25 oct. 2008

Francisco González Ledesma: Una novela de barrio

FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA, EL HOMBRE DE LOS 400 LIBROS ESCRITOS

POR: César Güemes

1. Hay que cuadrarse, por decir lo menos. Don Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), se levantó hace un rato con el Premio Internacional de Novela Negra RBA –el mismo galardón que acaba de obtener Andrea Camilleri– con su obra Una novela de barrio. Y si es motivo de alegría que al fin circule el volumen del maestro catalán fuera de España, donde sus lectores son legión, es por su lado motivo de asombro recordar que González Ledesma es autor, además de la galardonada novela, de otros 400 libros. Si lo decimos con palabras suena igualmente fuera de este mundo: cuatrocientos libros. Hay que cuadrarse tan sólo con escuchar su nombre.

2. Hoy cualquiera que junte un sustantivo con un verbo y entienda aunque sea con lágrimas las reglas básicas de la adjetivación, no se olvide de los artículos y conozca al menos tres preposiciones, escribe, o más bien redacta, y publica. Y, desde luego, a ese cualquiera, de los que hay filas enteras atiborrando las editoriales primero y las librerías luego, no lo lee ni la madre que lo parió. Pero hay otros seres en el mundo, dedicados con profesionalidad y al mismo tiempo cariño por la palabra escrita. Gente, por fortuna también numerosa, que sabe llenar sus obras de personajes entrañables y construirlos desde dentro; escritores, hombres y mujeres, que piensan en la trama y la estructura de sus textos; prosistas que sacrificaron al poeta que llevaban dentro pero que no abandonaron del todo el concepto de imagen, la delicada idea de metáfora, el claro significado de la puntuación. A estos últimos los leemos con frecuencia, buscamos sus obras, gastamos sumas considerables para tener a mano lo más reciente que han escrito. Dentro de ellos, de los que saben manejar la noción dorada de la literatura que consiste en recordar a cada línea que del otro lado hay y habrá un lector, se encuentra otro grupo, ya más reducido, que dedicó su vida a desarrollar el talento que les vino con la naturaleza. En esa selección se encuentra don Francisco González Ledesma, un hombre que literal y literariamente luchó para que su obra llegara al destinatario, que aprendió el oficio desde muy joven y lo fue afilando mientras llenaba centenares de cuartillas con sus historias. Su primer logro fue Sombras viejas, que a sus 21 años obtuvo el entonces llamado Premio Internacional de Novela entre cuyos jurados figuraron Somerset Maugham (quien para entonces era ya dueño del reconocimiento del público merced, entre otros libros, a El filo de la navaja, Cuarteto, Antes del amanecer, Cuentos de un escritor) y Walter Starkie (el reconocido hispanista, autor lo mismo que de Don Gitano que de Un irlandés en España, y cuidadoso traductor de Cervantes). Sin embargo, el hado franquista caería sobre la premiada Sombras viejas que no vería la luz sino hasta muchos años más tarde, cuando en España cambió al fn el rumbo de las cosas, destino de sombras similar al que padeció durante lustros su novela Los Napoleones.

3. Es momento de señalar que para un escritor es imprescindible la formación entre los libros, aunque no de manera indispensable en la academia estricta. Y aun así, González Ledesma hizo la carrera de Derecho y siguió un camino que sería recomendable para cualquier persona que piense dedicarse formalmente a la escritura: aprendió el oficio de periodista. Ser consciente de que eso que se tiene entre manos va a ser en efecto leído crea una generosa impronta en quien escribe: del otro lado de la página está un lector por el que es preciso guardar el mayor respeto. Así lo entendió nuestro autor mientras prestó sus servicios para El Correo Catalán y luego para La Vanguardia, en donde consiguió merced a su trabajo ser nombrado jefe de redacción o, digámoslo tal como era su cargo, redactor en jefe.

4. La venganza, es sencillo entenderlo, se convierte en muchas ocasiones en el único motivo de la existencia entre los seres racionales. Venganza equivale no sólo al cobro de una deuda que un moroso le endilgó al vengador sin que este último la debiera o la temiera. Venganza es destino, es equilibrio, es paz interior. Venganza es la palabra clave –tan cercana al concepto de justicia (no de ley)– que echa a andar el andamiaje de Una novela de barrio luego de que un par de asaltantes cometen no sólo un atraco sino que en su falta de profesionalismo (para estar del lado oscuro hay que tener siempre las luces altas) matan a un niño pequeño que desde luego era inocente de cualquier culpa. Al lado de esta justicia vengativa y reivindicativa está el inspector Méndez, querido protagonista de una ya larga serie de novelas en las cuales está siempre a punto del retiro del cuerpo de policía de Barcelona. Y aquí es donde aparece la Colt Phyton del inspector, ese bicho portentoso que gasta balas .357 magnum y cuya potencia ahorra cantidades ingentes de medicamentos y libera muchas camas de hospital para pacientes que merezcan serlo.

