3 de març 2015

Francisco González Ledesma: El autor que se pateaba las calles


Nació en el Poble Sec y allí vivió el hambre en tiempos de violencia y miseria. Era hijo de una matrimonio de clase trabajadora y toda su obra -su gran obra- sería un homenaje a la dignidad, la tenacidad y la entereza del perdedor (y azote de las argucias y malicias de los que ganan; en los ayuntamientos, en la política y en las finanzas). Francisco González Ledesma era un trabajador imbatible, formidable. Lo fue ya desde la infancia y, como él contaba en una entrevista, cuando consiguió seguir adelante con sus estudios gracias a una tía de Zaragoza. La ayuda económica de aquella señora tenía una condición: no se admitían suspensos.

Y así llegó a estudiar la carrera de Derecho. Para costeársela, entró a trabajar en aquella gran factoría llamada editorial Bruguera. Allí escribió a destajo, ganando pulso y oficio, esa serie de novelitas firmadas bajo el pseudónimo de Silver Kane (y tuvo otros, que incluían la novela romántica). Más tarde pasaría a ser abogado de la firma Brughera, trabajo en el que no se sentiría del todo bien. Y, en verdad, cuando se convirtió en abogado con despacho propio, acabó sintiéndose peor. Tenía buenos ingresos, posición, pero defendía lo que en todas sus novelas atacó: señores que merecían estar en la cárcel.

No sólo escribió aquellas (¡400!) novelas por entrega, a veces una por día. En Bruguera, entre 1947 y 1966, también fue guionista de tebeos -El inspector Dan, Doctor Niebla o Teniente Negro- y, fuera de la órbita de aquella editorial, en 1948, con 21 años, fue galardonado con el premio internacional de novela joven creado por el editor José Janés. Conoció a Somerseth Maugham -que era miembro del jurado-, y fue un gran honor, pero la censura franquista vetó la publicación de Sombras viejas por roja y pornógrafa. Casi treinta años después publicó por vez primera en España, con su verdadero nombre, la novela Los napoleones.

El fuerte carácter social, la radiografía del paisaje en fuga de Barcelona -"se acaba la Rambla de los camioneros y llega la de los ejecutivos"- de su obra posterior es indivisible de su carrera de periodista. Primero en El Correo Catalán y luego, durante 25 años, en La Vanguardia, en donde fue redactor jefe -y en donde durante mucho tiempo en esta redacción le han guardado su máquina de escribir-. Como su gran personaje, el comisario Méndez, González Ledesma ejercía el periodismo a fuerza de "patear al calle".

Conoció y entendió Barcelona como un notario que levanta acta de todos sus rincones, burdeles, inspectores de policías hijos del franquismo (como lo sería su personaje), ladrones de poca monta y señores en las esquinas de lo que en la obra de Méndez se llamaría El Chino, en desprecio de lo que para autor y protagonista eran un amargo eufemismo de estos tiempos: el Raval. 

El francés Leo Malet escribió una historia por cada distrito de París.

Barcelona tiene un recorrido literario de la obra de Juan Marsé, y de Mercè Rodoreda. La ruta de Méndez -altamente reconocido en Francia- sería un trabajo de fina arqueología. La misma que llevaba a cabo este comisario que desde hace muchas, muchas novelas sus superiores quieren jubilar, relegado a un escritorio junto al retrete en la comisaría de Nou de la Rambla, un tipo honesto e incómodo, valiente como nadie y "zorro viejo", que aunque algo decrépito sigue siendo capaz de molerse a golpes por honor y de buscar antiguas confidentes en viejas madamas, en un barrio chino en donde "se han ido las madames y han llegado los dentistas". Crónica sentimental en rojo (Premio Planeta), El pecado o algo parecido -en donde las garras del sabueso Méndez llegan a Madrid y "algún pez gordo de la Moncloa"- , Cinco mujeres y media (Prix Mistere) Una novela de barrio (Premio RBA 2007); en cada novela la lengua de Méndez es más amarga, y su mirada más certera.

En 2007 su autor publicó en forma de libro una obra llamada La ciudad sin tiempo. Un prodigio de registro diferente, un recorrido por Barcelona (cuyo origen había sido una historia por entregas publicada en este diario) y centrada en un personaje inmortal, nacido en un burdel de la Edad Media, que vive todas las épocas de la ciudad, que huye de la muerte en 1714 o asiste a la inauguración del "Set portes".

Por eso fue muy difícil de creer que este otro inmortal, encantador y fuerte, sufriera un ictus cuando ya tenía casi acabada su novela Peores maneras de morir. Decía Ledesma que la prueba de fuego sobre sus propios textos era releerlos tiempo después: si se aburría, los tiraba. Afortunadamente, y posiblemente porque no podría soportar la idea de no cumplir con sus editores, esta novela sobre chicas que huyen de verdugos que las esclavizan y luego se comportan como empresarios de alto nivel, sobre la ciudad que tapia, hermosea y derriba y se hace irreconocible, se publicó (y con la colaboración de una de sus hijas). Fue la despedida de un maestro del que -como crítica habitual de novela negra- no me puedo despedir. Sé que no volveré a reseñar la fuerza y la puñetera verdad ala que nos confrontó él, libro tras libro. Sé que no volveré a encontrarme con frases así: "no le doy mi palabra de caballero porque sin duda no lo soy, pero le doy una palabra que en la calle vale más, mi palabra de hijo de puta". Queda, pues, salir a buscarlo, Como Méndez salía a buscar con un libro en los bolsillos la ciudad que sólo podía contar él. Así lo dijo su autor: "La ciudad, Méndez, está llena de cosas que han existido, y en las calles siempre hay alguien que las recuerda. Por eso caminamos sobre el pasado y por eso nos está esperando en las esquinas".

