21 oct. 2009

Detectives en la guantera, 14: Méndez

El policía más procaz de España y Jerez vive en el Barrio Chino (ahora dicho Raval) de Barcelona. Su territorio linda con el Paralelo y las Ramblas. En su hábitat el aire es tufo y los alimentos llevan en su interior la legionela, la salmonella y otros nombres que podrían ser apodos de fulanas. Es Méndez, el intratable. El tipo que pasea con un pistolón de antes de la guerra y que utiliza tan de cuando en cuando que precisaría de una buena limpieza al inicio de cada novela.

Amó a todas las putas de la calle Mayor de las Ramblas, y alrededores. Se codea con lo más granado de la aristocracia del barrio. Pero el más canalla de la policía tiene corazón. Y halitosis, fijo. Méndez es un espécimen que mezcla lo rancio de la policía franquista con el desengaño de los ochenta, el pasmo de los noventa y un romanticismo premoderno, en sus postreras aventuras, que le convierte en un ser tierno por dentro, duro por fuera, y no es una adivinanza.

Nació de los mejores delirios literarios del enorme Francisco González Ledesma. Al principio como un secundario de lujo, y luego (a codazos con una copa de orujo barato en la mano), se hizo con serie fija. Desde su aparición estelar de starring en Las calles de nuestros padres, y su asentamiento en la planetaria premiada Crónica sentimental en rojo, nos ha concedido la gracia de su presencia en cinco historias subsiguientes y una serie de relatos cortos.

Francisco González Ledesma es una de las joyas de larga duración de la literatura española. Fajado en las novelas del Oeste, aquellas de intercambio en los quioscos cuando el libro era una materia de reciclaje de los sueños vital, y bruñido en el periodismo, forma parte principal de la nómina de autores negros barceloneses. Hombre versátil, une a las profesiones dichas la de abogado. Con Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza establece el triunvirato de la Barcelona de las realidades, la de un esperpento con regusto a pasodoble (aunque pudiese compartir un segundo triunvirato con Andreu Martín y Giménez Barlett). Carvalho, hombre mucho más serio haría el papel del Aramis de este trío. Al Innombrado de Mendoza no le cabría otro papel que el del juerguista y pendenciero Porthos. A Méndez, inexorablemente, le queda el papel de Athos, viejo curtido, herido por el amor imposible, pero ¿y qué?

Esas barcelonas paridas en los libros de esta terna tienen en común el paisaje retorcido y en desbandada de los barrios antiguos: sea Raval o Poble Sec. Lindan con el Exaimple de la burguesía melosa y sin humor y el restaurante exótico regentado por pijos que se dan ínfulas. Tienen siempre por delante, y por detrás, un antes y un después del año 92, y conservan el amor por los cuchitriles donde sirven callos, por el vino en porrón y los orines que mantienen en pie los vetustos edificios. A esas barcelonas se unen, sin remedio y para siempre los escenarios de Marsé. Inolvidables.

Méndez, entre Aramis-Carvalho y Porthos-Innombrado, goza de uno y otro carácter. La canción cheli española debería rendirle pleitesía. En los textos de Ledesma rezuman retahílas, de la misma leche poética que ha chupado Joaquín Sabina. Porque Madrid es también, en los tres casos nombrados, un referente esencial para un polaco. Ricardo Méndez es el tipo que vimos girar la esquina del barrio, el policía que debió atender a Puig Antich, el padrino que todo ángel con cara sucia debería tener.

La lista de secundarios sería interminable: como esos créditos que nunca acaban al final de una película y que nos impulsa a abandonar el cine aunque seamos capaces de aguantar hasta el cartelito de “second unit”. La Superioridad, el jefe de turno (han sido muchos los jefes que ha tenido Méndez, y todos terminaron por enviarlo a investigar los tocamientos masculinos en los urinarios públicos) varía y desvaría. Burgueses y advenedizos, chorizos recién salidos de la Modelo, padres justicieros que amamantan una venganza. Los periodistas son personajes inevitables (de casta le viene al autor) y entre ellos destaca Amores, quizá el personaje con más mala suerte del firmamento literario. Mala suerte que se adereza habitualmente con el hallazgo de un cadáver cuando a punto está de mojar la minga por lo baratuno.

En escena, personajes desdichados -casi todos ellos-, asesinos a sueldo con remilgos, contratantes inductores con mucho dinero y pocos escrúpulos, niñas asesinadas cuando deberían estar jugando a la comba, mujeres con un pasado enraizado en el maquis o un futuro a la sombra de Wad-Ras. Y casas de putas que ya no lo son y meublés que fueron, inmigrantes sustitutos del cañí maleante, chavales descarriados antes de pasar el sarampión, cafés-bodegas abiertos veinte y tantas horas al día y todas las de la noche.

Méndez vive, si puede aplicarse verbo tan dinámico, en la trastienda de un bar. Sufre alergia al aire limpio de la parte alta de la ciudad. Aún desconocemos como pudo sobrevivir a París y Egipto –sí, como Poirot, tuvo su crucero por el Nilo. Olfatea el terreno podrido donde debió transcurrir su infancia, si acaso Méndez fue niño alguna vez, en solitario: los compañeros de Méndez reniegan del viejo perro sarnoso que consideran más un aparador en comisaría que un camarada. Un tipo con clase, baja, pero clase: "sospechoso para los franquistas porque cuidaba de los rojos en la cárcel, sospechoso para los demócratas porque había sido policía franquista, sospechoso para sus jefes porque siempre actuaba por su cuenta, sospechoso para los jueces porque no creía en la ley, sospechoso para los macarras porque protegía a las putas, sospechoso para las putas porque éstas no acababan de creer en lo de su impotencia y temían que se presentase hecho un tigre."

Ledesma conserva una formidable pluma con más de ochenta años. Látigo del poder, cirujano de la podredumbre y la injusticia, segador de la ambición inmobiliaria, de la negra araña de la Iglesia y taladrador de la costra capital con dosis de acracia. Méndez es el personaje modelo de esa novela negra que bucea en la crítica social, con desparpajo, mala leche y mucho dolor. Si atravesó el desierto del franquismo, ése que le inscribió en una lista negra –como un Dalton Trumbo a la española- de la censura y la prohibición, fue para llegar hasta aquí, para legarnos a un personaje imperecedero. En Francia lo veneran. En España, muchos quisiéramos ser sus hijos. O sus nietos.

Las novelas de Méndez:

Expediente Barcelona, como personaje incidental. 1983
Las calles de nuestros padres. 1984
Crónica sentimental en rojo. 1984
La Dama de Cachemira. 1986
Historia de Dios en una esquina. 1991
El pecado o algo parecido. 2002
Méndez. Serie de relatos, 2006
Una novela de barrio. 2007
No hay que morir dos veces. 2009

Cuadernos de Alfonso Salazar, 21 de octubre de 2009