1 abr. 2007

La última inocencia

Alfons Cervera

Una tarde presentaba yo en Barcelona la novela de un colega en la librería Negra y Criminal.
Todo allí novelas policiales. La que me ocupaba ese día también tenía trazas de relato negro. Confesé mi pasión por eso que tantos idiotas llaman subgéneros. Y seguí con que uno de mis escritores favoritos era (y es) Francisco González Ledesma, casi más conocido en Francia que en su propio país. Ganó el Planeta un año. Hace mucho. Y añadí que mi admiración había crecido el día en que supe que ese mismo escritor (a quien no tenía la dicha de conocer) también era a ratos Silver Kane, autor de centenares de novelas del Oeste. Novelitas de a duro, las llamaban: costaban eso entonces, años cincuenta, un poco también en los sesenta. Se vendían en los quioscos. En los pueblos de mi infancia se cambiaban unas por otras en el mercado de los jueves. Como los cromos de futbolistas. Cuando acabó la presentación se me acercó un hombre de pelo cano, con pinta de entrañable: soy Francisco González Ledesma, gracias por lo que has dicho. Las novelas de a duro eran del Oeste, policiales, de ciencia ficción (me acuerdo de George H. White, que se llamaba Pascual Enguídanos y se murió hace poco en Llíria, un pueblo donde viví cuando era adolescente). No sé si era literatura para pobres. Quizá sí. Sé que hay literatura para ricos. Y que hay una literatura escrita por ricos. Cosas que pasan. Mercado libre, al fin y al cabo. En casa no había libros. El poco dinero se empleaba en otras cosas. Pero leía como un endemoniado las novelas de Keith Luger, de Clark Carrados, de Fidel Prado, de Alf Regaldie, de José Mallorquí. El más famoso era Marcial Lafuente Estefanía. Droga dura. Veinte asesinos muertos con los seis tiros del Colt 45. Era un rostro metálico, de un tipo que no tiene sentimientos. Era el rostro de un pistolero que tarde o temprano acabará en la horca: “El sheriff más gandul de Texas”, de Silver Kane. Ahí aprendimos muchos a indagar en el lenguaje de los sueños. A mirar con los ojos abiertos, frente a frente, el dolor inmisericorde que se apoderaba de las casas oscuras. A descubrir que en alguna parte -y si no para qué hostias había que vivir- la luna seguía encendida después de los eclipses. Otros tenían a Faulkner en la biblioteca de sus padres. O a Tolstoi. Incluso aprendieron a no aburrirse con los siete tomos de Proust desde pequeños. Yo tenía tebeos y novelitas del Oeste. No me arrepiento ni maldigo esos orígenes. Al revés. Seguro que le gustaban a Onetti. Pienso en los autores aquellos. Nombres exóticos para aventuras deslumbrantes. Luego ya te enteras de que se los ponían ellos mismos o los editores para hacer más creíble la historia que se contaba en las novelas. Por eso supe muy tarde -me lo contó mi amigo Georges Tyras, de la Universidad de Grenoble- que González Ledesma y Silver Kane eran lo mismo. Eran el mismo. Son el mismo con algunos años de diferencia. Los dos se acercaron aquella tarde a la librería de la Barceloneta. Negra y Criminal. Todo novelas policiales. Un día fue Donna Leon y cuando vio el rótulo dicen que dijo: como la Secretaria de Estado de mi país. Los autores de quiosco no podían imaginar que llegarían a ser precursores de la mejor escritura de las literaturas planetarias. Ahora se venden las más imprescindibles obras completas por dos o tres euros, al lado de Hola, Diez Minutos y las cajas de Donuts. Los quioscos de entonces eran más pequeños. Pero la literatura que vendían o cambiaban, la que bullía en las noventa páginas de Silver Kane o George H. White, se hacía grande en la mirada curiosa de la última inocencia.

Quimera, 281, abril de 2007