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8 de febr. 2008

Acción e intriga en González Kane

Enrique Bienzobas

A mí, como a otros muchos, me costó conocer la verdadera personalidad de Silver Kane varios años. Siempre que lo menciono me vienen recuerdos de mi adolescencia y juventud, de los novillos que hacía (ahora se llaman pellas), de las novelas que leía: Silver Kane, Marcial Lafuente Estefanía… Zane Grey, al que me presentó mi padre: “Si te gustan las novelas del Oeste –me dijo un día-, lee estas que son mejores”. Y si lo eran, al menos tan buenas como las otras, La heroína de Fort Henry, El espíritu de la frontera, Nevada y tantas otras que yo devoraba. Pero también había policíacas, de Eddie Thorny, Espera desesperada, El muerto no tenía coartada, Peligro nacional… O de Lou Carrigan, Consejero matrimonial, Satori (esta era sobre artes marciales).Y muchas más, más de mil, más de dos mil, más… Aunque yo no leí tantas.
Ahora ya todos sabemos que Marcial Lafuente Estefanía fue hijo de un magistrado del Supremo en la República, que estuvo a punto de ser fusilado. Que Eddie Thorny era el periodista libertario Eduardo de Guzmán, del que en la actualidad la editorial VOSA está reeditando su obra. Que Lou Carrigan era Antonio Vera, que ahora publica un blog (
http://loucarrigan.com/). Y más. Que Silver Kane era Francisco González Ledesma, del que Vicente de Santiago Mulas, en su obra La novela criminal española entre 1939 y 1975 (Madrid, 1997, editada por Libris), nos reseña 136 novelas con ese seudónimo y una más con el seudónimo de Taylor Nummy. Que Zane Grey, efectivamente era norteamericano aunque no se llamara así, sino Pearl Zane Gray.
Hoy, efectivamente, sabemos más cosas. Pero nos siguen gustando aquellas lecturas. Y volvemos a ellas siempre que podemos. Por eso es de agradecer el esfuerzo de la editorial La Factoría de las Ideas (y el del director de la colección, David. G. Panadero) su reedición.
La mencionada editorial ha reeditado, con una introducción de Manuel Blanco Chivite, cuatro de las novelas de Silver Kane bajo el título genérico de la primera de ellas, Recuérdame al morir. Una bonita e intrigante historia policíaca con una dosis de misterio cercano a la magia. Aunque al final la magia es la del autor. Cuando Francisco Kane escribió Recuérdame al morir llevaba publicadas ocho novelas, todas ellas en la editorial Bruguera. Era el año 1957 y se publicó en la colección Servicio Secreto con el número 360. Habían pasado nueve años desde que ganó el Premio Internacional de Novela con Sombras viejas, pero la censura franquista impidió su publicación. Faltaban todavía veintisiete años para que, con Crónica sentimental en rojo se llevara el Premio Planeta.
