17 jul. 2009

¿Crímenes perfectos?

Francisco González Ledesma

Hace poco, un grupo de escritores nos reunimos para discutir si existe o no el crimen perfecto. Por supuesto, éramos gente más bien indocumentada y sin buenas referencias. Llegamos a la conclusión de que no existe, o existe sólo en un caso. Por ejemplo, el veneno deja tales indicios que nunca debe ser útil para el que aspire a la impunidad. Mis estancias en lugares más bien dados a la melancolía, como las salas de autopsia, me han demostrado que todos los venenos dejan su voz y su huella. Claro que grandes películas y grandes novelas nos han enseñado que el crimen podría ser, en efecto, una de las bellas artes, y siempre han idealizado el asesinato por encargo, en especial cuando se trata de eliminar a un cónyuge que da la lata. Todos recordarán un gran filme en el que una señora tenía que ser asesinada en su casa por un sicario mientras el marido -el que pagaba- estaba en una reunión social llena de testigos. No sé si algún crimen parecido ha quedado impune, pero lo dudo, porque siempre queda la pista del dinero. El último caso ocurrió en el Ritz de Barcelona, cuando una dama encargó a un sicario que acabara con su marido, un hindú cuyo dinero no servía de mucho mientras estuviera vivo. Pero ni la dama ni el sicario llegaron a disfrutarlo. Otro posible sistema es el accidente en el metro. Un desconocido se sitúa detrás de la víctima y en el momento justo le empuja a la vía o le hace caer con la presión de un paraguas o un bastón. Lo malo para el asesino es que la gente tiene ojos y los andenes, cámaras.
El único crimen perfecto parece éste: el garrotazo profundo por la espalda en una calle sin luz, siempre que el sicario use guantes y unos zapatos con al menos dos números por encima de los que gasta habitualmente. Es decir, el único crimen perfecto posible no es el más inteligente sino el más burro, el más elemental y labriego. Vaya desengaño”.

El Cultural, 17 de julio de 2009