1 oct. 2004

González Ledesma: el jefe de la banda

Guionista de cómics y factótum de Bruguera en su etapa más efervescente, novelista de éxito ganador del Premio Planeta y escritor de culto para los amantes del género negro, autor tras el pseudónimo Silver Kane de alguna de las series de novelas de quiosco más leídas de la historia de este país... González Ledesma en cualquier parte del mundo sería una celebridad.

Paco Camarasa

Paco Ignacio Taibo II ha escrito: "Pocas Barcelonas son tan negras como la suya. Pocas Barcelonas narrativas están castigadas por las cagadas de mosca y los retretes donde el vaho de la orina perturba al usuario. Pocas son tan ásperas, tan corruptas, tan cínicas, y probablemente por eso, pocas están tan bien tratadas con esa combinación amor-odio que ha caracterizado a la mejor novela urbana policíaca de la segunda mitad del siglo XX".
Si entramos en las páginas de Google en español, encontraremos 259 referencias a Francisco González Ledesma (FGL) y sus múltiples actividades, pero serán 1.310 citas las que veremos en las páginas francesas del mismo buscador. Entrar en las páginas virtuales de la FNAC francesa nos permitirá pedir hasta nueve títulos suyos, pero si lo hacemos en la de su sucursal española tan solo obtendremos dos y uno de ellos no es de disponibilidad inmediata. Increíble.
¿Cómo es posible que sea tan mal conocido en su propio país alguien a quien Alejandro Jodorowsky compara con Cervantes, otro novelista de género, según el exuberante escritor chileno? También Jodorowsky aporta una de las claves de ese desconocimiento al señalar que "Silver Kane ayudó a vivir a la gente; la ayudó a pasar el régimen franquista, aunque no aportara nada a la cultura".