Recuérdame al morir es una novela de intriga (hoy hay muchos que lo llaman “thriller”, como si en castellano no tuviéramos la palabra “suspense”). Sabiamente construida, en donde el diálogo, al estilo de las novelas de Chandler y de Hammett, por poner dos ejemplos, es el eje sobre el que transcurre la acción. Una acción trepidante en la que la magia y la intriga mantienen al lector aferrado a sus páginas, con una tensión creciente que no le permite levantar la mirada de ellas. Tanto que el propio autor se ve obligado a escribir un epílogo, triste epílogo, como dijo un poeta, todos los epílogos son tristes, en el que se suavizan las cosas y se abren ventanas a un futuro quizá mejor, además de que el editor, se lleva una regañina de lo mal que pagan a los autores. La misma editorial, en lengua original, se ve obligada a añadir una nota en la que dice que se le pagó al autor lo estipulado y donde se añade que no se debe de hacer caso a los autores. Este recurso final no es más que el colofón a un juego que el autor ha desarrollado durante toda la historia: el narrador cuenta los hechos en primera persona. ¡El narrador es Silver Kane!
“Si todo relato es narración de una historia, el productor del mismo es el narrador, que es quien cuenta los hechos de esa historia” (Demetrio Estévanez Calderón: Diccionario de términos literarios. Alianza, Madrid, 1996). Aquí nos encontramos con un ejemplo de narración en primera persona, es decir, el protagonista-narrador. Pero hay más, el narrador el es autor, es decir, Silver Kane. Francisco González Ledesma se escuda en Silver Kane (para poder publicar), y utiliza su propio seudónimo para figurar como el personaje central, el “Yo protagonista”. No se qué diría Todorov al respecto, cuando habla de “la mirada” del relato, pero es que, escribir una (y a veces dos) novelas a la semana, es la escuela que despierta imaginación, técnica y sabiduría. Y esta es la escuela en la que aprendió Francisco Kane o Silver González o Silver Kane Ledesma o…
Silver Kane, protagonista, se encuentra en las últimas. No tiene dinero y le vencen varios plazos. Busca ayuda en su editor, que no sólo no se la presta, sino que le insinúa que es él quien le debe dinero. Busca a sus deudores, pero o están muertos o no los encuentra. Sin saber qué hacer sorprende a una joven que se quiere suicidar. Y empiezan los líos. Los muertos parece que regresan de sus tumbas. Una ciega con facultades para adivinar cuándo van a morir o cuándo han muerto. Toda una intriga que va subiendo de tono, de tensión, a la vez que va aumentando el número de muertos.
Todo tiene un final que, si no es todo lo feliz que se desea, si al menos es feliz (seguro que la censura franquista andaba detrás de los finales). Pero, con todo, González Kane se permite alguna crítica indirecta al sistema montando después de la guerra civil: Somos una familia muy poderosa –dice una de las protagonistas de la historia, cada uno ponga aquí el apellido que desee-. La ley nada puede contra nuestra influencia y nuestro dinero, y, por si hay dudas, la que va a ser detenida, miembro de dicha familia, tendrá los mejores abogados del país y hasta los mejores jurados, porque compramos a sus miembros. Evidentemente deja caer que son a los miembros de los jurados, una institución que el Franquismo no tenía, pero por miembros podemos entender cualquiera de los que pertenezcan a las instituciones relacionadas con la justicia. Ir más allá podría provocar cárcel en aquellos tiempos. Y bueno, en estos tampoco anda la cosa mucho mejor.