Lilian Neuman. La Vanguardia, 3 de marzo de 2015

Recuerdo de González Ledesma: “Las cucarachas siempre respetaron la hora del cierre”


Cuando los ordenadores sustituyeron a las máquinas de escribir en la redacción de La Vanguardia, la única Olivetti que quedó fue la de Francisco González Ledesma. Después, cuando colaboró con El País, llevaba sus artículos a la redacción, que seguía escribiendo a máquina en hojas de papel, y aprovechaba para tomar un café con los colegas. González Ledesma, quien falleció ayer a los 87 años, fue un resistente que decidió no emplear los ordenadores.
En su libro Historia de mis calles (Planeta, 2006), González Ledesma recuerda cómo fueron sus inicios en el periodismo. Trabajaba en la editorial Bruguera “desde las ocho de la mañana hasta las seis, buscar a partir de entonces un reportaje, escribirlo, llevarlo, y por la noche hacer de Silver Kane”, un seudónimo con el que escribió más de cuatrocientas novelas que se vendían y cambiaban en los kioscos. Esa es la vida que llevaba el abogado, periodista y escritor, desempeñando los tres oficios en un mismo día, a mediados de los años 60. En 1966, ingresó como redactor fijo en El Correo Catalán, un periódico que, según González Ledesma, tenía la redacción “más romántica y sucia de Barcelona”. Lo explica así en su libro de memorias:
Por favor, déjenme entrar con ustedes en aquella vieja redacción de El Correo Catalán, la más romántica y sucia de Barcelona, que entonces estaba en un sótano de la Rambla, entrando por un costado del hotel Montecarlo que, debidamente desinfectado, aún existe. Lo primero que encontrabas, en la pequeña sala de redacción, era una tubería del techo que goteaba un líquido inclasificable, sin duda la orina de los turistas. Jaume Castell me dijo que no me asustara: “Son meados internacionales”.
Bajabas al sótano y entrabas en la redacción, o templo de la sabiduría. La empresa —que entonces era de los algodoneros, aunque también tenía capital el alcalde Porcioles— había tratado de instalar allí una especie de New York Times, con departamentos cerrados por cada sección y separados por vidrios. Quería seruna imitación de la todopoderosa Vanguardia, como también querían serlo las páginas de huecograbado. Pero los diligentes redactores del Correo habían ido rompiendo los cristales y sólo quedaban las separaciones de madera, de modo que aquello era una imitación de los treinta metros vallas, y digo treinta porque nunca llegarían a cien. La redacción estaba llena de papeles y restos de bocatas, y de madrugada la visitaban las cucarachas, pero nunca antes. Las cucarachas siempre respetaron la hora del cierre.
En Historia de mis calles, el lector se percata de que González Ledesma guardaba buenos recuerdos de unas redacciones pintorescas donde podía suceder cualquier cosa. “No como las de hoy, que parecen oficinas de La Caixa. Martí Gómez me lo contaba hace poco: “Antes los redactores entraban con una botella de whisky. Ahora, todos llevan bajo el brazo una botella de litro de agua mineral, y yo, al verlos, pienso: Poca cosa haréis”, decía en el libro.
Ya no quedan máquinas de escribir en unas redacciones donde los periodistas salen poco a la calle. A veces solo para ir a sus domicilios. En las redacciones tampoco se enseñan como antes las cosas elementales del oficio. Por eso hay que recordar al último mohicano de la Olivetti, un periodista que aprendió en la redacción, entre otras muchas cosas, que hay que titular las noticias como si se las estuvieras contando a tu mujer. Un consejo que sirve también para los tiempos de Twitter.


Fernando García Mongay. Fuentes y charcos, 3 de marzo de 2015

2 de març 2015

Mor el periodista i escriptor barceloní Francisco González Ledesma



L'escriptor i periodista Francisco González Ledesma ha mort als 87 anys a Barcelona. Nascut al Poble-sec, Ledesma està considerat un dels pares de la novel·la negra espanyola. Seves són les històries del famós inspector Méndez, que es movia com ningú per la Barcelona dels baixos fons del franquisme. El reconeixement li va arribar l'any 1984 amb la novel·la 'Crónica sentimental en rojo', amb què va guanyar el Premi Planeta. La seva salut es va ressentir l'any 2011 arran d'un ictus, fet pel qual va restringir les aparicions públiques.
L‘inspector Méndez s’ha quedat orfe. El seu pare, l’escriptor i periodista barceloní Francisco González Ledesma, ha mort aquesta matinada dies abans de fer els 88 anys. A través de Méndez, Ledesma va saber retratar com pocs la Barcelona més canalla del franquisme. Els baixos fons de la ciutat, sobretot del Raval, però també del Paral·lel i el Poble-sec, el barri on va néixer l’escriptor l’any 1927. I va ser precisament aquest, el seu personatge més conegut, el protagonista de la novel·la ‘Crónica sentimental en rojo’, amb què va guanyar el Premi Planeta l’any 1984, i també la popularitat i la projecció fora, especialment a França.
La carrera literària de Ledesma, però, va començar molt abans. Amb només 15 anys ja feia guions de còmic per a l’editorial Bruguera. Provinent d’una família humil, l’escriptor barceloní es va pagar la carrera de dret escrivint novel·les de l’oest americà. En va escriure més de 400, a un ritme frenètic de fins a una novel·la per setmana, sota el pseudònim de Silver Kane.
L’última novel·la de Ledesma, ‘Peores maneras de morir’, es va publicar ara fa dos anys, el 2013. Era l’onzena història protagonitzada per Méndez, passejant per una Barcelona que l’inspector ja no reconeixia. La va escriure mentre es recuperava de l’ictus que va tenir el 2011 i arran del qual va espaiar les intervencions públiques.
A banda de la faceta com a escriptor, Ledesma també va desenvolupar una carrera periodística important. Va ser redactor en cap tant al ‘Correo de Cataluña’ com a ‘La Vanguardia’. També va ser un dels fundadors, l’any 1966, del Grup Democràtic de Periodistes, una associació clandestina que va treballar per la llibertat de premsa durant els anys del franquisme.
L’any 2006, l’escriptor va publicar un llibre de memòries, ‘Historia de mis calles’, en què repassa les seves vivències quan encara era un nen en la Barcelona de la Guerra Civil. Un testimoni que també va recollir en una llarga entrevista el programa de BTV presentant per Manuel Campo Vidal,  ’Barcelona: ciutadans en temps de guerra’.
BTV, 2 de març de 2015


