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2 de març 2015

'La novela negra es la que mejor analiza la sociedad y describe la verdadera vida'

  • En el verano de 2008, Francisco González Ledesma recuperó para EL MUNDO a su personaje famoso, el inspector Méndez. En esta entrevista hablaba de las dos historias exclusivas 'La ira del padre eterno' y 'El corazón de la madre eterna'.


El inspector Méndez vuelve a las calles para enfrentarse a casos que sería imposible resolver sin su particular sentido de la ley y sin su piedad hacia los más desfavorecidos. Francisco González Ledesma, su creador, lo pone a trabajar en dos relatos que recuerdan mucho a la actualidad; el caso de un violador que vuelve a delinquir cuando disfruta de un permiso y un asunto de drogas y de sicarios que transcurre en el Madrid del final de la Eurocopa.
Ambas historias, 'La ira del padre eterno' y 'El corazón de la madre eterna' -cada una de tres capítulos- se publicarán en este suplemento, a partir de mañana y durante seis días. ( Ambas, concebidas especialmente para UVE, participan de ese mundo que el autor conoce de primera mano después de muchos años de ejercer como abogado defensor: las calles, las cárceles, todos esos delitos que quedan impunes...
Pregunta.- Lleva 20 años largos conviviendo con el inspector Méndez. ¿Cuál es su relación con él, que se deben el uno al otro?
Respuesta.- Méndez nació a principios de los 80 en la novela El expediente Barcelona. Y desde entonces estoy tratando con él, es para mí como un viejo amigo. Él me debe a mí el conocimiento de las calles y el sentimiento de solidaridad hacia la gente pobre que vive en ellas. De él se me ha contagiado su escepticismo y esa cierta mala leche cariñosa que desprende.
P.- Llama la atención la capacidad de perdonar de su personaje, su empatía con los delincuentes...
R.- Méndez es muy capaz de perdonar, pero tiene mal genio y hay dos delitos que no perdona jamás: la violación y los ataques a los niños; para los demás tiene bastante tolerancia, sobre todo si los comete gente pobre, desgraciada...
P.- Los dos relatos son muy actuales, da la impresión de que transcurren al hilo de las noticias.
R.- La ira del padre eterno está basado en un caso que se está juzgando, el de un violador que volvió a reincidir al disfrutar de un permiso penitenciario que se le concedió a sabiendas de que no se había corregido. Una negligencia policial de la que Méndez es muy consciente.
P.- En ambos relatos, su inspector se salta las reglas, provoca situaciones que le sitúan al margen de la ley, se toma la justicia por su mano.
R.- Méndez se salta los principios de la ley muchas veces, pero nunca los de la moral. Puede hacer oídos sordos a las órdenes recibidas, pero nunca a la voz del pueblo. Intenta comprender en todo momento la ira popular, la filosofía del ojo por ojo, diente por diente. Hay delitos que no deben quedar impunes y hace todo lo posible para que así sea. Hay muchas fallas en las leyes: no se puede meter a un etarra en un hospital de lujo; hay que corregir el hecho de que si una persona mata por segunda vez le salga por el mismo precio de la primera... Ahí, Méndez se erige como una especie de justiciero, sí.
P.- En esa línea, ¿con qué otros personajes del género negro se le puede emparentar?
R.- Pues, hay un escritor francés que a mí me gusta mucho, Frédéric Dard, cuyo comisario San Antonio tiene mucho que ver con Méndez, y está Simenon, su análisis de la sociedad... Y también la novela negra norteamericana, con su cinismo, con su sentido de la calle.
P.- ¿Y el Carvalho de Vázquez Montalbán? Ambos transitan por los mismos escenarios.
R.- Vázquez Montalbán y yo fuimos amigos, compañeros y conspiradores clandestinos en la época de Franco. Carvalho y Méndez comparten, desde luego, el sentido de la Barcelona popular. Pero se distancian en muchas cosas: Carvalho come bien, al contrario que Méndez, y tiene muchas relaciones con mujeres, mientras que Méndez no se va a la cama con ninguna, se dedica a revivir el pasado y se acerca a ellas desde la ternura.
P.- ¿Sus novelas negras le sirven para ironizar sobre la época actual?
R.- Méndez es un personaje real, producto de cuatro policías que llegué a conocer. A mí me sirve como vehículo para expresar lo que siento acerca de las calles, las leyes, la sociedad. Me ha ayudado mucho a tener una cierta ironía, un cierto espíritu burlón, que en la vida real no puedo desarrollar porque me quedaría sin amigos (risas). Pero hay muchas cosas de él que yo no comparto: ni como tan mal, ni voy por el mundo con su desaliño indumentario, ni peco de su falta de ambición.
P.- En general, da la impresión de que la novela negra se ha convertido hoy en el espacio literario ideal para el análisis y la crítica social.
R.- Sí. Lo de novela negra sigue siendo una etiqueta que funciona bien, pero en realidad estamos asistiendo a un fenómeno de novela social. La gente se está dando cuenta de que la verdadera vida está mejor descrita que en otro tipo de literatura y por eso el género cada vez tiene más dignidad y más lectores.
P.- Y no ha tocado techo. Cada vez hay más autores que sorprenden saltándose todos los clichés.
R.- En efecto. Antes era sobre todo la intriga, pero ahora tiene prioridad el análisis de la sociedad, de los caracteres, de las relaciones humanas. Los tópicos, esos que el llamado cine negro contribuyó a instaurar, están desapareciendo absolutamente. Hoy conviven muchos mundos diferentes. Yo me siento más cercano a autores mediterráneos como Sciascia que a los nórdicos, que se levantan a las seis de la mañana, empiezan a tomar un café tras otro y están acostumbrados a la ausencia de sol. Los siento muy lejanos. No me parezo nada a Mankell, por ejemplo, pero cada uno hemos construido un entorno particular desde la total libertad.
P.- ¿Cómo ve el inspector Méndez la España actual, cómo afronta la llegada desesperada de emigrantes, la crisis económica...?
R.- Pues le preocupa, sobre todo, la transformación que están sufriendo los barrios con los inmigrantes. Observa cómo en el viejo barrio chino, el Raval, ya casi no quedan españoles. Una vez, incluso, se perdió, se desorientó en sus calles. Todo ha cambiado: los sentimientos, las ideas, la religión... De estar habitado por obreros con ímpetu revolucionario, el barrio ha pasado a ser ocupado por pakistaníes, moros, indios y latinoamericanos a los que el país les interesa como sustento. Ya no existe el clima social y político de hace 40 años.
P.- Su personaje es un escéptico, un desencantado de la política.
R.- Sí. Méndez es profundamente demócrata, respeta las libertades y a las clases populares, pero en cuanto a los políticos, tiene muchas reservas. Sabe que pocas veces dicen la verdad y que abusan de la buena fe de la gente.
La leyenda de quien se escudó tras Silver Kane
Francisco González Ledesma tiene una biografía que por sí sola ya es bastante novelesca. Reconocido hoy como uno de los grandes de la novela negra en países como Francia, donde su inspector Méndez es casi tan popular como el Maigret de Simenon, en su juventud, marcada profundamente por el franquismo, hubo de firmar bajo el seudónimo de Silver Kane, una extensa serie de historias de trama policiaca y del Oeste, destinadas al quiosco, que se hizo muy popular durante la posguerra española y que incluso llamó la atención de Alfred Hitchcock. El cineasta quiso llevar a la pantalla grande una de las trepidantes aventuras ideadas por el autor, pero el sindicato de guionistas norteamericano le puso obstáculos y abandonó la idea. El proyecto fracasó, pero sirvió para alimentar la leyenda del escritor. «Me tuve que transformar en Silver Kane por razones de la censura y se convirtió en un maestro del que aprendí las técnicas de la escritura», señala ahora. Aunque las circunstancias han cambiado para bien, Ledesma acaba de publicar en Destino 'El candidato de Dios', una novela que, curiosamente, firma bajo otro seudónimo, Enrique Moriel, para diferenciarla de las obras protagonizadas por el inspector Méndez. Un personaje peculiar que lleva tabaco y periódico a los presos que de verdad quieren integrarse y que los adictos al género negro conocen bien. Con él, González Ledesma ha alcanzado el reconocimiento. Títulos como 'Crónica sentimental en rojo', con el que ganó el Planeta en 1984, 'Las calles de nuestros padres' o 'La dama de Cachemira', conforman una serie muy española que, sin embargo, ha enganchado a lectores de otras latitudes. «En Francia aprecian la serie por su viveza y porque refleja las contradicciones de la sociedad española», señala el escritor, quien ahora trabaja en otra nueva aventura de Méndez, como siempre «muy apegada a la actualidad».
Emma Rodríguez. El Mundo, 2 de marzo de 2015