Liberty, 8 de febrero de 2008

29 de nov. 2007

Un poema en la calzada

Enrique Bienzobas

En el verano de 2002 la revista Interviú regaló cada semana del mes de agosto un librito, formato muy parecido al de las “novelas de a duro”, escritas especialmente para dicha revista. Llegó a publicar y regalar seis: Se presenta el detective Bus, de Manuel Blanco Chivite; Los miedos de la ciudad sin miedo, de Andreu Martín; No hay futuro, destruye, de Mariano Sánchez Soler; El adoquín azul, de Francisco González Ledesma; El mundo en los ojos de un ciego, de Paco Ignacio Taibo II y Es posible la muerte, de Fernando Martínez Laínez. ¡Menuda colección!
Hoy quiero comentar una que me pareció de una belleza extraordinaria, El adoquín azul, de Francisco González Ledesma.
El adoquín azul es un relato corto maravilloso. Trata de la historia de un republicano en los años treinta y cuarenta, un romántico librepensador, un ser entregado a los demás, tanto que ni siquiera amó y cuando pudo amar renunció a ello en aras de la libertad (y del miedo). Montero nace en los años del hambre, de la miseria, de la organización terrorista empresarial y su contestación obrera.
Montero es un poeta, un poeta enamorado de la vida, un poeta romántico, que no romántico, que canta a las calles de Barcelona, a sus mujeres, a las mujeres del Barrio Chino, a las putas, a las pensiones de mala muerte, a las esquinas, a los portales oscuros,... Montero es la memoria de la vida, es la memoria de Barcelona. Los años del plomo (como se llamaron a los años setenta en la Italia de las Brigadas Rojas -. Aquí, en España, a aquel período se le conoce históricamente como “Los años Bolcheviques”), los mismos años de los que habla La bicicleta de Leonardo, de Paco Ignacio Taibo II.
(Montero! (Un romántico que perdió la vida! Perdió la vida buscando otra, que es lo mismo que decir que buscando la suya, porque quién busca una vida la busca en el infinito vivir de los otros). Qué es la vida de uno sin contar con la de los otros? (Nada! Es como respirar el vacío dentro de una escafandra en el frío invierno nuclear. Eso ni es vida ni es nada que se le parezca. Por eso Montero es un poeta vivo. Porque vive y ama la vida. Y ama las calles. Y ama las esquinas. Y ama los oscuros portales. Y odia a los policías. Y los odia no porque sean policías, sino porque impiden vivir a los demás.
Montero logra escapar de una redada. Una redada organizada por el jefe de policía (en 1945) Ponce (que con la democracia sufrió un atentado terrorista que terminó con su vida). Es herido pero logra escapar y lo salva Ana, (La mujer de Ponce! Un ser sensible –la mujer, no Ponce- que huye de su propio presente ayudando a los huidos, ayudando a Montero, Yo conocí a Montero en mis años de hambre, de muerte programada, de portales oscuros y luces verticales cayendo sobre los patios de atrás en el barrio donde él y yo nacimos". Desde entonces Montero solo vive para conocer a Ana. Logra escapar de la muerte fascista, de las luces azules con los yugos rojos. Y Montero logra huir con la inestimable ayuda de Ana. Y viaja, y vive. Y escribe, y logra, en los USA, convertirse en acreditado redactor-traductor-intéprete y contable en editoriales norteamericanas, pero con poco sueldo. Sueldo que quema buscando en la democracia a Ana.
Y buscando, buscando, pierde su vida, arruinada años antes por la luz azul de las camisas asesinas. La pierde en una búsqueda imposible. Ramblas arriba, ramblas abajo, barrio por aquí, barrio por allí. Y gasta lo poco que tiene, y vuelve a empezar. Y va perdiendo la memoria, y va perdiendo la vida que nunca tuvo porque la dio a los demás, como poeta que era. Y pierde el empleo, y pierde el piso en Nueva York. Y pierde la memoria.
Al final, ayudado por manos solícitas, llega a una residencia que es la misma casa en donde estuvo escondido y en donde Ana perdió también su propia identidad. Pero ya es tarde. Ha perdido la memoria. Ana y él. Montero y Ana, vuelven a mirarse, pero sus ojos están vacíos. Nada hay tras ellos. La vida los ha abandonado.
(Qué hermosa y lírica historia de amor! Es una novela negra. Es una novela policíaca. Es una historia de amor. Un amor imposible entre Ana, la mujer del policía fascista, y Montero, el poeta-anarcosindicalista republicano, amante de los portales oscuros y cantador de las mujeres esquinadas.
Narrada en tercera persona. Un narrador omnisciente pero con voz en primera persona. Una pequeña joya literaria.


FRANCISCO GONZALEZ LEDESMA: El adoquín azul. Ediciones Zeta, S.A.. No figura ISBN (regalada con la revista Interviú). Depósitó legal B-37.369-2002. 95 págs.

Liberty
, 29 de noviembre de 2007

6 de nov. 2007

Una novela de barrio

Enrique Bienzobas

No hay grandes personajes. No surgen en esta historia mafiosos internacionales ni redes organizadas a nivel internacional. No hay trata de blancas, ni de negras, ni de amarillas… No aparecen aquí los grandes cártels de la droga, ni de las armas, ni de la especulación urbanística… Nada de eso discurre en Una novela de barrio. Sólo, y es más que suficiente porque lo es todo, es el barrio. El barrio es el mundo, el universo. La vida. Dos viejos emprendedores que habían de hacer juntos una quiniela. Una vecina que dice no tener bastante con su pensión. Un coche que intenta aparcar junto a una familia de gatos. Una nena –miss ombligo- que habla con Dios por su móvil.

El barrio.

