31 jul. 2004

"El pasado es lo único que tienes"

ENTREVISTA: EL ESCRITOR SIN MÁSCARA Francisco González Ledesma

Sergi Pàmies

Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) tiene una larga experiencia como novelista represaliado por el franquismo (a los 21 años ganó con Sombras viejas el Premio Internacional de Novela instituido por el editor Josep Janés, pero no pudo ver publicados sus libros hasta 1977). También tiene una sobrevida como Silver Kane, seudónimo que utilizó para escribir 400 novelas de quiosco, casi todas del Oeste. Abogado desengañado y periodista vocacional (sobrino y padre de periodistas), se consagró con el Premio Planeta en 1984 por Crónica sentimental en rojo. Desde entonces publica con regularidad novelas de un realismo entre policiaco y social, traducidas a varios idiomas. La última, Tiempo de venganza (Planeta), narra los planes de venganza de dos viejos amigos con ideales parecidos a los de su autor, hijo del republicanismo más pobre, en una Barcelona que González Ledesma ha convertido en referencia constante de su obra.

PREGUNTA. ¿Tiempo de venganza tiene más de novela moral que de argumento policiaco?

RESPUESTA. En lugar de ceñirme a una trama policial, como otras veces, los personajes descubren que nada de lo que parecía ser cierto es verdad. Nuestra vida es un poco así: acabamos creyendo que hemos hecho algo y puede que no sea así. Al final somos un poco más sabios pero ya es demasiado tarde para interpretar lo que no supimos ver.

P. ¿Por qué ha elegido dos idealistas viejos como protagonistas?

R. Están inspirados en mi vida de juventud, cuando los estudiantes pobres todavía creíamos en la posibilidad de que existiera un país mejor. Los ideales eran nuestro único capital. De algún modo, eso nos ha justificado ante nosotros mismos. En el caso de los dos protagonistas, descubren que se han preocupado de ser unos abogados respetados y de alcanzar una buena posición. Pero también que lo que de verdad deberían haber hecho es aquello que traman. Al intentar llevar a cabo su plan de ajuste de cuentas, comprueban que sus certezas eran mentira, pura ceniza.

P.
¿El idealismo también es una forma de mentira?

R. Siempre pensamos que aquello en lo que creemos es bueno y que no hay engaño en lo que defendemos. Luego comprobamos que las ideas quizá no se aplicaron como es debido, o que se corrompieron los que decían defenderlas, o que la gente no estaba dispuesta a hacer un sacrificio para conseguir llevarlas a cabo. Por eso me considero un idealista cargado de dudas.

P. ¿Dudas fundadas en la decepción?

R. No te voy a negar que los casos de corrupción de la era socialista supusieron una enorme decepción. La transición la acabé considerando un mal menor pero resultó doloroso constatar que la izquierda, que tanto habíamos anhelado, podía corromperse. Aunque no renuncié a mis ideales. Pero es cierto que los ideales no suelen resistir el contacto con la realidad. Si no existieran, sin embargo, la realidad sería absolutamente asquerosa. Así que, por lo menos, hay que intentar dulcificarla un poco con el idealismo. Y luego, como le ocurre a los personajes de la novela, que intentan reparar una injusticia, tenemos que justificarnos a nosotros mismos y pensar que somos capaces de algo mejor.

P. Sus protagonistas urden un plan de venganza. Usted ha sido abogado y conoce los límites de la ley. ¿La literatura permite otro tipo de justicia?

R. Como abogado he comprobado los fallos del código penal; me tocó defender a gente que no merecía estar fuera de la cárcel. El escritor, en cambio, como intérprete de la vida, puede aplicar un tipo de justicia digamos que más perfecta. Quizá sea una cosa mía pero existen determinados delitos que no perdonaría nunca. La violación, o peor aún: la violación seguida de asesinato. En casos así la justicia debería ser más severa de lo que es. De eso trata la novela: de cómo admitir algo tan terrible. Me pongo en la piel de mis personajes y pienso que, en su lugar, probablemente habría actuado igual que ellos.

P. Hay un contraste muy original entre el idealismo justiciero de los personajes más viejos y el materialismo implacable del personaje más joven. Habitualmente, se suele plantear la oposición entre conservadurismo en la vejez y transgresión revolucionaria en la juventud. Usted invierte los términos.

