7 set. 2007

González Ledesma gana el Premio de Novela Negra RBA

El autor barcelonés recupera al policía Méndez en 'Una novela de barrio"

125.000 euros convierten el nuevo galardón en el mejor dotado de su género


Elena Hevia

El año que corre, el mismo en el que ha cumplido los 80, ha sido particularmente generoso con Francisco González Ledesma. Sin acabar de reponerse del éxito de ventas de La ciudad sin tiempo, embozado allí bajo el seudónimo de Enrique Moriel, ayer recibió el recién inaugurado Premio Internacional de Novela Negra RBA, que conlleva 125.000 euros y el récord editorial de ser el premio mejor dotado en su género.Y lo hizo con sus armas habituales, una novela policiaca ambientada en Barcelona y con su policía de siempre, Méndez, que ha rebasado ampliamente la edad de la jubilación pero sigue en la brecha. Una novela de barrio es la historia de una venganza, la que se desata tras la muerte accidental de un niño en los años 70 en una espiral de violencia que llevará la acción hasta nuestros días. "Esta obra explora el amor familiar. De cómo un padre que ha perdido a su hijo intenta reconstruir la vida que este habría podido vivir".
Ayer el escritor barcelonés bromeaba con la circunstancia que le obligaría a no poder negarle dinero a Méndez, caso de que se lo pidiera, ya que este le ha hecho ganar cuatro premios, entre ellos el Planeta con Crónica sentimental en rojo en 1984. "Ahora Méndez ha cambiado su incómoda vivienda del Barrio Chino, en el trastero de un bar de mala muerte, por un pequeño pisito frente a las Drassanes, donde los libros amenazan por salir por la ventana".


MINGITORIO SENTIMENTAL

El recuerdo de su desaparecido amigo, Manuel Vázquez Montalbán, otro gran cronista de los barrios barceloneses, le lleva a evocar aquella frase que tanto le gustaba a aquel: "La patria es la pared contra la que meamos de niños". La de González Ledesma está en Poble Sec, el barrio en el que nació y un lugar por el que le gusta pasear cuando está deprimido. "Mis novelas se han nutrido de las pequeñas y tristes historias de barrio, de los obreros que luchaban por sacar adelante a sus familias y de las mujeres honradas que por las tardes se veían obligadas a prostituirse".
El autor constata las transformaciones en el paisaje con un dejo nostálgico: "Con Serrat, además de la amistad, compartimos barrio, y solemos hablar de los cambios de nuestra ciudad. Todo me lo han cambiado, el Barrio Chino ya no se llama así, las calles que conocía ya no están, en la comisaría ya no hay policías sino mossos d'esquadra y mis obreros y meuques han cedido el paso a los emigrantes".

El Periódico, 7 de septiembre de 2007