16 febr. 2002

“Llegué a escribir a la luz de la luna llena"

Francisco González Ledesma, escritor

Víctor-M. Amela

Tengo 74 años y me parece una broma: ¡qué rápido ha pasado todo! Nací en Barcelona. Soy periodista y escritor. Estoy casado con Rosa hace 50 años y tengo tres hijos, Enric (42), Glòria (39) y Victòria (35). Soy de izquierdas. Sin ser religioso, me inspira mucha ternura la imagen de la Virgen. Leo, escribo y camino solo: soy un solitario.

Yo era un niño de la guerra, un muerto de hambre. En mi barrio, el Poble Sec, los vecinos comían ratas. Mis padres, pobrísimos, me enviaron a Zaragoza a los 12 años, a casa de una tía, para que pudiera estudiar...

–Maldita guerra...

–Todo eso me hizo de izquierdas. Aunque, sin ser religioso, llevo aún conmigo una imagen de la Virgen del Pilar que mi tía me regaló a los 14 años.

–¿Por qué?

–La Virgen y el Niño me inspiran ternura por su humanidad. Me emociono al recordar a tantas madres, vecinas de mi barrio, sin maridos (muertos en la guerra o presos por rojos), que, para alimentar a sus niños, cada día iban al barrio chino a prostituirse. Para mí, mujeres dignas.

–Una infancia poco divertida...

–Me hizo muy comprensivo con quienes pasan necesidades: por eso Méndez, el policía de mis novelas, no detiene a nadie...

–¿Cuándo empezó a escribir?

–A los 18 años mi padre quedó en paro, yo estudiaba Derecho y empecé a hacer de "negro" de un escritor de novelas populares.

–¿Ah, sí? ¿De qué escritor hablamos?

–Prefiero no decirle el nombre. Yo escribía las novelas, él las firmaba.

–No es mala forja para un escritor...

–Siempre me gustó escribir y, cuando lo hice con mi nombre, vino el disgusto...

–¿Qué disgusto?

–Tenía 20 años, la novela se titulaba "Sombras viejas" ¡y ganó el premio Internacional de Novela, con Somerset Maugham al frente del jurado! Era 1948... Sigue inédita.

–¿Y por qué? ¿Qué pasó?

–La censura. La novela jamás se publicó: la prohibieron por izquierdista. Era como "Los cipreses creen en Dios" de Gironella (que se publicó después), pero en vez de una óptica de derechas, el ambiente era el obrero barcelonés de los años 30. Me deprimí: ahí supe que jamás podría publicar nada con mi nombre hasta que muriese Franco. Y así fue: empecé a hacerlo en 1977.

–Por rojo.

–Por "separatista": eso decía mi expediente en el Ejército. ¿Y sabe por qué? Porque durante mi servicio en el Pirineo –donde tuve mando y sueldo de capitán–,yo, fuera del servicio, hablaba a mis soldados en catalán. Y por ello me castigaron a repetir el servicio, pero como soldado sin sueldo, en Barcelona. Y con mi padre en paro...

–Y hacer de "negro" salvó a la familia...

–Sí. Hasta que me dejaron escribir mis propias novelas del Oeste.., con pseudónimo: Silver Kane. 70 folios por novela. Primero tuve que entregar dos al mes, pero en algunos periodos, ¡hasta cinco o seis al mes!

–¡Eso es mucho escribir! ¿Cómo lo hacía?

–Por las noches, con una máquina de escribir portátil. No dejaba dormir a mis padres. Me dejaba llevar por la intuición... y salían.

–¿Cuántas novelas firmó Silver Kane?

–Uf, no sé... Unas 300 o 400... Lo peor eran las prisas para entregarlas terminadas en una fecha fija. Recuerdo cierta noche en que escribía una que debía entregar por la mañana... ¡y se fue la luz en todo el barrio!

–¿Y cómo se las arregló usted?

–Subí al terrado con la máquina y me puse a escribir a la luz de la luna. ¡Suerte que aquella noche había luna llena, que si no!...

–¿Había otros escribiendo en este plan?

–Marcial Lafuente Estefanía, Víctor Mora, Debrigode... Debrigode, por premuras de entrega, ¡llegó a dictar novelas enteras directamente al linotipista! De su cabeza a la linotipia... Y Estefanía era un ser entrañable.

–Y vendía como rosquillas, ¿no?

–Sí. Su historia es curiosa: fue general del Ejército rojo, cayó preso y estaba en una fila de condenados que iban siendo fusilados uno a uno, por orden de un bárbaro oficial. Le tocaba el turno a él, y en ese instante llegó una prostituta y le dijo al oficial: "Deja a éste para mañana, vámonos". Y así salvó la piel.

–¡Digno de una novela de las suyas!

–Lo más novelesco es que, años después, Estefanía se topó con esa mujer en Madrid y... Pero eso ya es otra historia...

–¿Qué era lo mejor de su Silver Kane?

–Que eran aventuras del Oeste en las que podía crear personajes fascinantes, como el pistolero a sueldo que defendía generosamente a una mujer sola. O me gustaba plasmar con ternura a las damas de "saloon".Y el censor, indignado: "¡Una dama de ‘saloon’ jamás puede ser buena!", me decían.

–¿Sólo escribió novelas del Oeste?

–No, también novela policiaca. ¡Hitchcock me propuso rodar una película sobre
una de ellas, "Las dos casas gemelas"! Pero al final no se hizo.

–¡Oh! ¿Y por qué no?

–Porque el sindicato de guionistas de Hollywood no quería guionistas extranjeros, y Hitchcock se arrugó para no tener líos.

–¡Lástima! Al menos, una novela policiaca suya sí ganaría luego el Planeta, en 1984.

–Sí. Son novelas con Barcelona de fondo. La conozco al dedillo, de pateármela a solas.

–Por su oficio de periodista en Barcelona...

–El oficio más bello del mundo. Yo acabé Derecho y ejercí como abogado y me hice rico, pero era un amargado y amargaba a todos. Un día me miré al espejo y me di asco. Le dije a mi mujer: "Lo dejo todo, me hago periodista". Ella me apoyó. Perdimos la riqueza y me salvé como persona.

–Y estuvo muchos años en este diario...

–¡Y eso que yo era un rojo! Jaime Arias y Horacio Sáenz Guerrero me ayudaron.

–Dígame: ¿le queda algo por hacer?

–Moriré escribiendo, y alguien que muere escribiendo siempre deja algo por hacer.


SILVER KANE

Cuando entrevisté al poliédrico Alejandro Jodorowsky, me dijo: "Para mí, por encima de Cervantes, está Silver Kane: ¡es el autor de cientos de novelas del Oeste, todas deslumbrantes! ¿Quién sería ese genio? Vaya usted a saber...". Le dije: "¡Yo sé quien es!". Y Jodorowsky casi se desmaya. Les presenté y Ledesma aún se asombra de que sus novelitas "alimenticias" puedan ser hoy objeto de culto.
Jubilado de "La Vanguardia", Ledesma sigue pariendo novelas... que le publica
Gallimard en Francia. Aquí, nada... Su charla deja en el aire anécdotas para unas memorias que serían fascinantes. Por si nos las escribe, le pido un balance vital: "¡Arriésgate: haz lo que te guste!". Jodorowsky, aquel día, tras despedirse de
Ledesma, me susurró: "¡Es un ‘santo civil’!". Algo hay...


La Vanguardia, 16 de febrero de 2002