Mascarell: "González Ledesma ha estat estat el pare intel·lectual d'una generació"

El món de la cultura lamenta la mort de l'escriptor barceloní

El conseller de Cultura, Ferran Mascarell, ha recordat l'escriptor i periodista Francisco González Ledesma i la seva aportació tant en la literatura com en el periodisme: "Ha estat pare intel·lectual d’una generació referent de la literatura de la ciutat, escriptors alguns dels quals ja desapareguts, que l’han reconegut com el seu mestre", ha dit Mascarell. I ha afegit: “Barcelona és, per a molts lectors de novel·la negra arreu del món, una ciutat policíaca i de misteri, i ell té bona part del mèrit que així sigui. La seva notable popularitat en mercats internacionals, especialment a França, i la publicació de les seves obres per les editorials de més prestigi constata la qualitat de la seva literatura i la facilitat amb què les seves històries captiven el públic”.
 
Mascarell també ha recordat com González Ledesma va batallar per la llibertat d'expressió com a periodista: “No vull deixar de recordar que González Ledesma ha estat un lluitador per la llibertat d’expressió i la llibertat de premsa. Cal recordar aquell Grup Democràtic de Periodistes, que va crear als anys 60, i que des de la clandestinitat es rebel·lava contra la censura imposada. Una reivindicació de les llibertats i del propi pensament que mai ha abandonat”.
 
L'escriptora Maruja Torres ha recordat que l'escriptor i periodista "va gaudir molt de la seva llarga i fructífera vida" i ha enviat un missatge a la seva família: "Abraçades per als seus, el seu record i la seva literatura, per a tots".
 
RBA Llibres ha lamentat profundament la mort de l'escriptor Francisco González Ledesma, guanyador del I Premi RBA de Novel·la Negra amb 'Una novela de barrio', un autor, ha dit, que "ens llega una sòlida carrera literària". L'editorial s'ha unit "al dolor de la seva família, de la Barcelona del comissari Méndez i de l'Arizona de Silver Kane", un dels pseudònims que va utilitzar al llarg de la seva carrera. A més de la novel·la guanyadora del Premi RBA, el grup editorial va publicar a la seva col·lecció Sèrie Negra "Història de dios en una esquina" i "La dama de Cachemira". S'ha referit a l'autor de 'Historias de mi calle' com "un dels pares del gènere negre a Espanya", amb una carrera literària de la qual "els seus milers de lectors seguirem gaudint, des de la Barcelona del comissari Méndez fins al Llunyà Oest de Silver Kane". El comunicat acaba amb un "et trobarem a faltar, Francisco González Ledesma, Enrique Moriel, Silver Kane, Taylor Nummy, Silvia Valdemar, Rosa Alcázar, Fernando Robles", en referència als molts pseudònims que va utilitzar l'escriptor barceloní.

Ara, 2 de març de 2015

Marsé dice que González Ledesma representó "esa literatura de kiosco" de su formación


El escritor barcelonés Juan Marsé ha dicho hoy, tras conocer la muerte de Francisco González Ledesma, que el fallecido representó "esa literatura de kiosco" de su formación.
Para Marsé, la literatura que escribió González Ledesma con seudónimos como el de Silver Kane, "era una buena literatura y no mala, porque la mala literatura es la que pasa por una etiqueta de selectiva y no lo es".
Tuvo ocasión Marsé de leer muchas de las novelas de Silver Kane y de otras que González Ledesma escribió con otros de sus numerosos seudónimos "sin saber quién era", en una época en la que se nutría, ha reconocido "de la literatura de kiosco", de la que tiene "un excelente recuerdo".
"Cuando conocí personalmente a González Ledesma años después, me alegré mucho de saber quién era el autor de mis novelas de juventud", ha señalado Marsé tras asistir hoy en Barcelona a la presentación de "Mientras llega la felicidad", una exhaustiva biografía suya escrita por Josep Maria Cuenca.
Para Marsé, en la novela policíaca, "González Ledesma ha sido uno de los hombres más traducidos, y en una época en que hubo un boom de esta literatura ser uno de los distinguidos no era fácil".
Eldiario.es, 2 de marzo de 2015


Muere Francisco González Ledesma

El escritor y periodista barcelonés, uno de los grandes nombres de la literatura policíaca de España, ha fallecido a los 88 años


Francisco González Ledesma (Barcelona 1927) ha fallecido este lunes a los 88 años de edad después de dos años de enfermedad, según han confirmado fuentes editoriales. Escritor, abogado y periodista, había destacado a lo largo de su vida por ser uno de los maestros de la novela negra contemporánea de marcado corte social y, especialmente, por ser el alma máter del viejo Inspector Méndez. Nacido en el número 22 de la calle Tapioles, en el barrio barcelonés Poble Sec y en cuya fachada luce una placa desde 2009 como homenaje, Ledesma empezó siendo un inquieto joven novelista y guionista de historietas. El primer reconocimiento de su carrera le llegó en 1948, con sólo 21 años, al ganar el Premio Internacional de Novela José Janés gracias a Sombras viejas, una obra censurada por el régimen franquista, que impidió su publicación.

