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28 de maig 2010

F. González Ledesma: Silver Kane cabalga de nuevo

Fotografia del autor
Cuarenta años después, Silver Kane regresa a la ciudad con “La dama y el recuerdo” (Planeta). Y, tras él, cabalgando en su legendario seudónimo, un González Ledesma que vuelve a lucir espuelas. Texto: Hernán Migoya Foto: Mario Krmpotic’

Rojo y negro


Más cerca estilísticamente de Víctor Mora (autor de El Capitán Trueno) que de Manuel Vázquez Montalbán, González Ledesma es un hijo genuino de la posguerra española. Resultó precoz como escritor y hasta como “rojo”, ya que su novela Sombras viejas (1948), con la que ganó el Premio Internacional de Novela José Janés con sólo 21 años, fue prohibida por la censura franquista, valiéndole el ostracismo y la marginación a su prometedora carrera literaria. La editorial Bruguera le permitió hacer guiones para cómics de El inspector Dan y El Doctor Niebla, lo cual no está nada mal… pero también le daría la oportunidad de escribir literatura con seudónimo, aunque en aquella época las novelas de a duro no se consideraran como tal.

Evasión y victoria

Porque, al igual que El Coyote conseguía que el lechuguino César de Echagüe se convirtiera en todo un héroe justiciero, Silver Kane (pronúnciese castellanizado, por favor) logró que González Ledesma pudiera publicar regularmente… y con éxito. Hace más de medio siglo empezó a sacar sus novelas de evasión, en total más de cuatrocientas -no sólo en el campo del western-, cosechando la estima del público y marcando la diferencia. Todos sus admiradores recordamos la primera vez que leímos una novelita de Silver Kane, porque casi todos hemos pensado lo mismo: “Esto no está nada mal escrito…”. Hasta Alejandro Jodorowsky le homenajea siempre que puede, ya sea introduciendo un Silver Kane en su estupendo cómic-western Bouncer o encabezando cada capítulo de un estudio sobre el budismo zen con una frase extraída de las novelas de Kane. Apellido que, por cierto, González Ledesma asegura haber compuesto como homenaje al autor de cómic ¡Milton Caniff!

El pistolero regresa a la ciudad

Mientras tanto, con los años, la persona detrás de la máscara llegó a ser redactor jefe del diario La Vanguardia: sin embargo, el reconocimiento a González Ledesma no le llegó hasta bien entrada la democracia y los años 1980, con su serie negra del Comisario Méndez y el Premio Planeta a su Crónica sentimental en rojo. Silver Kane ya resucitó hace tres años con la reedición de cuatro de sus mejores novelas policíacas en un tomo (Recuérdame al morir, La Factoría de Ideas), pero nadie imaginaba que el propio González Ledesma, figura más conocida hoy que su propio álter ego, decidiera él mismo volver a colgarse los revólveres y a cabalgar las librerías con el nombre que le dio fama y un altarcito en los quioscos, pero al que él también dio tanto. “No hay ninguna novela del Oeste en el mercado y a la vez quería saber si sería capaz de volver a escribir una”, se justifica. La resurrección de Silver Kane se debe también a un ajuste de cuentas sentimental: “Yo intenté escribir bien mi trabajo, pero no fue hasta muchos años después que me di cuenta de que mucha gente se aficionó a la lectura gracias a Silver Kane y que tenía muchos fans importantes. El fenómeno Silver Kane me pareció cada vez más respetable. Por eso también acepté este desafío”.

¿Qué ha aprendido González Ledesma de Silver Kane? “He notado libertad. El Oeste me ofrece una cantidad de temas y situaciones que otros géneros no te permiten. También volví a sentir la emoción de la aventura. Y recordar cómo escribía cuando era joven me ha hecho recuperar la ilusión”. Se nota: lo bueno de La dama y el recuerdo es que no se trata de una reactualización ambiciosa o “realista” de la novela del Oeste popular española. ¡Es una novela del Oeste popular española, sin más! ¿En qué otro contexto se pueden aceptar, si no, frases tan lapidarias, desopilantes y cañís como ésta: “En la tierra que estaban pisando, los caballos eran quizá el mejor botín. Más incluso que las mujeres, por la sencilla razón de que sin caballos no podías vivir, y con ellas aún menos”? O esta otra, perteneciente a la sabiduría mundana tan propia del subgénero: “Las balas, aunque sean pequeñas, le sientan mal al cráneo”.