5. Sin necesidad alguna de recorrer con el lector la trama entera de Una novela de barrio, digamos en descargo de nuestro apreciado Méndez que no es él quien protagoniza la venganza, tan sólo se sitúa, como sabe hacerlo a través de las varias novelas en que lo hemos visto actuar, al lado. Y con eso basta para verse involucrado hasta el tuétano en las diversas historias de esa Barcelona que sólo sus educados ojos para la maldad consiguen retratar. Una ciudad, unos sitios que cambian conforme se modifica el uso de suelo, una Barcelona que a cada obra en la que aparece Méndez se va desmoronando para dar paso a la posmodernidad inmobiliaria y que se lleva entre los pies los usos y costumbres de familias enteras, a las familias mismas, a los barrios enteros, pero que no puede borrar la memoria. De esta suerte, escuchamos al narrador decir:

“Las calles antes tranquilas –de silla y tertulia– se han ampliado, pero con los bloques a ambos lados parecen más estrechas que antes. Las asociaciones de vecinos luchan por un espacio de hierba, por una cloaca y un semáforo. Los pájaros han emigrado, y los pocos poeta que vivían allí han sido expulsados por orden de la autoridad competente.

“En fin, el progreso”.

La canalla de antes es la misma, tan sólo cambian quienes la ejercen. Pero ahí está el inspector Méndez, gato viejo, zorro casi de museo, cuya inteligencia se ha ido multiplicando de manera algebráica al paso del tiempo en forma inversamente proporcional a la disminución paulatina de las facultades físicas propias de la edad. Por fortuna, la velocidad promedio de una bala es siempre más rápida que los reflejos atenuados por el paso del tiempo. Y, como González Ledesma lo sabe, esa velocidad sirve lo mismo para todos los personajes armados dentro de su historia, de modo que las posibles ventajas de algunos se atemperan ante las disminuciones de otros, con lo cual la balanza ha de inclinarse, así sea despacio y con enormes trabajos, hacia un lado y hacia otro hasta quedarse quieta. Es por ello que en cierta parte de Una novela de barrio leemos la siguiente réplica: “–Esta puñetera ciudad esta llena de gente que quiere matar y gente que quiere morir –gruñó el comisario–. Podrían ponerse se acuerdo”. El caso es que no se ponen de acuerdo de forma tan sencilla como el deseo del comisario, y para eso está ahí el inspector Méndez, quien lleva a mano un lindo modelito de la casa Colt, que hoy se hace sólo sobre pedido: “No llevaba su famoso Colt modelo 1912, con el que quién sabe si habían asesinado a Canalejas, sino que estaba en plan moderno: llevaba un enorme Colt Phyton. Con una de sus balas no sólo matas a un tío, sino que cambias de sitio una casa”.

6. Las mujeres, los personajes femeninos de González Ledesma, se cuecen aparte. Tejidos al detalle, casi con punto de cruz, las mujeres que aparecen en Una novela de barrio han conocido la existencia desde el punto de mira más difícil posible, cada una de ellas a su estilo y modo. Pero todas han padecido la crudeza de la realidad, sin distingos de clase social, sin preferencias casi al enfrentar la muerte. Ya las encontrará el amable lector.

Y ya las dibuja González Ledesma con una maestría y un cariño que sus críticos de antes tacharon de pornografía. Leamos: “…tiene caderas de ánfora, de las que ahora no se estilan, porque de las caderas hablan hoy muy mal los gurús del mundo, que son los dietistas. Y es lo que hay. Y pensar que llevamos tres mil años de pintura y escultura, es decir, de civilización –decía a veces una pupila ilustrada– para llegar a esto, para descubrir en las mujeres la línea recta”.

Por la misma tónica, este homenaje a la belleza y estética femenina: “Si su falda había sido diseñada por un experto, sus piernas habían sido diseñadas por un onanista de última generación”.

Las mujeres de González Ledesma, que es decir en este caso de Méndez, viven al modo más realista posible, esto es, saben conjugar lo mismo los verbos que determinan el triunfo o el padecimiento. Mujeres duras, y algunas maduras, como una cuya mirada es: “gris, dura, impía, propia de una embalsamadora de niños”.

7. Méndez, mi querido Méndez, quien ha visto pasar las durezas y las transiciones de su país, reconoce, como lo hace casi en cada aparición en sus distintas novelas, que: “Debo dinero a la mitad de los libreros de Barcelona”. O, tal cual lo dice su narrador, para caracterizarlo como lo que es, un hombre de la ley pero con la justicia en la mirada: “No era la primera vez que Méndez protegía a alguien que hubiera debido detener”.

En cierto momento de la obra le “confiesa”, le confía, pues, Méndez a uno de los personajes en Una novela de barrio:

“–Soy un cabrón”.

Digamos, con respeto y con alegría, digamos con toda la dignidad, la fortaleza y las astucia que la palabra encierra, que don Francisco González Ledesma es enteramente un cabrón. Un cabrón bien hecho, de los de antes, de los de siempre. Un recabrón.
César Güemes, 25 de octubre de 2008