Coartado por la dictadura, comenzó a escribir, bajo el seudónimo 'Silver Kane', novelas populares para Editorial Bruguera, donde pasó la mayor parte de sus años de juventud. En su carrera, Ledesma ha escrito ocasionalmente tras el seudónimo 'Enrique Moriel', extraído del nombre del protagonista de su primera novela, Sombras viejas; aunque se hizo célebre su seudónimo 'Silver Kane', que en sus primeros años le permitió costearse la carrera de Derecho, llegando a escribir alrededor de 400 novelas, a veces dos por semana. “La verdad es que he trabajado de una manera sobrehumana, como un esclavo casi”, explicaba a El Cultural.

Desencantado de la abogacía, estudió después periodismo e inició una nueva etapa profesional en El Correo Catalán y, más tarde, en La Vanguardia, alcanzando en ambos medios el cargo de redactor jefe. En 1959 nació su hijo el periodista Enric González, y en 1966 fue uno de los doce fundadores del Grupo Democrático de Periodistas, asociación clandestina durante la dictadura en defensa de la libertad de prensa.

En 1977, con la consolidación democrática, publicó Los Napoleones y en 1983El expediente Barcelona, novela con que quedó finalista del Premio Blasco Ibáñez y en la que apareció por vez primera su personaje emblemático, el inspector Ricardo Méndez, que inauguró la saga de una decena de novelas. En 1984 obtuvo el Premio Planeta con Crónica sentimental en rojo, lo que significó para Ledesma su consagración definitiva como autor.

La dedicación durante años a la literatura de quiosco, que exige crear y desarrollar una historia y unos personajes en setenta páginas, aportó al autoresa concisa precisión que parece dejar al descubierto los mecanismos del relato, reducidos casi a una agilísima y compacta mezcla de osamenta y nervios, al compás de un ritmo cambiante manejado con infrecuente destreza y que a veces precipita al lector en un vértigo, favorecido por la rapidísima sucesión de enunciados mínimos.

Era capaz de articular diálogos espléndidos, de narrar o describir un lugar o una situación con una simple yuxtaposición de breves enunciados nominales -a la manera del mejor Simenon-, o bien de cambiar de voces y estilos narrativos en el interior de una misma secuencia, englobando vertiginosamente perspectivas distintas. La inesperada originalidad de muchos símiles y humorísticas hipérboles, tanto en el relato como en los diálogos, remiten inevitablemente al Marlowe de Chandler.

Sin embargo, no hay en Méndez, ese antihéroe que protagonizó muchas de sus historias, nada que se antoje mimético respecto a otros modelos de investigadores del género. González Ledesma creó un personaje original, sólido, sin fisuras, que fue creciendo en densidad novela tras novela; un policía “de calle”, cercano a la jubilación y nada científico, que prefiere la justicia a la ley cuando, como sucede a menudo, ambas parecen entrar en conflicto. Méndez es, además, la representación de una Barcelona que se desvanece, de barrios populares, bares modestos, casas mugrientas y prostíbulos llenos de historias, y arrastra consigo la nostalgia de un mundo en liquidación. "Yo siento una nostalgia muy viva de la vieja Barcelona", comentaba Ledesma en una entrevista a El Cultural. "Aunque desde el punto de vista urbanístico es evidente que ha mejorado mucho, añoro esa Barcelona que era muy roja, y muy pobre, pero en la que había solidaridad, esperanza por un mundo mejor y un espíritu de lucha que hoy están desapareciendo".

Entre sus galardones más recientes se encuentra el II Premio José Luis Sampedro (2011) del festival de novela policíaca Getafe Negro, el francés Mystère (2007); el Internacional RBA de Novela Negra (2007); el I Pepe Carvalho (2006), y el Dashiell Hammett (2003) de la asociación Internacional de escritores policíacos. Como abogado recibió el premio Roda Ventura y como periodista el premio El Ciervo, mientras que en 2010 la Generalitat le otorgó la Creu de Sant Jordi por su trayectoria informativa y por la calidad de su obra, de proyección internacional, y en 2009 la ciudad de Toulouse le reconoció con su Medalla de Oro.

Sus últimas novelas publicadas han sido El adoquín azul (Menoscuarto Ediciones, 2014); Peores maneras de morir (Planeta, 2013); Barcelona Noir(Akashic Books, 2011); No hay que morir dos veces (Planeta, 2009), Una novela de barrio (Planeta, 2007), Méndez (Almuzara, 2007)Historia de mis calles(Planeta, 2006) y Cinco mujeres y media (Planeta, 2005) 

