1 nov. 2005

Un clásico siempre vigente: "Las calles de nuestros padres", Francisco González Ledesma

Javier Sánchez Zapatero

La factoría de ideas • 2005 (1ª ed.: 1984) • 317 páginas

Originalmente publicada en 1984, Las calles de nuestros padres ha sido recientemente publicada por La Factoría de Ideas. Su vuelta a la actualidad es una buena noticia para todos los amantes del género negro, y de la literatura en general, por, al menos, dos motivos. En primer lugar, porque permite al público acceder fácilmente a una obra fundamental dentro del policiaco español que hasta ahora sólo se podía conseguir rebuscando en librerías de viejo o en fondos de biblioteca. En segundo lugar, porque su vuelta a los estantes de novedades editoriales –donde coincidirá, por cierto, con la última novela del escritor, Cinco mujeres y media- supone un reconocimiento a la producción de un autor perseguido por la mala suerte e incapaz de conseguir el reconocimiento público que su trayectoria literatura y personal merece.
Tildado de “rojo” y “pornógrafo” por el aparato cultural franquista, Francisco González Ledesma sufrió durante la dictadura las prohibiciones de la censura, viendo limitada su capacidad creativa a la composición de novelas de quiosco bajo el pseudónimo de Silver Kane. Con la llegada de la democracia y la normalización del proceso de distribución y recepción editorial, el autor barcelonés pudo por fin desarrollar sin cortapisas sus inquietudes literarias, dando lugar así a una de las más logradas sagas de novelas negras de la literatura estatal.
El hallazgo del cadáver de una mujer bajo la cama de una pensión barata por un personaje gafado al que nada parece salirle bien supone el punto de partida de la obra. Lo que en principio parecía un crimen pasional, o un simple ajuste de cuentas, va descubriéndose a medida que avanza la narración como un asesinato con implicaciones políticas y económicas del más alto nivel.
A través de tres investigaciones –una de ellas desarrollada por el comisario Méndez, que ya aparecía en la anterior novela del autor, Expediente Barcelona, y que se convertiría en protagonista habitual de su producción posterior- cuyos resultados se le van ofreciendo al lector casi en paralelo y que en la trama novelesca se van complementando y cruzando entre sí, González Ledesma va poniendo de manifiesto cómo las cloacas sociales están, más a menudo de lo que se piensa, directamente relacionadas con los poderosos.
El fondo en el que el autor proyecta el fresco de corrupción y crimen que es Las calles de nuestros padres es una Barcelona muy diferente a la ciudad europea, moderna y de diseño que acostumbran a vender los catálogos de turismo. La Barcelona de la que escribe González Ledesma es una ciudad áspera, sórdida, “castigada –como ha señalado Paco Ignacio Taibo II- por las cagadas de mosca y los retretes donde el vaho de la orina perturba al usuario”... Sobre ese paisaje de putas, soplones y mercenarios supervivientes se impone la figura del comisario Méndez. De vuelta de casi todo, Méndez, es, como los protagonistas clásicos del género negro, un personaje descreído y desencantado que pulula por las calles más miserables con los bolsillos llenos de libros.
Creado en plena transición democrática, el comisario representa, con su desengaño y escepticismo, la frustración de toda una generación ante las transformaciones sociales, políticas y económicas producidas después de 1975 y ante la constatación del fracaso de todo el idealismo utópico que rodeó los primeros meses de cambio político. Frente a la interpretación histórica efectuada desde las fuentes de poder, que impusieron el olvido como única forma de superar el pasado y propagaron hasta la saciedad el éxito del modelo reformista, Francisco González Ledesma y otros autores, como Manuel Vázquez Montalbán o Juan Madrid, vertebraron a través de sus novelas negras un discurso contracultural opuesto al mensaje oficialista y recelaron del aparente éxito de la transición, porque, como dice unos de los personajes de la novela, a pesar de todos los cambios, “al pueblo siempre se le oculta la verdad”.

Europolar, 3 (noviembre-enero de 2005/06)