según el Boletín Oficial. Claro que ésto lo pensaba Méndez porque no respetaba nada, y menos la virtud (pg 42).
    Página 195 :...Todo hombre tiene fijación por un determinado tipo de mujer. Esa fijación la siente en el fondo de su intimidad y seguramente marca su vida, pero lo más probable es que no sepa explicarla. tampoco hace falta. En realidad las cosas que marcan la vida, como lo más profundo del sexo, no pueden explicarse nunca.
    Otra reflexión de Méndez:…No existe ninguna regla sobre la atracción sexual que puede ofrecer una mujer, y probablemente esa regla no existirá nunca. Y es que la atracción sexual de una mujer no reside muchas veces en ella, sino en los recuerdos, los hábitos, las frustraciones y hasta los vicios que duermen en los cerebros de los hombres (pg 197). Todas las mujeres nacen iguales y mueren iguales, había leído una vez, de modo que no valen tanto la pena, pero en el camino de esas mujeres está el cerebro de los hombres (pg 199).
    Sobre la gran urbe que es Barcelona:…-La ciudad, Méndez, está llena de cosas que han existido, y en las calles siempre hay alguien que las recuerda. por éso caminamos sobre el pasado y por eso el tiempo nos está esperando en las esquinas.
     PEORES MANERAS DE MORIR, Planeta 2013,  ISBN 978-84-08-03491-9
    Pasión por la lectura, 2 de octubre de 2013

    16/06/2013

    Francisco González Ledesma: El niño republicano que soñaba con escribir novelas policiacas

    Acabo de leer estos días "Peores maneras de morir", la última novela del escritor Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) que es, al mismo tiempo, la última novela de la serie del Inspector Ricardo Méndez.
    Acabo de leer estos días Peores maneras de morir, la última novela del escritor Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) que es, al mismo tiempo, la última novela de la serie del Inspector Ricardo Méndez.
    González Ledesma ha tardado tres años en escribir esta novela. Entre tanto ha sufrido un ictus que casi acaba con su vida. Así que, en cierta manera, Peores maneras de morir, es como un regalo que los dioses nos han hecho a sus numerosos lectores. A sus ochenta y seis tacos, el maestro Ledesma ha escrito una magnífica novela (y ya hemos perdido la cuenta de cuántas van). En esta última entrega, que se desarrolla en el otoño del año 2010, con el trasfondo de la visita de Benedicto XVI a la ciudad de Barcelona para consagrar el templo de la Sagrada Familia, el Inspector Méndez ya está viejo y achacoso, con el estómago reventado de beber vino peleón y los pulmones calcinados por el tabaco negro y la polución urbana, pero repleto de esa sabiduría que le han ido dando todos los años que ha pasado en contacto con las calles de una Barcelona que se ha transformado, que ya no es aquella Barcelona que su autor nos mostró en Las calles de nuestros padres, enCrónica sentimental en rojo o en La dama de Cachemira; ahora la ciudad de Barcelona es postmoderna y de diseño, una Barcelona arrasada por la peor cara del capitalismo, si es que alguna vez el capitalismo tuvo una cara buena, en la que siguen existiendo el crimen y el delito, aunque en el presente sea multiétnico, exótico y plurilingüe. Esta vez a Méndez le toca vérselas con una poderosa organización que trafica con mujeres, porque aquí la cosa va de trata de blancas, esa moderna manera de esclavitud que viene de los países de la difunta Unión Soviética o del Caribe o del corazón del continente africano, y que acaba con las pobres chicas en los puticlubs, repartidas por los lugares más mezquinos de la geografía nacional, mientras un puñado de hijos de la gran puta se llena los bolsillos y se pega la gran vida a costa de sus desgracias y miserias.
    A diferencia de otras obras anteriores de la saga Méndez, como Una novela de barrio o No hay que morir dos veces, en Peores maneras de morir apenas hay rastro de ese humor tan particular, marca de la casa, que se gasta González Ledesma. Aquí lo que impera es el pesimismo y la mala leche, y es que la novela está impregnada por una capa de desesperanza que deja en el lector un regusto agridulce, no sabría muy bien si achacárselo al tema de la novela o simplemente al hecho de que su autor es consciente de que el tiempo se acaba y este, probablemente, sea su último libro. La cosa es, como digo, que le ha quedado a González Ledesma una novela pesimista, casi, casi bordeando el nihilismo, donde hay alusiones constantes a la crisis-estafa económica, a la pobreza, al desempleo, a lo duro que se ha vuelto para muchos sobrevivir en la jungla urbana, y al  tinglado tan bien montado que tienen otros muchos para vivir a costa de los demás.
    Pero al mismo tiempo, Peores maneras de morir es una novela escrita con un lenguaje muy poético, en el que las reflexiones de su protagonista bordean en más de una ocasión el concepto de sofisma. En mi opinión es una novela que se disfruta desde el punto de vista estético.   
    El mundo de Méndez se hunde. Ahora sí, sin remedio, y él lo sabe, así que quiere despedirse a su manera, como siempre ha hecho las cosas, impartiendo justicia en nombre de los parias de la tierra, de los puteados, de los que no cuentan, aunque para ello tenga que pasarse las leyes por el arco del triunfo. Porque para Méndez, como él mismo dice en un pasaje de la novela, no existe más justicia, más ley y más código de honor que el de la calle. Lo demás son patrañas.  
    En los inicios de los años ochenta, el crítico Juan Antonio de Blas definió a Francisco González Ledesma como el “primero de nuestros escritores policiacos”. Hoy, veintitantos años más tarde, me atrevo a afirmar sin ningún tipo de dudas que Francisco González Ledesma no es sólo el mejor autor de novela negra: Es el mejor escritor español vivo y probablemente uno de los mejores en lengua castellana (con el permiso de Juan Marsé), y eso abarca cualquier género literario. No está nada mal para aquel niño criado en el seno de una familia obrera, de tradición republicana, represaliada tras la Guerra Civil, que un día soñó con ser un gran escritor de novelas policíacas.
    Rafael Calero Palma. Kaos en la Red, 16 de junio de 2013

