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30 de jul. 2005

Justicia en el barrio de los cielos

CINCO MUJERES Y MEDIA
Francisco González Ledesma
Planeta. Barcelona, 2005
390 páginas. 20,50 euros


LAS CALLES DE NUESTROS PADRES
Francisco González Ledesma
La Factoría de Ideas
Madrid, 2005
390 páginas. 19 euros


J. Ernesto Ayala-Dip

La publicación de esta nueva novela de Francisco González Ledesma viene acompañada del rescate de Las calles de nuestros padres, obra editada por primera vez en 1984 y en la cual el inspector Méndez ocupaba su asunto de cabo a rabo, a diferencia de Expediente Barcelona, el primer título en donde nuestro célebre detective inauguraba su andadura, aunque lo hacía a ráfagas. Antes de entrar en el comentario de estas obras, recojo una opinión de José Ovejero a propósito del estatuto de la novela negra: "Es injusto pensar que la novela negra no exige esfuerzo intelectual al lector". Que se lo pregunten si no a los lectores de El inocente (Debate), de Mario Lacruz, una de esas novelas policiacas donde Kafka y Dostoievski se codean con Poe y Chandler. No digo que la narrativa de género de Ledesma esté en la tesitura de Lacruz, pero sí defiendo que en sus libros hay siempre un esfuerzo por apartarse de la comodidad estilística que suele atenazar a muchos otros autores españoles de novela policiaca. Esta comodidad termina a la larga por desapegarnos de las historias que narran. Sólo los destellos formales o psicológicos o los dos a la vez, como los que encontramos en José Carlos Somoza o Lorenzo Silva, son los resortes con los que la novela negra puede asegurarse los lectores más exigentes.

De Las calles de nuestros padres.

En esta obra, el inspector Méndez hace su entrada estelar. Brilla con su desparpajo y sus bolsillos llenos de libros, otea el mal a las primeras de cambio, se pule a Rilke en la parada de los autobuses, se da de bruces con algunas realidades y, sobre todo, muestra sus credenciales: su estirpe le viene de los Sam Spade y, fundamentalmente, del arsenal reflexivo de los Philip Marlowe. Cinco mujeres y media abunda en ese criterio ya clásico en la novela negra universal: urdir tramas que sean metáforas amargas y desalentadoras del medio social en que tienen lugar. Decía hace poco el mismo autor barcelonés (de Poble Sec, el mismo barrio que vio nacer a Serrat) en declaraciones a Javier Cuartas, que él mismo, a través de Méndez, quiere "una justicia de izquierdas", una justicia que protegiera a la víctima y no al culpable. Estas palabras fueron pronunciadas tal vez al hilo del argumento de Cinco mujeres y media, un argumento en el que la violación y asesinato de una trabajadora es su meollo dramático. Debe el lector leer las dos novelas respetando su orden de publicación. Comprobará así una evolución en la técnica novelística. Un desarrollo de menor a mayor en la exigencia del punto de vista y en un cierto y gratificante perspectivismo. Precisamente estos elementos narrativos son los que hacen que las novelas de González Ledesma no limiten su territorio a la rutinaria crónica de sucesos. En sus novelas hay crímenes execrables. Hay personajes, que como los héroes que quería Aristóteles, cometen errores casi irreparables. Hay desenlaces más o menos justos, generosidad en medio de mucha mezquindad, y un enorme caudal de piedad en una sociedad en la que esta virtud es casi una entelequia.

El País
, 30 de julio de 2005

12 d’abr. 2003

Los márgenes invisibles

EL PECADO O ALGO PARECIDO
Francisco González Ledesma
Planeta. Barcelona, 2003
423 páginas. 18 euros


J. Ernesto Ayala-Dip

El pecado o algo parecido es una novela negra respetuosa con el canon y fiel al sentido del ritmo. En ella, Francisco González Ledesma aporta un grado de familiaridad sociológica de la mano, de nuevo, del detective Méndez, que ahora debe camuflar un crimen en Madrid.
En su necesaria La novela policiaca española, José F. Colmeiro encabeza uno de sus capítulos con dos citas. Una es de Juan del Arco y dice: "El detective no puede llamarse Fernández". Eso se afirma en 1948. La segunda cita es de Francisco González Ledesma: "Entre las muchas características más o menos discutibles de la ‘novela negra’ hay una que es indiscutible: describe una sociedad urbana concreta en un momento concreto, generalmente a través de ambientes que son muy conocidos por el autor". Respecto a la sentencia primera, no hay ninguna duda de que los pactos tácitos entre lector y autor excluían cualquier posibilidad de llamar a los detectives de ficción Fernández. Hubieran excluido también que se llamaran Petra Delicado, Carvalho o Méndez. Actualmente ningún lector ve peligrar las exigencias de verosimilitud sólo porque un policía acampe en una novela policiaca escrita en nuestro país llamándose Méndez, que es como se llama el detective de González Ledesma. Quien haya leído Crónica sentimental en rojo, conoce ya al célebre funcionario. Y sabe que su radio de movimiento incluye la sociedad urbana de hoy, una sociedad reconocible. No dudo que dos experiencias, la de periodista y la de conocedor profundo de las ciudades que plasma en sus libros, aporten a éstos ese grado de familiaridad sociológica que poseen sus novelas. Pero esas experiencias no bastarían si el autor barcelonés no aportara su instinto novelístico, el buen hacer del artesano inspirado, del escritor de historias punzantes, retratista de la nobleza humana y lamiserabilidad moral.
El pecado o algo parecido vuelve a poner en circulación al policía Méndez, ese "policía moderado
por la Constitución pero en el fondo del viejo estilo". Su itinerario detectivesco, como sucede con los mejores detectives de ficción, es una exploración por las entrañas de la ciudad.A Méndez se le encarga que camufle un crimen cometido en Madrid. Hay que esconder nombres comprometidos. Pero surgen más cadáveres, más indicios de impunidad. González Ledesma trama bien. Sus personajes desgranan historias secundarias que sintonizan con el hecho crucial de la novela. Esas historias hacen emerger psicologías retorcidas, impregnan de cinismo y escepticismo los pensamientos, ayudan a definir los márgenes invisibles de las ciudades que se dan cita aquí: Madrid, Barcelona y París. Una frase como "hay que desear a una mujer mientras escribes una novela", puede que no tengan nada que ver ni con el deseo ni con el arte de la ficción, pero sí con el compromiso vital y con esa necesidad de genuino y árido lirismo que la novela negra se impone para resultar creíble y humana.

El
País, 12 de abril de 2003