Maestro Ledesma

  • Como todos los hombres realmente sabios, era un hombre profundamente bueno. Lo saben quienes lo conocieron a través de sus libros, y también quienes tuvimos el privilegio de tratarlo personalmente.


Como todos los hombres realmente sabios, era un hombre profundamente bueno. Lo saben quienes lo conocieron a través de sus libros, y también quienes tuvimos el privilegio de tratarlo personalmente. Hace unos años, en 2011, nos preguntamos a quién podíamos dar el primer premio José Luis Sampedro, que distingue una trayectoria literaria y humanista y se entrega cada año, desde entonces, en el marco del festival Getafe Negro. No tuvimos muchas dudas: nadie mejor para recibirlo que Francisco González Ledesma. No pudo venir a recogerlo personalmente, pero se lo hicimos llegar a través de su hija. Sé que le alegró unir su nombre al de José Luis, otro hombre grande cuya inteligencia se traducía en una bondad infatigable y sin imposturas.
Lo conocí hace diecisiete años, en una Semana Negra de Gijón, cuando yo comparecía allí con mi primera novela de la serie de Bevilacqua, y él asistía ya en su condición de patriarca y pionero del género negro en España con la serie de su inolvidable inspector Méndez. Con ella aportó a un género casi inexistente en nuestro país un héroe mítico, repleto de humanidad y con inmediata proyección internacional (en Francia se lo venera). Desde entonces nos fuimos viendo aquí y allá, de festival en festival, y nos honró con su presencia en Getafe Negro, cuando apenas era un proyecto que arrancaba y de incierto futuro.
Con él y con Rosa, su mujer, además de la mía, compartí un viaje a Friburgo, invitados por el profesor Julio Peñate, donde tuvimos la oportunidad de hablar de novela negra española con los alumnos suizos, a los que encandiló con su bonhomía, su hondura y la ternura que rezumaban todas sus historias; aun cuando eran, a menudo, las historias de cómo vivía y sufría la gente humilde, esa a la que permaneció leal toda su vida. De aquella visita salió un libro sobre ambos que ahora es un tesoro para mí, y también una amistad que no lo es menos. Eso y la convicción de que detrás de un hombre de su estatura hay, sobre todo, pasión y trabajo, además del amor y el sostén de una mujer tan excepcional como Rosa, a la que quiero enviar desde aquí un abrazo en mi nombre y en el de toda mi familia.
Abogado, periodista, escritor popular, escritor de género, escritor a secas y con mayúsculas. Todo eso lo fue Francisco González Ledesma y varias de esas cosas a la vez, dejándose la piel en larguísimas jornadas para poder sacar adelante a su familia y poder legarnos una obra por la que le debemos inmensa gratitud. En especial se la deben los barceloneses, porque en ella hay una memoria de la ciudad, de esa ciudad sustancial a la que a veces se ignora y ningunea, en beneficio de otras versiones, más rutilantes y monocromáticas, pero que él supo apresar en toda su pluralidad, con sus luces y sus sombras, su dulzura y su amargor. Eso que para sus lectores, a despecho de cualquier idealización reduccionista, será para siempre Barcelona. Y si las ciudades sienten, uno apuesta que Barcelona agradece haber tenido quien la contara con tanta belleza y tanta verdad.
Amigo, maestro, sigues en tus libros. Porque los hombres de veras buenos, de veras sabios, no se mueren nunca.
Lorenzo Silva. El Mundo, 2 de marzo de 2015


20 de març 2014

'Pulp': animal de compañía

'El adoquín azul': El periodista y escritor Francisco González Ledesma publica su última novela, un 'thriller' de bella factura que desarrolla una apasionante historia de amor frustrado