    05/05/2013

    Francisco González Ledesma vuelve a las librerías con un nuevo caso del inspector Méndez


    Los amantes del género policíaco están de enhorabuena este año porque en las librerías podemos encontrar muchos títulos de este estilo. A las nuevas novelas de Camilla Läckberg, Andrea Camilleri o Jerónimo Tristante, hay que añadir “Peores maneras de morir” (Planeta), lo último de Francisco González Ledesma.

    Al igual que en anteriores casos del protagonista, el policía Méndez, en esta ocasión se junta lo mejor del género (intriga, ambientes sórdidos…) con la denuncia social. La historia arranca con el asesinato de dos prostitutas en el barrio del Raval (volvemos también a Barcelona). Méndez descubrirá que, tras este hecho, está una poderosa red internacional de trata de blancas que se dedica a traficar con mujeres eslavas.

    El inspector comprobará cómo su ciudad se ha ido transformando, y que la Barcelonaque él conoció antaño ha desaparecido bajo un capitalismo feroz que ha terminado por convertir a los seres humanos en mera mercancía.

    Peores maneras de morir” se une a la serie protagonizada por este personaje, de gran éxito en otros países, y en la que destacan títulos como “Una novela de barrio”(2007) o “No hay que morir dos veces” (2009). El autor es un veterano periodista y abogado, que obtuvo el Premio Planeta en 1984 por “Crónica sentimental en rojo”. También ha firmado varias novelas del oeste bajo el seudónimo de Silver Kane.

    1000 páginas, 5 de mayo de 2013

    15/04/2013

    El último caso del inspector Méndez

    Francisco González Ledesma despide en Peores maneras de morir a su policía incómodo y callejero, personaje central de once novelas

    Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), o Silver Kane, o Enrique Moriel, como lo prefieran ustedes, nos ha vuelto a regalar otra novela de su personaje talismán: el inspector Ricardo Méndez -recuerden, inspector-. (Este inciso parece baladí, pero no se engañen, es que uno se harta de leer reseñas de quien nada o poco ha leído de Ledesma o su personaje y lo termina llamando el comisario Méndez, como si fuera lo mismo la manteca que el acebo). El título de la novela, Peores maneras de morir, aparentemente nada nos dice, pero verán que cuando terminen de leer la novela se trata de toda una declaración de intenciones.
    Si no me falla la memoria, Ledesma creó a su inspector en el año 1983, en la novela Expediente Barcelona. Al año siguiente vieron la luz otras dos con el mismo protagonista: Las calles de nuestros padres y Crónica sentimental en rojo, por la que le concedieron el premio «Planeta» y fue trasladada al celuloide dos años más tarde con el mismo título y con José Luis López Vázquez ofreciendo su rostro a Méndez. De ese tiempo a hoy, ya van once novelas de su personaje y una colección de premios literarios (premio «Hammett», premio «Carvalho», premio internacional «RBA», premio «Mystère», premio «José Luis Sampedro»...).
    Peores maneras de morir suena a despedida, la que no pudieron tener Sherlock Holmes ni el detective Héctor Belascoarán de Paco Ignacio Taibo II por imposiciones editoriales. En once novelas el inspector Méndez no ha cambiado, sigue siendo el viejo policía de las esquinas que patea las calles de Barcelona y su método de investigación consiste en la observación directa y la paciencia. No es un científico como los del CSI, sino un animal de las calles que siempre está de acuerdo con lo que dicen las mujeres de piernas largas. Un policía incómodo para todos: los compañeros de la dictadura lo veían muy cercano a los rojos presos y los actuales lo consideran un dinosaurio, que harían mejor en jubilar. Hasta los galenos se preguntan cómo es posible que sobreviva aún con los vinos peleones o los whiskys de cosecha desconocida que se deslizan por su gaznate. Y es que él se metió a policía porque pensaba que descubrir asesinos era una manera de contribuir a un mundo mejor. En resumen, un sentimental sin futuro.
    Si el protagonista no ha cambiado, su ciudad, Barcelona, sí lo ha hecho. Las viejas casas del vicio han sido sustituidas por tiendas de régimen, pero en las fachadas, en los bancos de los parques, en los cipreses de los cementerios sigue viendo los rostros de mujeres y en las viejas casas cargadas de muertos escucha historias que nadie cuenta.
    Hasta los cementerios marcan la diferencia: el de Montjuich es el de los muertos al por mayor y el de Pueblo Nuevo es donde «se conservan lápidas con poesías, estatuas que lloran y muertos que guardan la última carta de la amada o el último recibo del acreedor». Y él prefiere auscultar edificios antes que cadáveres porque presentan más huellas y no huelen.
    La historia comienza con el asesinato de una muchacha, Soraya. «Por nombres imperiales que no quede», nos dirá. Luego llegará el homicidio de otra, también eslava, en el Raval. Méndez se sumergirá en la investigación sin que nadie lo haya requerido. Total, nadie le encarga nada. En medio de todo esto nos encontraremos con lápidas recién lavadas por la lluvia y un mar de brillo a plata vieja, poetas que se extinguen y mujeres de piernas largas que vendían una ilusión y una mentira, milicianos voluntarios que iban al frente con una canción y una esperanza, por eso murieron -o los mataron- dos veces. Concluirá que las víctimas fallecieron creyendo en una mentira, como al fin y al cabo nos han enseñado a creer a todos. Y una vez más, las calles se tragaron a Méndez.

    La Nueva España, 15 de abril de 2013

    02/04/2013

    El último Méndez

    Francisco González Ledesma, que sufrió un ictus cuando finalizaba la novela, aborda la explotación de mujeres en una Barcelona transformada.

    Peores maneras de morir. Francisco González Ledesma. Planeta. Barcelona, 2013. 384 páginas. 18,90 euros

    Méndez es ese policía viejo que está al borde de la jubilación, al que sus jefes casi ni le dan trabajo ya, de quien sus compañeros piensan que sirve para poco más que leer el periódico en la comisaría. Es ese policía a un paso de la jubilación que va siempre con los bolsillos cargados de libros y frecuenta los viejos bares del centro de Barcelona, los pocos que no se han convertido en modernas cafeterías con veladores en las terrazas y una amplia carta de cafés con variedades de todo el mundo. Es ese agente de la ley que se pierde, que se ausenta de su puesto para trabajarse en solitario una investigación en la que pesa mucho más el olfato que las pruebas, pero que siempre acabará llegando a buen puerto por muchos reproches que le hagan desde la Jefatura. 

    Méndez, de nombre Ricardo, se pasa la vida añorando una ciudad, Barcelona, que ya sólo existe en algunos pisos semiderrumbados del Raval, y buscando algunas piernas de mujer que mirar sin atreverse ni siquiera a soñar nada más. Tiene una facilidad asombrosa para atraer la muerte. Los muertos vienen a él y él no puede resistirse a investigar por qué, cómo y quién los mató. Y siempre habrá alguien indefenso por el que el viejo policía tendrá que jugarse la vida, siempre habrá algún alma caritativa que le ayudará y siempre habrá alguna puta del viejo barrio chino que le cuente cosas. Allí, en las miserias de una ciudad que ya no existe, encuentra Méndez la bondad. 

    Peores maneras de morir, publicado recientemente, es probablemente la despedida de un inspector que ha protagonizado once novelas. Todas marcadas por un patrón similar y todas con una calidad literaria que han convertido a su autor, Francisco González Ledesma, en uno de los referentes de la novela negra española. Con la segunda de ellas, Crónica sentimental en rojo, ganó el premio Planeta en el año 1984. Desde entonces han llegado otras ocho novelas y un libro de relatos. Lo han hecho sin la regularidad propia de otros autores del género porque Ledesma no sólo escribe de crímenes. Es también Silver Kane, seudónimo con el que firma una importante coleción de novelas del Oeste. 

