29 gen. 2003

Banqueros y curas

Policiaco. González Ledesma vuelve a la palestra con una compleja e implacable trama en torno a las altas esferas de la España actual

Francisco González Ledesma
"El pecado o algo parecido"
PLANETA, 423 PÁGINAS, 18 EUROS


Lilian Newman

Francisco González Ledesma nació a pocos metros de Manuel Vázquez Montalbán. Es una muy buena coincidencia que el creador del detective Carvalho y el creador de Méndez –que empezó a escribir a los doce años– hayan tenido de primer escenario real el Poble Sec. Y también la Barcelona que llega a la Rambla,y que por partes se resiste a ser jubilada, como el viejo policía de apellido soso, escogido adrede, acorde a un individuo fácil de ser considerado trasto inútil: en el cuerpo ni siquiera se toman el trabajo burocrático de echarlo y enviarlo a la jubilación de una vez.
Ganador del premio Planeta 1984 con "Crónica sentimental en rojo", autor de otros libros como "El expediente Barcelona" y "La calles de nuestros padres", autor celebrado en Francia, hay algo impresionante en este texto, y de entrada: si bien la narrativa negra tiene como propio el lenguaje descarnado y la ironía, aquí la escritura es de una virulencia enardecida y la ironía es feroz. La edad biológica de un escritor no es señal segura –o mecánica– para determinar su talante. Lo cierto es que este libro muevea dedicar un aparte a la biografía del creador de Méndez.
Francisco González Ledesma nació en 1927, fue un niño que sobrevivió con su humilde familia a la Guerra Civil, un escritor prohibido por el franquismo. Ganador del premio Joven Literatura creado por José Janés, su problema fue que aquello sucedió en 1948 y "Sombras viejas" no pasó la censura. El libro contaba la historia de un estudiante de izquierdas. Su autor también lo era, y para costearse la carrera de Derecho –y para seguir escribiendo bajo un régimen político que no iba a dejarlo en paz– se dedicó a la narrativa popular, en la esplendorosa época de la editorial Bruguera: se convirtió en Silver Kane.
Hoy la virulencia de su escritura es, eminentemente, joven. En este texto bravucón y elaborado, Méndez está en las últimas, en el cuerpo policial no lo quiere nadie y la Barcelona que él conoció tiene que buscarla con el olfato: "Había nacido la nueva Barcelona, la nueva Rambla de ejecutivos, y había desaparecido la vieja Rambla de los camioneros, pero también la de los poetas". Sus tiempos de policía poco recomendable y sus amistades con prostitutas y gente tirada forman parte del pasado. Y aquí está él, un investigador de raza al que, pese a su obsesión por ir detrás de la verdad, no sólo no le encargan que descubra un caso de asesinato, sino que tiene que acudir inmediatamente a taparlo.
Un señor de casa buena de Madrid es asesinado en un burdel de alto nivel, con una lista de teléfonos ilustres, "incluido alguno de la Moncloa". Méndez llega a "tapar" el asunto, algo esperpéntico, porque hay testigos que han visto que el cadáver era transportado por dos clérigos. Además hay una viuda y una criada incomprensibles, y remotas relaciones que la agudeza de Méndez empieza a hilvanar. Esto es el principio de una serie de muertes. De Madrid a Barcelona, un poderoso banquero campea como un ego blindado detrás de una serie de asesinatos brutales y una red de viejos y nuevos engaños, con guardaespaldas ambiguos y prostitutas rehechas. El talante de la policía actual no hace más que insistir en que Méndez "tape", y Méndez, a costa de sus propios ahorros, y por libre, investiga más y más.
En esta novela que se fuga a los restos del pasado y describe espléndidamente el mundo de ciertos ricos actuales –y describe un mundo actual en donde el antiguo régimen reaparece disfrazado de modernidad–, no queda una sola institución en pie. Sería de lamentar que Méndez se retirase del todo, en lugar de que su autor –en tan buena forma de púgil peso pesado– le dé una nueva oportunidad.

La Vanguardia
, 29 de enero de 2003