Autor recolzat a una bicicleta


Tanto monta, monta tanto, Silver Kane como Enrique Moriel. Sendos seudónimos son los que utilizó el periodista y escritor Francisco González Ledesma para firmar más de 300 novelas de lo más cercano al 'pulp' que hemos tenido en España. González Ledesma (Barcelona, 1927), además, fue uno de los impulsores, junto a Manuel Vázquez Montalbán, de la novela negra de corte social en España. Una parada en su página de wikipedia augura más de una sorpresa acerca de un escritor al que, por desgracia, y como suele ocurrir por estos pagos, no hemos considerado en su justa medida. Pero siempre estamos a tiempo de remediarlo. Y este 'El adoquín azul', su última novela, publicada por la gente de Menoscuarto, aparece en las librerías como la excusa perfecta para adentrarse en un escritor de los de raza.
Conocida es la anécdota de que, en 1948, con tan sólo 21 primaveras, un jovencísimo González Ledesma se alzaba con elPremio Internacional de Novela por su obra 'Sombras viejas', en cuyo jurado se encontraban Somerset Maugham y Walter Starkie. No obstante, al parecer, los censores del franquismo prohibieron su publicación, tildando a su autor de "rojo" y "pornográfico", lo que le sumió en el silencio como novelista durante un buen número de años. Aunque, por fortuna, volvió a la máquina de escribir con la fuerza de un 'tsunami'.
"Rojo" y "pornográfico". No me digáis que no se puede tener mejor comienzo en el mundo de las letras. Y de ahí a las novelas del oeste que leían nuestros padres como si fuesen adictos de unos peculiares 'dealers' denominados 'quiosqueros'. Y, finalmente, a la novela negra con un personaje, el inspector Ricardo Méndez, que se encuentra a la altura de Pepe Carvalho o Plinio. Ahora, después de la última entrega de Méndez, 'Peores manera de morir' (2013), llega esta 'nouvelle' contundente y fresca, rescate de una publicación por entregas hecha en el verano de 2002 en la revista 'Interviú'. Y bienvenida sea esta novela breve -apenas roza las 70 páginas - en la que ni falta ni sobra una palabra y que sirve a su autor para lograr una perfecta metáfora del vacío existencial en que nos encontramos todos.
El argumento bien merece una pequeña parada: Montero, traductor y poeta en una Barcelona de posguerra, es herido en una redada, de la que logra escapar gracias a la ayuda de Ana, la mujer de un feroz jefe de policía. A partir de aquí lo que sigue es un 'thriller' de bella factura y una apasionante y enternecedora historia de amor frustrado. González Ledesma cien por cien, vamos. Uno de los grandes. Otro de los nuestros. Sobra decir que la novela es más que recomendable. Ahí va su arranque para que os hagáis una idea:
De acuerdo, Señor, pero yo no sé si Montero -a quien recuerdo en mi soledad- ha muerto. Yo conocí a Montero en mis años de niño, que, como tú sabes, fueron años de hambre, de muerte programada, de portales oscuros y luces verticales cayendo sobre los barrios de atrás en el barrio donde él y yo nacimos. Montero era algo mayor que yo; supongo que unos diez años. Su tiempo barcelonés también lo has conocido. En su niñez, oyó hablar de los sindicatos en lucha, conoció el somatén y hasta parece que se acordó de ti para rezarte la primera oración de su vida, cuando se encontró entre el fuego cruzado de dos bandas de pistoleros, unos del sindicato y otros de la patronal. De todos modos, a eso, no sé por qué, él lo llamaba el Gran Tiempo, o el Tiempo de las Intensidades.
Montero solía decir, es verdad, que aquella había sido una época irrepetible, y que él había tenido la oportunidad de vivir una Barcelona caótica, convulsa, sucia, viciosa y, por lo tanto, fascinante: fueron, siempre según Montero, tiempos de grandes iniciativas, desde la Mancomunitat al Institut d'Estudis Catalans, desde Puig iCadafalch a Pau Casals, desde la Sagrada Familia a Madame petit. No creas, sin embargo, que Montero fue un cínico, al unir cosas tan dispares. Él amaba aquella Barcelona en su infinita variedad, su lucha, su imaginación y su pestilencia. Hay que decir en su honor que a Montero le interesaban más la Biblioteca de Catalunya y los versos de Salvat Papasseit que todo lo demás, porque Montero, Señor, era un poeta. Quiero decir que al margen de trabajar casi diez horas al día como traductor, ir de vez en cuando al Ateneo (donde solía integrarse, con una devoción religiosa, al círculo de Pompeu Fabra), buscar documentación en las bibliotecas y amar con la mirada a las gentes de las calles, Montero escribía cosas que se iban con el aire de la ciudad, cosas dedicadas a la nada.
Supongo que tú no estás demasiado al corriente de la poesía, Señor, en especial la religiosa, que tiene efectos narcotizantes de suma gravedad, pero aun así Montero hubiese debido merecer tu atención, o tu lástima. Montero escribía sobre cosas tan perfectamente frágiles como las calles que cambian y las mujeres que envejecen, y supongo que eso hizo que no se le considerara nunca un poeta de valores permanentes, al revés de lo que ocurre con los sabios que te cantan a ti, Señor, a la patria o a la madre, inversiones espirituales siempre seguras y que Montero desdeñó. Yo no sé si fue un gran poeta, pero imagino que debió de serlo, porque no lo cita ninguna antología y porque alguna vez, sin embargo, he oído sus letrillas en la calle, en boca de alguna vieja que aún las recuerda. Montero interpretó la luz de los portales, la risa de los niños, el llanto de las mujeres y la mirada de los perros, es decir, hizo un trabajo perfectamente inútil sobre cosas pasajeras de las que ninguna historia se acuerda.
Marga Nelken, El Mundo, 20 de marzo de 201

19 de maig 2010

La Barcelona de Ricardo Méndez

Javier Mazorra

De la mano del procaz policía creado por Francisco González Ledesma nos sumergimos en una Barcelona recóndita, oculta, subterránea, que la mirada de Méndez hace aflorar a lo largo de los relatos. Como lo indica el propio autor, su protagonista «deambula por las entrañas de la ciudad y los recovecos íntimos de una Barcelona que no se ve pero que palpita en el aire». Su territorio natural es el Poble Sec, el Paralelo y el Raval, llevándonos también al Eixample e incluso a los Barrios Altos y a la prolongación de la Diagonal.

Durante más de un cuarto de siglo, a través de sus libros hemos podido pasearnos por una ciudad en trance de desaparición. Es consciente de que se está convirtiendo en otra nueva; no le gusta pero aun así nos la describe de igual forma. Méndez empezó como secundario en 1983 en Expediente Barcelona para convertirse en protagonista absoluto un año más tarde, en La calle de nuestros padres.

De su historia, conocemos poco. Se sabe que cuando era joven trató de alquilar una máquina de escribir con doble teclado, uno para las mayúsculas y otro para las minúsculas, «porque tenía pinta de ser la más económica». Fue un policía joven pero que nunca tuvo problemas con las amenazas disciplinarias, ya que, cuando le entregaron su primer nombramiento, le comunicaron también su primera sanción. Vivió durante muchos años en la trastienda de un colmado que también funcionaba como bar en la antigua calle Nueva (Carrer Nou de la Rambla) donde también estaba su comisaría de barrio aunque desde hace un tiempo, ya al filo de la jubilación, vive «en un pisito frente a Atarazanas tan lleno de libros que hasta es posible que debajo esté sepultada la ultima mujer de la limpieza».

