5 febr. 2007

El recuperado Méndez

Francisco González Ledesma rescata su novela 'Expediente Barcelona', y reúne 22 relatos en un libro. Esta semana participa en el Encuentro de Novela Negra de Barcelona

Rosa Mora

De joven, Méndez, mil veces entrenado en los sótanos de Via Laietana, fue policía de la Brigada Criminal franquista, pero llevaba bocadillos a los rojos detenidos y les servía de correo. Ahora, el viejo poli trabaja en la comisaría de Nou de la Rambla, alguna vez le han confinado a los archivos y sabe que nunca ascenderá ni le encargarán casos importantes. Conoce al dedillo todos los bares y prostíbulos del antiguo barrio chino. Es escéptico y en algunas cosas no ha cambiado nada: no soporta el asesinato cobarde, pero comprende a los pequeños delincuentes. No cree en la ley oficial, aunque sí en la de la calle.
En eso se parece algo a Francisco (Paco) González Ledesma (Barcelona, 1927), su creador (que esta semana es uno de los protagonistas del Encuentro de Novela Negra de Barcelona). Con la diferencia de que Ledesma es abogado y periodista. De periodista se jubiló en 1993, de La Vanguardia, donde era redactor jefe. Lo de la abogacía lo dejó en 1966, en un momento en que ganaba bastante dinero, pero tenía una crisis de conciencia diaria. "El Derecho es bueno en los libros, luego hay que interpretarlo y durante el franquismo era terrible". Fue un auténtico salto al vacío, pero no podía más y se fue de redactor eventual a El Correo Catalán.
Trabajó en la editorial Bruguera desde 1947, donde entró de la mano de su tío Rafael para hacer guiones de historietas de personajes como el inspector Dan o el doctor Niebla. Llegó a ser abogado personal de su propietario, Francisco Bruguera, y de todas las empresas de su grupo. "En Bruguera tenía que hacer contratos que explotaban a amigos y colegas, como Víctor Mora. Bruguera apretaba cada vez más y yo sentía un gran malestar". Eso le acabó de decidir a colgar la toga.
Hubo otras cosas. Un día le tocó de oficio defender a un ex legionario. "Yo era un buen defensor y conseguí que quedara libre". El hombre estaba desesperado y sin un duro. Le dio dinero. "Se lo devolveré, lo juro", le dijo el legionario. Un año después, para su sorpresa, fue a verle y le pagó lo que le debía. "Me alegré sobre todo porque supuse que había encontrado trabajo". El ex legionario le sacó pronto de su error. "¡Qué trabajo ni qué leches! Acabo de cometer un atraco". Le impresionó mucho. "He llegado a pensar que la justicia de los tribunales no es la mejor. Hay otra justicia de la gente de la calle que no está en las leyes y que a menudo me parece mejor. Es el mismo sentimiento que tiene Méndez. Es muy comprensivo con ciertos delitos y con ciertos delincuentes. Pero ante otros no. El que viola y mata tiene que ser apartado de la sociedad. Yo estoy de acuerdo con él".
Méndez (Ricardo) nació en la página 134 de Expediente Barcelona, que González Ledesma publicó en 1983 y que La Factoría de Ideas ha recuperado ahora. Méndez tiene un papel muy secundario en esta novela. El protagonista es un abogado de tres al cuarto -es fácil intuir en él al Ledesma joven- que tiene que resolver un caso de pruebas de paternidad que implican a Ramón Masnou, un empresario influyente en la burguesía catalana conectado por amistad con jóvenes revolucionarios. Lo que la novela cuenta en realidad es el resurgir de la burguesía catalana después de la Guerra Civil. "De boquilla se decían liberales y eran unos grandes explotadores. Unos grandes hipócritas, que se decían catalanistas y no dejaban hablar catalán en sus empresas". Los buenos revolucionarios viven la amargura de ver que ya nadie los necesita, ni siquiera sus propios compañeros.
En las novelas de Méndez, un personaje creado a partir de cuatro policías que conoció Ledesma cuando era abogado, predomina una atractiva mezcla de furia y melancolía. Furia ante la injusticia y el entreguismo; melancolía por un paisaje perdido. "Lo que añoro no es el pasado, sino la juventud perdida". Ledesma utiliza un lenguaje directo, barriobajero cuando hace falta. Siempre le preocupa más la historia que la trama. El éxito de Méndez le sorprendió. "Lo consideran mi personaje, cuando en realidad mi personaje son las calles. Además, nunca pretendí hacer novela negra, siempre quise escribir novela social, aunque, quizá, en el fondo venga a ser lo mismo".
A los 14 años, Ledesma ya tenía claro que iba a ser escritor. Apenas cumplidos los 20 escribió Sombras viejas. "Pensaba que ya tenía suficiente experiencia para escribir la novela de mi vida", se ríe. La presentó al Premio Nadal y ni la votaron. Pero algo debía tener, porque probó de nuevo suerte, esta vez en el Premio Internacional José Janés, en 1948, y ganó, con un jurado presidido por Somerset Maugham. "En la cena no me hizo ni caso, pero yo disfruté mucho".
No tardó en llegar el jarro de agua fría que apagó su entusiasmo. La censura la prohibió. "Mientras vivió el dictador no pude publicar. Yo era de familia republicana y nací y me crié en un barrio humilde. Sombras viejas tenía un fuerte contenido social y político, ambientada en la guerra hasta la entrada de los fascistas en Barcelona. Era una novela de sentimientos. Se parecía algo a Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella, sólo que él escribía desde la derecha y yo desde la izquierda". Su siguiente novela, Los Napoleones, no pudo publicarse hasta 1977. "Me hundieron la vida intelectualmente". No les ha perdonado, aunque durante su etapa de abogado intentó encontrar algo bueno en el franquismo. "No lo conseguí". Pero sí publicó durante la dictadura: novelas del Oeste firmadas con el seudónimo de Silver Kane. "Estaba muy desanimado después de lo de Sombras viejas y además no tenía un duro. Empecé en 1952 o 1953, no recuerdo bien, y Bruguera me hizo un contrato por dos años, y luego otro y otro, y así hasta 1980. Estoy contento de haberlas escrito, primero porque me pude ganar la vida y luego porque me sirvieron de aprendizaje de todos los trucos y técnicas de la novela".
Fueron tiempos duros. Ledesma trabajaba nueve horas en Bruguera y por la noche y los domingos escribía las novelas de Silver Kane, de tres a cinco al mes. A partir de las dos de la madrugada se dedicaba a la literatura que le gustaba: Los Napoleones, Expediente Barcelona... Ha currado mucho. Ahora, a punto de cumplir 80 años, la vida le parece una broma. ¡Todo ha pasado tan rápido! Pero, como dice Paco Ignacio Taibo II, tiene una gran ventaja: sigue escribiendo como un joven rabioso. La mejor muestra, sus memorias, Historias de mis calles (Planeta), publicadas en 2006.


El País
, 5 de febrero de 2007