8 nov. 2007

Una novela de barrio

Título: Una novela de barrio
Autor: González Ledesma, Francisco
Editor: Ed. RBA Libros
Lugar: Barcelona
País: España
Fecha: 2007
Reseña: El Cultural. El Mundo (España)

Ricardo Senabre

La vuelta del comisario Méndez es siempre una buena noticia, y no sólo para los aficionados al género de la novela negra, sino, en general, para los amantes de la literatura. La dilatada trayectoria de González Ledesma le ha permitido llegar a ser un excelente narrador, liberado del corsé expresivo que lastraba algunas de sus primeras y ya lejanas novelas. Sin duda, la dedicación durante años a la literatura de quiosco, que exige crear y desarrollar una historia y unos personajes en setenta páginas, ha aportado al autor esa concisa precisión que parece dejar al descubierto los mecanismos del relato, reducidos casi a una agilísima y compacta mezcla de osamenta y nervios, al compás de un ritmo cambiante manejado con infrecuente destreza y que a veces precipita al lector en un vértigo –así, por ejemplo, en el violento desenlace–, favorecido por la rapidísima sucesión de enunciados mínimos. Pero incluso estas virtudes serían insuficientes si Francisco González Ledesma no fuese, además, un buen escritor, capaz de articular diálogos espléndidos, de narrar o describir un lugar o una situación con una simple yuxtaposición de breves enunciados nominales –a la manera del mejor Simenon–, o bien de cambiar de voces y estilos narrativos en el interior de una misma secuencia, englobando vertiginosamente perspectivas distintas. La inesperada originalidad de muchos símiles y humorísticas hipérboles, tanto en el relato como en los diálogos, remiten inevitablemente al Marlowe de Chandler y no son inferiores a los brillantes destellos del escritor estadounidense.
No hay en este antihéroe que es Méndez, sin embargo, nada que se nos antoje mimético respecto a otros modelos de investigadores del género. González Ledesma ha creado un personaje original, sólido, sin fisuras, que ha ido creciendo en densidad novela tras novela; un policía “de calle”, cercano a la jubilación y nada científico, que prefiere la justicia a la ley cuando, como sucede a menudo, ambas parecen entrar en conflicto. Méndez es, además, la representación de una Barcelona que se desvanece, de barrios populares, bares modestos, casas mugrientas y prostíbulos llenos de historias, y arrastra consigo la nostalgia de un mundo en liquidación. Estas características lo singularizan frente a los demás investigadores o policías creados en los últimos decenios por numerosos escritores, desde García Pavón, Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín o Juan Madrid hasta Martínez Reverte, Lorenzo Silva o Alicia Giménez Bartlett, entre otros. Méndez lleva a cabo sus investigaciones huroneando entre diversos informadores, casi siempre marginales: antiguos presidiarios, raterillos de poca monta, prostitutas, gentes que viven a salto de mata en el submundo barcelonés. El relato acaba por ser también el muestrario de un estrato social y de unos tipos bien dibujados, supervivientes de algo, casi todos los cuales –aquí, Ruth, la antigua “madame”, Mabel, Miralles o el pintoresco Amores–, convertidos en pobres gentes, llevan a sus espaldas un pasado repleto de fracasos y decepciones.
La historia, que oscila entre el crimen brutal y el lirismo contenido de algunas escenas, es menos compleja que otras del autor, como Cinco mujeres y media, pero convierte la sorpresa final en la revelación de un sentimiento profundo por parte del personaje más desdichado de la obra. Y ofrece como en carne viva, sin explicaciones inútiles sino mediante acciones narradas –lo propio de la novela, en definitiva–, un análisis sutil de pasiones y conductas inconfesadas: el amor –en Eva, en Mabel–, la venganza –en Erasmus o Ruth–, la lealtad, el miedo, la cobardía… Miralles, víctima por partida doble, parece la figura hitchcockiana del falso culpable, y el abogado Escolano, al que no ha sonreído la fortuna, conserva un envidiable fondo insobornable de honradez que constituye su única herencia patrimonial. Como en las mejores obras de González Ledesma, Una novela de barrio es algo más que un relato policial, aunque, naturalmente, los lectores menos avisados podrán efectuar una lectura superficial y quedarse flotando en la superficie del texto, porque la obra admite, utilizando las palabras que acuñó Antonio Machado, una lectura “de frente” y otra “al sesgo”.

El Cultural
, 8 de noviembre de 2007