Su Barcelona es a veces más fantaseada que real, una ciudad «reinventada», pintada con los colores de la melancolía y de la nostalgia pero que siempre terminamos reconociendo, aunque el mismo Mendéz se pierda y a veces no sepa dónde está.

Ciudad de fantasma

Sólo hay que llevar un libro suyo en la mano y empezar un largo deambular por sus calles. Así llegaremos a la de Tapioles (para muchos todavía Las Tapias) en el Poble Sec, donde una placa nos recuerda que en el número 22 nació González Ledesma. Ya no hay mujeres prostituyéndose. Ha aparecido más de un restaurante de diseño, sobre todo en la antigua plaza del Surtidor. Pero los fantasmas del pasado siguen ahí, asomándose cuando nos acercamos a la Pequeña Francia, ya en los lindes con Montjuic donde se esconde ese cementerio con vista al Mediterráneo que se cuela en algunos de sus relatos. Lo mismo ocurre con el Paralelo donde sólo si leemos con precisión sus novelas podemos imaginar cómo era la calle más divertida de Barcelona.

La metrópolis que descubrimos es quizás más añorada que real, pero está todavía ahí, como el Mercado de San Antonio que ha cambiado y aún se modificará más veces. Pero sigue siendo el mismo que aparece una y otra vez en sus novelas. Siempre se encuentra más cómodo en su territorio, entre el Paralelo y las Ramblas, «donde una brisa suave llegaba del mar y subía... acariciando los cuerpos de las turistas, incluso de las que jamás habían recibido una caricia.». Vale la pena seguirlo también por el Eixample y ver cómo conoce su pasado, sus historias secretas, la diferencia entre su lado derecho y su lado izquierdo.

Al Poble Nou no va mucho, pero cuando lo hace nos seduce de inmediato y nos provoca ponernos en camino hacia ese barrio casi desfigurado, invadido por un nuevo Barcelona con nombre de arroba tecnológica pero que todavía esconde verdaderos tesoros como ese Cementerio Nuevo que ya va camino de doscientos años.

Puertas secretas

Da igual que, como repite una y otra vez a través de sus personajes, «ya no veía la ciudad que era sino la que había existido o la que le habían contado». También afirma el mismo González Ledesma: «Como no sé planificar una novela ni desarrollar un argumento, me sumerjo en las calles y las paseo, y lo que acaba pasando es que la ciudad auténtica acaba metida en la novela».

De lo que no hay duda es que de su mano abrimos puertas secretas. De pronto estamos rondando las antiguas villas de Vallvidrera o de Horta, «donde aún quedaban casas centenarias tribunas de la vieja burguesía y gatos que se aburrían espiando a los coches». Y sin embargo nunca nos da todas las claves y ahí radica su principal encanto. Quien se pasee por su más sórdido que entrañable Carrer Nou se va a llevar la sorpresa de encontrarse con una de las obras clave de Gaudí a la que además se puede entrar, al haberse convertido en museo. O en Horta, que esconde uno de los jardines más misteriosos de Barcelona.

A veces no puede evitar hacernos un guiño a los amantes de la novela negra, invitándonos a conocer cerca del puerto la librería Negra y Criminal, donde lo primero que llama la atención es un cartel que dice «Terminantemente permitido fumar». Es el mejor sitio donde seguir descubriendo la Barcelona de Méndez. Pero también la de Pepe Carvalho y la de otros detectives y policías nacidos en Barcelona de la mano de tantos otros escritores como Mendoza, Andreu Martín y Giménez Barlett, a los que se suma toda una nueva generación que nos invita a descubrir otras Barcelonas con la muerte en los talones.

El Mundo, "Viajes con la muerte en los talones", 18 de mayo de 2010

20 d’abr. 2010

Francisco González Ledesma

Treinta años después, y tras conquistar prestigiosos premios literarios bajo su propio nombre, Francisco González Ledesma resucita a Silver Kane, seudónimo bajo el cual escribió cientos de novelas del oeste y burló la censura franquista.


Parte I (07'57"): 'La censura me acusó de rojo y pornógrafo'

Parte II (10'45"): Mujeres, sexo y sentimiento en Silver Kane

Parte III (08'59"): 'En España nos hemos acostumbrado a vivir sin ningún ideal'

