1 nov. 2007

Francisco González Ledesma: "Carod Rovira hace un daño moral terrible a Cataluña"

Nuria Azancot

"Bien. El hombre que iba a morir ya está dentro". Así, como un tiro, comienza Una novela de barrio, de Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), galardonada con el I premio de Novela Negra RBA. Abogado y periodista, se confiesa nostálgico de una Barcelona que apenas reconoce, como si fuera uno de sus personajes, enfermo de solidaridad, ironía y dignidad. A fin de cuentas, fue perseguido por la censura por "rojo y pornógrafo" desde los 21 años, y no pudo publicar con su nombre hasta 1977, aunque es autor de más de quinientas novelas del Oeste firmadas con el seudónimo de Silver Kane.

Conquistó con 21 años el premio Internacional de Novela José Janés, pero la censura impidió su publicación. También su segunda novela tuvo que esperar a 1977 para ver la luz. 30 años después, convertido en autor de masas en Francia, y con todos los premios de novela negra en su haber,¿cree que el tiempo –o las editoriales y los lectores– ha hecho al fin justicia?

–Sinceramente no sé si es justicia o no, pero en todo caso es un premio a la perseverancia y al trabajo, porque a lo largo de estos casi 60 años he tenido mil motivos para rendirme. Lo peor es que por culpa de la censura perdí toda mi juventud y no pude publicar antes con mi nombre, quizás con nuevas perspectivas, y haber sido mejor autor. Pero no me quejo, estoy muy agradecido a la vida porque al final he escrito lo que he querido.

–¿Qué queda en el González Ledesma de hoy del muchacho que escribía una novela a la semana con el seudónimo de Silver Kane?

–Sobre todo gratitud hacia aquel muchacho que sabía que no podía publicar con su propio nombre mientras viviera Franco, y Franco parecía que no iba a morirse nunca. Silver Kane me permitió acabar la carrera de
Derecho y ayudar a mi familia. Y también le debo gratitud por algo que no tiene precio, el aprendizaje tremendo de escribir una, y a veces dos, novelas a la semana. Si con ese ritmo no aprendes la técnica de la novela, no la aprenderás jamás. Y yo creo que la aprendí.

Seis meses de cuarentena

–Dicen que destruye capítulos e inclusos novelas enteras, y que este libro no ha sido una excepción...


–Sí, pero con este libro he sido afortunado porque tuve que destruir muy pocos capítulos. Verá, yo comienzo a escribir cada novela con mucha ilusión y cuando termino la dejo seis meses en reposo; luego vuelvo a leerla, y si me gusta, la publico. Si no, la rompo y vuelvo a empezar. Rompo muchísimo: por ejemplo, La ciudad sin tiempo, publicada este año por Destino, la escribí tres veces, y eso que tiene 500 páginas. En ésta, en cambio, sólo destruí unos capítulos porque me estaba desviando de lo que quería contar.

–La novela vuelve a estar protagonizada por el inspector Méndez, ahora prejubilado. ¿Siente, como él, que su mundo, su Barcelona, se está muriendo?

–Yo siento una nostalgia muy viva de la vieja Barcelona. Aunque desde el punto de vista urbanístico es evidente que ha mejorado mucho, añoro esa Barcelona que era muy roja, y muy pobre, pero en la que había solidaridad, esperanza por un mundo mejor y un espíritu de lucha que hoy están desapareciendo. Ahora, cuando una de las casas de mi infancia tiene grietas los propietarios la dejan
venirse abajo para construir otra más cara. Muchas casas de gran importancia sentimental ya no existen, y un mundo de esperanzas añejas desaparece con ellas, porque cada casa demolida se lleva con los escombros a los muertos y los vivos, y muchos recuerdos, y muchísimas almas.

Especulación y corrupción

–La especulación está ligada a la corrupción. ¿Qué ha ocurrido con nuestra democracia para que cada día nos desayunemos con un nuevo escándalo?

–Verá, yo que he estudiado y sufrido la época de Franco como abogado y periodista puedo decirle que en el franquismo había más corrupción que hoy, pero que no se sabía, mientras que ahora al menos podemos denunciarla. Hoy en Barcelona hay una corrupción oficial que el mismo Maragall denunció en el Parlament, cuando la catástrofe de las casas hundidas en el Carmelo. Entonces dijo que el problema era ese 3 por ciento del presupuesto de cada obra que los constructores destinaban a que se financiaran los partidos políticos y que hacía que se empleasen malos materiales.

–Por no mencionar el caos que sufre la ciudad desde hace semanas por culpa de las obras del metro, los trenes de cercanías y el AVE...

