12 des. 2003

Un señor de la calle

Mercedes Abad

Hola. Me llamo Goldie Bishop, la bisha para los amigos, y soy investigadora privada. Mis credenciales son unas delanteras que me costaron una pasta, un cerebro brut nature y una automática Colt Mustang Pocketlite, nueve milímetros corto, un arma pequeña y devastadora. Mis jefes de Culturburgo, del Departamento de Alta Literatura Exquisita, sito en la calle Torre de Marfil sin número, me han confiado una misión delicada. Andan estos prohombres inquietos con la hipotética deserción de uno de sus más exquisitos representantes, Andrés Trapiello, quien según ciertos indicios no sólo se habría pasado a las filas de la literatura popular (ecs, dejen que me lave el instrumento tras haber escrito algo tan asqueroso y degradante), sino que, encima, habría ganado un premio y declarado a la prensa, entre otras insensateces, que Di adiós al mañana, la novela (negra) del podrido Horace Mc Coy —que Lucifer lo tenga a su vera—, es... ¡una obra maestra! Si uno empieza por permitirse ensalzar una novela negra, pronto no le da importancia a leer novelitas de Simenon, de ahí pasa a incubar el abyecto deseo de ser un escritor de los que venden libros y acaba por escribir cosas que corren el peligro de interesar a alguien.
Con ánimo de conseguir datos que me permitan avanzar en mis pesquisas, cojo mi Pocketlite y me bajo a Negra y Criminal, una librería de mala nota sita en el barrio de la Barceloneta (calle de la Sal, 5). A mis receptivos oídos había llegado la noticia de que ese antro de perdición, liderado por Paco Camarasa y Montse Clavé y que pretende convertirse en una importante base de operaciones, una especie de Espectra de la novela criminal, ha organizado su primer acto público dos meses y un día después de su apertura.
¿Y a quién han invitado a presentar su último libro? Pues nada más y nada menos que a Francisco González Ledesma, que acaba de publicar El pecado o algo parecido (editorial Planeta) después de un largo silencio. Por si ustedes no se hicieran cargo de quién es este peligrosísimo sujeto —que Lucifer le dé un cargo en el infierno—, les diré que tiene publicadas, con su nombre y con el ignominioso seudónimo de Silver Kane, unas 500 novelas, lo que lo convierte en un individuo aún más abyecto y nocivo para la Alta Literatura que Simenon, que sólo publicó 400 títulos.
Por si alguien dudase de la adscripción de las novelas de González Ledesma a la novela popular, ahí van unos cuantos títulos que despejarán todas las dudas: Verdugo busca empleo, ¡Colt! ¡Colt! ¡Colt!, ¿Te acuerdas de rezar, nena?, Que el plomo te bendiga, Las tías buenas, Con las mujeres no hay vacaciones, Demasiadas curvas para el muerto, El buitre de Denver, Dame masajes, chico, Tía guapa, tío muerto, y centenares de títulos por el estilo que me encantaría citar aquí, pero que no caben ni en tres crónicas como ésta. Como sin
duda lo habrán sospechado al leer el listado, estos títulos corresponden a novelas del Oeste y de aventuras que González Ledesma escribía para pagarse la carrera de Derecho y mantener a su familia, que tenía el mal gusto de querer comer tres veces al día. Como lo recordaba Andreu Martín el día de la presentación, las novelas del Oeste, publicadas por Bruguera, se vendían a cinco pesetas. Y, casualmente, Hitchcock estuvo a punto de comprar uno de esos argumentos, pero el sindicato de guionistas estadounidenses abortó la operación.
No crean que se acaban ahí las agravantes que pesan sobre González Ledesma: no contento con publicar aquí sus novelas
negras, entre las que cabe citar El expediente Barcelona, Historia de Dios en una esquina y Las calles de nuestros padres, este peligro público, que en 1984 ganaba el Premio Planeta con Crónica sentimental en rojo, se dedica a exportar su producción. Incluso se da la curiosa circunstancia de que El pecado o algo parecido haya sido publicada en Francia (Gallimard, série noire) seis meses antes que en nuestro país.
Y aún hay más: según se jactaba el otro día, este individuo, que abandonó la abogacía por el periodismo y durante un tiempo fue redactor jefe de La Vanguardia, ha pateado mucho las calles y ha forjado en ellas su mirada. "La verdad está en los ojos de la gente. Y las historias están en el aire. Barcelona es la verdadera madre de mis novelas... La novela negra permite bucear en una sociedad y meterte —muy importante— en las camas y en las conversaciones de la calle para llevar a cabo un retrato social y político". ¡Cómo se atreve! En lugar de escribir sobre su excelso y fascinante ombligo, va y pretende erigirse en un cronista del mundo que lo rodea, qué desfachatez. Incluso hay quien lo considera, junto a Eduardo Mendoza, como uno de los mejores cronistas con que cuenta Barcelona. Una Barcelona canalla donde en las casas de putas se organizan concursos de poesía, como cuenta González Ledesma que sucedía en la célebre casa de la Emilia, en el barrio chino.
Finalizados los parlamentos de Andreu Martín y González Ledesma, me mezclé entre el numeroso público que abarrotaba la librería y entre el que, por cierto, se hallaba el juez Oubiña, gran adicto al género negro. Felizmente, mi astucia, combinada con los efectos deshinibidores del vino tinto que circulaba a placer, me permitió averiguar, además de ciertos trapillos sucios, que Trapiello, el supuesto tránsfuga de la Alta Literatura Exquisita no lo era tanto, pues ha hecho declaraciones donde deja muy claro que la novela con que ganó el premio no es negra porque "no está centrada en la resolución del crimen, sino en los motivos y circunstancias de los personajes que lo rodean". Y que lo suyo no es literatura negra, sino literatura literaria. Menos mal, qué alivio.

El País
, 12 de diciembre de 2003