10 febr. 2010

De Silver Kane a Saramago

José Trepat

En las décadas de 1950 y 1960, por citar un espacio de tiempo sin límites claramente definidos, un fenómeno se instalaba en los kioscos de diarios y revistas: la proliferación de los llamados bolsilibros, esos pequeños libritos de 10 x 15 centímetros y no más de cien páginas, con temática sumamente variada.
Seguramente un estudio de mercado habrá convencido a las editoriales de que eso podía ser un buen negocio, y así, los puestos de venta españoles fueron invadidos por miles de títulos, obra de autores que escribían utilizando uno o más seudónimos, casi siempre de origen inglés, dado que la acción transcurría con preferencia en Estados Unidos.
Lo que ocurría en los kioscos de España se repitió enseguida en América latina y especialmente en Argentina, país en el que vivía en esos años. Como entonces trabajaba en un puesto de venta de diarios y revistas en las horas libres que me dejaba el colegio, fui testigo directo de ese acontecimiento editorial y de la aceptación masiva que tenían esos pequeños volúmenes.
Recuerdo que cuando llegaban semanalmente los envíos desde Barcelona, asentamiento de muchas de las editoriales, yo era el encargado de ir a buscarlos cargando con los paquetes de las distintas colecciones. Era necesario hacer varios viajes, todos a pie, pero el esfuerzo valía la pena.
Los consumidores de esos bolsilibros sabían que tal día y a tal hora llegaban los nuevos títulos, y se arremolinaban para ser los primeros en adquirirlos. Después de esa ofensiva inicial nos quedaba tiempo para colocar prolijamente en exhibición las colecciones, en las que destacaban las novelas de vaqueros (Rodeo, Bisonte, Búfalo), policiales (CIA y Servicio Secreto) y también las dedicadas al público femenino, dónde descollaba la prolífica Corin Tellado.
Entre los hombres, teníamos nuestros autores preferidos (Silver Kane, Donald Curtis, Keith Lugar, Alf Sheridan, A. Rolcest, y tantos otros). Pero cualquiera que no fuese uno de los mencionados a la postre daba igual, porque todos tenían el mismo esquema: la eterna lucha entre el bueno y el malo, con una medida y recatada dosis de romance, para no transgredir las estrictas normas de moralidad que imponía la dictadura de Francisco Franco.
Los autores lo tenían bien claro. Situaban la acción fuera de España, preferentemente en Estados Unidos, y así no había problemas con el régimen. Como producto de la inocencia de mi juventud, creía que los autores eran realmente de origen norteamericano, salvo algunas excepciones en las que se leían firmas de claro origen español, como Marcial Lafuente Estefanía o Fidel Prado.
Considerados como el “pariente pobre” de la literatura, esos pequeños tomos cumplían una misión altamente encomiable, como era la de fomentar el contacto entre las personas y la palabra escrita. Fuimos muchos los que nos iniciamos así en la apasionante afición a la lectura, y aunque nomás sea por eso, merecen nuestro reconocimiento.
Otra de las funciones –para la que habían sido creados- era la de entretener y ocupar la mente sin mayores exigencias intelectuales, en situaciones diversas, ya sea en salas de espera, transporte público, o simplemente disfrutar de un momento placentero en un rato de ocio.
Cada uno trataba a los bolsilibros según le apetecía; muchos los coleccionaban primorosamente, otros los leían y los canjeaban y había también quienes se deshacían de ellos de forma drástica. Conocí a un viajante de comercio que siempre llevaba varias de estas novelitas para sus viajes en tren. Pero aplicaba el sistema “use y tire”: al terminar de leer una hoja la arrancaba y la arrojaba por la ventanilla. “Así siempre sé por dónde voy”, se justificaba.
Con el paso del tiempo y a medida que uno iba creciendo, esos pequeños libritos de acción y aventura fueron dejando paso a otros con la misma temática, pero más elaborados. Así, Donald Curtis, Ralf Segram y Keith Lugar, fueron reemplazados por Ken Follet, John le Carré, Michael Crichton, Henning Mankell, etc. etc., hasta desembocar en José Saramago, García Márquez o Paul Auster. Queda descartado el "cuarteto inaccesible" (para mi modesto intelecto) integrado por Joyce, Camus, Mann y Kafka. Pero esa es otra historia.
Muchas veces me he preguntado por qué las editoriales dejaron desaparecer a esos compañeros de viaje tan cómodos de llevar, ya que podían alojarse sin molestias en los bolsillos de las chaquetas y también de los pantalones (también en las carteras de las damas).
Los sobrevivientes de esas viejas ediciones pueden verse todavía en algunas librerías “de viejos” o en puestos de mercadillos o ferias. Todos sin excepción reflejan en su estado actual el paso del tiempo y las decenas o centenares de mano por las que pasaron. Números de teléfonos y nombres apuntados en sus tapas o páginas esconden historias personales. Suelen venderse por pocas monedas o canjearse 2x1.
Llegará el momento en que estén tan ajados que muchos los arrojarán directamente a la basura después de la que habrá sido la última lectura. Triste final para un buen amigo.
Siempre tuve curiosidad por saber quién y como era la persona que “se escondía” tras esos seudónimos anglófilos. Esa inquietud quedó disipada en parte cuando a través de las idas y vueltas por Internet, me enteré que, por ejemplo, Silver Kane, era –es- el formidable escritor y periodista Francisco González Ledesma.
El caso de Francisco “Silver Kane” González Ledesma demuestra que detrás de un Luger, un Curtis o un Sheridan podrían ocultarse otros nombres importantes de la literatura. O tal vez no, ¿lo sabré algún día?, pero el caso es que todos ellos me ayudaron a mí y seguramente a otros miles, a ingresar al apasionante mundo de los libros.
Gonzalez Ledesma recuerda en varias entrevistas como eran esos días para esos escritores. Su caso puede ser emblemático. Para poder sobrevivir en una época difícil tenía que escribir dos novelas por semana y como resultado de ello aportó a los bolsilibros centenares de títulos.
Ha sido un placer conocer mejor a “Silver Kane” aunque más no sea a través de reportajes y artículos periodísticos. Seguramente, mientras camina por las calles de su Barcelona natal y con más de 80 años a sus espaldas, habrá visto a algún congénere sentado en un banco de una plaza, leyendo uno de sus libritos. Ambos –el autor y el lector- no podrán evitar un sentimiento común: nostalgia, según la interpretación de cada uno.
Para quienes son reacios a iniciarse en la lectura, estos diminutos bolsilibros, pueden marcar ¿por qué no? el comienzo de una hermosa amistad.

El Blog de José Trepat, 10 de febrero de 2010