–Desde luego. Yo ahora, con lo que está cayendo (y nunca mejor dicho), empiezo a tener miedo por la Sagrada Familia, porque las obras del metro están muy cerca de sus cimientos. No sé si los supuestos ingenieros responsables de este desastre han acabado los estudios. Porque el trabajo es una cosa sagrada y ahora más de un millón de personas que necesitan el tren para llegar a sus trabajos se ven obligados a hacer milagros cada día por la ineptitud de unos
incompetentes que no conocen su trabajo ni respetan el ajeno. En realidad, es otra consecuencia de la especulación desmedida. El terreno que quedaba sin urbanizar se está edificando con estafas increíbles. Y nadie dice nada. Y cuando lo dice, el poder no responde. Ni actúa.

–¿Qué balance hace, pues, de la gestión del tripartito? ¿Ha respondido a lo que se esperaba de él?

–No. Creo que Barcelona tuvo un momento de esperanza cuando regresó Tarradellas, que carecía de experiencia como gestor, pero que tenía el Estado en la cabeza, como De Gaulle. El tripartito no es lo mejor que nos ha pasado, casi es lo peor.

–¿Y es responsable de la imagen que en el resto de España se tiene de Cataluña hoy?

–Desde luego. Cataluña tiene dos cosas muy buenas de las que me siento orgulloso: su tolerancia y capacidad de pacto, y que es tierra de acogida. Media España ha encontrado trabajo y un hogar en Cataluña. Pero cuando Carod Rovira se enfada porque le hablan en una lengua oficial como el español, causa un efecto terrible porque acaba en un instante con la idea de tolerancia que siempre nos ha caracterizado. Carod está causando un gran daño moral a Cataluña, y es responsable de que seamos menos queridos en el resto de España, cuando tenemos motivos para lo contrario.

–Volviendo a la novela, ¿cuánto le debe Méndez a su trabajo como periodista y abogado?

–Le debe muchísimo. Ser abogado defensor y diplomado en criminología, mi propia infancia de chico de barrio humilde y mi trabajo como periodista, me han permitido conocer muy bien el mundo del crimen. Mi memoria periodística hace que tenga una memoria histórica muy amplia, que se vuelca en Méndez. Mi personaje es resultado de las experiencias de cuatro policías reales, uno de ellos guardaespaldas de un Capitán General que siempre se olvidaba la pistola en casa. Méndez es un notario de la Barcelona que sufre, y, desde luego, uno de los personajes más importantes de mi vida. Gracias a él gané el premio Planeta, el Pepe Carvalho, el de la Crítica francesa en dos ocasiones, el Dashiell Hammett, ahora éste de RBA... Si me pidiera dinero, se lo tendría que dar.

Los límites de la ley

–En Una novela de barrio Méndez descubre al asesino en la página 20...

–Desde luego. Me parecía que era lógico y necesario en este caso descubrir pronto al presunto culpable, porque detrás de lo que parece una venganza elemental hay muchísimo más, todo un mundo de sentimientos, y una necesidad de replantearse los límites de la ley cuando resulta imposible la redención de un criminal. O el dilema de un abogado enfrentado a su propia dignidad.

–Que es otro de los temas habituales de sus novelas. Como la memoria, la solidaridad y la lealtad. ¿Qué perdemos si las perdemos?

–Lo perdemos todo. La dignidad, la solidaridad nos mantienen vivos, nos justifican. Y cuando las pierdes, pierdes tu misma vida.

–¿Le gusta la novela negra que hoy se hace en España?

–Desde luego, aunque yo prefiero llamarla novela social, porque a través de un delito se retrata a toda la sociedad. Las novelas de Giménez Bartlett, que es una maestra del género, me gustan mucho, aunque yo las escribiría de otra forma. Lorenzo Silva ha logrado dar a un cuerpo policial que a priori resultaba antipático, la guardia civil, una gran humanidad. Aprendo mucho de ellos. Y de Andreu Martín, aunque, como ahora publica mucho, tiene menos tiempo para preparar los argumentos.

–¿Es verdad que Mankell no le gusta nada? ¿Y Donna Leon?

–No exactamente. De Mankell me gusta que lleva al lector como un compañero de viaje, pero es que a mí su mundo no me interesa demasiado. Soy mediterráneo, y un hombre que se levanta a las seis de la mañana, que apenas ve el sol por culpa de la nieve, y que toma diez cafés para seguir trabajando me aburre. En cuanto a Donna Leon, me interesa el mundo mediterráneo que retrata
en sus novelas, pero éstas me resultan poco dramáticas y demasiado costumbristas.

–Creo que aún no va a jubilar a Méndez: ¿Ahora qué le espera?

–Bueno, tengo una nueva novela de Méndez en la cabeza, la última, porque el tiempo se me acaba. Le voy a confesar algo que aún no sabe nadie: pensaba titularla Los muertos, y va a ser un canto a la esperanza, porque siempre hay motivos para vivir. Sí, espero poder escribirla en un par de años. Ojalá.


El Cultural, 1 de noviembre de 2007