22 jul. 2008

La Iglesia no puede ser otra cosa que amor, esperanza y fe

Juan Carlos Rodríguez

A Enrique Moriel, es decir, a Francisco González Ledesma, y quién sabe si a Silver Kane, si aún queda algo de él, le pregunto por su relación con Dios, porque en estos “tiempos líquidos”, según Zygmunt Bauman, escribir de la concepción del catolicismo, retratar la personal imagen de Jesucristo, confesarse sumido en la fascinación por la virgen María, plantear críticamente la relación entre Iglesia y Poder no es usual. Todo ello está escrito en El candidato de Dios (Destino), en donde González Ledesma, asomado detrás de su último pseudónimo, reencarna a Jesucristo en Christian Earth, un candidato metafóricamente incardinado en la carrera electoral norteamericana junto a Hillary Clinton y Barak Obama.
Los medios se han quedado en el escenario, para saltar de puntillas sobre una novela que, sin pretensión teológica alguna, valiente cuando la literatura española vive de espaldas a la fe, plantea si las enseñanzas de Jesús están “deformadas”, si la Iglesia se ha apartado de su mensaje original, a la vez que reivindica, y transcribo literalmente, “virtudes sencillas y elementales: la caridad, la compasión, la hermandad. A veces hasta la simple amabilidad es una virtud religiosa. La paciencia, la tolerancia”.

Le pregunto, primero, si es la novela de un creyente. “Como todo escritor y como toda persona reflexiva, me pregunto quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos -responde-. Éstas son preguntas que tienen mucho que ver con la Iglesia en la cual fui educado. Y yo quiero creer que existe algo por encima de nosotros y que venimos de la cultura del amor, de la caridad, la comprensión. Puede que ahora no lo seamos tanto. Y es esa reflexión la que he querido compartir en la novela”. Es consciente, en cualquier caso, de que ésta crece sobre terreno delicado, pero afirma: “A un lector que sienta su fe y su Iglesia, creo que esta novela le gustará; otra cosa es que pueda estar de acuerdo o no. Aunque creo que muchos católicos lo estarán, porque no he tratado de ofender a nadie. Es una novela, pienso, muy realista, escrita desde el corazón y los sentimientos”.

¿Por qué?

Las relaciones con el poder siempre me han preocupado. He escrito esta novela tres veces. Ha sido la más difícil de mi vida. Responde a la pregunta ‘madre’ que me hice hace muchos años, cuando comencé a pensar en la novela, de si realmente Jesucristo querría ser presidente de los Estados Unidos, si hoy se reencarnara. Es decir, presidente de la nación más poderosa del mundo, como hace miles de años la Iglesia se alió con Roma, entonces el imperio más poderoso. La Iglesia es el papado, son las órdenes religiosas, es el poder, es la gloria. Pero también hay otra Iglesia que es la predicación de Jesucristo, los curas obreros, la fe en la virgen, el contacto humano. A lo largo de la novela, es verdad que contrapongo estas dos partes de la Iglesia, que comparo a los papas contemporáneos con Juan XXIII, el gran Papa al que a me hubiera gustado entrevistar.

Hay una simpatía evidente hacia esa Iglesia más humana…

Para mí, la Iglesia no puede significar otra cosa que amor, esperanza y fe, aunque se haya rodeado de guardianes con túnica de oro. Para mí, la Iglesia es la de Juan XXIII, la que habla con la gente, la que está al lado de los humildes, la que predica el amor, que es lo que hizo Jesucristo. Y Christian Earth cree en todo esto. Enfrente está Timothy Gaylor, el que nunca se equivoca, el que cree que hay que construir un gran poder para hacer el bien. Hay una gran diferencia entre la predicación de Jesucristo y el edificio eclesiástico que estamos construyendo.

¿Y la Iglesia española?

Siempre tuvo una tradición al lado del poder, pero también vivió una etapa de curas obreros, de gran humildad, de estar al lado de la pobreza. Siempre me ha parecido muy curioso por qué este Papa canoniza a los sacerdotes asesinados por los republicanos en la Guerra Civil y, en cambio, no se habla de los miles y miles de curas fusilados por los fascistas. Quizás esta Iglesia se está escorando demasiado políticamente y se está olvidando de la gente que sufre, de la gente sencilla.