Hambre y precocidad

Tenía 12 años cuando las tropas franquistas, con la caballería mora al frente, entraron en Barcelona. Siempre tiene presente en su memoria aquel paseo de Colón invadido por los moros que trajo Franco. De aquel momento arranca su simpatía por los caballos: "Eran los únicos que parecían no querer atropellar a la gente". Al hambre de la guerra se unió el miedo de los vencidos. De entonces, de aquellas gentes con las que compartió las necesidades por haber crecido en un barrio pobre, en un barrio vencido, nació ese sentimiento, más que realidad, de pertenecer al equipo de los perdedores. Con tan solo 5 años comenzó su oficio de narrador. Aunque a esa edad cobraba en especie. En las horas de recreo del colegio público al que iba, contaba historias para aquellos que no tenían imaginación, pero sí merienda. Y ellos le retribuían compartiéndola con él. Su madre era modista, pero en el Poble Sec, un barrio popular de Barcelona, y, por lo tanto era modista para pobres. En Zaragoza había una tía que también cosía, pero para ricos. Y hacia Zaragoza fue Francisco a mejorar su salud delicada, a comer todos los días y a estudiar. Su particular homenaje a Zaragoza y algunos de sus recuerdos de las sórdidas relaciones curas-alumnos se encuentran en las páginas de su último libro publicado: Tiempo de venganza.
Más tarde, en 1941, ocuparon su lugar otros de sus hermanos y él volvió a Barcelona: al Poble Sec, el barrio que dejó y seguía siendo un barrio de derrotados, pobres y perdedores. Cursó el Bachillerato en los duros Escolapios y en el instituto Balmes. En el Balmes se encontró con profesores que realmente le enseñaron y lo estimularon, como Guillermo Díaz-Plaja, la tía de Zaragoza sufragaba los estudios siempre y cuando no hubiera suspensos.
Ya entonces comenzó a llevar originales a la editorial Molino. Lo recibía el editor en persona, quien con buenas palabras le pedía que siguiera escribiendo y que volviera al año siguiente. Pero cuando él tenía 16 años, su padre se quedó sin trabajo. No había seguro de paro. González Ledesma se convirtió en la única fuente de ingresos de la familia. Y comenzó lo que siempre ha sido una constante en su vida: la doble jornada. Siguió en el instituto, pero contactó con Bruguera e inició su carrera como guionista de tebeos...
A los 15 años ya había hecho de negro para su tío Rafael González Martínez, recién regresado del exilio francés. Posteriormente hizo lo mismo para alguien más importante, pero dio su palabra de no revelarlo y hasta hoy ha sido imposible conseguir que confiese. FGL es de aquellos que aún piensan que una palabra dada es más importante que un contrato. Rafael González, que sería posteriormente redactor jefe de Bruguera (la Santa Empresa), no solo le facilitó su acceso al mundo editorial, sino que le abrió su biblioteca de periodista de izquierdas. Su estreno como guionista fue nada más y nada menos que con el Inspector Dan, dibujado por Eugenio Giner. El lector español de aquellos días poco sabía de Londres. Una ciudad donde Dan, policía londinense, platónicamente enamorado de su ayudante Stella, se movía entre la niebla, la noche llena de discípulos de Jack el Destripador, momias, fantasmas escoceses... Antes de entrar en la Facultad de Derecho, aprobó el examen de ingreso en la Academia Militar. Pero tenía que comprarse el uniforme y el sable de cadete, 6.000 pesetas. Afortunadamente para sus futuros lectores, esta vez la tía de Zaragoza dijo no. Para estudiar, sí; para uniformes, no. Su doble jornada, como guionista y como estudiante, no le impidió presentarse con la mayor ilusión de la que era capaz ak I Premio Internacional de Novela que el editor José Janés había convocado, con jurado presidido por Somerset Maugham. Y ganó. Ganó las 10.000 pesetas del premio, que le permitieron comprarse una cámara fotográfica (200 pesetas) y un traje (250 pesetas), el resto lo tuvo que gastar en atender una enfermedad de su madre.
Pero la omnipresente censura dijo no. No se publicaría Sombras viejas, la novela ganadora del premio. A la acusación de rojo se añadiría la de pornógrafo, pues al final de la obra la protagonista se va a casar con el mejor amigo de su antiguo novio. Fue uno de los peores momentos. Estuvo a punto de dejarlo todo: "Supe entonces, y el tiempo me dio la razón, que no publicaría nada mientras Franco viviese, de modo que el futuro terminó para mí, porque era evidente que Franco no se moriría nunca.

