13 jul. 2005

González Ledesma: la verdad de la calle

Alvaro Villa

Ayer pasó por la Semana Negra un autor de esos que desprenden sabiduría, que los lectores miran con admiración desde sus sillas, felices de poder estar escuchándole. Francisco González Ledesma presentó para ellos su nueva novela, Cinco mujeres y media. Al terminar, se sentó en una silla, con una mesa delante, y escribió dedicatorias pacientemente, con cariño, tomándose la molestia de levantarse de la silla y estrechar la mano a cada uno de sus lectores antes de despedirles.
En la carpa de los encuentros de la Semana Negra, se produjo ayer esta peculiar presentación pues los comentaristas apenas se atrevieron a decir una sola palabra sobre el libro en cuestión. Sin embargo, incluso quienes no conocían al autor salieron con ganas de leerlo. Pero es que cuando tres entusiastas y admiradores lectores como son Paco Camarasa, librero catalán, Paco Ignacio Taibo II y Raúl Argemí, escritor argentino afincado en Barcelona, se lían a elogiar a alguien, es imposible no sucumbir al canto de las sirenas y no tener, al menos, ganas de irse con el libro. Y qué mejor cosa que hacerlo estando allí el autor para firmarlo.
Paco González Ledesma nació en Barcelona hace setenta y ocho años. Su escritura se centra en esta ciudad, cuya alma contribuye a pintar en ese mismo cuadro literario en el que también se ejercen o ejercieron autores como Juan Marsé, Eduardo Mendoza o el fallecido Manuel Vázquez Montalbán.
En estos pocos días de Semana Negra 2005, se ha escuchado varias veces decir que la novela negra es el género literario más social y el que mejor refleja la sociedad en la que se desarrolla. El primero en afirmarlo ayer fue Camarasa: la literatura social de principios del milenio es la literatura negra, y Ledesma es la prueba de ello. Estamos, pues, ante un género que se caracteriza por plasmar en sus novelas el espíritu de los lugares de los que habla y ayer tuvimos entre nosotros a un maestro en estas artes. Porque, como dijo Raúl Argemí, cuando un escritor adquiere las herramientas del oficio ocurre a veces que el oficio llega a comerse al escritor. A Ledesma no se le comió el oficio. Es un escritor de profunda originalidad en su modo de ver la realidad y en sus metáforas para contar cómo huele la realidad. Para él, el escritor barcelonés logra seguir siendo siempre original pese a tener tantos años de oficio.
Ayer pudimos saber un poco al secreto que tiene este autor para lograr tal acercamiento a la realidad barcelonesa. Y todos sus lectores lo sabrán totalmente algún día, pues en estos momentos Ledesma se encuentra escribiendo sus memorias, que llevarán como título: La historia de mis calles. Cuando este autor quiere hablar de sí mismo, recurre a las calles de Barcelona: la pequeña historia de las calles es muy sencilla y está formada por los vecinos que hemos tenido y por las cosas que aprendimos de nuestra madre. Pensé que toda esas personas se merecían ser recordadas, y por eso me puse a escribir mis memorias. Son la historia de una calle pobre y de una gente pobre que tiene una esperanza que nunca podrá realizar.
En este libro también narrará sus experiencias como periodista y como abogado, dos de las profesiones que ha ejercido —además de escribir novelas populares bajo el seudónimo de Silver Kane—. Como periodista llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia y de El Correo Catalán y obtuvo el premio de periodismo El Ciervo. Como letrado, además de haber publicado el libro de derecho El dret catalá actual, Ledesma fue abogado defensor. "Conocí a muchos delincuentes en esa etapa y sé que hay algunos que se pueden recuperar y otros que no, que son un peligro para la sociedad. Como abogado, muchas veces me pregunté si había actuado correctamente o no".
Para él, la ley de los tribunales y la ley de la calle son contradictorias, no siendo siempre justa la primera de ellas. Entre todos estos elementos podemos encontrar, pues, las fuentes de las que se nutre González Ledesma: la calle, el periodismo, los tribunales.
