1 març 2006

Paseando por calles de amor y odio

Entrevista a Francisco González Ledesma

"Yo escribo porque caminaba por las calles", explica González
Ledesma en esta entrevista. El alter ego real de Silver Kane ha
sido recientemente galardonado con el I Premio Pepe Carvalho,
"el Nobel del género negro".


Susana Alcaide

Hablar con González Ledesma siempre es un placer. Ese aire patricio de señor de casa bien queda anulado cuando te mira con ojillos de periodista que ha visto mucho, que ha vivido mucho, que sabe mucho. El oficio es algo que no se pierde nunca, y Ledesma lo sabe, de modo que la entrevista se convierte en un juego de cazador cazado. Te escucha, te reta, te responde, te pregunta y vuelta a empezar, persiguiendo siempre la información. ¿Es Ledesma el que responde o de repente se ha transformado en el inspector Méndez? ¿Sacará una grabadora o una placa? Más que mirar, escudriña; y cuando crees que ya estás desarmado, ves brillar una luz de ironía y honestidad en su mirada.

Coqueto, deja de lado al inspector Méndez para convertirse otra vez en el periodista Ledesma. Sabe que ha ganado, pero a una servidora no le importa. No siempre te regalan lecciones. Sea quien sea, personaje o persona, lo cierto es que no podríamos haber encontrado mejor ciccerone para una Barcelona convulsa. Las calles de esta ciudad canalla y portuaria, pero con ínfulas de gran dama están cambiando, y Ledesma, que las ha vivido, que las ha amado, que las ha odiado, nos lleva de paseo.

S. Alcaide.- ¿Qué relación tiene usted con la ciudad de Barcelona?

F. González Ledesma. -Mi relación es una relación de amor-odio. Es la ciudad en la que nací, en la que padecí todas las miserias y pobrezas del mundo, a la que quiero de una manera apasionada, pero al mismo tiempo se me escapa de las manos. Ha sido una ciudad muy cruel para mí y para amigos míos, y además es una ciudad con un sentido del capitalismo un poco brutal, como las grandes capitales; Barcelona durante algún tiempo ha sido de una crueldad desmesurada, y de aquí viene mi odio. Es una ciudad de la que no podría prescindir, a la que al mismo tiempo quiero apasionadamente y la odio lo bastante para desear que cambie.

¿Las ciudades tienen alma o es la gente la que les da alma?

No, es la gente. Las ciudades son masas de piedra. Pero lo que pasa es que tiene dos cosas que sí le dan alma: una es su situación geográfica; Barcelona como puerto de mar tiene un alma que podríamos decir que está ligada al Mediterráneo, a la vida al aire libre, al sentido epicúreo de la vida; en el sentido de disfrutarla, es una ciudad divertida. Todas las ciudades portuarias tienen mucha vida nocturna, tienen mucha animación, tienen muchos lugares de diversión, como bares, prostíbulos, lugares de contactos, y eso hace que sea una ciudad más divertida que cualquiera de la meseta castellana, eso es evidente.
Y la segunda faceta que para mi es muy importante y puede llegar a formar el alma de una ciudad, es su carácter reivindicativo y revolucionario. Barcelona ha sido una capital industrial, una capital que se ha dedicado al comercio, al transporte de mercancías, y ha posibilitado la creación de grandes fortunas, y naturalmente ha habido antagonismo, que es la lucha obrera; o sea, que yo diría que esta ciudad es una mezcla entre su situación geográfica, el hecho de que sea divertida por su carácter portuario y el que sea una ciudad de lucha revolucionaria, y esto hace que me sienta orgulloso, porque viviendo en Barcelona, vives en muchas ciudades diferentes. Aunque al margen de ello, el alma se la han dado los habitantes: Barcelona desde el principio ha sido una ciudad que ha tenido no solamente una serie de invasiones que le han hecho asimilar todos los caracteres, porque Barcelona es una ciudad de acogida, donde cualquiera que venga es normalmente bien recibido y si tiene ganas de trabajar, trabaja y se queda aquí.

A fuerza de salir, ¿Barcelona es otro personaje de sus novelas?

Sí, evidentemente. Barcelona es un personaje más, de hecho yo escribo porque caminaba por las calles, porque siempre pensaba que en esas calles donde yo había pasado tanta hambre y miseria eran calles que no hubiera cambiado, porque no sabría verlas de otra manera, y todo eso me ha influído. Además, al ser periodista durante muchos años, periodista de noche, acababa en La Vanguardia a las cuatro de la mañana y siempre iba a pie a casa, y siempre hablaba con los hombres de las mangueras, con los últimos vigilantes, con los policías, con las putas, y me explicaba cosas y hacía que la gente de la calle se incorporara a mis novelas. Yo no podría hacer una novela sin incorporar a la gente de la calle, sin el ambiente de las calles. Y también pasaba otra cosa, casi casi por deformación profesional y ese espíritu cotilla que todos los periodistas llevamos dentro, que es que yo veía una chica que miraba por la ventana y pensaba: "esta chica tiene que tener una historia. A lo mejor suena un poco tonto, pero... si un día me dijeran de hacer una novela sin incorporar las calles, y concretamente sin las calles de Barcelona, no sabría hacerlo.

