1 abr. 2006

Las calles de González Ledesma

En las memorias de González Ledesma las calles del Lejano Oeste que tan bien supo describir Silver Kane han sido sustituidas por las de esa Barcelona que tanto ama y cuya esencia ha sabido transmitirnos en sus novelas.

José Javier Abasolo

El pasado 6 de febrero, a modo de pistoletazo de inicio de los actos organizados con motivo del II Encuentro Europeo de Novela Negra celebrado en Barcelona, un jurado compuesto entre otros por Daniel Vázquez Sallés, hijo de Manuel Vázquez Montalbán, Alicia Giménez-Bartlett, la gran dama española de la novela negra y Paco Camarasa, responsable de la librería barcelonesa Negra y Criminal, uno de esos libreros que no se limitan a vender libros sino que además te aconseja, asesora y te transmite su amor por la letra impresa, otorgó el recién instituido Premio Pepe Carvalho, que está llamado a ser en el futuro el Premio Nobel de la literatura negra y policíaca, a Francisco González Ledesma como reconocimiento a la obra de toda su vida. La concesión de ese premio, que ha tenido la virtud de no ser discutido por nadie, lo que ya de por sí es indicativo del aprecio y respeto que se le profesa tanto entre escritores, editores y críticos como, sobre todo, entre los lectores que son siempre quienes tienen la última palabra, ha coincidido con la publicación de Historia de mis calles, que es como González Ledesma ha titulado el libro en que recopila sus vivencias y su memoria, que son al mismo tiempo la memoria de una España que no suele aparecer en los libros de texto o en las historiografías al uso pero que es la España de la gente que ha vivido y sufrido con la dignidad y limpieza de aquellos cuyo único patrimonio es su trabajo y su ilusión por crear, para ellos y los suyos, una vida mejor.
Las de González Ledesma son, en cierto modo, unas memorias raras, unas memorias en las que el autor se ha propuesto no hablar mal de nadie, aunque se lo merezca, quizás porque no hace falta. Cuando nos cuenta su nacimiento en el proletario barrio barcelonés del Poble Sec, en un piso pequeño pero abierto a todo el mundo, en una escalera cuyos vecinos no se limitaban a darse los buenos días cuando se cruzaban unos con otros sino que convivían a diario, con todo lo que eso significa, y cuando mientras nos narra eso nos transmite su amor por esa gente humilde ocupada sólo en trabajar, parientes, amigos o vecinos, ya nos está dando, sin necesidad de meterse con nadie ni de decir qué buenos son éstos y qué malos son los otros, una lección acerca de cuáles son las cosas que de verdad importan en la vida, esas cosas leves, hechas de la materia de los sueños, y sin las cuales no podemos vivir. Podemos prescindir de los generales heroicos, de los escritores reconocidos, de los financieros habilidosos o tramposos, pero no podemos prescindir de nuestros afectos, de esos pequeños instantes de felicidad, a veces nimios e insignificantes, que hacen más agradable nuestra vida. González Ledesma lo sabe y nos lo cuenta con una sencillez y emotividad alejada de cualquier atisbo de sensiblería.
Nacido en 1927, su vida ha transcurrido a través de unas etapas duras y sacrificadas pero que, vistas desde la distancia, son sin duda apasionantes. Testigo del advenimiento de la República, de una Guerra Civil fratricida y sin sentido orquestada, mal que les pese a los actuales pseudohistoriadores revisionistas, por quienes representaban en aquellos momentos las más negras esencias hispanas, de una posguerra en la que los vencedores no tuvieron piedad con los vencidos y de una transición en la que fueron olvidadas muchas de las cosas que habían ocurrido en el pasado, Francisco González Ledesma nos lo cuenta todo desde el punto de vista de quien siempre ha sabido no dónde está la verdad, ese ideal absoluto que sólo los fanáticos aseguran poseer, sino quiénes merecen ser los auténticos protagonistas de la historia.
Una historia que en el caso de González Ledesma supera incluso a las que nos narra en sus mejores novelas. La historia, por ejemplo, de un hombre que ingresó en el ejército pensando que así estaría preparado para luchar mejor por el pueblo, por su pueblo, pero que tuvo que abandonarlo cuando, obligado a combatir a los maquis, se dio cuenta de que era incapaz de perseguir a aquellos que luchaban por lo que él mismo defendía, o la historia de un joven que con veintiún años ganó el premio de novela más importante que entonces se daba en España pero que no pudo publicar ni esa novela, ni ninguna otra hasta que murió Franco, ya que su obra fue tachada de subversiva (lo que seguramente era cierto) y de pornográfica, lo que por suerte o desgracia no era tan cierto.
Refugiado en la escritura pero sin poder publicar, entró en la mítica Editorial Bruguera donde, con el seudónimo de Silver Kane, escribió más de cuatrocientas novelas del oeste, con las que, como ha dicho alguna vez, aprendió a escribir y en las que supo transmitir esas ansia de libertad y justicia que, paradójicamente, durante el franquismo se refugiaron en ese tipo de novelas en las que, al contrario que en la vida real, el humilde, el honrado, el bueno por decirlo con una palabra que desgraciadamente parece estar en desuso, triunfaba sobre el cacique, sobre el poderoso.
Su gran refugio, sin embargo, su auténtica vocación, ha sido y es el periodismo, por el que renunció a una brillante carrera como abogado. Su pasión por la verdad y por transmitirla, incluso en unos tiempos en los que la censura campaba por sus respetos, le hizo recalar primero en El Correo Catalán y posteriormente en La Vanguardia, del que llegó a ser redactor jefe y en el que se jubiló, con lágrimas en los ojos. Una actividad, la de periodista, que ha amado con pasión y que le dio la oportunidad de patearse las calles de Barcelona, sus calles, las calles de esa gente digna y trabajadora con la que siempre se ha sentido identificado, las calles que tanto le han dado y a las que él, en justa correspondencia, ha elevado a auténtica categoría literaria. Esas calles que son las suyas pero que también, gracias a este magnífico libro de memorias, son ya de todos nosotros.