El Cultural, 2 de marzo de 2015



Muere Francisco González Ledesma, padre de la novela negra española


Ha muerto Silver Kane. Ha muerto el padre del comisario Ricardo Méndez. El escritor Francisco González Ledesma, que era todo eso, y también periodista, y abogado de formación, falleció ayer en Barcelona, su ciudad natal, tras dos años de enfermedad, las consecuencias de un ictus cerebral que no le impidió, pese a todo, seguir escribiendo.
A pocos días de cumplir 88 años, era uno de los padres de la novela negra en España, como ha destacado esta mañana su editorial, RBA, que ha reeditado recientemente los éxitos del detective más cercano a la calle y más alérgico a los despachos de la literatura nacional.
Ledesma fue galardonado en el año 1984 con el Premio Planeta por su obra Crónica sentimental en rojo, en la que Méndez aparecía ya como protagonista, tras un cameo menor un año atrás como secundario en Expediente Barcelona. Hasta una docena de tomos componen sus historias.
Antes, apenas con 21 años, González Ledesma se había hecho con el Premio Internacional de Novela con Sombras viejas, un libro que no vio la luz, censurado por la dictadura. Los napoleones, su segunda novela, tuvo que esperar la muerte del dictador para poder llegar a las librerías.
En la década de los 60 ya había mostrado su carácter combativo al colaborar en el nacimiento del Grupo Democrático de Periodistas, una agrupación profesional clandestina. Llegó a ocupar cargos de redactor jefe en El Correo Catalán y en La Vanguardia, un trabajo que espació con sus demás labores. La Generalitat le otorgó en 2010 la Creu de Sant Jordi por su trayectoria.
Aquellos fueron años de pelea en la trastienda pero también de de un tremendo éxito gracias a su otra faceta más conocida, la de narrador de novelas del oeste bajo el pseudónimo de Silver Kane, un nombre exótico para contar Arizona desde la orilla del Mediterráneo, en los volúmenes populares de la Editorial Bruguera. Firmó más de mil novelas de esta naturaleza, adobadas con las románticas, también vendidas en los kioscos, bajo el nombre de Rosa Alcázar. Llegó a vender más de 60.000 ejemplares.
La literatura de evasión y la policíaca de corte social, donde la pobreza impone su ley, le han valido la comparación con Dickens y Hammett, con Simenon o Juan Madrid. El mundo digital, tan ajeno para sus personajes, ha revivido a Kane y a Méndez con numerosos blogs de seguidores.
Padre del también periodista y escritor Enric González, la capilla ardiente de Ledesma se encuentra abierta en el tanatorio de Sant Gervasi y su funeral se celebrará mañana en Barcelona a las 13.00 horas.
El Huffington Post, 2 de marzo de 2015


Réquiem por Francisco González Ledesma


En la muerte de uno de los grandes, del más grande, ponemos crespón negro en nuestra mancheta y rendimos tributo y homenaje a Francisco González Ledesma con este artículo de su hijo Enric González que publicamos en el número #03 de Fiat Lux y en el que recuerda su infancia en las oficinas de Bruguera donde González Ledesma pasó buena parte de su vida escribiendo decenas de novelas.

