18 jul. 1999

¡Bang!: pistoleros de tercera, ventas de primera

Las novelitas del Oeste de los 60 viven una nueva época de oro y venden en España dos millones y medio de ejemplares al año

Jacinto Antón

"¡Bang!" (Los buitres piden carroña, de Keith Luger). "¡Bang!... ¡Bang!" (Carey, el impasible, de Meadow Castle). "¡BANG!, ¡BANG!, ¡BANG! (La máquina de enterrar, de Silver Kane). "Como ese tipo esté muchos días en la ciudad, va a tener trabajo la funeraria" (Voy a matar a Bowman, de Marcial Lafuente Estefanía). Valga el preludio de Colt y pólvora para entrar en un far west de papel en el que silban las balas y las onomatopeyas que da gusto. Más allá de Fenimore Cooper, de Karl May, de Zane Grey, en la abonada pradera del subgénero, reinaron en España en los años 60 un puñado de escritores cuyas novelitas de pistoleros, producidas con una profusión sólo comparable al número de disparos de los revólveres de sus personajes, consiguieron increíbles ventas millonarias.
Lo más sorprendente del caso es que aquellos libritos que el abuelete se llevaba al parque en un bolsillo y que el chaval extraía de la bolsa de la merienda para capear la triste hora de patio de un bachillerato gris siguen triunfando por todo lo alto. Oh, sí: en los quioscos españoles Keith Luger, Silver Kane, Meadow Castle y sobre todo el marshall Marcial Lafuente Estefanía imponen todavía su ley con la contundencia de los hermanos Earp en Tombstone, Arizona.
"En España las ventas de la colección Bolsilibros Oeste alcanza en la actualidad los 2.500.000 ejemplares al año, a los que hay que añadir las ventas en Latinoamérica, sobre todo en México, que elevan la cifra hasta los 5.400.000", explica Pere Surera, subdirector gerente de Ediciones B, que edita las novelitas. Son los mismos títulos y autores que publicaba Bruguera en los sesenta: se siguen editando sin cesar desde entonces, con la salvedad de que desde hace 13 años, al quedarse con el fondo de la primera editorial, se ocupa de ello Ediciones B.
La empresa pone en el mercado cada año unos 300 de los millares de títulos del viejo fondo, agrupados en una docena de colecciones (Ases del oeste, Bisonte, Kansas, Gun Man, Héroes de la pradera...). Se realiza una tirada enorme, unos 25.000 ejemplares por título, de la que se vende un 70 %. Los sobrantes se vuelven a distribuir. Y la historia continúa. No hay títulos nuevos, no se escriben nuevas aventuras, apenas se cambia alguna cubierta (sin modificar el estilo deliciosamente kitsch de esos impagables vaqueros dibujados). "El lector de este género no quiere cambios, le gusta el formato, la portada cutre", señala Surera. "La verdad es que no hacemos nada por vender estas novelas, se venden solas". Aunque sigue siendo un negocio, el de las novelitas es un, digamos, western crepuscular. Muchos autores ya han muerto, entre ellos Estefanía, y los supervivientes han guardado las pistoleras.
"Se publicaban diez títulos nuevos al mes, de los que quizá uno era decente", recuerda con cierta nostalgia uno de los escritores que vivieron aquellos tiempos en Bruguera. "Podías llegar a escribir una novela a la semana".
Fruto de esas premuras y de las exigencias estilísticas de la editorial y del subgénero son unas páginas en las que abundan los puntos y aparte y los topicazos. Amén de jugosos párrafos como este de Keith Luger: "Morrison también sacó y se produjo un largo trueno. Camilo recibió una bala en las narices que estallaron en sangre y uno de sus amigos fue atrapado por una bala en el vientre y dejó caer el arma que manejaba y trató de contener los intestinos que salían por el boquete. El tercer hombre fue empujado también por un proyectil que le estaba mordiendo el corazón y fue el único que habló y lo que dijo fue: "Conchita".

También hay diálogos inolvidables como este de Silver Kane, instantes antes de un tiroteo:
-Nombres.
-¿Pa... para qué quieres saberlos?
-Para las esquelas. Soy un hombre caritativo y os pagaré una a cada uno en el diario de Dodge City.
O este de Estefanía, en el que se dilata la acción como si fuera de goma:
-¡Te voy a matar!
-Eres demasiado cobarde, amigo
-¡Tan pronto como mueva mis manos morirás!
-¡Déjate de hablar y mueve tus manos!
-No tengo mucha prisa por eliminarte, prefiero verte sufrir un poco antes de que el plomo de mis armas
muerda en tus carnes...
Algunas escenas alcanzan inusitadas alturas de tensión: "Sus ojos estaban espantosamente fijos uno en el otro. Destilaban odio. Cross masculló: "Cuando quieras, marica".
Los argumentos, bajo títulos de tanta enjundia como Los muertos de Luna City, Garito de levitas o Era más pistolero que abogado, incluyen siempre a tipos rudos, fulleros, sheriffs corruptos, cuatreros, indios y chicas con un pasado promiscuo en Abilene, Kansas.

Sheriffs y republicanos

¿Quiénes eran esos hombres que escribían a destajo en Bruguera las tan exitosas novelitas del Oeste? "Era gente muy preparada, entre ella había numerosos cargos culturales republicanos represaliados por el franquismo", explica el mismísimo Silver Kane, en el mundo el abogado y escritor Francisco González Ledesma. "En Bruguera, desde los años 47 y 48, se concentró una buena dosis de talento y muchos profesionales, abogados, médicos, arquitectos, que no podían trabajar y que encontraron en la escritura de las novelas del Oeste, entre otros géneros, una salida, una forma de ganarse la vida". Ahí estaban Miguel Oliveros Touan (Keith Luger), antiguo alto funcionario del Ayuntamiento de Valencia y gran escritor; Prado Castellanos (Meadow Castle, obviamente), o Estefanía, que había llegado a ser general de artillería con los republicanos y estuvo en un tris de que lo fusilaran.En el grupo, una quincena en los años 50 y una treintena en los sesenta, estaba también Luis García Lecha (Clark Carradas), funcionario de prisiones en activo, que es como decir que en un grupo de pistoleros figuraba un ranger de Texas, o viceversa. "Era el único franquista, aún vive; cada vez que alguien de los que estábamos en Bruguera iba a la cárcel, lo que pasaba muy a menudo, le echaba una mano", recuerda González Ledesma, que escribía novelitas para pagarse los estudios, al principio, y luego como una contribución importante a la economía familiar. El uso de seudónimo era tanto una imposición del editor para dar realce a las colecciones como una necesidad en caso de los represaliados. "Fue un aprendizaje del oficio de escribir durísimo, de perro", recuerda el sosias de Silver Kane, autor de cerca de 500 novelas. "¿Que si teníamos libertad? ¡No, qué va! Había unas premisas muy rígidas: las novelas debían ser interesantes desde la primera línea, para capturar al lector, el bueno tenía que ser de una pieza, siempre debía ganar, y nunca se debía vulnerar ningún principio moral. ¿La calidad? Bueno, un nivel muy alto no se puede pedir, con esas normas y entregando una a la semana, pero algunas me parecen, dados los parámetros, sorprendentemente buenas".


El País
, 18 de julio de 1999