20 nov. 2007

En defensa del principio del placer

Marcelo Figueras

Todavía no lo puedo creer. ¡Descubrí a Silver Kane!
Me explico. En la contratapa de El País del domingo había una entrevista a un señor llamado Francisco González Ledesma, a quien se presentaba como un escritor premiadísimo -un Planeta, un RBA de Novela Negra, etcétera- del que yo, lo admito, no había oído hablar nunca. (Mea culpa.) Tratando de acotar mi ignorancia me puse a leer y terminé descubriendo que en realidad yo había sido devoto de ese señor, cuando escribía novelitas del Oeste -tiene como cuatrocientas en su haber- y firmaba como Silver Kane.
Mi abuelo compraba de esas novelitas a montones. (Lo de novelitas va por su tamaño, no por su dimensión.) Primero las leía él y después yo. De aquel entonces recuerdo sólo tres nombres: Marcial Lafuente Estefanía, Clark Carrados (que si mal no recuerdo escribía más bien historias de guerra) y el señor Silver Kane.
Así que ahora estoy en condiciones de agradecerle al señor González Ledesma por los maravillosos ratos que nos hizo pasar a mi abuelo y a mí. Me alegra que la vida haya sido generosa con él, por lo menos desde que el franquismo dejó de maltratarlo. (Lo acusaron de rojo, por ser hijo de un republicano, y de pornógrafo porque en una novela suya un hombre tocaba la rodilla de una mujer. Vaya descaro el suyo.)
¿Cuántos momentos felices les debemos a obras y autores a los que el establishment cultural considera, o consideró en algún momento, menores y livianos? Al menos en mi caso, tengo una mochila llena de buenos recuerdos debidos a películas, series, libros y canciones a los que muchos definirían como ‘pasatistas' y gracias. Pienso en las primeras novelas de Stephen King, en los discos de los Bee Gees antes de que se les aflautara la voz, en Ferris Bueller's Day Off y en Ladyhawke (dos películas que debo haber asociado por la presencia de Matthew Broderick), en tantas historietas de aventuras.
A veces hace falta que aparezca alguien que ‘redima' esas obras y les otorgue el valor que hasta entonces nadie les daba; por ejemplo Café Tacuba versionando una vieja canción que en la Argentina popularizó un tal Leo Dan, o los rockeros argentinos reivindicando a Sandro. Pero a menudo tenemos que poner el pecho por nosotros mismos, y tolerar los dardos con que la gente ‘seria' se mofa de nuestros gustos. Si habré soportado escarnio en su momento porque me gustaban The Police y The Smiths, de parte de un amigo periodista cultural que sostenía que "eso no era música"...

El Boomeran(g)
, 20 de noviembre de 2007