Una historia vieja en blanco y negro

Máquina de escribir y cárcel. Dibujo y crimen. Para mí, son ideas enlazadas. La niñez no es sólo la única patria posible; es también el mapa de la imaginación, la fábrica de prejuicios, la unidad de medida. Y aquellos personajes en blanco y negro, aquellos bohemios forzados tan amargos y divertidos, permanecen en el fondo de mi infancia. La vida era cárcel, fracaso y risa. Lo será siempre.
Podríamos empezar por Rafael González Martínez, nacido en 1910 en la ciudad de Burgos. Ese hombre, tío de mi padre, debió de ser joven alguna vez. Lo era, sin duda, cuando se trasladó a Barcelona para trabajar como periodista en La Noche. Y seguía siéndolo durante la guerra civil, mientras trabajaba en La Vanguardia obrerista y republicana, incautada a la familia Godó. Rafael González, con 29 años, se negó a exiliarse tras la caída de Barcelona y la victoria del franquismo. Dicen que se negó incluso a abandonar su puesto de redactor. No importó, la realidad se ocupó de abandonarle a él. Bajo amenaza de cárcel y profesionalmente represaliado, dedicó los años siguientes a la semiclandestinidad y a la venta ambulante de carbón y jabón (astuta mezcla). En 1946, cuando ingresó en la Editorial Bruguera, ya no era joven. Era un hombre frustrado, emocionalmente gélido, envuelto en un halo de amargura. Su sueño, ser escritor, estaba roto. Como él. Creo que nadie de los que trabajaron para él en las décadas siguientes fue capaz de apreciarle; quizá mi padre, Francisco González Ledesma, que le conocía de antes. A Rafael González, el tirano, el censor del lápiz rojo, el director de publicaciones de Bruguera, se le odiaba, se le temía, acaso se le respetara a veces. Pero es posible que alguno de los artistas a los que explotó percibiera alguna vez que aquel tipo taciturno, cuya presencia oscurecía por igual su hogar y su oficina, sentía una devoción profunda (y ocultísima) por la creatividad ajena.
Mi héroe personal era Víctor Mora. Por su amistad por mi padre, por sus manos gigantescas, por el Capitán Trueno y por la cárcel. El padre de Víctor Mora había sido policía de fronteras de la Generalitat republicana y en 1939 tuvo que exiliarse a Francia. Su salud se quebró en el campo de concentración francés y murió en pocos años. Víctor y su madre volvieron a Barcelona. Ella trabajó en el mercado de la Boquería y él, como aprendiz aquí y allá. Mi padre me contaba que vivían junto al Matadero, casi dentro de él, en una lucha continua contra ratas gigantescas. Fue el terrible Rafael González quien le llevó a Bruguera y le encargó los guiones del Doctor Niebla, un misterioso justiciero creado por el propio Rafael González (como Douglas L. Templewood) y continuado por mi padre. “Mora, usted tiene que ser escritor”, le dijo.
Pero Mora se hizo comunista, del PSUC, y la Brigada Político-Social del comisario Creix no tardó en detenerle. También cayó su compañera de entonces y para toda la vida, Armonía Rodríguez. Mora pasó unos meses en la cárcel. Luego, durante años, sufrió la intimidación de los registros policiales en plena madrugada. Compréndanme: el hombre al que yo más admiraba, el creador del Capitán Trueno, el tipo que alguna vez me contó antes de dormir un cuento de Goliat, había estado en la cárcel y era considerado un delincuente. Eso no se borra.
Editorial Bruguera tenía mucho que ver con la cárcel. Incluso los propietarios, gente de orden, habían sufrido detenciones tras la caída de Barcelona. El estilo empresarial de los hermanos Bruguera, Pantaleón y Francisco, que en 1940 transformaron la editorial familiar El Gato Negro en Editorial Bruguera, estaba basado en la explotación de represaliados y ex presos políticos: aceptaban trabajar más que nadie por menos que nadie. Ese mecanismo ambiguo de protección y explotación implicaba que, a veces, un miembro de la plantilla (como el propio Mora) tenía que trabajar desde una celda. Ningún problema. Otro escritor de la casa, el metódico y productivo Luis García Lecha (que firmaba sus relatos policiales como Clark Carrados o con el menos imaginativo seudónimo de Louis G. Milk) ejercía también como funcionario de prisiones en la cárcel Modelo de Barcelona, y se encargaba de recoger la producción de los autores temporalmente encarcelados.
Como su tío, Rafael González, mi padre vivió durante años en el lado oscuro. Su primera novela, Sombras viejas, ganó el Premio Internacional de Novela. Él tenía 21 años. La censura impidió que se publicara. En adelante se ganó la vida como escritor de novelas populares, bajo el seudónimo Silver Kane, y como abogado de Editorial Bruguera. Mi padre se encargaba de redactar los contratos leoninos que sometían a los autores (él incluido) y de aplastar en los tribunales a quienes intentaban rebelarse. Lo que oía en casa de niño me permitió hacerme una idea de la venalidad de los magistrados, de lo fácil que resulta ganar pleitos cuando se tiene dinero y de la enorme distancia entre lo justo y la justicia. Y me enseñó a tomármelo con humor. No había desgracia ni acontecimiento triste que no concluyera con un chiste y unas risas. Las anécdotas de Bruguera, contadas por mi padre o mi madre (a ella, secretaria y colorista de historietas, los Bruguera le robaron las cotizaciones que pagaba mensualmente y la dejaron sin pensión), eran siempre tragedias cómicas.
Nací en 1959, justo cuando fracasaba el intento de fuga de los cinco historietistas más brillantes de Bruguera. Cifré, Escobar, Peñarroya, Giner y Conti formaron una cooperativa en 1957 y lanzaron Tío Vivo, una revista estupenda. Los hermanos Bruguera, ayudados por mi tío abuelo y mi padre, presionaron a impresores y distribuidores hasta arruinar la revista de los fugitivos. Esa historia triste, sobre la que se basa el cómic El invierno del dibujante, de Paco Roca, planeó sobre mi infancia. Mezclada con otras historias, mucho menos tristes. Como las de Manuel Vázquez. Ese hombre, un historietista de genialidad ilimitada, era una fábrica de historias. Quizá les suene la película El gran Vázquez (2010), en la que Santiago Segura interpretaba al dibujante. Vázquez era un moroso vocacional, un artista del sablazo, un vago rematado, un mentiroso compulsivo, un creador absolutamente brillante. Decía pasar largas temporadas en la cárcel, por impago de facturas, aunque es probable que no la pisara nunca: eran excusas, como las tres muertes de su padre, para escaparse una temporada con alguna señora y no pegar ni golpe. Por cierto, creo que los tres presuntos entierros de su padre los pagó Editorial Bruguera, a instancias de Rafael González: el capataz amargado e implacable sentía por Vázquez, igual que por otros artistas del lápiz y la letra, un cariño profundo.
Mi padre acabó con su carrera de abogado un día de 1965. Había llevado a los tribunales a alguno de sus colegas, tal vez a la escritora Corín Tellado. Ese día regresó tarde a casa, abrió la nevera y yo me interpuse entre él y algo que había dentro. Cuenta que estuvo a punto de pegarme un puñetazo en la cabeza. Sintió que se había convertido en un monstruo y decidió cambiar su vida. Entró como periodista en prácticas en El Correo Catalán y escribió novelitas de Silver Kane cada noche, todas las noches durante muchos años, hasta cuatro novelitas mensuales, para mantener a la familia. Fue, dice, mucho más feliz.
Editorial Bruguera suspendió pagos en 1982 y el último de sus restos desapareció en 2010. Aquel grupo de autores brillantes fue muriendo. Rafael González falleció en 1995. Su hijo, del que estaba alejado, apareció asesinado en Nueva York. Un asunto mafioso, dijeron. Rafael Ramos, entonces corresponsal de La Vanguardia en Washington, tuvo la gentileza de reconocer el cadáver y firmar papeles.
Víctor Mora y mi padre siguen vivos. Yo sigo relacionando la escritura con la opresión, la desesperanza y, en ocasiones, el humor.
Fiat Lux, 2 de marzo de 2015

Muere el escritor y periodista Francisco González Ledesma


  • Está considerado uno de los grandes nombres de la literatura policíaca de España
  • Escribió novelas del oeste bajo el seudónimo de Silver Kane
  • Ganó el premio Planeta en 1984 


                    