Pegado a una Hispano Olivetti

Había que volver a la dura realidad de Bruguera. Pero, a partir de aquel premio, el editor pensó que, además de guionista, tenía enfrente a alguien que sabía escribir, y le propuso hacer novelas populares. González Ledesma necesitaba dinero angustiosamente. Pensó que sería un trabajo transitorio y que no dejaría huella en su camino de escritor con mayúsculas. Esta transitoriedad duró unos quince años, a razón de tres o cuatro novelas mensuales, alguna vez hasta seis. Es decir, unas 750 novelas del Oeste o policiales. "Joven, tendrá que buscarse un pseudónimo, porque, si se llama Francisco González Ledesma, nadie va a creerle que conoce las calles y el hampa de Nueva York, y mucho menos las praderas del Oeste." Y nació Silver Kane. Mono muerto fue el título de su debut novelístico. Corría el año 1952 y era una del Oeste. Había que escribir las novelas después de la facultad, primero, y de trabajar, después. Eran unos ochenta folios pero debían ser cada vez diferentes y atrapar al lector desde la primera página, ya que la competencia era mucha, pero sin apartarse nunca de unas normas clásicas. La primera edición de un bolsilibro tenía entre 20.000 y 24.000 ejemplares. De algunas historias de Silver Kane se habrán sacado más de un millón.
En los años 50, Bruguera pagaba entre 1.500 y 2.000 pesetas por novela. Y encima cobradas en dos plazos, la mitad al salir y el resto un mes después. Los plazos de entrega eran rigurosos y había que cumplir. No se permitían retrasos. Bajo ningún concepto. Había que hacer lo que fuera... Una noche, Ledesma tecleaba desesperadamente, con toda la rapidez posible, el original que debía entregar a la mañana siguiente. Pero se fue la luz. El apagón habitual duraba más de los necesario. Había que entregar. Había luna llena y noche despejada. Ledesma subió al terrado de la casa con su Hispano Olivetti portátil y, con la luna como cómplice, pudo cumplir el plazo.
Crear en pocas páginas y con poco tiempo personajes y tramas, buscar ambientes, fabricar sentimientos creíbles. Él lo ha definido como un "aprendizaje de perro". Terminó Derecho. Entró a trabajar a tiempo completo, y nunca mejor dicho, en Bruguera. No se contaba el horario sino el trabajo efectivamente realizado, por lo cual, muchas semanas, aunque hubiera estado cincuenta horas en la Redacción, sólo cobraba cuarenta. Mientras ascendía en el organigrama de Bruguera, iba adquiriendo práctica como abogado. Decidió especializarse en Derecho Catalán y en Propiedad Intelectual. Fue esta última faceta, que lo obligaba a litigar contra autores que eran, y siguen siendo, sus amigos, una de las causas por las que se planteó dejar la abogacía. Y lo dejó todo. Dejó su bien retribuido trabajo de abogado para pasar al inseguro y mal pagado oficio de periodista. Y Rosa, su mujer, aquella Rosa que era dibujante en Bruguera, con dos hijos y embarazada del tercero, no dudó en apoyarlo.
Mientras era abogado, en esa doble jornada siempre constante en su vida, estudiaba Periodismo como alumno libre. Cada año viajaba a Madrid por los exámenes. En su coche, mientras él conducía, los otros dos ocupantes iban repasando los temas de examen. Eran Josep Maria Huertas Clavería (el mejor conocedor de los barrios de Barcelona) y Lluís Permanyer (el gran cronista de las calles y las casas de esa ciudad). Entró como periodista en El Correo Catalán y posteriormente pasó a La Vanguardia, pero ya en 1966 era uno de los doce fundadores del Grupo de Periodistas Democráticos que rápidamente suscitaron el interés no solo de la policía política franquista, la maldita Brigada Político-Social, sino también del Servicio de Información Militar.
Fueron años duros, pero apasionantes, para ejercer el periodismo. La Redacción de La Vanguardia estaba cerca del Barrio Chino de Barcelona. El cierre de los periódicos se producía a las 3.00 horas de la madrugada y las horas tranquilas eran de las 21.00 a las 23.00. Tiempo para bajar por unas Ramblas aún no fagocitadas y regurgitadas por la invasión turística y llegar a uno de sus muchos bares y restaurantes baratos, por ejemplo. Antes del nacimiento literario de Méndez, Ledesma fue redactor jefe de la sección Nacional de La Vanguardia, en la etapa que se inicia poco antes de la muerte de Franco y acaba después de que Felipe González ganara sus primeras elecciones, en 1982. Período convulso, apasionante, duro, emocionante, durante el cual le tocó vivir de todo y conocer a muchos y a muchas. Pero él lo tiene claro: nunca escribirá sus memorias. Por dos motivos: porqué no le gusta hablar mal de nadie, aunque ese alguien sea un auténtico mala bestia y malasangre, y porque de lo que le gustaría hablar es de su ciudad, y para eso no necesita las memorias, ya lo ha hecho en cada una de sus novelas.