De Cinco mujeres y media vamos a contar algo. Hay una muerta, un investigador y una ciudad que despierta muchos ecos, dijo Argemí. Algo más podemos decirles. El protagonista es Méndez, ese inspector que ya conocemos, incapaz de hacer carrera política y que sigue sin lograr un ascenso. Sin embargo, ahora vive mejor, pues ya está en un pisito lleno de libros. Eso sí, sigue siendo un hombre de las Ramblas.
En palabras de Ledesma, Méndez nunca obedece una orden y siempre lleva las investigaciones a su manera. Cree que hay una verdad en la calle, que se puede descubrir. Este inspector, explicó, es más real de lo que parece, pues es una representación de cuatro policías que él ha conocido.
A Méndez, señaló Camarasa, se le escapan los detenidos y cree en los informes de las miradas y en las voces de las personas más que en los ordenadores y en los nuevos medios tecnológicos.
Busca en los portales oscuros y en los rincones. Es un policía que cada vez que pasa por una librería sale con un libro, y que pierde a los delincuentes porque está leyendo mientras los vigila.
Así pues, a este pobre inspector le mandan en esta ocasión una misión aparentemente simple: ir al entierro de una mujer violada y posteriormente asesinada.
La orden que tiene es detener a quien más clame justicia, pues los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen y muy frecuentemente son quienes reclaman las personas más que en los ordenadores y en los nuevos medios tecnológicos. Busca en los portales oscuros y en los rincones. Es un policía que cada vez que pasa por una librería sale con un libro, y que pierde a los delincuentes porque está leyendo mientras los vigila.
Así pues, a este pobre inspector le mandan en esta ocasión una misión aparentemente simple: ir al entierro de una mujer violada y posteriormente asesinada. La orden que tiene es detener a quien más clame justicia, pues los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen y muy frecuentemente son quienes reclaman reclaman la detención de los culpables con más insistencia.
Méndez, sin embargo, opta por meterse en un bar, donde encuentran reunidas a seis putas en torno a una mesa. Son ellas quienes dan título a la novela, incluida esa media, la mujer que no tiene hijos y que cuida a los de las demás. Es el personaje más entrañable del libro, según su propio autor. El inspector no deja de lado la investigación, especialmente cuando es capaz de ser comprensivo con los pequeños carteristas —en ocasiones los mete en un bar, tratando de convencerlos para que dejen la delincuencia — pero no puede perdonar nunca la violación. Para él, según Ledesma, comer a costa de otro es un derecho social, pero no lo es follar a costa de otro. Eso no se puede perdonar.
El autor no había escrito nunca sobre mujeres, según confesó, y señaló que debía pedir perdón por ello. En este tipo de actos son siempre ellas quienes me hacen las preguntas más inteligentes y son también ellas quienes me leen con mayor profundidad. Creo que había perdido una parte importante de mi vida al escribir siempre sobre hombres. Sin embargo, creo que cada vez que muere alguien por la cultura o la libertad en el mundo hay siempre un vientre de mujer para sustituir a ese muerto. Son ellas quienes tienen el alma de la ciudad, ellas son la poesía y las creadoras de la historia. Esta presencia casi exclusiva de personajes masculinos en sus libros, explicó, es influencia de la literatura negra, que siempre ha estado protagonizada por hombres.
Antes de terminar la charla, Paco González Ledesma quiso expresar su enfado con el Govern de Catalunya por considerar sólo como literatura catalana a quienes escriben en catalán, y por haber enviado a la Feria de Frankfurt solamente a escritores que se expresan en esta lengua. Él, señaló, que fue expedientado en el ejército por dirigirse en catalán a los soldados, aprendió a leer y a escribir en catalán y tiene un libro de derecho en catalán.
"Los catalanes", indicó, "tienen la inmensa suerte de tener dos lenguas y dos culturas, y ambas deberían ser respectadas y protegidas por el derecho. Que nadie nos quite esa suerte"¸ reclamó, "es una política genocida. Juan Marsé, Vázquez Montalbán o yo mismo, no podemos ser considerados como no catalanes por no escribir en catalán". Ahí queda eso. Los presentes en la Semana Negra, al menos, estaban de acuerdo con él.

A Quemarropa, 13 de julio de 2005