Qué Leer, 155, mayo de 2010

1 d’abr. 2009

Las calles de Méndez

Paco Camarasa

El inspector de González Ledesma, 25 años pateando los bajos fondos

No hay que morir dos veces (Planeta), el nuevo título de Francisco González Ledesma, es novela de aniversario. Con su décimo libro como protagonista, el inspector Ricardo Méndez cumple veinticinco años entre nosotros, los lectores. Su edad real no la ha confesado nunca (mucho nos tememos que ni aún pasando por Guantánamo, centro globalizado de la tortura internacional, conseguiríamos que la confesara), pero quizá este repaso a su carrera por los peores barrios de Barcelona sirva para conocerlo en más profundidad.
Méndez nace no como protagonista, sino como personaje auxiliar, en Expediente Barcelona. Un abogado es el narrador de una dura denuncia de la trastienda de las bombas y atentados que trataban de frenar la consolidación de la recién nacida democracia. Abogados de a pie frente a bufetes de renombre, industriales de pro frente a obreros de los de antes del consumo desenfrenado, comisarios que vienen desde los altos despachos de Madrid frente a inspectores que conocen las esquinas y las interioridades de los cines de barrio. En uno de ellos, el Arnau, Méndez encuentra al Andrade, un pederasta que está con su sobrina. Y Méndez necesita saber donde se esconde “el Paces”…
Las primeras descripciones de nuestro viejo policía no auguraban mucho atractivo. Es un viejo fósil salido de los archivos de la Brigada Social, o de las casa de gomas de San Olegario; es elocuente por que siempre te dice “Joputa, Joputa, Joputa” aunque sólo te esté pidiendo fuego; cuando dice “te la corto aquí mismo”, el Andrade cree a aquel policía de la vieja escuela, mil veces entrenado en los calabozos de Vía Layetana. “Méndez, policía de la calle Nueva, de la Calle Unión, de la calle Lancaster, de la calle Arrepentidas, perseguidor de maricas, untador de confidentes, hostiador de nazarenos le torció un dedo con tanta rabia que …”; es “el hombre del bar Las Ninfas, el de la esquina de la calle del Cid, el que alternaba con mister-madam Arthur, el policía que quizá había visto más pulgas y más chinches de toda la plantilla barcelonesa”.
La ley y la justicia
Un año más tarde, Las calles de nuestros padres es la primera novela donde Méndez es el “prota”. Entre abogados y periodistas, un asesinato extraño, anómalo, como todos los asesinatos, hace que un policía de barrio sea el que lo resuelva frente a la eficacia probada de la Brigada de Homicidios. Sólo alguien que sabe leer las señales en el aire podrá llegar a la resolución del caso. Méndez, el conocedor a fondo de una Barcelona por la que nos hace sentir afecto. “Quizás es necesario que alguien ame las calles de la ciudad y descubra su sentido, para que la ciudad no sea destruida”. Y su interlocutor, el comisario, no entenderá nada, como todos los comisarios y banqueros que hablan con Méndez. Pero no importa. “Salió a la calle ruidosa, a la calle viva, la calle que no dormía nunca. Y se alejó poco a poco”.
Pero menos mal que no se alejó mucho y, el mismo año, el de 1984, cuando en Madrid se gritaba “No nos gusta Barrionuevo, nos gusta nuestro barrio”, en Barcelona los barrios bajos ganaban el Premio Planeta, el gordo de la lotería cultural, con Crónica Sentimental en rojo. De nuevo Méndez, el superviviente. Un comisario insensible lo mandó al sol y al yodo de las playas del sur de la ciudad. Menos mal que un pecho de mujer seccionado y dejado en la mesa de una juez le rescata del aire puro. Sabremos que Méndez nunca come en sus habitaciones, en las que no hay ni siquiera un simple infiernillo de alcohol. Por supuesto, ni teléfono ni televisión (no es el tiempo aún del video y mucho menos del DVD), ni siquiera reloj. Y el calendario de pared… hace cinco años que es el mismo. Elemental querido Amores: la chica del calendario excita a Méndez.
Cronica sentimental en rojo, que después sería película con Jose Luis López Vázquez poniéndole rostro a Méndez. Una herencia complicada. Amplia, generosa, pero a repartir entre cuatro. Un periodista como posible beneficiario. Primos y matrimonios separados. Un pintor supuestamente desaparecido. Unas personas tienen un mundo y otras personas tienen otro. Y los mundos no suelen ser intercambiables. Méndez tiene que desenfundar su Colt, modelo de 1912, antes de que se lo requisen para cualquier Museo. La ley es la ley, pero él sólo entiende de justicia. Y en demasiadas ocasiones no coinciden. Por ejemplo, en ésta. El o la (¿aún no la han leído?) culpable seguirá pisando las moquetas de la parte alta de la ciudad. Esa parte de la ciudad donde no hay especulación porque es la residencia de los especuladores.
De especulación habla La dama de Cachemira, la siguiente novela de un sorprendido Méndez. Él, que es experto en todo tipo de culos, felaciones, matronas gallegas y ventanas de prostíbulos donde siempre se encuentra un grito de mujer, reconoce que no está preparado para el amor. Máxime si los dos miembros de la pareja son del mismo sexo. Pero acepta el amor entre Paquito y Abel Gimeno, ambos controlados por la policía en un fichero de estetas. Lo que no entenderá ni aceptará nunca es la especulación. Una vez más, la novela no hubiera pasado el estrecho cedazo del Código Hays o la censura del Rouco Varela. El culpable no es siempre el asesino. Y Méndez lo sabe.