Méndez, ese monstruo

Con Expediente Barcelona, se presentó al Premio Blasco Ibáñez convocado por Prometeo. La obra resultó finalista e iba a pasar a la historia de la novela negra española por representar el nacimiento de Ricardo Méndez, aunque aún no como protagonista total.
En su segunda aparición, Méndez ya se erige en protagonista absoluto de la novela, acompañado de periodistas y abogados, profesiones que el autor conoce perfectamente.
Y ganó el gordo del mercado editorial español: el Premio Planeta de 1984. En poco menos de cinco años, una novela negra se hacía, de nuevo, con el premio de mayor proyección comercial en lengua hispana: Crónica sentimental en rojo seguía los pasos de Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán.
Siguió trabajando en La Vanguardia, haciendo un poco de todo. Viajes, gastronomía, editoriales, revisión de textos sobre temas militares. Pero en la Redacción se habían sucediendo cambios tecnológicos. Todo o casi todo se hacía a través de ordenadores. Habían desaparecido las máquinas de escribir. Todas menos una. Allí, algo apartada, había una mesa con una Olivetti encima. Algunos visitantes creían que era una pieza de museo, un homenaje a los viejos tiempos, pero le aclaraban que era la que utilizaba diariamente FGL. Y cuando se jubiló, lógicamente, le permitieron que se la llevara consigo.
Y continuó recorriendo con Méndez la realidad y la historia de su ciudad: Barcelona. "Es que Barcelona es como mi madre, porque me vio nacer, y es como mi hija, porque la veo cambiar cada día". Las calles de nuestros padres de 1984, La dama de Cachemira de 1986, Historia de Dios en una esquina de 1991 --¿se imaginan a Méndez en un crucero por el Nilo?-- se entrecruzan con otras historias, siempre urbanas --como Soldados de 1985, Los símbolos de 1987-- y con incursiones en la difícil narrativa deportiva --42 kilómetros de compasión de 1986 o Cine Soledad de 1993--.
Más adelante, se apuntó a proyectos como Negra y criminal, la novela a veinticuatro manos cuya idea surgió en la librería barcelonesa del mismo nombre durante la presentación de El pecado o algo pàrecido, la última aparición de Méndez.
Pero fue l inspector Méndez el que subyugó a los franceses y a los españoles que lo hemos leído. Méndez, que nunca será comisario, que no discute con sus jefes --no importa quiénes sean: simplemente no les hace caso--, que no perdona ni a un violador ni a un ladrón que mata, que todavía cree que el conocimiento del alma humana puede resolver tantos casos como los métodos modernos de los chicos y chicas del CSI de turno. Méndez no es producto de la imaginación sino de la observación de su creador. Tiene rasgos de cuatro policías que FGL conoció. Con uno de ellos, el cuarto policía, hubo una historia de cama por medio. Era un director de la Escuela de Policía. En Taormina (Sicilia) se celebraba un congreso sobre la mafia. Funcionó todo tan bien que todos estaban convencidos de que estaba organizado por la propia mafia. El dirctor de la escuela caminaba desolado por el vestíbulo del hotel: por un error de la organización, no tenía habitación. González Ledesma le ofreció compartir su habitación doble. El otro aceptó. Ledesma aún no sabía que en su habitación solo había una cama de matrimonio. Fue una larga noche hablando de casos y anécdotas.
Con Méndez ganó el Prix Mystère a la mejor novela extranjera y el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón en el 2003. Méndez le permitió escribir la memoria de la ciudad y de sus barrios: "Buscó un bar de jubilados, como los de su barrio, para pedir un coñac barato. Pero nada, ni un local abierto. En la parte alta la gente se jubila en casa". Pero Méndez es un escéptico y González Ledesma es un idealista cargado de dudas ("si los ideales no existieran, la realidad sería absolutamente asquerosa"), que no soporta los "cambios de chaqueta" y cree que el sentido de la dignidad es lo que puede ser el hilo conductor de una vida. Y ya saben,: si oyen a alguien hablar sobre la última novela de FGL, no piensen en términos académicos. No traten de rectificar diciendo que Lorca no escribió novelas. En el mundo de la novela negra, de la novela urbana, de la novela sobre Barcelona, esas siglas identifican a Francisco González Ledesma, el jefe de la banda.

Qué Leer, octubre de 2004