7 abr. 2010

Ciudadano Silver Kane

González Ledesma regresa a la literatura del Oeste, un género que vuelve a cabalgar

MARTÍN OLMOS.

Valle Inclán solía decir: «Una idea la puede tener cualquiera, pero a ver si pinta usted un gitano con una burra». Francisco González Ledesma aprendió a pintar estampas calés a la fuerza, para quitarse el hambre de la posguerra dura y poderse pagar los estudios de Derecho con los que encarar con algo más de cintura el futuro imperfecto. Cambió al gitano de aceituna por el pistolero de la llanura, de nombre Bill, de apodo Tex, parco de verbo, generalmente taciturno y suelto de colt, y a la burra la ascendió a caballo mesteño, que a veces se llamaba Diablo y acudía al silbido. Se vistió con un nombre gringo y se puso al tajo, con una olivetti, mirando al Mediterráneo, cobrando a plazos, y firmó las cuatrocientas novelas de un oeste que se vendía a duro en los portales de las chucherías, con los Celtas sueltos y los palos de regaliz. A un millón de kilómetros de Arizona.

Como Francisco González Ledesma no existía, tuvo que existir Silver Kane. O más bien, a Francisco González Ledesma, como escritor, no le dejaban existir por ser, según la censura franquista, rojo y pornógrafo, así que se tuvo que poner a tramar balaceras de yanquis de la frontera sin pararse mucho a florearlas, porque le tocaban a dos novelas por semana. A ese ritmo, o se aprendían trucos o se quedaba uno en la cuneta: una bala era una bala, como la rosa de Gertrude Stein, o, apurando mucho, un proyectil, y ahí se acababan los sinónimos.

Ledesma le contó a Fernando Sánchez Dragó que durante un apagón que duró horas, de los frecuentes que había en Barcelona, tuvo que subirse al tejado para rematar una novela a la luz de la luna y cumplir a la mañana siguiente con el plazo de entrega.

Ahora Silver Kane ha regresado. Cuarenta años después aparece editada por Planeta una nueva entrega, 'La dama y el recuerdo', y González Ledesma mantiene vivo el seudónimo.

Seguramente, las novelitas de quiosco fueron lo más parecido que hubo en España a las publicaciones 'pulp' norteamericanas. Se envolvían en portadas abigarradas pintadas al guaché y metían anuncios de crecepelo en la página del final. Eran la literatura de los pobres, de la que los académicos decían que era como el agua mineral, que bebas la que bebas, siempre sabe igual. Generalmente ni se compraban, sino que se cambiaban en el cajón de la tienda, con lo que muchos ejemplares ostentaban las marcas del lector, como un hierro de res, para distinguir las leídas, igual que un ex libris pero pragmático y sin pretensión, más que nada para no repetir el tiroteo.

División por géneros

Se dividían según el género, fuesen de marcianos o del FBI, pero, aparte de los romances de azúcar de Corín Tellado y Carlos de Santander, las que más abundaban eran las del Oeste, de las que había tanta producción (porque existía la demanda) que tuvieron que ordenarse en colecciones.

Además de Silver Kane, que se ocupaba de las de Bravo Oeste, Clark Carrados escribía las de la serie Bisonte, Keith Luger las de Ases del Oeste, Donald Curtis las de California y, claro, Marcial Lafuente Estefanía, que debía tener tres manos derechas, las de Texas, Kansas y Bufalo.

Detrás de esos nombres de matón de Abilane había estajanovistas del colt que escondían muchas biografías de hambre y represión. Encima de la tecla rápida, detrás del argumento fugaz y la avaricia en el adjetivo, estaban los jueces castigados, los arquitectos sin proyecto y hasta el letrista de 'El último cuplé', al que no le daban otro trabajo. Estaban los que perdieron. Edward Goodman era el periodista anarcosindicalista Eduardo Guzmán, que había levantado la noticia de los sucesos de Casas Viejas, y Keith Luger era Miguel Oliveros Touan, antiguo funcionario del ayuntamiento de Valencia.

Marcial Lafuente Estefanía era ingeniero y había sido general de artillería en el Ejército republicano, y había visto de muy cerca un pelotón de fusilamiento, desde la parte menos saludable de la formación. Luis García Lecha era funcionario de prisiones cuando conoció a Francisco González Ledesma en la Modelo, donde éste se guardaba del sol, y le ayudó con alguna trama hasta que se puso por su cuenta, pidió una excedencia, y se convirtió en Clark Carrados y en Louis G. Milk (Lecha por Milk, seguro que lo han pescado). García Lecha era el único franquista de la cuadra, lo que venía muy bien al resto cuando requerían un favor por haberse metido en un apuro. Lecha cumplía, igual le daba el bando, honor de pistoleros. Como la naturaleza imita al arte, era como en los westerns de Hollywood, en los que los combatientes derrotados de la Confederación tenían que buscárselas con el revólver con la necesidad vital de ser rápidos.