¿No considera que su obra se puede leer como antirreligiosa por su crítica al “edificio” eclesiástico?

Todo lo contrario. Al personaje de Christian rápidamente se le identificará con Jesucristo. Es un personaje de gran humanidad, pura sencillez, que tiene a un padre humilde y a una madre que sinceramente me han inspirado las páginas más hermosas, creo, de la novela. El personaje de la Virgen está tratado con un afecto extraordinario, es la representación exacta del amor divino y del amor humano, una mujer a la que todos querríamos conocer. Y Mary, el personaje que todos identificarán con esta virgen María, es un personaje de una humanidad, de un cariño, de una ternura, que sinceramente cautivará a los lectores. No se trata de una novela contra la religión, ni muchísimo menos; todo lo contrario, es una novela que busca en la religión y que expresa un punto de vista de un hombre, como yo, de la calle, que ha visto perseguir curas y que piensa que hay dos Iglesias, y que la gente tiene que aprender a distinguirlas.

¿Y siente que ha dicho todo lo que tenía que decir?

Uno siempre piensa que se ha dejado cosas; es un tema tan difícil y tan amplio que a veces pienso si lo he tratado con la suficiente claridad. Lo que sí te puedo asegurar es que es una novela que está escrita con la suficiente sinceridad. Es la historia de un predicador, como se supone que fue Jesucristo, que concibe el sueño de presentarse como candidato a presidente de los Estados Unidos y tratar de convencer a los vecinos de Nueva York. Pero eso choca con la realidad de la política, con la realidad de la mafia, con la realidad del sistema electoral norteamericano, incluso con el Espíritu Santo, que le dice que no está siendo eficaz.

Sabe que la leerán católicos…

Sí, sí… Es recomendable para todos. Es una novela, repito, sincera y para todos aquellos que se han hecho preguntas sobre qué clase de religión no están pidiendo, sobre qué significa la religión en política, sobre cuáles son las implicaciones entre religión y poder. El propósito es reflexionar con algunas respuestas que no tienen más valor que ser mi visión. Evidentemente, mi simpatía está en Jesucristo y en la Virgen, que era una mujer dulce, una mujer muy admirable. De modo que creo que ningún católico se puede sentir ofendido, de ninguna manera.

De Silver Kane A Enrique Moriel

Ni él mismo sabe cuántas novelas lleva escritas. Tres, cuatro mil. Eran otros tiempos de novela de peseta, vaqueros disparando desde el quiosco y de autores condenados a vagar por el Oeste para pagar su osadía. Francisco González Ledesma ganó con 21 años, en 1948, el Premio Internacional de Novela con Sombras viejas, su primera obra. La censura le condenó al silencio, prohibió la publicación antes de ver la luz y obligó al jovencito engreído a transformarse en Silver Kane para pagarse una carrera de Derecho que, ya en ejercicio, abandonaría para sentarse en la redacción de La Vanguardia. El nombre de Enrique Moriel era también el del protagonista de aquella primera novela, que enterró literariamente el nombre de su autor hasta que en 1984 resurge con Crónica sentimental en rojo, Premio Planeta, primera entrega del Comisario Méndez, con el que proclamaba un nuevo esplendor de la novela negra. Curiosamente, toda las siguientes novelas de la serie del heterodoxo Méndez tuvieron su premio y sus honores: es decir, La Dama de Cachemira (Premio Mystère, 1986), El pecado o algo parecido (Premio Hammett, 2002), Cinco mujeres y media (Premio Mystère, 2005) y Una novela de barrio (I Premio Internacional de Novela Negra RBA, 2007). Todas menos Historia de Dios en una esquina (1991), novela negra con una sonrisa blanca en absoluto menor a sus correligionarias. El escritor y periodista barcelonés ha utilizado el heterónomo de ‘Enrique Moriel’ para firmar La ciudad sin tiempo (2007) y El candidato de Dios, precisamente, para distanciarse de la identificación capciosa con el Méndez condenado a vagar por los recuerdos de una Barcelona ya inexistente.

Vida Nueva, 22 de julio de 2008