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7 d’abr. 2010

González Ledesma regresa al Oeste

J. Ors

El escritor recupera el seudónimo de Silver Kane y vuelve a la literatura popular con «La dama y el recuerdo»

En Jackson, Kansas, estaban acostrumbrados a que ocurrieran muchas cosas, pero aquella mañana sucedieron cuatro: los cien relojes de cuerda del pueblo se detuvieron, un hombre quiso comprar el cementerio, un pistolero desconocido dejó el salón repleto de muertos y un jefe indio, sin una gota de whisky en las venas, quiso contratar la paz para su tribu en un lugar donde los niños crecen masticando cuero. Francisco González Ledesma ha desenfundado de nuevo el viejo seudónimo de Silver Kane para volver a los lejanos horizontes del Oeste en «La dama y el recuerdo» (Planeta). Regresa, después de años de ausencia, al terreno de la literatura popular, a la moral de unos tipos habituados a prender los mixtos en la barba sin rasurar y a llevar las cartucheras inclinadas en la cintura por el peso sin complejos de los revólveres. Una geografía donde las serpientes de cascabel son menos peligrosas que las prostitutas y los caballos reciben más atenciones que la chica más guapa y mejor vestida del local. Y Ledesma lo hace a lo grande, como debe ser, soltando toda su munición y saber. En la página ocho del libro se le agolpan dos cadáveres; pero en la diez se le amontonan ya cinco matones sin pasado, uno de ellos «sheriff». «He escrito cuatrocientas novelas de este tipo.

Llevaba mucho tiempo sin hacer una y quise averiguar si sería capaz de contar de nuevo una historia de aventuras. Se lo propuse a mi editor. Si me sale bien, te la entrego; si no me gusta, la tiro, le dije. Aceptó. Ahora llega a los lectores», explica el autor, que está entusiasmado. Luego se comprende por qué. «Lo cierto es que deseaba volver a ser joven», reconoce. Y entonces se entiende que la felicidad que resuena en su voz es parte de esa juventud recobrada.

Fenómeno de masas

Comenzó a escribir muy pronto. Con apenas veinte años. Ganó un premio. Se lo pudo entregar el mismo Somerset Maughan, pero aquel título fue tildado por el franquismo de inadecuado o de impropio. González Ledesma quedó esquinado y desterrado de los senderos de la palabra escrita. Pero no Silver Kane. «Los que escribíamos esta clase de novelas éramos personas cultas. Periodistas, jueces, profesores represaliados por el franquismo, pero que tenían una cultura», recuerda. Y es que, aunque retirada de la historia oficial de la literatura, esos libritos de 10 por 15 centímetros, de unas cien páginas, que comenzaron a editarse en los cuarenta y cuajaron en los cincuenta, fue un auténtico fenómeno de masas. El antecedente de los grandes chupinazos del «best seller» moderno que aglutina a una feria de «fans» delante de las librerías de referencia. «Por las cifras de ventas nos podrían comparar a esos autores. Pero había una condición. Estas obras eran mucho más baratas. De una novela mía podían imprimirse 24.000 ejemplares y a lo mejor escribía tres al mes. Luego estaban las reediciones. Generalmente se imprimían entre 14.000, para los autores menores, y esa cantidad. Yo llegué a redactar hasta dos a la semana. Pero no nos convertimos en señores ricos (se ríe), el que lo lograba era el editor». En la dictadura se leía lo que escribían estos chicos señalados por su ideología: es parte de la paradoja. Y se hacía con devoción. El público conocía la fecha de la publicación y aguardaba en los quioscos para adquirir la siguiente historieta. «Resultó un aprendizaje verdaderamente duro. Había que escribir mucho y dormir muy poco. Pero en aquel momento, en España la gente estaba acostumbrada a trabajar mucho. La mayor dificultad es que debía contener acción, pero a la vez ser original. Ese imaginario estaba trillado y tú tenías que aportar algo diferente a los demás. Algo nuevo, porque todo estaba muy limitado. Silver Kane me enseñó gran parte de la técnica novelística que poseo ahora, el itinerario para mantener la atención de los lectores», cuenta.

