22 febr. 2007

Méndez

Méndez
Francisco González Ledesma
Almuzara.
Barcelona, 2007.
172 páginas, 15 euros
Ricardo Senabre

La existencia literaria del comisario Méndez, el desencantado y torpón policía creado por Francisco González Ledesma, se acerca ya al cuarto de siglo. Diversas novelas y narraciones han permitido al autor ir perfilando con trazos cada vez más sutiles la personalidad de un inspector de policía, Ricardo Méndez, que arrastra un fuerte contenido elegíaco como observador resignado de una Barcelona popular arrasada por la piqueta y en trance de extinción. El presente volumen recoge veintidós relatos breves protagonizados por el personaje en distintas circunstancias. Ni siquiera muchos de ellos ofrecen un contenido propiamente policial, en el sentido de que no hay misterios ni enigmas que resolver, pero sí dan entrada a tipos curiosos que forman parte reconocible del universo del autor: delincuentes de poca monta, prostitutas, desheredados de la fortuna, estafadores de medio pelo, gentes vencidas por el desencanto y la mediocridad de su existencia, supervivientes de distintos naufragios vitales... Sobre todos ellos proyecta Méndez su compasión y su comprensión, y también su creencia en una justicia que no es exactamente la de los códigos. Tiene González Ledesma, como narrador experimentado, una destreza muy poco frecuente en sugerir emociones, pensamientos y torbellinos psicológicos sin necesidad de acumular informaciones y datos. Así, un cuento como "La estatua", un extraordinario relato de apenas cuatro páginas - cuyo único ingrediente policial, además, es la presencia de Méndez en una inauguración donde interviene un ministro - resume lustros de historia colectiva y, sobre todo, toda una vida de mujer entrevista en unas líneas. En "La voz de nuestros amos", un leve incidente doméstico con lesiones descubre el largo e implacable proceso de una descomposición familiar. La vejez y el paso de la edad inundan el cuento titulado "La casa", de inesperado desenlace, donde no falta la jocosa parodia de un informe policial que Méndez recuerda de su época juvenil. También es una divertida parodia de instancia oficial la que lleva el título de "Las medallas". La veta jocosa recorre igualmente varios de estos cuentos, como los titulados "Acoso sexual" - de desenlace, sin embargo, previsible - y "La rutina de la historia". En "El orgullo" se juega también con un final sorprendente que, como sucedía en "La estatua", deja al descubierto el resquicio de una existencia llena de silencio y sacrificio. "La serpiente vieja" ilustra muy bien acerca del peculiar sentido de la justicia que impulsa las acciones del inspector y descubre un inesperado resorte oculto de su carácter.
Leer estas escuetas narraciones, que a veces son estampas o anécdotas simplicísimas, elaboradas con un estilo sobrio y eficaz, casi conversacional, sin asomo alguno de retórica, es como contemplar dibujos y bocetos de un artista plástico que han servido como tanteos preparatorios para una obra de mayor envergadura y que en algunos casos han sido incluso desechados en el conjunto final. Cada una de estas historias añade un matiz, un rasgo peculiar, o afianza otros ya conocidos, que enriquecen la caracterización de Ricardo Méndez, que en su aspecto externo y en su lentitud paquidérmica puede recordar al Maigret de Simenon, pero que difiere de él en todo lo demás. Los relatos, sin excepción, tienen como marco la ciudad de Barcelona, que tan a fondo conoce el autor, y en todos ellos se trasluce la misma pupila desolada de quien contempla, sin aspavientos y sin grandes gestos, un mundo que se esfuma y que fue el de su ya lejana juventud. Esta profundidad sentimental, que se halla muy por encima de las tramas de intriga, proporciona a los relatos de González Ledesma una singularidad especial.

El Cultural
, 22 de febrero de 2007