    Sus obras tienen un aire a las de Vázquez Montalbán. Carvalho era detective privado y Méndez policía. Carvalho tenía el despacho en las Ramblas y Méndez en alguna vieja cafetería del Raval. Carvalho quemaba libros y Méndez los lleva en los bolsillos. Carvalho tenía a una novia prostituta y Méndez se contenta con ayudar a quienes practican el oficio. 

    En la última entrega, Méndez, el viejo policía, se enfrenta a una delincuencia cada vez más sofisticada. Ahora no persigue un crimen bajuno ni motivado por las más profundas pasiones humanas. Ahora tiene que luchar contra una organización mafiosa perfectamente estructurada y jerarquizada en la que siempre habrá un poderoso al frente. Y ahí se mueve Méndez, entre lo más bajo de la sociedad y las mansiones más lujosas de la nueva Barcelona, tratando de amargarle el desayuno a los que mandan. 

    En esa trinchera lleva el viejo inspector treinta años y no parece que vaya a cambiar. Nunca será comisario, claro, porque los comisarios nunca irán a llevarle comida a las prostitutas viejas que ya no pueden ganarse la vida con su cuerpo y sobreviven con lo que pueden. La prostitución es el tema central de la última novela de Méndez. Pero no como él la ha conocido durante tantos años. Ahora es un negocio internacional, con chicas que traen desde Rusia o de otros países del Este casi siendo menores de edad engañándolas con un contrato de trabajo. Aquí las obligan a prostituirse, les quitan el dinero que ganen y amenazan con matar a sus familias en sus países de origen. Es la esclavitud del siglo XXI. Y no es ficción. La banda que retrata Ledesma sí es ficticia, pero la que desmanteló la Policía Nacional en Sevilla, Huelva, Córdoba y Cádiz hace menos de un mes y que explotaba a más de 400 mujeres no lo era. 

    Peores maneras de morir tiene todavía más valor si se conoce su intrahistoria. González Ledesma sufrió un ictus cuando estaba a punto de terminar la novela, a principios del año 2011. Pasó varios meses en el hospital y todavía hoy sigue en proceso de recuperación. Por ello, tardó varios meses en pulir su obra porque, honesto como él solo, no quiso que se publicara sin corregirla él mismo. El autor ya había anunciado hace tiempo que posiblemente la próxima sería la última aventura de Méndez. 

    Lo sea o no, Peores maneras de morir es, además de una novela negra, una crónica social de cómo ha cambiado Barcelona en los últimos años. Está ambientada en el año 2010, cuando el Papa Benedicto XVI, ahora emérito, viajó a la ciudad condal para consagrar la Sagrada Familia. El Raval es ahora un barrio en transformación, en el que conviven inmigrantes con nuevos ricos y hoteles lujosos con edificios en peligro de derrumbe. En uno de ellos, en el que se refugia una joven extranjera, empieza la novela. Y, cuando el lector piense en una muerte desagradable, no olvide que hay una que siempre será peor.

    F. Pérez Ávila. Diario de Sevilla, 2 de abril de 2013

    18/03/2013

    Francisco González Ledesma - Peores maneras de morir (reseña)

    Bechamel

    Muchos años antes, seis décadas, de que las editoriales nos bombardeasen con los trailers de los libros, un siglo antes de que el lanzamiento de una novela vendida al peso llenara las estanterías de un hipermercado, las novelas contaban una historia que le gustaba al lector. En cada página se nos contaba algo, se huía de las digresiones y se optaba por vender historias, nada más y nada menos. Desde el 48 lleva Gónzalez Ledesma en este mundillo. Los que llevamos décadas leyéndole no estamos sorprendidos pero muchos acaban de descubrirle con la novela que hoy nos ocupa.

    Decir que ésta es una historia de Méndez y como siempre en Barcelona es suficiente para los fans del escritor. Para la mayoría de la gente el personaje es nuevo y ahí nos centramos. El autor nos va desgarrando página a página con una historia relacionada con la trata de blancas, con la venganza, con la Barcelona de antes y no la de ahora que no deja de ser un escenario de plástico y sin alma.

    Méndez regresa por la puerta grande y se va por un lugar que tendréis que descubrir. El autor nos suelta toda la trama y luego la va moldeando con recursos estilísticos y grandes frases para la posteridad. Es una novela con mayúsculas, olvídate del marketing y déjate conquistar por un texto escupido con rabia y maestría a partes iguales. Obligada adquisición.



    paperblog, 18 de marzo de 2013
     
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