Los cuatro policías
Pero, ¿de dónde ha salido Méndez? ¿Es real o producto de la imaginación de su creador? Francisco González Ledesma ha explicado que tiene rasgos de cuatro policías que conoció. El primero de ellos ejercía de guardaespaldas del Gobernador Civil. Y una de las veces que coincidió con él le confesó su esperanza de que no pasara nada, ya que no estaría bien visto que el guardaespaldas del gobernador se hubiera dejado la pistola en casa. El segundo tenía la mala costumbre de enseñar la “galleta” (en argot, la placa identificativa de un inspector) sobre la palma de la mano. Y los delincuentes de poca monta tenían la buena costumbre de golpearle la mano, lanzar la “galleta” al aire y salir corriendo. El tercero era un no violento contumaz, llevaba pistola detonadora y piedras o vainas vacías en los bolsillos. Cuando daba el alto a un malhechor que huía, disparaba la pistola detonadora y le lanzaba a la espalda las vainas o las piedras. El otro se detenía en seco. O no.
Con el cuarto policía hay una historia de cama de por medio. Era director de la Escuela de Policía. En Taormina (Sicilia) se celebra un Congreso sobre la Mafia. Funciona todo tan bien que todos quedan convencidos de que está organizado por la propia Mafia. El director de la escuela camina desolado por el vestíbulo del hotel. Por un error de la organización, no tiene habitación. González Ledesma le ofrece compartir su habitación. El otro acepta, pero el escritor aún no ha comprobado que sólo hay una cama de matrimonio. Fue una larga noche de hablar de casos y anécdotas.
De la historia de Méndez, conocemos poco. Sabemos que cuando era joven trató de alquilar una máquina de escribir con doble teclado, uno para las mayúsculas y otro para las minúsculas, “porque tenía pinta de ser la más económica”. Fue un policía joven pero que nunca tuvo problemas con las amenazas disciplinarias, ya que, cuando le entregaron su primer nombramiento, le comunicaron también su primera sanción. Sabemos que en 1968, el año que hizo que Mayo sea siempre francés, se dedicaba a detener comunistas. Sabemos que nunca hizo deporte pero que es mañoso: “Tengo buenos dedos, y en mi juventud hacía trampas con las cartas en una casa de putas en la calle Lancaster. No crean, era una buena escuela, porque las putas sabían hacer más trampas que yo”.
En La dama de Cachemira, soñaba con viajes. Méndez no lo desea pero lo mandan a Madrid, y termina imitando a Doña Agatha y viaja en un crucero por el Nilo. Pendiente de un Nilo debía titularse la novela que terminó como Historia de Dios en una esquina. ¿ Se imaginan a Méndez en el Palace? Y no había 23-F por medio. Pero sí banqueros, sicarios, terroristas, comisarios y otras gentes de mal vivir. Ningún periodista en Egipto. Ningún abogado en Madrid. Acción y matariles. Y Méndez, como caballero andante, defendiendo el honor de una niña con síndrome de Down pero que sabe sonreír y apretar los dedos del viejo policía. Una lección de ética: “Una puta que mantiene a seis hijos merece más respeto que un banquero que mantiene a seis putas”. Policías que son miembros del Consejo de Administración de un banco; señoras de Valladolid, ciegas pero con dos padres, ricos ambos además; policías venales, asesinos de niñas especializados en civilización egipcia, niños que protegen el cachorro de un perro huérfano. Y Méndez que no entiende nada pero actúa.
De El Cairo, de Luxor, no sabremos nada. O intuiremos que son ciudades que no le dicen nada a nuestro policía con mirada de serpiente vieja. No encuentra las mujeres que le gustan. “Usted, Méndez, sólo tiene amistad con mujeres llenitas y pervertidas que usan combinaciones color malva y tienen discos de canto gregoriano para acompañar a los pecados”.
Un perro callejero
Y pasaron once años. Once largos e interminables años. Los diarios nos tenían entretenidos. Corcuera se empeñaba en pegar patadas en las puertas y regalar, con nuestro dinero, joyas a las mujeres de sus amigos-colaboradores ( ya no eran rojos sino colorados); Aznar, con voz de pito, repetía como cacatúa “¡Váyase señor González!” mientras soñaba (para los iraquíes era una pesadilla) con las Azores y la foto con Bobo Bush, Durao Baboso y el Blair, detergente y exorcista.
Once años sin Méndez son muchos años. Pero Ledesma nos recompensó. Y a finales de 2002 nos regalaba El Pecado o algo parecido. Una historia en la que nada es lo que parece, sobre todo si hay banqueros de por medio. Méndez volverá a Madrid, pero no a descubrir a nadie sino a tapar un asunto. Es una orden. Alguien ha muerto en un lugar muy sociable y poco anunciable. Pero Méndez es un perro callejero y los perros callejeros no obedecen ordenes. Y un asesinato. La hija de un banquero. Madrid fascina al policía de los bolsillos llenos de libros, a punto de jubilarse, que padece artrosis, reúma, ciática, impotencia y seguramente sífilis congénita. “Hay ciudades que no nacen, se inventan. Madrid es una invención de reyes cristianos, reinas cachondas, validos prepuciales, pintores de cámara, ministros en crisis, periodistas en paro, funcionarios en cese, paseantes en corte, catedráticos de café, banqueros yanquis, futbolistas brasileños y putas tailandesas”.
