25 jul. 2009

La dama de Cachemira, de Francisco González Ledesma: nostalgia, humor y venganza

Blanca Vázquez

¿Qué no sabes hacia donde dirigirte este verano? Te propongo un viaje transitivo a la Barcelona del fondo. Tendrás, además, la suerte de contar con un guía autóctono de pedigrí, un policía de la vieja escuela, Ricardo Méndez, que te hará partícipe, viendo, oliendo, casi tocando, de las miserias, vidas malvividas, almas heridas que se esconden entre callejones oscuros, avenidas, calles, rincones y viejos barrios en los que asoman tiendas pequeñas, estancos para gente pobre donde sólo se expende un Montecristo una vez en décadas, quioscos tronados que parecen hechos para vender no el periódico de hoy, sino el de ayer, corseterías para mujeres antiguas casadas a perpetuidad, o perfumerías para niñas modernas casadas a prueba. Claro que la sangre no te salpicará, pues será más bien un paseo por el tren de las emociones, que como mucho te recordará que hay otro mundo dentro de este. Como hay muchas Barcelonas dentro de la ciutat catalana. La aventura está asegurada con este nihilista irónico, cazador del último eslabón del delincuente común, aquel “sin futuro, ni reinserción”, el soplacompinches o la puta más apaleada que espectador puede encontrar. Entra en el mundo de González Ledesma y devendrás un lector sociólogo que analizará las pruebas por los gestos, los destrozos del cuerpo y el alma de las víctimas en vivo y en directo. Y acabarás cogiendo un especial cariño a Méndez, al que no hay manera de encontrar la etiqueta con el precio.
Francisco González Ledesma es un barcelonés por los cuarenta costados, nacido en el 27, con lo que deducimos tuvo que tragar mucha cochambre de guerra y posguerra, empezando por la relación enseñanza-curas, de la que tantos se han hecho eco desde la literatura al cine. Épocas duras donde sacar unos durillos con la escritura puede ser el inicio de una buena amistad con la literatura. Nuestro Silver Kane de Salón.
Adoro a este catalán de fino oficio, adoro su honradez, su compromiso y sus agallas, siempre tildado de “rojo”, rojillo más tarde, al que Francia acogió con amor. Le llegó, luego, la popularidad y el reconocimiento en nuestro país, por supuesto, como no podía ser de otra forma. La serie Méndez consta de varias novelas cuyo comienzo se sitúa en 1983, siendo su década más fructífera la de los ochenta, aunque el nuevo siglo lo ha cogido con ganas este policía de mirada burlona y a la vez afectuosa. Junto a Méndez y su fauna, esta serie dibuja el horizonte cultural de una España cuyos tópicos y cuyo carácter sobreviven en el escenario barcelonés barnizándola de una cierta cualidad quijotesca, sombría, truculenta, buñuelista, diría yo. Una Barcelona de plurales ámbitos y mestizaje abrupto, de folclore casposillo, sin intención de herir sensibilidades españolistas!Puestos a hablar, hablo del paisaje humano y urbano de la transición, concretamente 1986, que Francisco Gonzáles Ledesma nos ha retratado en La dama de Cachemira, 1986, reeditada de nuevo este año por R.B.A. Libros. ¿Cómo ve el escritor la Barcelona de ahora mismito? Tendría que adentrarme un la última entrega de Méndez, No hay que morir dos veces, 2009, que desde ya prometo hacer, y que este maniaco (ojo, lo digo con cariño) de los seudónimos ha firmado como Enrique Moriel.
Pero volvamos a los ochenta, al barrio chino por excelencia, al Raval, al Parallel, a la calle Pelai o de la Cera. Estamos en la economía de las pesetas, no hay asomo de Internet ni pitídos de móviles, y sí de mucha actividad callejera y de casas viejas compradas a precio vil por nuevos tiburones del negocio ese llamado inmobiliario, porque " Barcelona nunca ha crecido en virtud de un gran sueño colectivo, sino en virtud de mil sueños rigurosamente individuales. Las compras a precio vil de hoy se transformaban en solares libres y en los grandes negocios del futuro", (el futuro de hoy).
Una trama inmobiliaria forma parte del centro argumental de las pesquisas de Méndez, pero también, y principalmente, el asesinato a garganta cortada, a palo seco, en pleno callejón. ¿ Pistas?, una silla de ruedas desde la que se ha perpetrado el crimen, siendo una buena escusa para atraer a más posibles víctimas. Pero hay más, una hermosa mujer maltratada y carcomida desde la adolescencia; otra mujer disecada en su piso de paisaje reducido, aún de buen ver: “más vale que no te andes con rodeos, que no empieces antes con que Esther aún está buena, aún sirve para anunciar sostenes cruzado mágico y aún tiene un no sé qué de merienda de canónigo”; un par de gays enamorados como poetas adolescentes: “Usted no puede entenderlo, Méndez, jamás podrá entenderlo. Pero nos encontramos con que nuestra manos se habían unido de nuevo y mirábamos el techo otra vez. El techo de aquel cine, nuestro viejo techo”; Un frío hombre de negocios con vistas a hacer carrera en la política que recurre a los medios necesarios siempre al límite de lo legal; otra mujer aún, de modales antiguos, “figura de habitación cerrada, de espejo de tocador y de perversión en silencio”, una Belle de Jour, soñamos. Y por supuesto miles de secundarios, esas pobres almas que pululan por cualquier barrio chino, como el fulmine, con los que González Ledesma escupe su sarcástica y realista incorrección política y mucho humor, pues es el humor, sin duda alguna, el medio en que prospera la agridulce mezcolanza de ironía y nostalgia en que se resuelven los acordes de esta novela: “Supongo que al fulmine lo enviarían a galeras, se la limpiarían con salfumant o le pondrían a vivir con un moro-dijo caritativamente Méndez, deseando siempre lo mejor para el prójimo”. Todos bailan alrededor del noir que desarrollado González Ledesma bajo el prisma un Méndez rigurosamente intransferible, incomprendido por sus compañeros de trabajo, que parece vivir fuera de tiempo.
Coge al vuelo, el autor, algún que otro guiño para posarlo dentro de la trama, como la referencia a su larga carrera de novelista en pulp, alias Silver Kane, lo que nos hace sonreír. Excesivo a veces, reconozco que en ocasiones su tendencia a irse por los cerros de Úbeda resulta empalagosa, y hubiera deseado más de un atajo en la acción. Pero este catalán experimentado en tramas con sorpresa, no nos deja sin ellas, y bien orquestada, la narración de La dama de Cachemira tiene sorpresas en cada capítulo.
Este verano viaja a esta literatura de afirmación de la dignidad.

La República Cultural, 25 de julio de 2009