15 març 2006

«La máquina de escribir acabará algún día en el Museo de la Ciencia»

Sergi Doria
BARCELONA. Periodista, escritor de novela negra, redactor jefe de La Vanguardia, Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) nació en el número 22 de la calle Tapioles del Poble Sec: «Cada rellano tenía dos pisos, el que daba a la calle y el que daba a los patios de atrás... El del otro lado del rellano, o sea, el que daba a la calle, era para mí el mejor piso del edificio, pese a que había que hacer alpinismo para llegar hasta él. Tenía aire, luz y, desde el balcón, unas vistas magníficas hacia la calle, los corros vecinales, la farmacia del señor Figueres, el lavadero público de la calle Elkano y el despacho de Dios, o sea, la iglesia de Santa Madrona...».

Crónica de posguerra

El Poble Sec, en los años de la República, la guerra civil y la posguerra. Calles empinadas que llevan a Montjuïc, el campo de La Satalia y el refugio de las bombas del 38. De eso se nutre la memoria de Francisco González Ledesma, «Historia de mis calles». Los portagonistas, explica el escritor, «son la gente humilde, las escaleras de vecinos donde convivían las familias. Las esperanzas y frustraciones de posguerra... La España del hambre». También es la historia de un abogado «que se hace rico defendiendo a una empresa rica... pero inmoral
».
Autor de novelas fundamentales de la serie negra autóctona como «El expediente Barcelona» y «Crónica sentimental en rojo», premio Planeta de 1984 y baño de multitudes del comisario Méndez, Francisco González Ledesma atesora el escepticismo de sus criaturas literarias y el fruto de su experiencia periodística en «El Correo Catalán y «La Vanguardia». Clasificarlo de «grafómano» no sería una hipérbole. Hacia 1948 debuta literariamente con «Sombras viejas», premiada por José Janés, e ingresa en la editorial Bruguera como guionista para el tebeo «Pulgarcito» y escritor de novelas de encargo firmadas con el pseudónimo de Silver Kane (entrega de tres a cinco al mes). Tras ese bautismo de fuego, González Ledesma deviene testigo de la prensa barcelonesa. Como seña de identidad, la máquina de escribir que conservó en plena revolución informática, «destinada a figurar algún día en el Museo de La Ciencia». O en en la galería de la memoria.

ABC
, 15 de marzo de 2006