Una vez más, Méndez averiguará la verdad, sin ADN ni sofisticadas pruebas de laboratorio. Pero fijándose en los detalles que a la policía no le importan: el miedo en los ojos de un jubilado, la amargura en los labios de una mujer o la prepotencia de un banquero: “nunca he conocido a un criminal que no trate de huir, nunca he conocido a un criminal que me trate con tanto desprecio, eso me hace pensar que nunca he conocido a un criminal tan rico”. Méndez, no detendrá a nadie, como tantas veces, porque es de los que piensan que te detiene la muerte, aunque a veces también te puede detener la vida.
La ciudad está cambiando. Méndez camina, pregunta, observa, husmea, no para nunca aunque parezca que no trabaja. Sigue teniendo la mala costumbre de leer incluso cuando está haciendo vigilancia de esquina, “por eso los delincuentes se me escapan”. Una muchacha de clase modesta ha sido violada y asesinada. Su hermana gemela puede seguir el mismo camino. Los abogados de ética baja y tarifa alta consiguen que los asesinos campen a sus anchas. Méndez actuará “porque hay sentimientos que valen más que las leyes, y quizá porque hay gente que merece ayudas que la ley no ha previsto jamás”. La gente, piensa Méndez, mata por odio, por honor, por dinero o por sexo, pero él aspira a una justicia que proteja a las victimas. Por eso se lleva mal con cualquier régimen. Con las dictaduras porque siempre patean los huevos a los inocentes y con las democracias porque nunca patean los huevos a los culpables. Cinco mujeres y media era la novela en la que Méndez pasaba a un segundo plano, ante el protagonismo de mujeres de armas tomar, y en la que aprendía que “la cama no es la medida universal de las mujeres aunque suele ser la medida universal de los hombres”.
Más cambios en la ciudad y hasta cambios en la vida de Méndez. En Una novela de barrio nos enteramos de que ha dejado su cuarto maloliente al final del mostrador de uno de los pocos bares donde se encuentra Gandesa o Cariñena a granel y las sardinas son frescas, del mes pasado. Ahora vive en un pisito frente a las Atarazanas y las malas lenguas (es decir, las de sus comisarios, no las de sus viejas amigas retiradas) dicen que está tan lleno de libros que es posible que debajo esté sepultada la última mujer de la limpieza.
Méndez deja su barrio para ir a Horta, en la parte alta de la ciudad, con gran preocupación de su médico, que está convencido de que el aire puro le sentará mal, aunque después regrese a los pocos bares donde aún guardan el sitio a los clientes muertos. Es uno de esos policías que visitan varias veces los sitios porque sabe que los sitios hablan.
Los pedazos de tu vida
Veinticinco años con Méndez. No hay que morir dos veces. Es más, aunque haya que buscarla muy en el fondo, siempre existe alguna razón para vivir según el policía experto en caídas y edades de culos, incapaz de distinguir entre una rosa y un gladiolo pero que mirando a los ojos sabe que hay hombres que sólo tienen pasado. En su (por el momento) última novela, Méndez tiene móvil, aunque no lo sepa hacer funcionar muy bien. Piensa que un SMS es una nueva postura sexual y está algo frustrado porque no ha conseguido detener a nadie con su viejo grito de guerra: “Alto o te afeitaré el capullo cuando te coja”. Siguen sin aparecer asesinos en serie, ni CSI, ni ADN, aunque la colaboración de una compañera experta en informática sea fundamental, ya que lo de los ordenadores no es lo suyo. Se nos ha vuelto menos procaz y menos escatológico, pero sigue siendo el único policía de Barcelona que sólo se fija en las sombras.
Afirma que no cree en nada, pero asegura que siempre hace falta que quede alguien con memoria. Siguen sin gustarle los banqueros y los ejecutivos. Salva vidas, en especial la de una niña con síndrome de Down, y causa estupor en las dependencias policiales del Raval que obedezca una orden e inicie una investigación. Triunfará. La superioridad quiere darle una medalla y sus compañeros, una cena homenaje. Con la condición de que no elija ni el menú ni el lugar.
Y después, ¿qué? “Ahora ya puedes volver a caminar en la soledad, Méndez, y a buscar en los pedazos de las calles los pedazos de tu vida. Ya puedes encontrar las esquinas conocidas y confesarte en ellas, apoyar la frente en los cristales de los bares donde tus amigos iban a despedirse del tiempo, leer los pensamientos de las mujeres que quieren olvidar su pasado, de las niñas que están fabricando un futuro. Aquí están tus calles, Méndez, tus ventanas conocidas, tus pensamientos y tus perros”.
Hay que ver la de cosas que has aprendido en tus calles, Méndez. Y nosotros, los lectores, contigo.