El escritor y periodista barcelonés Francisco González Ledesma, uno de los pioneros en España de la novela negra, ha fallecido esta madrugada pocos días antes de cumplir los 88 años, después de varios años de enfermedad.La capilla ardiente se instalará a las 15.00 horas en el tanatorio de Sant Gervasi de Barcelona y el funeral en recuerdo del escritor tendrá lugar mañana a las 13.00 horas
Abogado, escritor y periodista, nació en Barcelona en 1927, y con 21 años logró en 1948 el Premio Internacional de Novela creado por el editor José Janés con la obra Sombras viejas, en cuyo jurado figuraba, entre otros, Somerset Maugham y Walter Starkie, pero la censura franquista le impidió publicar.
También sufrió la ira de la censura su segunda novela, Los Napoleones, y ambas no pudieron ver la luz hasta después de la muerte de Franco, durante la transición política. Empezó a trabajar en la editorial Bruguera como escritor de guiones para la revista Pulgarcito y comenzó a escribir novelas de encargo bajo el seudónimo de Silver Kane
La pluma de Silver Kane alumbraba de tres a cinco novelas al mes en una carrera literaria a la sombra que produjo más de 600 novelas del Oeste y policíacas. Silver Kane no fue su único seudónimo, pues también recurrió al de Enrique Moriel, extraído de uno de los personajes de sus primeras novelas, o Rosa Alcázar, con el que escribió literatura romántica.
Como periodista trabajó en El Correo Catalán, fue redactor jefe de La Vanguardia y presidente del Tribunal de Ética Periodística de Cataluña, y en esta faceta obtuvo el premio de periodismo El Ciervo y el premio Ciudad de Barcelona de cine. edesma será recordado por su obra de novela negra, protagonizada toda por el comisario Méndez, una serie que inició en 1983 con Expediente Barcelona.

La saga del comisario Méndez

El comisario Méndez paseó su particular manera de hacer por las páginas de otros seis libros: Las calles de nuestros padres (1989), Crónica sentimental en rojo (1984), La dama de Cachemira, Historia de Dios en una esquina (1991), El pecado o algo parecido (2002) y Una novela de barrio (2007).
El humor ácido, las frases cortas, los diálogos y las descripciones de ciudades y paisajes eran algunas de las constantes de las obras de González Ledesma. Con esta serie obtuvo un amplio reconocimiento con galardones como el Premio Planeta en 1984 por Crónica sentimental en rojo, el Premio Internacional Dashiell Hammet (2002) por El pecado o algo parecido, el Premio a la mejor novela extranjera en Francia por La Dama de Cachemira, o el I Premio Internacional de Novela Negra RBA por Una novela de barrio (2007).
En la conferencia de prensa del premio RBA, Ledesma anunció que a su personaje Méndez "le queda una aventura más" y precisó que tenía "una idea en la cabeza y, si tengo salud y suerte, la desarrollaré". En el 2013, aún publicó Peores maneras de mori", la última entrega de su inspector, ya envejecido y paseando por una ciudad que casi no reconoce.
El año pasado, salió a la venta su última creación, El adoquín azul, una novela corta en la que relata el caso de una víctima de la brigada político-social del franquismo. Admirado por escritores, editores y libreros, González Ledesma ganó la primera edición del Premio Pepe Carvalho en 2007, que le concedió el BCNegra en reconocimiento a su trayectoria en el género.
RTVE.es, 2 de marzo de 2015



'La novela negra es la que mejor analiza la sociedad y describe la verdadera vida'

  • En el verano de 2008, Francisco González Ledesma recuperó para EL MUNDO a su personaje famoso, el inspector Méndez. En esta entrevista hablaba de las dos historias exclusivas 'La ira del padre eterno' y 'El corazón de la madre eterna'.