ElMundo.es, 20 de abril de 2010

2 d’ag. 2008

El corazón de la madre eterna. 3. Todo por amor

Francesc González Ledesma

El Mundo / UVE, 2 de agosto de 2008

1 d’ag. 2008

El corazón de la madre eterna. 2. Una amarga venganza

Francesc González Ledesma

El Mundo / UVE, 1 de agosto de 2008

31 de jul. 2008

30 de jul. 2008

La ira del padre eterno. 3. Una dama cuidadosa y antigua

Francesc González Ledesma

El Mundo / UVE, 30 de julio de 2008

29 de jul. 2008

La ira del padre eterno. 2. La víctima no tiene nada

Francesc González Ledesma

El Mundo / UVE, 29 de julio de 2008

28 de jul. 2008

La ira del padre eterno. 1. El que la hace la paga

Francisco González Ledesma

El Mundo / UVE, 28 de julio de 2008

24 de juny 2008

Francisco González Ledesma convierte a Jesucristo en presidente de EEUU

Laura Fernández

Christian Earth vive en el Pensylvania, un motel de mala muerte, y no tiene un centavo, pero quiere ser presidente de los Estados Unidos. Sólo es otro de esos locos que cada cuatro años sueñan con dominar el mundo, piensa Goren, el hambriento perdedor que contrata para que le lleve la campaña electoral. Pero las cosas no siempre son lo que parecen. ¿Y si ese tipo, hijo de Mary y Joseph, apadrinado por un misterioso y huraño banquero que busca fortuna y poder, fuera Jesucristo? ¿Y si Jesucristo quisiese ser presidente de los Estados Unidos? De esa premisa parte la segunda novela que Francisco González Ledesma firma como Enrique Moriel: El candidato de Dios (Destino).
"Quizá ha sido la novela que más me ha costado escribir, pero la que más me ha aportado", dice González Ledema, que siempre se ha sentido atraído por el mundo de la religión y el abismo que separa el mensaje de Jesucristo y lo que la Iglesia ha hecho con él. "En la novela, el ansia de poder de la Iglesia, interesada en levantar un edificio para atesorar riquezas, está representada por el avaro banquero, que no es más que el Espíritu Santo, padre biológico de la criatura, que busca ostentar una posición de poder haciendo uso de su hijo, Jesucristo, que sólo quiere el bien para todos", explica el escritor. Con un envidiable estilo y una prosa que bebe y mucho de la mejor novela negra, género que el autor ha cultivado desde que tenía 15 años, Ledesma pone sobre la mesa, con claridad y un atractivo sorprendente, los mecanismos de construcción de poder y control de masas que la religión lleva desarrollando desde el principio de los tiempos.
"En realidad empecé a escribir esta novela hace ocho años, durante una campaña electoral, pero luego lo dejé. Cuando lo retomé, decidí ubicarla en la actual campaña de Estados Unidos porque me parece histórica. El hecho de que una mujer pudiera llegar a ser presidenta de, prácticamente, el mundo, me entusiasmaba. Lástima que ya no pueda ser", apunta González Ledesma, que cree que Barack Obama debería darle un puesto a Hillary Clinton en su equipo si no quiere que, desencantados, sus votantes se pasen al bando republicano. "Las elecciones en Estados Unidos son un festival mediático pero también son un festival de la mafia. Debe reunirse mucho dinero en muy poco tiempo y sólo hay una manera de conseguirlo", añade.
El escritor, que acaba de cumplir 81 años, conoce bien Nueva York y el proceso norteamericano. Ha pasado temporadas allí y, además, su hijo ha sido corresponsal en la ciudad durante anteriores campañas. "Todo lo que cuento es cierto", asegura. "Aquí, en España, sabemos de qué pie cojea cada partido, porque todos vienen de algún sitio, conocemos su pasado. Pero en Estados Unidos cada candidato representa a unas fuerzas determinadas y la mayor parte de las veces están escondidas. Por eso me inquieta Obama. No se sabe de dónde viene. De ahí que se crea que la mafia lo retirará si sale elegido, como pasó con Kennedy, que debió incumplir alguna promesa", concluye el escritor.

El Mundo, 24 de junio de 2008

7 de set. 2007

El Inspector Méndez regresa a las calles con un galardón

González Ledesma se lleva el I Premio Internacional de Novela Negra RBA con 'Una novela de barrio', séptimo caso del sabueso

Matías Néspolo

BARCELONA.- En 1983, con Expediente Barcelona, ya estaba a punto de retirarse. Sin embargo, 14 años después sigue en plena forma.El Inspector Méndez ya se ha jubilado, pero sigue recorriendo las calles de Raval barcelonés y continúa resolviendo casos con sus métodos poco ortodoxos.
De sus últimas pesquisas resulta Una novela de barrio que se traduce en un nuevo premio para su creador, Francisco González Ledesma. Y ya van cuatro. Paco, como llaman los amigos al veterano maestro del género negro, ha ganado con Méndez el Premio Planeta en 1984 por Crónica sentimental en rojo y el premio de la crítica francesa en dos oportunidades. Galardones a los que ahora se suma el I Premio Internacional de Novela Negra RBA. «El día que Méndez quiera cobrarme, no le voy a poder pagar», bromeaba ayer González Ledesma, momentos antes de la ceremonia de entrega.
Y con respecto a la veteranía de su héroe reconoció que «Méndez está en articulo mortis», pero como «tiene la enfermedad de nosotros los periodistas, aunque se haga viejo, sigue en activo», afirmó el doble del escritor Enrique Moriel, seudónimo con el que González Ledesma arrasó el pasado Sant Jordi con la novela histórica La ciudad sin tiempo.
La premiada Una novela de barrio, séptima entrega de su descreído sabueso, narra la historia de una venganza. El conocido maleante Omedes muere asesinado. Su colega de viejas andanzas -un atraco a un banco en los años setenta, del que un niño de corta edad resultó muerto-, que se hace llamar Erasmus, teme la represalia del padre de aquella víctima: David Miralles. Erasmus se anticipa al golpe y Méndez entra en escena para detener la espiral de violencia que se desata. Su investigación revelará, en un sorprendente giro final, que las cosas no son tan simples como parecen. Pero «que nadie se llame a engaño. Hay un niño muerto y un padre que quiere venganza, pero esto no significa que él finalmente se vengue», aclaró González Ledesma como un aviso de navegantes para sus lectores, «porque detrás de todo hay otra historia de amor y lealtad».
De hecho, el otrora prolífico autor de novelas del Oeste bajo el seudónimo de Silver Kane comenzó esta obra no como un policial, «sino como una historia de amor paternal en la que el padre intenta reconstruir hipotéticamente la vida de su hijo desaparecido».
Como en sus memorias Historias de mis calles, la verdadera protagonista de esta novela es la Barcelona proletaria, marginal y represaliada que González Ledesma rescata de la transformación urbana.
Como Méndez, el escritor ya no reconoce el barrio Chino de su infancia, el que compartía junto Manuel Vázquez Montalbán.
«La patria es la pared contra la cual de niños hemos meado», recuerda que le dijo un día el creador de Pepe Carvalho, y González Ledesma aún hoy lo cree. De allí la nostalgia. «La geografía humana y el paisaje urbano están cambiando. Está naciendo otra Barcelona, no sé si más o menos digna, pero completamente nueva», afirmó el escritor.
González Ledesma repasa en Una novela de barrio los bajos fondos y el crimen de esa nueva Barcelona «con una mirada en la que predomina la piedad y eso hace la hace tierna», señaló Soledad Puértolas, miembro del jurado, junto a Suso de Toro, Lorenzo Silva, Antonio Lozano y Anik Lapointe, que le concedió el premio por unanimidad.
El autor de Sombras viejas recibe en consecuencia el monto de 125.000 euros. Se trata del premio de novela negra mejor dotado del mundo. Toda una apuesta por el género del grupo RBA.


El Mundo
, 7 de septiembre de 2007

22 d’abr. 2007

Moriel se quita la careta

En realidad se llama Francisco González Ledesma. Dejó la abogacía para dedicarse a los libros. El franquismo lo prohibió, se hizo famoso como escritor de novelas del oeste, ganó el Planeta y su última obra, «La ciudad sin tiempo», va camino de ser un «best-seller». Ahora da la cara

Elena Pita

Se titula La ciudad sin tiempo. Su autor, español de Barcelona, ha dado esta semana la campanada descubriéndose detrás de un seudónimo que en un solo mes ha encaramado su novela por la senda de los best-sellers (60.000 ejemplares vendidos): es la última peripecia de Francisco González Ledesma, reconocido y premiado novelista de género más bien negro, al amparo de un nombre desconocido para todos, Enrique Moriel. Para todos, menos para la censura franquista: Moriel es el protagonista de su primera novela (Sombras viejas) prohibida y destruida, ganadora en 1948 del premio José Janés y recurrente éxito de ventas en Francia que, vuelta a escribir, Destino publicará ahora en castellano.
Un juego conocido el de Ledesma: muchos son los casos de escritores ocultos tras un seudónimo o que deciden crear heterónimos, apócrifos, complementarios...; como muchas y diferentes son las razones que les conducen a sacrificar esa porción de ego en aras de otro yo (mayormente inexistente).