¿El inspector Méndez hubiera sido el mismo si en vez de en Barcelona le hubiera tocado estar en Madrid?

No, seguramente en Madrid hubiera sido un funcionario, una persona más o menos. Como Méndez quiere ser disciplinado, o lo intenta, en Madrid seguramente habría sido un funcionario que hubiera llegado más lejos que en Barcelona. Su problema es que se ha incorporado a la ciudad: Méndez es un personaje de Barcelona y no puede ser de otra parte, cada vez que va a Madrid se siente un poco aburrido, se divierte en el sentido de que Madrid es una ciudad con personajes muy pintorescos, muy interesantes, pero no es su ciudad, y cuando le encargan un servicio allí se enfada bastante.

Periodista de calle, escritor de calles, ¿todavía camina por Barcelona para encontrar ese algo que le dé el punto de una nueva novela?

Sí, sí, es mi manera de estar en forma, si es que un escritor llega a estar en forma algún día, y eso es caminando por las calles, ver cómo cambian. Lo que pasa es que cada vez Barcelona es menos interesante, porque el alma de Barcelona se está perdiendo. En una novela puse una frase que creo que ahora tiene mucho significado: el Méndez dice que todas las chicas guapas que veía por las calles tenían un padre que se llamaba Pepe, y ahora se llama Mohamed. Realmente todos los barrios han cambiado, las personas que vienen aquí a ganarse la vida con todo el derecho del mundo ni la conocen, ni les interesa en absoluto, ni traen una tradición proletaria ni tan siquiera fabricante; es gente que viene con una vida ya hecha y que no se incorporará nunca a Barcelona, incluso por motivos religiosos. Yo voy por barrios de Barcelona y no los conozco, y eso a Méndez también le pasa y lo explica; me pierdo, se pierde espiritualmente. Por ejemplo, en los barrios viejos de Barcelona no me perdería, pero encuentro personas, encuentro situaciones y ambientes que antes no los había conocido, y eso me desorienta mucho. Creo que esto acabará con el espíritu de Barcelona.

¿Quiere decir que cambia hacia peor?

Eso no se puede decir nunca, pero el tiempo es de por sí cruel, porque yo era joven y ahora soy viejo. Ahora siempre creo que es para bien, con el tiempo se producirá una evolución buena, pero en este sentido no es que tenga demasiado optimismo. El espíritu que había en la calle, ese espíritu obrero del sindicato, ahora prácticamente no existe. A veces pienso que cuando dicen " con eso del estatuto habrá una guerra civil, ya verás...", porque la derecha está creando un clima tremendo... Pienso que no habrá una guerra porque no hay ejército, si hubiera un ejército sí que podríamos tener una guerra, que un general dijera que el País Vasco o Cataluña se terminó y ya está. Pero es que tampoco hay pueblo; ahora con media docena de guardias civiles te ocupan Barcelona. En la época en que yo era crío, había ejército que sí salía a la calle dispuesto a matar a quien fuera, pero también había pueblo dispuesto a dejarse matar. En este sentido había una resistencia tremenda, ahora no hay nada, ni ejército, ni pueblo, todo el espíritu de lucha que había conocido yo e incluso mi abuelo, todo ese espíritu de lucha revolucionaria, de espíritu obrero, ahora ya no existe, se ha perdido. Nos conformamos con lo que tenemos y ya está.

Las calles de Barcelona, la gente... se están acomodando, se vive demasiado bien.

Lo que ha dicho antes de que el tiempo siempre pasa para bien... Insisto, las viviendas no son como las de antes, las que llamaban del gobernador, los barrios están más limpios ahora; creo que se está transformando, pero para peor en este sentido; realmente la gente encuentra un urbanismo un poco más cuidado, pero no encuentra el ambiente cultural y de posibilidades que había antes. Cuando oigo lo de veinte moros durmiendo en una habitación pienso que antes no pasaban estas cosas, y mira que pasaban cosas terribles, pero esto no pasaba, y me llena de pesimismo.

¿Hay calles que siempre serán las mismas por mucho que se les intente lavar la cara? Porque esa es la preocupación de todos los ayuntamientos, recuperar el centro y alejar a las malas gentes, aunque el Barrio Chino siempre será el Barrio Chino...

