17 febr. 2013

Peores maneras de morir, de Francisco González Ledesma

Sergio Torrijos

Leer a González Ledesma siempre ha sido un placer y más aún cuando sitúa la acción en su territorio preferido, esa Barcelona vieja, medio en ruinas, a punto de sucumbir a los cambios propios de un nuevo siglo pero que sigue manteniéndose firme sin que nadie entienda la razón. Y no sólo eso sino que vuelve por sus fueros al darnos la última aventura de Méndez. Un gran referente para los amantes de la buena literatura. Un personaje no tan cabal como Carvalho u otros grandes personajes nacionales de la novela negra, ahora mismo me vienen a la cabezas algunos más como Toni Romano, Bevilacqua o Novoa, pero sin duda Méndez tiene algo que le hace particular y tan propio que es imposible obviarlo si queremos entender la novela policíaca nacional.
El propio autor define mejor que nadie a su propio personaje: “…soy un viejo polizonte que según mis compañeros ya debería estar retirado, sigo los casos a mi manera, vivo rodeado de libros, doy de comer a los animales extraviados y conversación a las mujeres perdidas, soy experto en vinos baratos y cliente de bares vigilados por la sanidad pública. Siempre he trabajado en barrios populares como el Raval y conozco las casas que van a ser derribadas antes de que aparezcan en las ventanas los esqueletos de los vecinos. No me fío de las damas porque he conocido pocas, y supongo que ninguna dama se fía de mí…..Nunca he traicionado a nadie, y como es la última virtud que me queda, no quiero perderla”.
Aunque en esta obra tanto Méndez como su territorio tiene un tinte más otoñal, más representativo del final de algo. Se percibe en el repicar de las palabras del autor que describe con reiteración la sensación del tiempo que se evade, se esfuma, creando una pátina de irrealidad y atemporalidad muy particular. Esa idea, muy fija en González Ledesma, de que no sólo los personajes intervienen sino que también las calles y sus edificios forman parte de su historia y son un protagonista más. Todo el entorno aporta datos, se involucra en la trama y soporta el argumento: “Siempre hay un bar cerca donde los policías dan sus últimos pasos, ahogan sus últimas maldiciones y toman su última copa. Siempre hay un tabernero muerto de sueño, una puta que esa noche no ha ganado un euro, un putero a quien su mujer ha echado fuera de casa”.
Pero si algo tiene el escritor catalán es su capacidad, enorme, de crear personajes de una pieza, capaces de cualquier cosa y a los que se les toma inmediatamente un gran cariño, traigo a colación a un secundario que es descrito con tanta precisión como justeza: “El comisario Monterde estaba haciendo tres cosas: encender un habano que le había costado diez euros, cagarse en la ley antitabaco y jurar que las autoridades prohibían fumar para que no se les murieran antes de tiempo los contribuyentes”.
Junto a él se podían sumar unos cuantos más, apenas tocados con una pincelada, pero una pincelada maestra.
El escritor, ya con una buena obra a su espalda, no sólo es capaz de crear una trama entretenida y muy viva, sino que incluso la dota con cierta crítica social o digámoslo mejor real de lo que ocurre, sino que también siempre la dota de una humanidad que le ha caracterizado. Todo en González Ledesma es humano, muy humano, desde los policías a las víctimas e incluso a los animales que comparten nuestro espacio vital.
Si nadie ha leído al autor es momento de ponerse a la obra, siendo esta una de las labores que no debería dejar pasar, ya un autor de referencia sin igual, al menos para mí, que me tiene entregado a su causa desde hace mucho tiempo, con aquella gran novela Las calles de nuestros padres. Porque González Ledesma siempre ha hablado de lo mismo, no ha necesitado más, la historia bien contada, con cierto lirismo, con realidad y con ternura, esa es la clave del escritor, un gran escritor, sin duda: “Pensó en los dormitorios del pequeño piso que él había conocido, la luz quieta, el silencio que se había ido tragando todas las palabras, y las camas que estaban allí para tapar un secreto”.
Podría haber llenado de frases toda la reseña, elevándola de nivel, pues el autor tiene mucho que decir y lo dice francamente bien.
Recomiendo encarecidamente que se acometa la lectura de cualquier obra de este autor, a mi juicio imprescindible. Dejo como última pincelada un párrafo dedicado a la labor de su inspector de policía y su ambiente: “Méndez entró en un bar de aspecto siniestro al que solo se atrevían a acceder los clientes con instinto suicida. Se sentó en la barra y pidió algo con el suficiente alcohol para neutralizar el universo protozoario del vaso. Charló con algunos habituales del local y sacó algunas conclusiones de gran calado cultural: que las prostitutas que ejercían en la zona lucían cada vez las caderas más anchas, que sus clientes tenían hombros más estrechos y que la relación puta-cliente había perdido el encanto de otras épocas, convirtiéndose en algo similar a pedir un menú en un McDonald's”.

La República Cultural, 17 de febrero de 2013