Siguiendo con el autor de Moriel, ¿qué hizo el prohibido Ledesma durante los 27 años que aún duraría la represión del Régimen?

Pues convertirse en el popularísimo Silver Kane, ciudadano de las llanuras del Oeste americano, que relató sus peripecias en unas 450 novelas publicadas por Bruguera (existe todo un club de coleccionistas siguiendo su pista en ferias del libro usado, Jodorowsky entre otros). Así pues, Silver Kane (primer alter ego de el Ledesma, Poble Sec, Barcelona, 1927), aferrado al contrato editorial que le permitiría salir de la miseria, llegar a ser un brillante abogado, renunciar en pos de la justicia inexistente y escribir otras historias menos «rojas y pornográficas» (sic), durante 32 años entregó aquellas novelitas a razón mínima de cuatro al mes. En el 84 gana el Planeta, crea una serie policiaca con Barcelona al fondo, se dedica al periodismo de altura en La Vanguardia, es cronista de la villa, tiene, cría y educa a tres hijos, etc.


SACRIFICAR SU NOMBRE

Hace escasos meses, junto a su editor (Destino), llegó a la conclusión de que una vez más habría de sacrificar su personalidad, puesto que, tras 25 años de gestación y cuatro reescrituras, había parido una novela ajena al registro policiaco por el que popularmente es conocido.


¿Temía acaso el recelo de los lectores alérgicos al género de kiosco?

«Es un prejuicio un poco tonto ése, catologar de serie B a autores como Montalbán, Mendoza... Después de haber escrito casi 500 novelas, si algo tengo es oficio. Cuando empecé tuve nombre como escritor de la vida política y social de Barcelona, escribí entre otras cosas una trilogía que relata la vida política de la ciudad desde el año 33 al 82. Pero a raíz del Planeta, que gané con una novela negra (Crónica sentimental en rojo), publiqué bastantes obras de intriga, y esto configuró un nuevo nombre para mí. Entonces, publicar esta novela, de carácter histórico, con asuntos teológicos que hasta ahora nunca había tratado, suponía un problema: la gente iba a clasificarla a priori como novela negra. La idea de publicar bajo seudónimo se me ocurrió a mí. No hubo intención alguna de engañar... Y además tenía otra razón, sentimental: unir los dos pedazos de mi vida, el último, que es el que vivo, y el primero: Moriel es el personaje de mi primera novela, para mí muy querido».

Protagonista de Sombras viejas, escrita en el 44, premiada (Somerset Maugham era del jurado), prohibida y destruida por el autor, que rescribió para publicar en Francia hace 10 años, y que ahora escribe por tercera vez.

«Escribía desde los 12 años, y a los 17 me parecía que podía hacer ya la novela de mi vida» (se ríe).
No fue tampoco el miedo escénico del autor que cambia de registro: es ésta una historia bien antigua para el Ledesma (así conocido en familia). «Tiene casi 30 años. Mientras escribía aquellas novelas de acción, se me ocurrió lo fascinante que debía de ser la vida de un ser que no muriese y fuese testigo de una historia a lo largo del tiempo. La idea quedó ahí, hasta que La Vanguardia me encargó, hace 20 años, un folletón de verano y entonces se convirtió en El vampiro del paseo de Gracia, que es esta historia pero simplificadísima (tanto, que un avezado crítico amenazó en marzo con acusar al tal Moriel de plagiar dicho folletón) y vuelta a escribir tres veces más. Rompo muchas cosas» ("casi todo", según Rosa, su magnífica mujer, el día entero apartándole escritos que en sus manos peligran, ay). Ésta es una novela muy trabajada». Y tanto.
No es premura ni ambición de ego, ni que se haya visto sorprendido por el éxito de ventas. Habían decidido (autor y editor) que sería un seudónimo efímero, y se pusieron una fecha. Ledesma no quería faltar a la deliciosa cita con los lectores que es el día del libro: «La fiesta más civilizada que conozco: una rosa, un libro y una sonrisa». Así que emplazaron la revelación para antes, el pasado martes.

¿No temía el autor que le acusaran de juego ilícito, intento de manipulación al estilo anuncio fantasma, engordando la expectativa del consumidor adicto?

«No, porque no hay ningún secreto, el único motivo lógico es que no la confundieran con una novela negra». Se beneficia además Ledesma de una merecida reputación de escritor limpio: «Soy un obrero de la pluma; no soy un autor tan famoso como para que se monten tinglados publicitarios a mi alrededor».
Claro que algunos se dieron cuenta de quién era Moriel: críticos, compañeros antañones de La Vanguardia, lectores aviesos que reconocieron su estilo... Y hasta aquel periodista que le aconsejó al editor que buscara un buen abogado para defenderse de plagio (con el folletón en la mano). «Sí, el estilo me traicionó, porque no se puede esconder», como tampoco esconde su eterno asunto: el alma de Barcelona, mujer o ciudad de la que ha sido relator durante toda la vida: de comentarista de boxeo a cronista de la alcaldía, pasando sobre todo por la calle, su verdadera pasión. «Barcelona es como mi madre: lo sé todo de ella... Frente a la idea que tiene la mayoría (la ciudad de la pela), para mí es una ciudad que vive de mitos; el nacionalismo es uno de ellos: un mito espiritual».

-¿Hay algo esquizoide en esta convivencia con un alter ego?

-Enrique Moriel ha sido un seudónimo que nació con vocación provisional, y he convivido con él guardando silencio cuando escuchaba comentarios. En Silver Kane, sí; él formó parte de mí con toda naturalidad, yo intentaba pasar por autor norteamericano y me sorprendía si alguien me hablaba abiertamente de alguna de sus novelas, pero al final lo sabía todo el mundo. El contrato tenía que haber durado tres años, para sacarme del hambre, pero como vendía bien, aquí y fuera, duró desde el 52 al 84... Confieso que casi me gustaba hacerlo: siempre me ha apasionado escribir, es lo único que he sabido hacer en mi vida.

