10 des. 2007

Una novela de barrio

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

Si no recuerdo mal, el triángulo isósceles es el que tiene dos lados iguales que descansan sobre una base cuyo lado es más corto. O algo así, que soy de letras y la Wikipedia, en cuestión de triángulos, es un follón.
¿A qué viene esto de los triángulos? ¿Quizá a que la última novela de Francisco González Ledesma tiene algo que ver con un hombre y dos mujeres o una fémina y dos tipos que se lo montan, sucesiva o alternativamente?
No. La referencia geométrica viene a cuenta de que
Una novela de barrio está protagonizada por tres personajes principales. Uno es Méndez, el célebre inspector tan querido de FGL y, por supuesto, de todos sus lectores. Después, hay un tipo malo, un Leónidas/Erasmus frío, cínico y de lo más cabrón, que está realmente bien conseguido. Pero el tercer lado del triángulo viene de la mano de un tal Miralles que, de tan bueno, honrado y protector, se me ha hecho un tanto empalagoso, la verdad.
Y me da rabia no haber conectado con este Miralles, semejante en su concepción al Clint Eastwood de “En la línea de fuego”, que podría haber dado tanto juego. Y, sin embargó, me dejó demasiado frío.
La novela de González Ledesma, por tanto, galardonada con la primera edición del Premio RBA de novela negra, no llega a alcanzar la perfección de su memorable “El pecado o algo parecido”, premio Hammett de la Semana Negra del año 2003 y culmen de la narrativa de González Ledesma, pero se le acerca muy mucho.
Primero, porque Méndez sigue siendo el mismo policía de siempre, descreído, con el colmillo retorcido, ácido, sarcástico y rabiosamente independiente. Un Méndez que transita por las calles de una Barcelona que cada vez es menos suya. Un Méndez que no deja de descojonarse a costa del AVE y las comunicaciones, la novísima gastronomía catalana y sus restaurantes de súper lujo, los programas rosas de vísceras y sexo, la prohibición del tabaco o el rumbo del puterío y del periodismo del momento.
Un preciso análisis sociológico hecho a través del vitriólico humor de un Méndez que está pidiendo a gritos que le pongan su nombre a alguno de los callejones más infectos que aún queden (si quedan) en el Barrio Chino de la ciudad condal.
Y luego está el malo. Un malo al estilo de los de James Bond, un supervillano más malo que un dolor; cínico y sin remordimientos, bien adaptado a la sociedad que le acoge. Y, bueno, está ese Miralles del que antes hablábamos y del que prefiero no contar nada más.
La novela comienza con un crimen. Lógico, dado el género que estamos transitando. Pero lo curioso es que la identidad del asesino y sus motivos para serlo se conocen casi desde el principio. O, cuando menos, se intuyen. Pero da igual. Porque, como tantas veces hemos dicho, no es tan importante el quién lo hizo como el porqué. Y es en las razones, las justificaciones y las causas donde está el auténtico meollo de “Una novela de barrio” que se disfruta línea a línea, reflexión de Méndez a reflexión de Méndez.
Y, por supuesto, a través de los diálogos del propio Méndez con el Amores, un periodista en horas bajas, disertando sobre las bondades de cualquier tiempo pasado, que resultan antológicas y memorables.
Una novela negra y policíaca, un retrato de la España de ayer y de hoy que está de plena actualidad, un clarividente análisis sociológico de un país en plena transformación, pero en el que las cosas no son tan modernas como parece. Y que, por supuesto, es un más que justo y merecido premio RBA de Novela Negra, con valores intrínsecos que van más allá del homenaje a un maestro como González Ledesma.

Pateando el mundo, 10 de diciembre de 2007