15 gen. 2006

Crónica apasionada de Barcelona

Francisco González Ledesma publicará en marzo su autobiografía ‘Historia de mis calles

Rosa María Piñol

El resumen de una vida punteada con momentos dramáticos pero también felizmente marcada por el periodismo y la literatura. Y al mismo tiempo una crónica apasionada y emotiva de la vida de Barcelona a lo largo de casi ochenta años. Ambas cosas van en paralelo en las memorias de Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927), tituladas significativamente Historia de mis calles, obra que Planeta publicará en marzo. Son alrededor de 400 páginas en las que el escritor repasa los distintos episodios de su biografía, íntimamente ligados al acontecer de su querida ciudad ("Me siento profundamente orgulloso de ser ciudadano de Barcelona"). Su niñez en un barrio obrero, el Poble Sec, el miedo y el hambre en los años de guerra, su aventura militar, su etapa como abogado, la redacción anónima de centenares de novelas del oeste (el mítico Silver Kane), el veto de la censura franquista a sus primeras novelas, el premio Planeta, y el periodismo, claro, con un gran protagonismo de La Vanguardia, a cuya redacción perteneció durante más de dos décadas... Como avance de su libro, el autor desgrana aquí algunas de las anécdotas que en él relata.

LA HABITACIÓN DE LOS MUERTOS.

"Me puse a escribir las memorias porque pensé que en ellas podría narrar muchas cosas pequeñas de Barcelona que han sido poco explicadas, como la vida en un barrio obrero o la política vista desde la calle. Eso está en mis novelas, pero no es lo mismo relatarlo a través de la evocación personal". En el primer recuerdo que conserva, el escritor se ve, siendo aún muy niño, en la cocina de su casa sentado en un orinal: "La casa estaba llena de gente y mis padres me escondieron allí". "Vivíamos en un hogar pobre del Poble Sec, habitado por gentes de izquierdas y trabajadores manuales. Mi padre era mozo de almacén. Yo cada mañana corría por el pasillo porque mi abuelo me daba un trozo de pan mojado con el huevo frito de su desayuno. Era republicano, y su ilusión era sacar la bandera que tenía escondida el día en que se proclamara la República. Pero cuando llegó el momento, mi abuela, que era monárquica, no se lo permitió". El autor recuerda también que sus abuelos y otros miembros de la familia murieron en una misma habitación, que llamaban "habitación de los muertos", y que luego le fue destinada a él.

VOCACIÓN PREMATURA.

"Mi infancia estuvo marcada por la gran proximidad y hermandad que existía entre la gente del barrio. Los niños teníamos entrada libre en todas las casas. Los hijos eran de todas las mujeres. Y no sé si todas las mujeres eran de todos los hombres...". Ledesma guarda recuerdos felices de la escuela en la etapa republicana y también de las colonias para niños pobres de Can Fargas. "Fue por entonces, una época esperanzada, cuando tuve el primer contacto, a los cinco años, con el mundo fascinante de los diarios: mi tío, que vivía también en mi casa, trabajaba en La Vanguardia y muchos días me llevaba a las 2 de la madrugada a la calle Tallers para que viera la rotativa en marcha. Yo creo que allí nació mi vocación periodística".

BAJO LAS BOMBAS.

De los años de guerra, el autor retiene en su memoria las bombas y la lucha por la supervivencia. "Nuestro barrio fue muy castigado, porque cerca de allí estaban la empresa de electricidad y el puerto, dos objetivos de primera clase. Pasamos un hambre espantosa. El 26 de enero de 1939, después de tres días sin comer, mi madre dijo que había oído que en el puerto había barcos medio hundidos que podían almacenar alimentos en sus bodegas. Y allí nos fuimos ella y yo..., ¡pero ninguno de los dos sabía nadar! Cuando estábamos en el paseo Colom, nos quedamos horrorizados al ver que de Montjuïc bajaba un destacamento de la caballería mora que venía hacia nosotros a la carga, sables en ristre y profiriendo gritos. Nos acurrucamos como pudimos y los caballos saltaron por encima de nosotros sin pisarnos. Desde entonces guardo gran simpatía por esos animales. Cerca de allí, pude ver a tres soldados republicanos, completamente solos, rodilla en tierra, disparando contra los jinetes. Murieron con una dignidad inmensa".

LA TENTACIÓN MILITAR.

Muy tempranamente, González Ledesma quiso ser militar. Por puro idealismo. "Por lo vivido en mi infancia, creía que las guerras eran el estado natural del hombre. Y pensé ingenuamente que si aprendía la técnica militar podría ayudar a derrocar a Franco (de hecho, eso es lo que también pensaron los de la Unión Militar Democrática). Llegué a aprobar el ingreso en la Academia Militar de Zaragoza, pero la matrícula costaba 6.000 pesetas y mi tía aragonesa, una mujer rica en cuya casa solía recuperar los kilos que perdía por la escasez de comida en mi hogar, se negó a pagar aquel dinero, con mucho acierto. Entonces me matriculé en Derecho. Y el primer curso empecé a trabajar en una casa de seguros. Un empleo, en teoría, para toda la vida, pero que sólo me duró un mes. Me pagaron 40 pesetas".

