23 maig 2010

"Si hubiera firmado González, nadie habría creído que estuve en el Oeste"

Jorge Dávila

Durante más de 30 años ha tenido que caminar por polvorientas calles, organizar broncas en el salón, robar caballos, improvisar duelos al amanecer, preparar cocidos para los rancheros... Silver Kane, el pseudónimo con el que se ocultó de la dictadura franquista, regresa con "No hay que morir dos veces", la última aventura del Oeste del escritor Francisco González Ledesma (1927).

Autor leal a la máquina de escribir tradicional, una "Olivetti", este abogado, escritor y periodista no se plantea entrar en el laberíntico universo de las nuevas tecnologías. Hijo de una modista del núcleo barcelonés de Poble Sec, Ledesma confiesa que, al principio, no se sentía a gusto cabalgando por un género literario al que entregó más de 400 novelas que desaparecían de los quioscos con la misma facilidad con la que sus pistoleros saldaban cuentas pendientes.

¿Por qué ha vuelto al Oeste?

Quise probar si aún era capaz de escribir con el desparpajo y la agilidad de cuando era joven. Un día empecé a valorar la idea y el empujón final fue cosa de un editor que me dijo: ¿Quieres hacer una novela del Oeste seria? (Sonríe). Le respondí que no quería anticipos por miedo a la presión de fracasar y que el dinero me lo diera cuando el proyecto estuviera acabado. ¡Aquí está!

Entre "Sombras Viejas" y "La Dama y el recuerdo" hay más de sesenta años. ¿Muchas historias?

No me lo recuerde... Dejemos esos años en el olvido (ríe). Sí. Hay un montón de horas de trabajo, alegrías, decepciones... Algunos días en los que te sientes en la cima del mundo, como me ocurrió cuando me dieron el Premio Internacional de Novela ("Sombras viejas", en el año 1948) o el Premio Planeta ("Crónica sentimental en rojo", en el año 1984), y otros en los que me llegué a plantear dejar abandonado al escritor que había dentro de mí; pero escribir es la única cosa que justifica un poco mi vida y no lo hubiera podido dejar de ninguna manera.

¿Estuvo cerca de abandonar?

Mentalmente puede que lo hiciera, pero esas dudas están en todos los escritores. La amargura de pensar por qué no te dedicas a otra cosa sí que la he vivido muy de cerca en varias ocasiones.

¿Qué consejo le daría a los que se enfrentan hoy a esa crisis?

Un escritor de raza, sea bueno o malo, está dotado de una fortaleza interior que le impulsa a escribir. No es lo mismo ser que sentirse escritor. El que quiera ser escritor debe ser inasequible al desaliento, como diría un buen falangista, perseverar en su intento, no hundirse cuando las cosas no marchan bien y ser fiel consigo mismo. Si falta alguna de esas cosas, el fracaso es algo seguro.

¿Ha sentido el miedo de enfrentarse a un folio en blanco?

El miedo a una página en blanco me lo quitó Silver Kane. Tenía que escribir tres o cuatro novelas cada mes y si acababa una al mediodía, por la tarde ya estaba maquinando cómo comenzar otra historia. Era como una "droga" literaria que no me permitía divagar delante de un folio sin palabras. Entonces debía tener una imaginación milagrosa porque las ideas fluían sin parar.

¿Le debe mucho a Silver Kane?

Silver Kane fue el resultado de una situación que no era normal. Sabía que la dictadura no me iba a dejar publicar novelas como "Sombras viejas" o "Los Napoleones" y me marché al Oeste (ríe). Ganarme la vida escribiendo de aventuras de vaqueros no me gustaba, pero me permitía ganar un poco de dinero. El seudónimo no era importante, pero si hubiera firmado González, nadie habría creído que estuve en el Oeste. Kane, en cambio, sí que era un norteamericano de los de verdad.

¿Ha sido un buen compañero de aventuras?

A él le debo mucha de mi personalidad y ser una persona con una gran fortaleza frente al desaliento humano. Insisto, quería escribir de otras cosas, pero junto a él tuve un aprendizaje de perro. Si tengo una cierta habilidad literaria, toda se la debo a Silver Kane. Con el tiempo llegué a amar el Oeste. Me costó, porque fue una imposición de un gobierno, pero amé ese mundo.

¿Qué sentía un hombre nacido cerca del puerto de Barcelona en su Oeste literario?

Durante dos o tres años me encontré muy raro; perdido en un mundo en el que he permanecido más de treinta. Los editores buscaban mis novelas con desesperación y aproveché el momento para pagarme los estudios de Derecho.

