5 ag. 2009

Perdón, Señor perdón, señora

Francisco González Ledesma

Que la vigilancia más extraña con que se había encontrado Méndez, después del asesinato más extraño con que se había encontrado Méndez. La asesinada era una conocida reina del corazón, de las que aparecen en los programas de la tele, aunque se decía -en malignos concursos y tertulias- que también era a ratos reina de la cama. La asesinaron con esa especial maldad, con esa saña de los celos que se llevan en la sangre. Méndez, lleno de ansia juvenil, pensó que le dejarían resolver el caso.
Pero no.
El comisario le dijo:
-Sospechamos de la hermana mayor, de modo que tendrá que vigilarla. Mire... Tiene cuarenta y cinco años, tres más que la muerta, y jamás nadie se ha interesado por ella. Así como la hermana era admirada y famosa, la otra era una modista pobre. Le hacía a mano los vestidos para las actuaciones, sin cobrar nada. Una vez, cuando la estrella estuvo casada, la hermana mayor, puntada a puntada, le hizo en su pisito de barrio el vestido de novia.
-O sea que usted piensa, comisario, en esos celos venenosos que duran toda una vida. Usted cree que la hermana mayor, frustrada, ha matado a la menor por eso.
-Claro, pero necesitamos probarlo. Mire, Méndez, la hermana viva se ha instalado en el piso de la muerta para cuidarlo. Hemos podido alquilar con nombre falso uno que está enfrente, y desde el cual se puede vigilar todo. Incluso tendrá usted un buzón en el portal, para despistar. Pero además deberá maquillarse un poco, parecer más joven, por si ella lo llega a ver. Su cara de mala jeta es demasiado conocida, Méndez.
Y así fue como Méndez se instaló en un piso vacío, tomó unos prismáticos de la Marina, se maravilló de su aspecto más joven y empezó a vigilar. Seamos sinceros: lo hizo tan mal que desde el primer día tuvo la sensación de que ella había notado algo. Pero el juego tenía que seguir.
La hermana viva -Teresa- era una de esas mujeres por las que ningún hombre vuelve la cabeza. Pero era curioso: se pasaba las horas cosiendo y mejorando los vestidos de su hermana muerta. De vez en cuando se los probaba ante el espejo. Méndez notó que a veces se le saltaban las lágrimas.
Y no le costó imaginar su vida. La hermana triunfante, y la otra sola en su pisito de barrio. Vestidos hermosos no para ella, sino para la otra. Ningún hombre en su vida, todos en la vida de la otra. Méndez casi sintió lástima de ella, la insignificante frente a la triunfante, la desconocida frente a la famosa, la sombra ante la estrella.
Llegó a establecerse una secreta relación entre la vigilada y el vigilante, y eso duró días. Méndez notaba que Teresa se probaba los vestidos para él, que a veces le sonreía disimuladamente, y que ya no había lágrimas en sus ojos.
Y un día pasaron cosas. Una tarde recibió la orden del comisario: "Deje el servicio. Ya tenemos al asesino. Fue el ex marido". Y aquella misma tarde Méndez encontró en su buzón una carta manuscrita: "Perdone, señor. Usted no me conoce. Sólo quiero darle las gracias por haberse fijado tanto en mí. Nadie lo había hecho". Y acto seguido Méndez dejó una carta en el buzón de la otra casa: "Perdone, señora. Nadie había sido tan amable como usted al darme las gracias. Permita que la invite a cenar. Ah... Y si es tan amable, póngase el vestido azul. Es el que mejor le sienta".

Francisco González Ledesma es escritor. Su último libro publicado es No hay que morir dos veces (Planeta).

El País, 5 de agosto de 2009