R. Creo que los jóvenes de hoy son mejores que los de mi época. Tienen menos doble fondo, son más espontáneos, han tenido una vida más limpia. Nosotros sólo vimos muerte y sufrimiento. Ahora bien, al estar más acostumbrados a sufrir, hemos dado más importancia a esas ideas a las que no hemos renunciado. A eso hay que sumarle el hedonismo de la sociedad actual, que contribuye a que el personaje joven de la novela sea un desengañado, cínico, atado al mundo de las falsedades y trampas, en el que todo, incluso el afecto, se compra y se vende.

P. La novela transmite cierta nostalgia por tiempos que fueron terribles. ¿Es posible sentir nostalgia de algo así?

R. Soy un nostálgico. Para mí, el pasado tiene mucha importancia porque lo he vivido, mientras que el presente es huidizo y el futuro una incógnita. O sea que el pasado es lo único que tienes. En mi caso, es una nostalgia del Poble Sec y del Paralelo, los barrios de mi infancia, con gente muy humilde pero idealista. Comprendo que el ideal de vivir mejor no sea gran cosa pero aquella gente estaba dispuesta a hacer sacrificios para lograrlo. Y no se iban a cortar una carretera sino que si tenían que hacer una barricada, la hacían. Entonces el boxeador tenía la cara marcada de verdad, el tío que cargaba cajas en el mercado cargaba treinta cajas de golpe, era una vida tan dura como auténtica.

P. ¿Siente nostalgia de la Barcelona franquista?

R. Era una Barcelona muy sufrida y, en consecuencia, muy literaria. Era una ciudad amargada, en la que había personas que sufrieron mucho por defender sus ideas. Ahora ya no existe, quizá porque ya no soñamos o porque no somos tan valientes o tenemos más que perder, pero todo aquel mundo se merece un respeto.

P. En esa ciudad donde escribió una primera novela, con tan sólo 21 años, y no pudo publicarla.

R. Era lógico. En aquel libro se notaba que yo provenía de un barrio pobre y de una cultura republicana. La censura me tachó de "rojo indeseable". Y añadieron que era un pornógrafo porque el protagonista le tocaba el muslo a una chica. Para simplificar, diría que mi libro era como Los cipreses creen en Dios pero dos años antes y en lugar de ofrecer el punto de vista de la derecha, planteaba el punto de vista de la izquierda. Total: la mía la prohibieron y la de Gironella no.

P. Debió resultar muy frustrante para un escritor tan joven y premiado no poder ver publicados sus libros.

R. Imagínate. Que te premien, que te inviten a cenar con Somerset Maugham, que te digan que tienes un brillante porvenir y, al mismo tiempo, ver que no puedes publicar porque estás en la lista negra y que el único trabajo que te ofrecen consiste en escribir novelas del Oeste. Pero, analizado con la perspectiva del tiempo, pienso que todo lo malo tiene su lado bueno. Si entonces hubiera publicado y triunfado, quizá me habría vuelto un engreído.

P. ¿Qué tal la cena con Somerset Maugham?

R. Recuerdo que comía como un animal y que estaba ausente de todo. Me dijo que le gustaba mucho mi novela y que había captado muy bien el ambiente de la ciudad. Pero aunque no me hubiera dicho nada, cenar con Maugham ya era definitivo. Luego vino la tremenda decepción de ver que no podía publicar y que no podría hacerlo hasta que Franco muriera, como así fue.

P. Hemos padecido la memoria de los vencedores. Luego, durante la transición, se reparó parte de la falsedad pero parece que hemos entrado en una nueva fase que mezcla la amnesia de los vencedores con la amnesia de los vencidos.

R. Es posible, aunque no puedo decírtelo de un modo categórico. Tengo la ventaja de haber vivido la época y tener un criterio propio sobre el que poco pueden influir los demás. Ahora bien: hay cosas evidentes. La serie Cuéntame cómo pasó, por ejemplo, está pasada por agua y le han añadido azúcar. Los que crean que España fue la que muestra la serie están apañados. Lo mismo ocurre con novelas y películas que no tienen en cuenta elementos importantes de la época. En la medida de mis posibilidades, intento ser fiel a lo que viví. Si el día que los fascistas entraron en Barcelona yo estaba con mi madre en el paseo de Colón y pasamos entre los caballos de la Guardia Mora, yo puedo revivir cómo los caballos saltaban para no atropellarnos (siento simpatía por los caballos sólo por eso).