El inspector Méndez vuelve a las calles para enfrentarse a casos que sería imposible resolver sin su particular sentido de la ley y sin su piedad hacia los más desfavorecidos. Francisco González Ledesma, su creador, lo pone a trabajar en dos relatos que recuerdan mucho a la actualidad; el caso de un violador que vuelve a delinquir cuando disfruta de un permiso y un asunto de drogas y de sicarios que transcurre en el Madrid del final de la Eurocopa.
Ambas historias, 'La ira del padre eterno' y 'El corazón de la madre eterna' -cada una de tres capítulos- se publicarán en este suplemento, a partir de mañana y durante seis días. ( Ambas, concebidas especialmente para UVE, participan de ese mundo que el autor conoce de primera mano después de muchos años de ejercer como abogado defensor: las calles, las cárceles, todos esos delitos que quedan impunes...
Pregunta.- Lleva 20 años largos conviviendo con el inspector Méndez. ¿Cuál es su relación con él, que se deben el uno al otro?
Respuesta.- Méndez nació a principios de los 80 en la novela El expediente Barcelona. Y desde entonces estoy tratando con él, es para mí como un viejo amigo. Él me debe a mí el conocimiento de las calles y el sentimiento de solidaridad hacia la gente pobre que vive en ellas. De él se me ha contagiado su escepticismo y esa cierta mala leche cariñosa que desprende.
P.- Llama la atención la capacidad de perdonar de su personaje, su empatía con los delincuentes...
R.- Méndez es muy capaz de perdonar, pero tiene mal genio y hay dos delitos que no perdona jamás: la violación y los ataques a los niños; para los demás tiene bastante tolerancia, sobre todo si los comete gente pobre, desgraciada...
P.- Los dos relatos son muy actuales, da la impresión de que transcurren al hilo de las noticias.
R.- La ira del padre eterno está basado en un caso que se está juzgando, el de un violador que volvió a reincidir al disfrutar de un permiso penitenciario que se le concedió a sabiendas de que no se había corregido. Una negligencia policial de la que Méndez es muy consciente.
P.- En ambos relatos, su inspector se salta las reglas, provoca situaciones que le sitúan al margen de la ley, se toma la justicia por su mano.
R.- Méndez se salta los principios de la ley muchas veces, pero nunca los de la moral. Puede hacer oídos sordos a las órdenes recibidas, pero nunca a la voz del pueblo. Intenta comprender en todo momento la ira popular, la filosofía del ojo por ojo, diente por diente. Hay delitos que no deben quedar impunes y hace todo lo posible para que así sea. Hay muchas fallas en las leyes: no se puede meter a un etarra en un hospital de lujo; hay que corregir el hecho de que si una persona mata por segunda vez le salga por el mismo precio de la primera... Ahí, Méndez se erige como una especie de justiciero, sí.
P.- En esa línea, ¿con qué otros personajes del género negro se le puede emparentar?
R.- Pues, hay un escritor francés que a mí me gusta mucho, Frédéric Dard, cuyo comisario San Antonio tiene mucho que ver con Méndez, y está Simenon, su análisis de la sociedad... Y también la novela negra norteamericana, con su cinismo, con su sentido de la calle.
P.- ¿Y el Carvalho de Vázquez Montalbán? Ambos transitan por los mismos escenarios.
R.- Vázquez Montalbán y yo fuimos amigos, compañeros y conspiradores clandestinos en la época de Franco. Carvalho y Méndez comparten, desde luego, el sentido de la Barcelona popular. Pero se distancian en muchas cosas: Carvalho come bien, al contrario que Méndez, y tiene muchas relaciones con mujeres, mientras que Méndez no se va a la cama con ninguna, se dedica a revivir el pasado y se acerca a ellas desde la ternura.
P.- ¿Sus novelas negras le sirven para ironizar sobre la época actual?
R.- Méndez es un personaje real, producto de cuatro policías que llegué a conocer. A mí me sirve como vehículo para expresar lo que siento acerca de las calles, las leyes, la sociedad. Me ha ayudado mucho a tener una cierta ironía, un cierto espíritu burlón, que en la vida real no puedo desarrollar porque me quedaría sin amigos (risas). Pero hay muchas cosas de él que yo no comparto: ni como tan mal, ni voy por el mundo con su desaliño indumentario, ni peco de su falta de ambición.
P.- En general, da la impresión de que la novela negra se ha convertido hoy en el espacio literario ideal para el análisis y la crítica social.
R.- Sí. Lo de novela negra sigue siendo una etiqueta que funciona bien, pero en realidad estamos asistiendo a un fenómeno de novela social. La gente se está dando cuenta de que la verdadera vida está mejor descrita que en otro tipo de literatura y por eso el género cada vez tiene más dignidad y más lectores.
P.- Y no ha tocado techo. Cada vez hay más autores que sorprenden saltándose todos los clichés.
R.- En efecto. Antes era sobre todo la intriga, pero ahora tiene prioridad el análisis de la sociedad, de los caracteres, de las relaciones humanas. Los tópicos, esos que el llamado cine negro contribuyó a instaurar, están desapareciendo absolutamente. Hoy conviven muchos mundos diferentes. Yo me siento más cercano a autores mediterráneos como Sciascia que a los nórdicos, que se levantan a las seis de la mañana, empiezan a tomar un café tras otro y están acostumbrados a la ausencia de sol. Los siento muy lejanos. No me parezo nada a Mankell, por ejemplo, pero cada uno hemos construido un entorno particular desde la total libertad.
P.- ¿Cómo ve el inspector Méndez la España actual, cómo afronta la llegada desesperada de emigrantes, la crisis económica...?
R.- Pues le preocupa, sobre todo, la transformación que están sufriendo los barrios con los inmigrantes. Observa cómo en el viejo barrio chino, el Raval, ya casi no quedan españoles. Una vez, incluso, se perdió, se desorientó en sus calles. Todo ha cambiado: los sentimientos, las ideas, la religión... De estar habitado por obreros con ímpetu revolucionario, el barrio ha pasado a ser ocupado por pakistaníes, moros, indios y latinoamericanos a los que el país les interesa como sustento. Ya no existe el clima social y político de hace 40 años.
P.- Su personaje es un escéptico, un desencantado de la política.
R.- Sí. Méndez es profundamente demócrata, respeta las libertades y a las clases populares, pero en cuanto a los políticos, tiene muchas reservas. Sabe que pocas veces dicen la verdad y que abusan de la buena fe de la gente.
La leyenda de quien se escudó tras Silver Kane
Francisco González Ledesma tiene una biografía que por sí sola ya es bastante novelesca. Reconocido hoy como uno de los grandes de la novela negra en países como Francia, donde su inspector Méndez es casi tan popular como el Maigret de Simenon, en su juventud, marcada profundamente por el franquismo, hubo de firmar bajo el seudónimo de Silver Kane, una extensa serie de historias de trama policiaca y del Oeste, destinadas al quiosco, que se hizo muy popular durante la posguerra española y que incluso llamó la atención de Alfred Hitchcock. El cineasta quiso llevar a la pantalla grande una de las trepidantes aventuras ideadas por el autor, pero el sindicato de guionistas norteamericano le puso obstáculos y abandonó la idea. El proyecto fracasó, pero sirvió para alimentar la leyenda del escritor. «Me tuve que transformar en Silver Kane por razones de la censura y se convirtió en un maestro del que aprendí las técnicas de la escritura», señala ahora. Aunque las circunstancias han cambiado para bien, Ledesma acaba de publicar en Destino 'El candidato de Dios', una novela que, curiosamente, firma bajo otro seudónimo, Enrique Moriel, para diferenciarla de las obras protagonizadas por el inspector Méndez. Un personaje peculiar que lleva tabaco y periódico a los presos que de verdad quieren integrarse y que los adictos al género negro conocen bien. Con él, González Ledesma ha alcanzado el reconocimiento. Títulos como 'Crónica sentimental en rojo', con el que ganó el Planeta en 1984, 'Las calles de nuestros padres' o 'La dama de Cachemira', conforman una serie muy española que, sin embargo, ha enganchado a lectores de otras latitudes. «En Francia aprecian la serie por su viveza y porque refleja las contradicciones de la sociedad española», señala el escritor, quien ahora trabaja en otra nueva aventura de Méndez, como siempre «muy apegada a la actualidad».
Emma Rodríguez. El Mundo, 2 de marzo de 2015