Las calles del inspector Méndez

Si hay alguien que puede presumir de conocer las calles de Barcelona tan bien o mejor que el propio González Ledesma ése es, sin duda alguna, su propia criatura, el inspector Méndez. Protagonista de algunas de sus más emblemáticas novelas como Crónica sentimental en rojo, con la que ganó el premio Planeta, Las calles de nuestros padres, cuyo título ya es de por sí significativo del universo literario de su autor, o la última publicada (hasta el momento), Cinco mujeres y media, Méndez es un policía atípico que era incómodo para los jerarcas del antiguo régimen pero que tampoco está bien visto por los pulcros y brillantes ejecutivos que con un master debajo del abrigo y al abrigo de la democracia
copan en la actualidad los puestos de más responsabilidad en el escalafón policial.
Méndez es un policía incómodo no sólo por su saludable falta de respeto a la autoridad sino porque, por encima de todo, cree más en la justicia de las calles que en la que aparece plasmada en los boletines oficiales. Un policía al que se le escapan los detenidos, cuando los detenidos no son más que pobres hombres que perpetran pequeños delitos como único modo de sobrevivir, pero que no acepta la prepotencia de los poderes ni las injusticias que comete el sistema contra los ciudadanos más débiles, lo que le obliga a desobedecer en muchas ocasiones las órdenes recibidas y a actuar de un modo que podríamos definir como políticamente incorrecto aunque lleno de esa sabiduría popular aprendida, precisamente, en las calles en las que ejerce su profesión.
El inspector Méndez construido, según su propio creador, con retazos de cuatro auténticos policías a los que llegó a conocer gracias a su oficio de periodista, es un dinosaurio, no podemos negarlo, un hombre fuera de esta época y de esta sociedad, pero si algún día somos arrestados y nuestro único delito ha sido intentar sobrevivir, ojalá que Méndez sea el encargado de hacerlo.

Pérgola, 1 de abril de 2006