13 març 2006

«Prefiero la gente de la calle a los famosos»

Francisco González Ledesma publica sus memorias, en las que evoca desde sus comienzos como autor de novelas de quiosco en la posguerra a su reconocimiento como representante del género negro.

Emma Rodríguez

MADRID.- Alfred Hitchcock se interesó por una de las historias de Silver Kane, tramas policiacas y del Oeste que se hicieron muy populares durante la posguerra española, pero al final el sindicato de guionistas norteamericano le puso obstáculos y abandonó la idea. El provocador Alejandro Jodorowsky llegó a comparar en varias conferencias a ese tal Silver Kane nada menos que con Cervantes, ya que también el clásico tenía como objetivo fundamental divertir a la gente.
Detrás de Silver Kane se ocultó durante 30 años Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), quien, represaliado por el franquismo y puesto por la censura en la lista de los rojos subversivos, optó por dejar sus propias novelas en los cajones y entregarse a escribir las de su alter ego, dando rienda suelta a su imaginación al retratar «países libres, tribunales que se regían por la ley y detectives generalmente hambrientos, pero justicieros».
Así lo cuenta el escritor en sus memorias, Historia de mis calles, que llegan a las librerías de la mano de Planeta. Ledesma, hoy uno de los autores de novela negra más interesantes del panorama español y reconocido en Francia gracias a su serie del desengañado policía Méndez -con Crónica sentimental en rojo obtuvo el Premio Planeta en 1984-, reconoce que aquellos libros que le avergonzaban en un principio, con los que acabó reconciliándose y que hoy son buscados por los coleccionistas, le enseñaron mucho de la técnica de la intriga.
«Para mí fueron un aprendizaje de perro, ya que llegué a escribir de tres a cinco al mes. Toda mi obra posterior le debe mucho a esa etapa», asegura el autor, pero dejando claro que lo de Silver Kane no es más que un capítulo en una trayectoria amplia y rica en experiencias.


Niño de la guerra

González Ledesma da cuenta en sus memorias de los otros muchos escritores de quiosco que subsistieron como él en tiempos de amargura (entre ellos, Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía, de quien relata cómo escapó a un fusilamiento seguro), pero sus memorias adquieren hondura cuando repasa su infancia de niño de la guerra en el humilde barrio barcelonés de Poble Sec o cuando recuerda a su tío, Rafael González Martínez, un periodista de izquierdas que le transmitió su pasión por las letras.
Fue él quien lo introdujo en Bruguera, la potente editorial de la época en la que publicó como Silver Kane y a la que acabó llevando sus asuntos legales después de concluir sus estudios de Derecho. «A la hora de abordar mis memorias, ese episodio ha sido precisamente el más doloroso de recordar», señala el escritor, refiriéndose a la inhumanidad de una empresa que funcionaba de manera dictatorial y que le ocasionó «tan profundas crisis de conciencia» que decidió abandonar el ejercicio de la abogacía y dedicarse posteriormente al periodismo, llegando a ser redactor jefe de La Vanguardia.
El conocimiento de las leyes, de las redacciones, de las calles y de la vida nocturna se refleja en la serie del policía Méndez, cuyos títulos más recientes son Tiempo de venganza y Cinco mujeres y media (entregas anteriores están siendo recuperadas en bolsillo por Planeta). Llegados a este punto, es inevitable preguntar a Ledesma por el parentesco de su personaje con el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán.
«Ambos comparten una misma geografía, un sentido similar de las calles y del devenir de la ciudad; en los dos existe desengaño y escepticismo ante un mundo que está cambiando y en el que hay un manifiesto desencanto político», explica el escritor, «pero las similitudes se acaban ahí: Carvalho tiene más éxito con las mujeres, se cuida y sabe comer mejor que Méndez, un funcionario pesimista que no espera ascender jamás».
González Ledesma habla en sus memorias de Vázquez Montalbán («era tímido -quizá un poco desconfiado por la clandestinidad- y eso lo hacía ser reservado y escasamente simpático. Nos conocimos en el Grupo de Periodistas Democráticos, y raramente decía más que las palabras justas», lo retrata. Se refiere también a Juan Marsé («más alegre, un hombre cordial y humilde, sin ninguna afectación, virtud que no ha perdido», escribe de él).
A ambos los considera compañeros de generación, de vivencias.Y es inevitable encontrar complicidades entre Carvalho y Méndez, del mismo modo que el lector recuerda a Marsé cuando pasea por las páginas de la infancia de Ledesma y recorre con los ojos del niño que aún no olfatea la tragedia el «espectáculo» de la guerra. ¡Cuántas veces Marsé ha novelado esto mismo!

Apuntes urgentes

Aparecen otros nombres propios en las memorias de González Ledesma, pero son meros apuntes trazados con urgencia. «He preferido extenderme en los seres anónimos, en la gente de la calle, de la escalera, en la historia de cada día. De los conocidos, de los famosos que he tratado, ya se ha hablado demasiado», dice. «Sobre todo, he querido ser sincero, auténtico, contar las cosas no desde el presente, sino adoptando la perspectiva de cada momento vivivido».
¿Y el presente? Lo sigue ocupando Méndez, que en la nueva aventura en la que está trabajando el escritor -el próximo 17 de marzo cumplirá 79 años- se ve inmerso en un asunto que hace reflexionar sobre la aplicación de las leyes. «El personaje ha evolucionado del mismo modo que la sociedad. Al principio tenía resabios franquistas a la hora de actuar, pero los va perdiendo y se siente cada vez más libre».
Pese a que a Ledesma se le reconoce, sobre todo, como autor de novela negra -en su haber premios como el Dashiell Hammett o el Pepe Carvalho en su primera convocatoria-, él reivindica esa otra parte de su obra más social en la que ha retratado a la burguesía catalana de antes de la guerra o a los estudiantes republicanos perseguidos. Un recorrido conformado por novelas como Sombras viejas y Los napoleones, que sufrieron el acoso de la censura, así como por Soldados y Los símbolos. Otro caudal de un mismo cauce narrativo en el que el autor pone de manifiesto su interés por conocer mejor el tiempo que le ha tocado vivir.

El Mundo, 13 de marzo de 2006