LITERATURA CON NOMBRE «FALSO»

Pessoa y sus heterónimos. Creó en 1912 a Alberto Caeiro, el poeta-filósofo de origen campesino. En 1914 nace Ricardo Reis, epicureista y monárquico que emigra a Brasil al proclamarse la república. Poco después surge Alvaro de Campos, anglófilo, poeta futurista que deriva al nihilismo. Pero es en Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego, donde Pessoa más se identifica: «Es una simple mutilación de mí».
Machado y sus apócrifos. O «complementarios», como él decía: Abel Martín y su discípulo Juan de Mairena son los seudónimos (no admitidos) que utiliza para desarrollar su pensamiento filosófico. Cuenta su biógrafo Ian Gibson que tal vez escondiera en ellos «cierto pudor con los asuntos filosóficos, porque es consciente de que ha llegado muy tarde: fue bachiller con 25 años (pésimo estudiante) y teme resultar pobre frente a Unamuno u Ortega, a quien frecuenta y admira».
Dinesen: disfraz de condesa. Autora danesa y pionera de lo que ella misma bautizó como género gótico, se hizo mundialmente conocida con sus cuentos fantásticos y el sobrenombre de Isak Dinesen, que no ocultaba sino a la condesa Karen Blixen. El matrimonio Blixen vivió años en Africa, donde ella se enamora de un aristócrata y cazador inglés, provocando su divorcio y generando una de las obras más leídas en el último siglo: Memorias de Africa.
Y además: Larra se escondía bajo nombres como Fígaro, Ramón Arriala o Niporesas. Leopoldo Alas firmaba sus artículos como Clarín y Antón Chéjov era Antona Chejonte cuando escribía chascarrillos. Hay asumidos por auténticos cientos de seudónimos literarios: Molière, Moravia, Orwell, Valle-Inclán (era Valle pero Peña), Wilde, Wolfe, Azorín, Céline, Stendhal, Gorky, Jack London, Gabriela Mistral, Terenci Moix...

El Mundo
, 22 de abril de 2007

18 d’abr. 2007

González Ledesma se oculta tras el autor de 'La ciudad sin tiempo'

Llucia Ramis

BARCELONA.- Era un secreto como los que guarda Barcelona en su barrio Gótico; un secreto inscrito en los muros que ya nadie relee, un susurro del pasado. Tras el pseudónimo de Enrique Moriel, autor de La ciudad sin tiempo, se ocultaba hasta ayer Francisco González Ledesma. Conocido sobre todo por sus títulos de temática negra, quiso firmar su primera novela histórica con otro nombre. El objetivo, según él: no confundir a sus lectores.
Y bastaba, efectivamente, asomarse a la primera novela del autor barcelonés, Sombras viejas, para descubrir el enigma que proponía la editorial Destino desde la contraportada de La ciudad sin tiempo: Enrique Moriel -del que ya se anunciaba que era un nombre ficticio- es el protagonista de aquel libro antiguo. Por otra parte, la trama de esta nueva novela, de la que ya se han editado 60.000 ejemplares, se parece de un modo más sospechoso que la mera coincidencia a una aventura que González Ledesma publicó ya en un diario por fascículos.
La amnesia es tan implacable con la literatura como lo es con la historia. Y la novela de González Ledesma, más que una reivindicación de la memoria, transmite el testimonio de un fantasma que es asimismo el espíritu de una ciudad. Una ciudad que, como los vampiros, pasa de un siglo a otro, inmortal, alimentándose de las vidas ajenas.


La Biblia de Bush

«Juro por la Biblia de Bush que todo lo que diré aquí es cierto», aseveró González Ledesma después de que ayer se hiciera pública su identidad. Del mismo modo, asegura que lo que se cuenta en La ciudad sin tiempo fue real en su momento, «y pocas novelas históricas pueden alardear de eso», añadió.
Así, y a través de una invetigación llevada a cabo desde el presente, la novela descubre que, hasta bien entrada la Edad Moderna, se comerciaba con esclavos en Portal de l'Angel, por ejemplo, y que la parte derecha de la Rambla se bañaba en alcohol y fiestas.Felipe V condenó la campana La Tomasa, que servía para animar a los soldados. «En eso se parecía a Franco, que también condenaba cosas además de personas», bromeó el autor.
Reconoció que un dato podía ser falso. Él habla en su libro de un complot contra el Plan Cerdà, algo nunca confirmado. Lo que sí se puede comprobar es que el Café de Les Set Portes está plagado de simbología masónica. En cualquier caso, y frente a ese «espíritu de viejo periodista que yace en el libro», según González Ledesma, el autor ha inventado otro espíritu medieval. Éste representa una cuestión más metafórica que moral: ¿Fue el mundo obra de Dios, cuando el mal que todo lo cubre da pistas de lo contrario?
También había pistas para descubrir al auténtico autor de La ciudad sin tiempo, y fueron pocos los que desentrañaron el misterio. Ahora lo hace Destino, que edita el libro. Antes de Sant Jordi, y no después. Como también anunció.

El Mundo
, 18 de abril de 2007

13 de març 2006

«Prefiero la gente de la calle a los famosos»

Francisco González Ledesma publica sus memorias, en las que evoca desde sus comienzos como autor de novelas de quiosco en la posguerra a su reconocimiento como representante del género negro.

Emma Rodríguez

MADRID.- Alfred Hitchcock se interesó por una de las historias de Silver Kane, tramas policiacas y del Oeste que se hicieron muy populares durante la posguerra española, pero al final el sindicato de guionistas norteamericano le puso obstáculos y abandonó la idea. El provocador Alejandro Jodorowsky llegó a comparar en varias conferencias a ese tal Silver Kane nada menos que con Cervantes, ya que también el clásico tenía como objetivo fundamental divertir a la gente.
Detrás de Silver Kane se ocultó durante 30 años Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), quien, represaliado por el franquismo y puesto por la censura en la lista de los rojos subversivos, optó por dejar sus propias novelas en los cajones y entregarse a escribir las de su alter ego, dando rienda suelta a su imaginación al retratar «países libres, tribunales que se regían por la ley y detectives generalmente hambrientos, pero justicieros».
Así lo cuenta el escritor en sus memorias, Historia de mis calles, que llegan a las librerías de la mano de Planeta. Ledesma, hoy uno de los autores de novela negra más interesantes del panorama español y reconocido en Francia gracias a su serie del desengañado policía Méndez -con Crónica sentimental en rojo obtuvo el Premio Planeta en 1984-, reconoce que aquellos libros que le avergonzaban en un principio, con los que acabó reconciliándose y que hoy son buscados por los coleccionistas, le enseñaron mucho de la técnica de la intriga.
«Para mí fueron un aprendizaje de perro, ya que llegué a escribir de tres a cinco al mes. Toda mi obra posterior le debe mucho a esa etapa», asegura el autor, pero dejando claro que lo de Silver Kane no es más que un capítulo en una trayectoria amplia y rica en experiencias.