Desde el Poble Sec

Francisco González Ledesma nació en Barcelona en 1927, y se crió en el barrio del Poble Sec, entre la montaña de Montjuic y el puerto, en donde también nació Serrat y la mitad del grupo Los Mustang. El nombre de Pueblo Seco le venía porque hasta 1894 no pusieron en la zona ni una fuente. La avenida del Paralelo lo separaba del Barrio Chino, con lo que la zona andaba surtida de faroles rojos y cabarets, y de muchachos que veían de farra el amanecer.

González Ledesma estudió con los Escolapios, que tenían la mano larga, y en el instituto Balmes, en donde recibió clases de Guillermo Díaz-Plaja, se merendó la biblioteca de su tío y empezó a escribir. En 1948, con 21 años, ganó el Premio Internacional de Novela de José Janés con la obra 'Sombras viejas'.

A William Somerset Maugham, que formaba parte del jurado junto a Walter Starkie, le gustó tanto que le dijo que era el mejor novelista joven de Europa; sin embargo, la censura prohibió su publicación y afirmó que Ledesma era un «rojo subversivo y un pornógrafo», no le metió en la cárcel por un pelo y le cerró las puertas de todas las editoriales. Tenía tantas posibilidades de sacar un libro como de salir vivo del saloon de Dodge City después de pedir leche con galletas. Así que nació Silver Kane para llenar de tiros los quioscos y entretener a los viejos en el parque, y a los quintos de imaginaria, y a los porteros de finca. Y a los marinos, a los golfos y a los que iban en el tranvía. Como ha escrito Javier Pérez Andujar, «una de las diferencias más maravillosas que hay entre la literatura y la subliteratura, es que ésta última sí que se compra para ser leída».

Francisco González Ledesma ha recordado con frecuencia sus tiempos de destajista, unas veces con melancolía y otras no, reconociendo que fue una buena escuela para aprender la arquitectura de la novela, pero también una vida de perros, lejos de la bohemia y más cerca del tajo a porcentaje.

Las reglas eran estrictas y los plazos cortos, los buenos tenían que ser de una pieza y ganar al final, las mujeres virtuosas y los malos a la cárcel, los diálogos de patíbulo, los revólveres ladraban y los hombres gruñían y, a veces, hasta exclamaban.

La violencia era la marca del rancho, sin medias tintas, el enterrador no paraba. «¿Qué has venido a buscar aquí?», «Vengo a hacer liquidación», «¿Liquidación de qué?», «De hijos de perra. Y el primero va a ser usted. De modo que le aconsejo una cosa: haga testamento» ('Muerto por partida doble', de Silver Kane, colección Bravo Oeste. Bruguera, 1990). Así eran las cosas.

Con el tiempo consiguió sacar la cabeza del polvo de la cuneta y hoy Francisco González Ledesma tiene una placa en el 22 de la calle Tapioles que conmemora su nacimiento, el premio Planeta por 'Crónica sentimental en rojo' y la medalla de oro de la ciudad de Toulouse. El tiempo, que según Borges, destruye los alcázares pero hermosea los versos, ha concedido una pátina de dignidad a las viejas novelas de duro.

El año pasado, Ediciones B publicó 'La conjura', una novela histórica de Curtis Garland, pseudónimo de Juan Gallardo Muñoz que también escribió sus recuerdos de obrero de la tecla, 'Yo, Curtis Garland', en la editorial Morsa. El Área de Filología del Instituto de Estudios Riojanos, en colaboración con el Aula de Cultura del diario 'La Rioja', organizó un año antes de su muerte las jornadas de homenaje a Luis García Lecha (Clark Carrados o Louis G. Milk) en Haro, y los libritos de Silver Kane se cotizan en Internet. Terenci Moix los coleccionaba.

Renacimiento

Ahora, la editorial Planeta edita 'La dama y el recuerdo', novela del west que ha escrito González Ledesma usando su viejo blasón de Silver Kane. Tiene más años, muchos más, pero menos prisa y el dominio natural de la técnica, y no le atosigó el plazo, ni el hambre, ni las ochenta páginas para solucionar la trama. Para rematarla a tiros y a por otra.

Así que puede demorarse en elaborar un principio que invita a seguir leyendo: «Aquella mañana ocurrieron en Jackson, Kansas, cuatro cosas juntas que no habían ocurrido nunca: se pararon a la vez cien relojes de cuerda, llegó un jefe indio que quería comprar la paz para su pueblo, un pistolero llenó el saloon no de clientes, sino de muertos, y un hombre perfectamente vestido quiso comprar un cementerio». Es el mismo pero tomándose más tiempo para apuntar, lo que se traduce en una obra más elaborada, más sabia, pero igual de diáfana en su planteamiento, en su voluntad de entretener y no de cambiar el mundo, si es que alguna obra literaria lo cambia. Es más frecuente que lo cambie la espada. Y más doloroso para la población civil.

El Correo / Territorios, 7 de abril de 2010