Altura literaria

La documentación corría por cuenta de cada uno. Había quien aplicaba el ingenio y con un plano de Chicago y una guía de viajes, emulaba a Raymond Chandler y nadie notaba el truco de aquel trampantojo. La obsesión de González Ledesma por la fidelidad le condujo a adquirir libros de diferentes características: pueblos nativos, clases de armas, historias del ferrocarril y la guerra civil americana... Se los enviaban por correo desde Estados Unidos y los leía con fruición. «¿Por qué el Oeste? Era una manera de eludir problemas con la censura. También servía para distraer a la gente en esa época. Esa clase de literatura era ingenua, es cierto, y los personajes estaban definidos, no lo niego, pero se llegó a alcanzar altura literaria. Conozco a muchas personas, de hecho, que se iniciaron leyendo mis historias. Una vez, en un Instituto Cervantes, uno de los responsables me vino con una lista de mis títulos y me dijo, sólo me faltan éstos. Matilde Asensi me ha reconocido que la afición a la lectura la adquirió a través de estas publicaciones». A González Ledesma sólo le queda el sabor amargo de no haber conocido mejor a sus compañeros. «Había un ex coronel de la Guardia Civil que era republicano, un empleado del ayuntamiento de Valencia, pero apenas quedábamos. Todos estábamos trabajando en historias nuevas», dice riendo. Él los leía porque desempeñaba un cargo en una editorial y tenía que corregir muchas pruebas. «Recuerdo a un capitán del ejército franquista que había sido expulsado por robar a la compañía. La novia le ayudó a escapar de la cárcel y vivía de esto. Un día llegó a la editorial. Se le indicó que debía varias novelas. Entonces dictó una allí mismo al linotipista. De corrido. Y le quedó muy bien. Una de las mejores. Tenía una gran capacidad narrativa». Sólo queda una pergunta. ¿Por qué Silver Kane? González Ledesma vuelve a reír. «Usábamos nombres americanos porque con los nuestros nadie habría creído que habíamos vivido en EE UU. Silver Ray era uno de los personajes que me inventé cuando escribía guiones para cómics. Kane fue por un dibujante que admiraba: Milton Caniff».

Pioneros de la literatura popular

¿Por qué tuvieron tanto éxito estos libros? José-Carlos Mainer, catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza y director de la nueva «Historia de la Literatura Española» (Crítica), aporta algunos aspectos importantes: «Las colecciones populares existían desde principio de los años veinte, pero, digamos que el mecanismo industrial se asienta en los cuarenta. En esos años no existen demasiadas alternativas para entretenerse y el régimen es incapaz de crear una cultura popular de nivel. Estas obras eran, además, un producto barato. Más, al menos, que las ediciones enteras». González Ledesma coincide con él en algunos aspectos: «No había televisión en esa época. Y las posibilidades de divertirse eran muchas menos. Se tiene que pensar que la población tampoco tenía demasiado dinero. Estos libros los podía comprar por muy poco». Silver Kane fue uno de los autores que contaba con más seguidores. Una fama que compartía con otro nombre: Marcial Lafuente Estefanía (en la imagen de la izquierda) que fue ingeniero y recorrió EE UU durante parte de su juventud –una experiencia que después le valdría para trazar la atmósfera y realzar los detalles que le servían para hacer más verídicas sus historias–. Según la leyenda, Jardiel Poncela le dio un consejo: «Escribe para que el público se divierta. Es la única forma de ganar algo de dinero». Le hizo caso.

TÍTULO: «La dama y el recuerdo».
AUTOR: Silver Kane
EDITORIAL: Planeta. 310 págs., 19,50 euros

La Razón, 7 de abril de 2010

14 d’abr. 2009

González Ledesma rescata al inspector Méndez quizás por última vez

E.V.

Vuelve el inspector Méndez. El más famoso de los personajes creados por el maestro de la novela criminal Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) se echa de nuevo a las calles de la capital catalana para combatir el delito, siempre fiel a su peculiar estilo. Con esta nueva entrega, «No hay que morir dos veces» (Planeta), Ledesma celebra los 25 años de la aparición de este protagonista y se embarca en una trama en la que se entrecruzan tres misterios con los ingredientes de la delincuencia más actual, desde el terrorismo internacional hasta la pederastia o el acoso sexual.Generoso con el ladrón de poca monta e implacable con los violadores, cínico e ingobernable, habitual de los bajos fondos y extraño en los despachos de los jefes, Méndez tiene muchas cuentas pendientes por saldar («sus compañeros se ofrecen para pagarle la jubilación o, en su defecto, la lápida», recuerda Ledesma), pero no será el autor quien se las ajuste. «No le jubilaré nunca –afirma–, pero tengo claro que el día que yo ya no pueda escribir dignamente le dejaré morir en un rincón. De hecho, es posible que ésta sea la última novela, porque ya soy un viejecito venerable y cada vez que me pongo a escribir tiro a la basura más páginas, y eso no es buena señal».Ledesma ha sido escritor, con seudónimo, de novelas del Oeste, que le sirvieron para comer. Ha sido, también, abogado, una profesión de la que se hartó a tiempo, pero que le ha dado argumentos para sus tramas. Y ha sido, sobre todo, periodista, su mayor orgullo. El cóctel, aderezado con muchos paseos callejeros por las madrugadas de Barcelona, le sirve para seguir alimentando a su personaje: «Esta sociedad sigue siendo muy cínica. Por eso sigue necesitando a un cínico como Méndez».

La Razón, 14 de abril de 2009