A eso no puedo contestar de manera objetiva. Para mí hay calles que siempre serán las mismas porque están incorporadas en mi aventura personal; a lo mejor sí que cambian pero yo no me doy cuenta. Para mí la calle Nou de la Rambla siempre será esa calle donde la gente los sábados por la tarde..., cuando no existían los fines de semana, la gente se iba a hacer la copa, se iban de putas los que podían y el resto las miraba, no había discotecas, solo bares de barrio, había un ambiente muy barcelonés y al mismo tiempo muy de izquierdas. Pero esto solo sirve para mí y para aquellos que han vivido un Barrio Chino de leyenda, las academias de baile, los cabarets, los prostíbulos, como el de la Mimi, que era el más famoso de Barcelona, y donde íbamos los estudiantes los sábados por la noche, y como no teníamos dinero no hacíamos nada, pero hablábamos con las mujeres de allí. Una vez fui testigo de que allí se hizo un concurso de poesía. Todo aquello tenía una personalidad enorme.
Yo qye viví la época del hambre, había conocido mujeres muy honradas, algunas salen en mis novelas, que por la noche se prostituían en esos prostíbulos de la calle Nou, porque tenían hijos y pasaban hambre; ellas necesitaban solucionar la papeleta de alguna manera. Estas señoras tenían dos cosas muy buenas, seguro de enfermedad y retiro de vejez, y no había ningún chulo que las explotara. Ahora esto ya no pasa, y por según qué calles ya no paso, ya no tengo edad, pero por lo que me explican de mafias organizadas, de pobres chicas que han venido de Nigeria, de Rumanía, que están explotadas de mala manera, sin seguridad, sin nada, por cuatro desgraciados que se aprovechan... pienso que en este sentido hemos retrocedido, es decir, el ambiente que tenían algunas calles de Barcelona no era tan malo como nos empeñamos en verlo.

Con tanto cambio y reforma urbanística... El punto sórdido, el punto canalla de algunas calles de Barcelona, ¿se perderá, o por el hecho de ser portuaria ya tiene impregnado ese aire perdulario?

Por el hecho de ser portuaria ya tiene un ambiente que hace que no cambie demasiado. Por ejemplo, conozco muy bien Marsella, que siempre ha tenido un carácter muy especial, pero ha ido cambiando poco a poco. Cuando era el puerto de embarque de la legión, era una ciudad con una violencia y un gangsterismo y un puterío tremendos; cuando vinieron los alcaldes del Frente Nacional expulsaron moros, cerraron bares y puticlubs, pero Marsella continúa siendo Marsella, igual que Barcelona es Barcelona. Lo que pasa es que se transformará por el cambio de habitantes, la pérdida de la identidad obrera y todos los elementos que se dedican al ocio de los otros, también las putas son del Este y están explotadas, los camareros son asiáticos y mal pagados, o sea que no se perderá, pero cambiará y creo que a peor: perderá alegría y ganará corrupción.

¿Quién ha disfrutado más de las calles de Barcelona, el González Ledesma periodista, el escritor o el inspector Méndez?

Creo que de todos, el González Ledesma niño, que después creció y se convirtió en un escritor. Yo he disfrutado mucho de Barcelona como periodista, porque para mí ha sido el trabajo más bonito del mundo, ya que me permitía vivir la vida de las calles, ser testigo de la historia, conocer gente. Pero he vivido las calles para trabajar, con el reloj en la mano, mirando de no llegar tarde a una entrevista, intentando llegar a tiempo siempre. Trabajé en dos diarios magníficos, El Correo Catalán y La Vanguardia, y era una vida profesionalmente muy interesante y muy digna. Pienso que ahora hay muy poca gente que tenga esta oportunidad, y abundan esos que se llenan la boca diciendo "soy periodista", pero que no lo son. Eramos obreros de la información y ahora no.

Mi punto cotilla se rebela y no puedo acabar sin preguntarle algo sobre el Planeta: usted ganó el premio, con Crónica sentimental en rojo en el año 1984; han pasado veinte años y ahora lo ha ganado la Maria de la Pau Janer... ¿Qué ha pasado?

Yo no lo entiendo, creo que el premio no lo cuidan tanto como antes, o puede que se hayan acabado los novelistas en España... La verdad es que últimamente había perdido calidad literaria, y este último no es más que la confirmación. No quiero hablar mal de esta escritora, pero me parece muy corriente; además estuvimos sentados cerca y me pareció de una vanidad insoportable. Yo creo que el libro no puede ser bueno, y cuando el Marsé dijo que no valía nada... A Marsé me lo creo porque le tengo un respeto, ha sido un hombre de barrio y lo conozco hace mucho, y tiene unas virtudes que otros no tienen: la amabilidad y la modestia. Es muy posible que no hayan encontrado nada más, pero me extraña que no hayan pinchado un poco para que saliera otro. Hay buenos escritores en Latinoamérica y en España como para haber premiado esto.

Ha hablado el periodista, el escritor, el personaje y el que ya tiene los ojos cansados de tanto mirar. Yo estoy sin palabras. Amén. Un placer.

Gangsterera
, 4, marzo 2006