¿Dicen que a los cinco años contaba historias en su colegio por una merienda?

¿A los cinco? No, creo que fue a los seis (vuelve a reír). Los colegios públicos de la dictadura eran muy buenos. El concepto de amistad entre los alumnos era magnífico y no todos teníamos posibilidades de merendar. Se me ocurrió contar historias que otros niños me agradecían compartiendo conmigo sus meriendas. Hoy me hace reír, pero fueron momentos duros.

¿También es cierto que una vez se puso a escribir en el tejado de su casa bajo la luz de la luna por culpa de un apagón?

Eso es verdad... Vivía en un ático de Barcelona y recuerdo que era domingo. Tenía que entregar una de mis novelas el lunes y la ciudad se quedó sin luz. Salí al tejado y no bajé a casa hasta que la acabé.

¿Se siente orgulloso por ser uno de los impulsores de la novela negra junto con otros autores de la talla de Vázquez Montalbán?

La novela negra es urbana, enigmática y crítica con el poder establecido. Si la haces, es fácil que enseguida te encasillen en la izquierda y de ahí ya no te saca nadie. Yo no tengo la sensación de escribir novela negra sino historias sobre mi ciudad que son comprobables, es decir, no miento nada o casi nada.

¿Su paso por Editorial Bruguera le hizo replantearse la profesión de escritor?

Bruguera nunca entendió su papel en el mundo de la cultura como un arte sino como un negocio. Aproveché mi estancia en esa editorial para hacer buenas amistades y continuar con mis estudios. Los contratos que te hacían sólo favorecían al editor y sufrí unos problemas de conciencia graves. Un día, mucho antes de que Bruguera se fuera a la quiebra, decidí que no me apetecía morir allí. Me hice periodista porque no quería hacerme viejo en la Editorial Bruguera.

¿Qué le dolió más, que lo tacharan de rojo o que le cerraran su trayectoria en varias editoriales?

A mí no me cerraron las puertas de algunas editoriales, simplemente no me hacían caso cuando tocaba en sus puertas. Muchos rentabilizaron aquellos años difíciles con las historias de Silver Kane.

¿Aprovechó su experiencia como periodista apuntar la profesión de escritor?

Yo no comparto la opinión de que cuando aprendes a escribir como un periodista te olvidas de escribir como un escritor. En un trabajo de redacción no hay creación literaria, pero sí hay un sacrificio, una agudeza para ser preciso y buscar la verdad aunque no siempre tengas posibilidades de publicarla. Un buen periodista hace que un texto sea comprensible en la primera lectura. Eso es importantísimo en el mundo de la literatura. El 80% de mi esencia de escritor se la debo a la profesión de periodista y el 20% a la vocación.

¿Y qué hará con el libro digital?

Estoy en contra. No soy su peor enemigo, pero amo a los libros que tienen vida propia; la magia de un olor a papel, la tinta, las historias que me transmiten...

¿Cuál es la reacción de un escritor de su trayectoria frente a los avances de la industria literaria?

Yo sigo usando máquina de escribir. De hecho, cuando era redactor-jefe de La Vanguardia la única mesa en la que no había un ordenador era la mía. Iban de visita al periódico y comentaban: "Ésa es la máquina de escribir que usa Silver Kane". A veces, me hacían sentir como una pieza de museo.

Hablando de recuerdos, ¿cómo asimiló en su momento el hecho de ser un Premio Planeta?

Te provoca una ilusión terrible porque has hecho realidad el sueño de casi todos los escritores, pero, a su vez, también tiene una cara cruel. La responsabilidad crece, puesto que enseguida te das cuenta de que vas a ser vigilado con lupa, que tienes que volver a escribir y, seguro, que recibirás críticas. Tras ganar el Premio Planeta no todo es bonito. Yo pasé muchísimo miedo y tardé más de tres años en volver a publicar un libro.

Última pregunta. ¿Ha cambiado mucho la literatura que conoció a mitad del siglo XX con la que se hace en 2010? ¿Cree que se está publicando mucho?

Se publica lo que se reclama por los poderes intelectuales y económicos. La literatura se ha modernizado para bien de todos. Hoy se puede escribir de un divorcio, adulterio y de otras cuestiones morales que en mi época no sobrevivían a la censura. Un libro de 2010 debe reposar, consolidar sus posicionamientos morales y servir de inspiración a las personas que decidan leerlos. No con el objetivo de plagiar, sino de reflexionar sobre sus personajes.

El Día, 23 de mayo de 2010