Niño de la guerra

González Ledesma da cuenta en sus memorias de los otros muchos escritores de quiosco que subsistieron como él en tiempos de amargura (entre ellos, Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía, de quien relata cómo escapó a un fusilamiento seguro), pero sus memorias adquieren hondura cuando repasa su infancia de niño de la guerra en el humilde barrio barcelonés de Poble Sec o cuando recuerda a su tío, Rafael González Martínez, un periodista de izquierdas que le transmitió su pasión por las letras.
Fue él quien lo introdujo en Bruguera, la potente editorial de la época en la que publicó como Silver Kane y a la que acabó llevando sus asuntos legales después de concluir sus estudios de Derecho. «A la hora de abordar mis memorias, ese episodio ha sido precisamente el más doloroso de recordar», señala el escritor, refiriéndose a la inhumanidad de una empresa que funcionaba de manera dictatorial y que le ocasionó «tan profundas crisis de conciencia» que decidió abandonar el ejercicio de la abogacía y dedicarse posteriormente al periodismo, llegando a ser redactor jefe de La Vanguardia.
El conocimiento de las leyes, de las redacciones, de las calles y de la vida nocturna se refleja en la serie del policía Méndez, cuyos títulos más recientes son Tiempo de venganza y Cinco mujeres y media (entregas anteriores están siendo recuperadas en bolsillo por Planeta). Llegados a este punto, es inevitable preguntar a Ledesma por el parentesco de su personaje con el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán.
«Ambos comparten una misma geografía, un sentido similar de las calles y del devenir de la ciudad; en los dos existe desengaño y escepticismo ante un mundo que está cambiando y en el que hay un manifiesto desencanto político», explica el escritor, «pero las similitudes se acaban ahí: Carvalho tiene más éxito con las mujeres, se cuida y sabe comer mejor que Méndez, un funcionario pesimista que no espera ascender jamás».
González Ledesma habla en sus memorias de Vázquez Montalbán («era tímido -quizá un poco desconfiado por la clandestinidad- y eso lo hacía ser reservado y escasamente simpático. Nos conocimos en el Grupo de Periodistas Democráticos, y raramente decía más que las palabras justas», lo retrata. Se refiere también a Juan Marsé («más alegre, un hombre cordial y humilde, sin ninguna afectación, virtud que no ha perdido», escribe de él).
A ambos los considera compañeros de generación, de vivencias.Y es inevitable encontrar complicidades entre Carvalho y Méndez, del mismo modo que el lector recuerda a Marsé cuando pasea por las páginas de la infancia de Ledesma y recorre con los ojos del niño que aún no olfatea la tragedia el «espectáculo» de la guerra. ¡Cuántas veces Marsé ha novelado esto mismo!

Apuntes urgentes

Aparecen otros nombres propios en las memorias de González Ledesma, pero son meros apuntes trazados con urgencia. «He preferido extenderme en los seres anónimos, en la gente de la calle, de la escalera, en la historia de cada día. De los conocidos, de los famosos que he tratado, ya se ha hablado demasiado», dice. «Sobre todo, he querido ser sincero, auténtico, contar las cosas no desde el presente, sino adoptando la perspectiva de cada momento vivivido».
¿Y el presente? Lo sigue ocupando Méndez, que en la nueva aventura en la que está trabajando el escritor -el próximo 17 de marzo cumplirá 79 años- se ve inmerso en un asunto que hace reflexionar sobre la aplicación de las leyes. «El personaje ha evolucionado del mismo modo que la sociedad. Al principio tenía resabios franquistas a la hora de actuar, pero los va perdiendo y se siente cada vez más libre».
Pese a que a Ledesma se le reconoce, sobre todo, como autor de novela negra -en su haber premios como el Dashiell Hammett o el Pepe Carvalho en su primera convocatoria-, él reivindica esa otra parte de su obra más social en la que ha retratado a la burguesía catalana de antes de la guerra o a los estudiantes republicanos perseguidos. Un recorrido conformado por novelas como Sombras viejas y Los napoleones, que sufrieron el acoso de la censura, así como por Soldados y Los símbolos. Otro caudal de un mismo cauce narrativo en el que el autor pone de manifiesto su interés por conocer mejor el tiempo que le ha tocado vivir.

El Mundo, 13 de marzo de 2006

Víctima del exilio interior

Santos Sanz Villanueva

En vano buscará el lector interesado a Francisco González Ledesma en los manuales de novela española. Ni siquiera aparece en el cumplido panorama del género desde la Transición que hizo Santos Alonso. Este olvido se equilibra en cambio con su presencia cada vez más notable en los trabajos sobre nuestra novela criminal.
Descontado lo que esa injusticia deba a la rutina de repetir siempre los mismos nombres, tiene su explicación en un fenómeno muy importante y casi nada conocido. Al multitudinario exilio de republicanos dispersos por el extranjero, se sumó el exilio interior de muchas personas obligadas a sobrevivir en el clima hostil de la dictadura. La mayor parte de ellas guardarían un atemorizado silencio, mientras otras buscaron subterfugios. A tal circunstancia (aunque no sólo a ella) se debe el que un buen puñado de escritores se refugiaran en la subliteratura y utilizaran seudónimos para pasar desapercibidos, o también para ganarse el pan. El profesor Valles Calatrava ha dado una lista de medio centenar de españoles que firmaron novelas policiacas con nombres supuestos, muchos de aire sajón (Lou Cardigan, Curtis Garlan, Lem Mallory o Charles Mitchell).
La censura le prohibió a González Ledesma ya a los 21 años su novela Sombras viejas. Así, y despreciando además por motivos éticos una brillante carrera como abogado, se convirtió en un destajista de la literatura popular, y con el nombre de Silver Kane hizo centenares de novelas de quiosco, sobre todo del Oeste. Fue un modo de subsistir, mientras intentaba de nuevo el relato serio, que otra vez tropezó con la censura. Sólo tardíamente, desde la democracia, ha conseguido eco con media docena de novelas policiacas. En ellas, los casos investigados por Méndez, un policía despistado y listo, sirven para hacer un análisis colectivo en la línea de Vázquez Montalbán.
González Ledesma, un buen narrador de historias interesantes, ameno y con unas preocupaciones de fondo serias, de ésos a quienes siempre se lee con placer y provecho, es una víctima muy señalada del exilio interior. Estaba llamado a una carrera literaria que apuntaba muy lejos, pero no pudo escribir a su tiempo, ni con un ritmo y en libertad.

El Mundo, 13 de marzo de 2006