P. ¿Cree que el esfuerzo por imponer la amnesia ha triunfado?

R. Está triunfando. Se está construyendo, tanto en televisión, cine, como en literatura, una España de conveniencia, una historia de....

P. ¿Consenso?

R. Exacto. Quizá por eso mi novela trata de la venganza. Recordemos que aquí no hubo ley de punto final. Dentro de sus posibilidades, los personajes de Tiempo de venganza intentan hacer lo que la justicia no hizo.

P. ¿Cómo llegó al periodismo?

R. Mi tío me llevaba a ver las rotativas de La Vanguardia y ése es mi primer recuerdo de mi pasión por el periodismo. Yo trabajaba por la mañana como abogado, aunque lo fui dejando porque lo que en realidad quería era ser periodista. Me resultaba cada vez más difícil tener que mentir para ganarme la vida.

P. ¿Y la literatura no es una forma de mentira?

R. No, la novela me permite ser yo mismo, y eso no ocurría con la abogacía. Pero no quise ejercer hasta la Ley Fraga porque antes te obligaban a jurar los principios del Movimiento y me negué. Con la Ley Fraga, me encontré con que muchos periodistas eran de los llamados rojos. Fundamos el Grupo Democrático de Periodistas, una agrupación clandestina. Por la mañana todavía hacía alguna cosa como abogado, por la tarde iba al periódico y cuando regresaba a casa me ponía a escribir novelas del Oeste o proyectos más literarios.

P. O sea que dormía poco.

R. Muy poco. Pero me gustaba mi trabajo y tuve la suerte de tener directores como Andreu Rosselló o Horacio Sáenz Guerrero, que me permitió escribir sobre casi todo. Yo le dije que no me veía capaz de escribir un editorial sobre la visita de Franco porque eso iba contra mis principios y él lo permitió.

P. ¿Podría poner una condición así en un periódico de hoy?

R. Sospecho que no. Aunque si trabajara en según qué periódicos, también tendría problemas de conciencia. Probablemente no lo podría hacer porque ahora hay menos trabajo y no creo que tuviera los directores que tuve entonces. Yo fui un privilegiado: había sido el primero de mi promoción y tuve ciertas ventajas.

P. ¿Qué le ha dado el periodismo?

R. El periodismo me ha dado vida y, en consecuencia, experiencia y material para mis novelas. El periodista tiene la ventaja de vivir dos veces: vives tu vida de trabajador y, además, vives la vida de las personas interesantísimas que conoces gracias a tu trabajo. La sociedad entra en tu casa y ése es un privilegio que te permite acceder a un material valiosísimo para las novelas. En cuanto a la técnica, sólo me ha dado la exigencia de ser claro y recordar que lo que no se entiende a la primera está mal escrito.

P. ¿Ha cambiado mucho el periodismo desde sus tiempos?

R. Entonces los periodistas teníamos la idea de que había que hacer algo y que rompíamos un largo silencio. Ese idealismo de los que tienen un camino por delante creó una escuela. Todo eso ha cambiado. Si bien han desaparecido las presiones políticas, han crecido las empresariales. Y a veces las presiones de empresa son aún más crueles que las políticas. Y los periodistas actuales no tienen la suerte de poder descubrir un país porque ya está más que descubierto. Y el miedo a perder el trabajo es una amenaza más potente que entonces. Si entonces perdías el trabajo, podía ser porque el gobernador civil de turno había pedido tu cabeza y eso, por extraño que pueda parecer, te dignificaba.

P. En todos sus libros está presente el tema de la dignidad. ¿Es el nexo común de sus obras?

R. Me parece que sí. Cuando analizo lo que ha sido mi vida, me doy cuenta de que la gente que me ha gustado conocer tenía un sentido de la dignidad, que puede dar sentido a una vida. Luego me habré equivocado muchas veces y no habré sido lo bastante digno. Pero eso me ha hecho creer en la importancia de la idea de la dignidad y que perder ese objetivo resultaría fatal. Algo parecido le ocurre a mis personajes, como el policía Méndez, que es la suma de cuatro policías reales que conocí. La vida te obliga constantemente a ser indigno y de lo que se trata es de intentar ser lo menos indigno posible. Además: durante muchos años lo único que tuvimos los estudiantes pobres fue la dignidad.

El País
, 31 de julio de 2004