La vida del barrio, (Poble Sec, Vallekas, Tetuán, Carabanchel…). Lo que queda de él. Aquello si que era pueblo, Méndez. Lo malo es que cuando los barrios cambian, sus nuevos habitantes entierran su historia. La España –el barrio- del hambre, ya no es lo que era. Ahora el hambre la sufren los de fuera. ¿Sólo? El hambre y la represión, como en Cañada Real, o en El Egido, o en… ¡Da igual! En cualquier, lugar a donde el incierto destino de inmigrantes en busca del paraíso del Capital, les localice.
Si a Juan Madrid le gusta decir que es un narrador de historias. Y es cierto. De Francisco González Ledesma podríamos decir que es un constructor de historias. Con pocos datos: dos antiguos colegas que asaltan un banco y matan a dos rehenes, uno de ellos un niño de tres años. Uno va a la cárcel el otro escapa. Con eso y el barrio, ha construido una historia de la vida real, de la calle. Una historia de amor, de venganza, de odio, de bares, de putas, de marqueses, de madames, de salarios que no llegan a fin de mes, de casas tan pequeñas que el gato tiene que dormir fuera, de policías que no creen en la ley.
Volvemos a ver a Amores, el periodista de la mala suerte, con su voz temblorosa y su seseo, pero que, cuando se refiere a los clásicos del Siglo de Oro, pronuncia bien la zeta. A ellos, pues Méndez siempre está presente, se le une esta vez el anticipado. Uno al que le dieron la jubilación anticipada y abrió un bar con el dinero, un bar que llamó El Anticipado, donde da una cazalla que es mejor no tomar. Sin embargo he notado al jefe de Méndez, el comisario principal, señor M., más dispuesto a favor del inspector a punto de jubilarse que en otras ocasiones. Incluso los expedientes los lleva de forma algo más ligera. Quizá al final de la vida profesional, que será, seguramente, el final de su vida física, habrán empezado todos a comprender a Mendez, incluso la Loles, quizá un amor secreto de Méndez.
Narrada en tercera persona, en ocasiones en primera y a veces en segunda persona. La historia es tan agradable de leer que uno no puede soltar el libro de las manos. Hay pasajes que son inolvidables. La discusión entre Miralles y Eva Expósito, guardaespaldas y su ayudante, es mucho mejor que cualquier “discusión” que se pueda realizar en el Parlamento. Antiguamente la podíamos encontrar en revistas marginales de la izquierda revolucionaria, hoy nadie se las plantea. Y mucho menos en las tertulias mediáticas, esas en las que cualquiera (periodista importante, claro) puede hablar de cualquier cosa. Eva se pregunta por qué protegen a los poderosos a costa de sus vidas. Llegando a la conclusión de que es por un pedazo de pan. Es la historia de los perdedores, de los soñadores. Los otros, los realistas que no sueñan, como por ejemplo Leónidas Pérez, son capaces, con su hipocresía por delante, triunfar en la vida.
Personajes tan maravillosamente desarrollados como Ruth, antigua madame de prostíbulo de barrio proletario y hoy señora marquesa de torre de barrio burgués venido a menos gracias a la especulación. Mabel, la que nunca fue niña y que soñaba mirando al techo, mientras otros gastaban un amor comprado. Eva, la ayudante que ama en silencio y que fue rescatada de más abajo del arroyo. David Miralles, el perfecto guardaespaldas que solo falla en el amor. El Anticipado, con su sabiduría popular que penetra la realidad más que muchos sabios universitarios…
Y el amigo Méndez. Ese que no estudió en la academia, sino en las esquinas de los viejos tiempos donde o aprendías o te mataban. El policía que se cisca en la ley. Ha perdido ahora su ambigüedad, como cuando pensaba aquello de los buenos tiempos de la Brigada Social barcelonesa, cuando la bofia sí que era la bofia (Las calles de nuestros padres). Uno se pregunta cómo es posible que quiera a un policía (incluso cuando ya Guillermo Orsi nos había dicho que Nadie ama a un policía). Y es que la bondad, la sabiduría, su humanidad… todo en Méndez nos satisface.
Hablar del final de esta historia de barrio es hablar de algo trepidante. Confieso que he leído el final en varias etapas. Es tal la tensión que se desarrolla que uno tiene que hacer esfuerzos por no saltar tres renglones, cinco. Una página. Como yo, cuando la tirantez me puede, suelo adelantar la lectura. Esta vez no lo he querido hacer y he interrumpido el final varias veces, para reducir la tensión. ¡Qué bueno el final! Es verdad que se parece un poco a las historias de Bond, James Bond. Pero en el barrio. En una casa donde dos mujeres, la madame y su niña, que nunca fue niña, se odian, pero donde no dudan ninguna en proteger a la otra. ¡El barrio! ¡Nuestro mundo!
¡Qué final!


GONZÁLEZ LEDESMA, FRANCISCO: Una novela de barrio. Editorial RBA. Barcelona, 2007. 297 páginas. ISBN: 978-84-7901-624-1.

Liberty
, 6 de noviembre de 2007