LA INICIACIÓN SEXUAL.

El primer amor del escritor, una relación platónica, fue una modistilla que trabajaba precisamente en el taller de su tía, en Zaragoza. "Yo tenía casi 14 años, pero no tenía aún instinto sexual. Fue un enamoramiento dulce e ingenuo". Poco después vino su iniciación en el sexo, que él cuenta sin tapujos. "Fue en un prostíbulo de Barcelona de los baratitos. Todos mis compañeros se habían iniciado ya y a mí me daba vergüenza no haberlo hecho. En el libro explico cómo eran, desde la mirada ingenua de un joven, los prostíbulos de aquellos años. Hablo de las mujeres y de la gente que los frecuentaba".

‘CONTRA’ EL MAQUIS.

Ledesma sirvió finalmente en las milicias universitarias, primero en Santa Fe del Montseny y después en la población malagueña de Ronda. "Guardo muy malos recuerdos de aquello, la vida era muy dura. Pasábamos hambre y sed. A los soldados rasos no les daban de comer y nosotros, que éramos sargentos, les dábamos algo de dinero a cambio de que nos trajeran agua". Voluntario más tarde en la infantería de montaña, el joven militar fue destinado a la frontera de Andorra para luchar contra el maquis. "Yo tenía el rango de capitán y mi misión era perseguir a la banda de Valentí Massana. Pero el comandante del que dependía era un cobarde que se escondía. Yo, que siempre fui un rojo, procuraba en cambio evitar a los de Massana. Si ellos iban hacia el norte, nosotros teníamos la picardía de dirigirnos hacia el sur. No deseaba que muriera ninguno de mis soldados y, además, no quería matar a ningún maquis". Pese a tener una hoja de servicios impecable, González Ledesma fue expedientado por catalanista y degradado a soldado raso por hablar en esta lengua a sus reclutas.

ABOGADO RICO.

Los comienzos del autor en el ejercicio del Derecho fueron en el despacho de Maurici Serrahima, quien le inició en el Derecho catatán, "entonces completamente ausente en los programas de la carrera". "Tuve suerte y en seguida empecé a tener clientes. Me convertí en un abogado rico, pero poco a poco me fui amargando y no pude continuar. Por tres razones: por la corrupción que había entre los jueces franquistas; porque como abogado estaba obligado a defender el color político de cada cliente, y a menudo me sentía en una posición moral falsa, y porque me sentía muchas veces culpable si como defensor ayudaba a que salieran de la cárcel delincuentes que luego reincidían. La justicia es un bien rodeado de cosas malas. No existe. Y vivir de ella me atormentaba".

PERIODISTA DE IZQUIERDAS.

Entonces Ledesma se pasó al periodismo. "Recuperé la vocación de niño, aquel mundo mágico de las rotativas". En 1964 entró en El Correo Catalán ("la última redacción romántica") y años más tarde, en 1971, se incorporó a La Vanguardia. "Mis treinta años de ejercicio del periodismo fueron los más felices de mi vida. Tanto en un diario como en el otro, nunca me obligaron a escribir nada que fuera contra mis principios. Yo he sido siempre de izquierdas y eso no fue obstáculo para que pudiera escribir libremente. Tanto Manuel Ibáñez Escofet como Andreu Roselló, en El Correo, como Horacio Sáenz Guerrero, en La Vanguardia, respetaron siempre mi forma de pensar. También Jaime Arias, que era mi jefe directo". Ledesma rememora en el libro las redacciones de aquellos años, la forma de trabajar, a los políticos y a otros personajes a los que tuvo ocasión de tratar. Y todo ello trufado con suculentas anécdotas. El periodista se jubiló de La Vanguardia en marzo de 1993. "Uno de los momentos más tristes de mi vida fue el último día en que trabajé en la redacción. Cuando salí del diario, por la puerta de Pelai, me puse a llorar. Dejaba atrás unos años intensos y muy felices".

Toda una vida en 400 páginas

González Ledesma, ex redactor jefe de La Vanguardia y decano de los autores policiacos en España, es un escritor muy popular en Francia, donde Gallimard publica desde hace años sus novelas con éxito, tanto las de la serie del inspector Méndez como las demás. Ganador del Planeta en 1984 con la obra Crónica sentimental en rojo, ha redactado ahora sus memorias, en las que ha puesto pasión pero también ternura y sentido del humor. En el relato se reflejan
su espíritu rebelde y su gran honradez. "Me produce una gran tristeza que toda una vida quepa en 400 páginas. Vista así, me parece muy poca cosa". Cree, no obstante, que el libro puede interesar a los periodistas, a los abogados, "y también a aquellos que sienten un cierto amor por Barcelona, vista desde la calle". Afirma que son unas memorias escritas "con sinceridad y verdad, sin ningún instinto comercial". Las ha redactado tal como las iba recordando, sin ninguna nota previa, y ha obviado algunos detalles "para no herir a las personas implicadas". Tras este paréntesis autobiográfico, retomará su obra narrativa. Tiene dos novelas en proyecto: una nueva andanza del inspector Méndez y otra historia sin ninguna conexión con esta serie policiaca.

La Vanguardia
, 15 de enero de 2006