2 set. 2009

Francisco González Ledesma «Era un especialista en saber dónde caerían las bombas»

Premiado muchas veces y reconocido mundialmente, ha hecho realidad el axioma que dice «pinta tu pueblo y pintarás el mundo».

Raúl Argemí

Francisco González Ledesma, Paco para los amigos, es una reserva de memoria viviente, un verdadero testigo de su tiempo. Nació en Poble Sec, barrio que lo vio pasar hambre, le enseñó a amar, y le grabó hasta el hueso que hay principios que no se negocian. Todo eso se refleja en su historia como periodista, y en la larga lista de novelas con las que siempre, de una u otra manera, estaba volviendo al barrio del que nunca termina de irse.
--Usted es novelista y sabe que una historia tiene que comenzar con gancho para retener a los lectores: cuéntenos un recuerdo infantil imborrable.
--La guerra civil, que tuve que vivir desde los ocho hasta los once años. Puedo decir, y no es chiste, que soy un especialista en saber dónde van a caer las bombas, por el pitido. Vivíamos al lado de las tres chimeneas, y los bombarderos se empeñaban en destruirlas y dejar sin luz a Barcelona. Mi madre, que era modista de pobres, mi padre, que trabajaba de peón de almacén, duro y cobrando muy poco, y yo nos hicimos grandes conocedores de esas bombas que caían cada dos por tres.
--Poble Sec tenía fama de ser un barrio rojo. ¿Se exagera mucho?
--Nada, era una fortaleza roja, con obreros dispuestos, aún durante el franquismo, a declarar la república a cada rato. Para mí fue la escuela que marcó mi vida y me enseñó lo que era la dignidad de los trabajadores. A los diez años, me acuerdo, ayudaba llevando sacos terreros al refugio antiaéreo. Allí podía ver a esos hombres, humildes, besar a su mujer, despedirse de sus hijos y ponerse el fusil al hombro para marchar al frente. Estábamos convencidos de que podíamos cambiar el mundo, y que valía la pena hacerlo.
--¿Podía ir a la escuela?
--Iba a la escuela del ayuntamiento, una escuela de calidad republicana. Allí aprendíamos no solo a respetar a los mayores, a los ancianos, también que un animal o una flor, la naturaleza, debe ser tratada con respeto. Eso sí, nada, nada nos quitaba el hambre.
--Mucha hambre.
--Mucha, hasta enfermarse. A mí me salvó una tía de Zaragoza, cuando me puse tuberculoso. La tía Victoria era modista de ricos, de militares y generales franquistas; con ella pude comer todos los días y me mandó al colegio de los hermanos Corazonistas, que eran buena gente.
--Tendría que rezar todos los días.
--Ahí estaba el problema. (Sonríe) Yo era un pequeño rojo que no sabía ninguna oración, así que tuve que disimular y aprender rápido. Más tarde, cuando estaba en otro colegio religioso de Barcelona, recuerdo que nos informaron, felices, del fusilamiento de Companys, diciendo que había sido por “mal español y mal catalán”. No era fácil la vida de un niño en ese tiempo, era un mundo que no me gustaba nada. La lectura me ayudaba a soportarlo.
--¿En los libros encontraba el mundo que le gustaba?
--Los libros me salvaron, me protegieron de tanta miseria. Un tío que era periodista tenía muchos libros bajo la cama y me dejaba leerlos. Había de todo. Novelas, cuentos, historias picarescas, de todo, y yo me los comía.
--¿Por esa necesidad de crear otro mundo llegó a la escritura?
--Sí, creo que esa fue la razón para que escribiera. Pero antes me hice abogado. Un abogado que ganaba dinero, pero que era muy infeliz. No me dejaba indiferente que condenaran a un infeliz con hambre, y soltaran al gran estafador que podía pagarse un abogado. Por eso, un día, me puse a estudiar Periodismo.
--Renegó del abogado y se hizo periodista.
--Dejé atrás el abogado rico para ser un periodista pobre. Fue la mejor decisión de mi vida. Primero estuve en El Correo Catalán, y luego en La Vanguardia. Con mucha suerte, porque los dos directores nos permitían hurtarle el cuerpo a la censura, y los lectores de aquellos tiempos eran maestros en el arte de leer entre líneas. Además, de vez en cuando, algo que uno escribe cambia un poco la realidad, y uno se siente como el cielo (ríe) ¡Y además nos pagan por hacerlo!
--Usted tiene un personaje, el comisario Méndez, muy del Barrio Chino, muy del Paral.lel, escéptico, que cree más en la ley de la calle que en las de los tribunales. ¿Cómo se hizo amigo de Méndez?
--No hubo premeditación, me lo encontré un día en Expediente Barcelona, editada en los años 80. Fue la primera en la que era personaje, y se me quedó como protagonista en ya no sé si son 12 o 14 novelas.
--Desde la primera hasta la más reciente Méndez ha sufrido muchos cambios, pero sigue fiel a su gente.
--Es como todos los policías de cierta edad. Comenzó con métodos franquistas y luego se fue volviendo democrático. Pero sus ideas de lo bueno y de lo malo le vienen del barrio, de niño. Su código es libertad, justicia y piedad. Siempre es comprensivo con el descarriado, pero no perdona ni a los que matan a un niño ni a los que violan a una mujer. Es un marginal dentro de la policía porque cree sobre todo en la ley de la calle. A Méndez no lo gusta lo que hoy ve. Antes, las putas tenían familia, hijos, en el barrio. Ahora, con las mafias, solo se ven pobres chicas, esclavas sexuales, que vaya a saber cuánto maltrato sufren.
--Méndez y usted tal vez fueron juntos a viejo teatro El Molino.
--Me hubiera gustado, pero fuimos cada uno por su lado. Recuerdo que íbamos a los 18 y pedíamos el “champán de la casa”, que no era más que gaseosa, y nos reíamos con los chistes y las canciones que tenían doble sentido. También iban viejitos muy mayores, a mirar las piernas de las chicas, pero decían que iban “por la música”.
--Hoy, ¿cómo ve a su barrio?
--Distinto, y no digo que sea malo o sea bueno, pero es distinto; ya no sé si es mi barrio.

El Periódico, 2 de septiembre de 2009