Qué Leer, abril de 2009

1 de des. 2007

"Una novela de barrio"

Miguel Dalmau

Autor: Francisco González Ledesma
Editorial: RBA
296 páginas. 19 euros

Las mejores novelas policíacas son un termómetro infalible para medir la temperatura de la sociedad. Más allá de la trama, se valoran escenarios reales donde discurre la vida, con sus grandezas y miserias, celebrando el espectáculo de la comedia humana. Veterano en mil batallas, González Ledesma conoce como pocos Barcelona. Por eso esta novela es, ante todo, un homenaje a una ciudad herida de muerte, encarnada en dos barrios --Horta y el Poble Sec--, sinónimos aquí de la Barcelona de las villas burguesas y de las calles proletarias, respectivamente. Sobre estos dos pilares antagónicos, el autor erige con maestría una trama impulsada por la venganza. Una venganza doble: la de la víctima sobre el verdugo, pero también la que Mabel, una mujer de mediana edad, ejerce sobre una anciana moribunda que la arrojó de joven a la prostitución. En el centro, circula Méndez: un policía viejo, muy bregado y perdedor, cuyos métodos expeditivos desencadenan nuevos conflictos, multiplicando el espesor del drama.
Una novela de barrio está hábilmente construida y se lee con placer. Hay mucho de crepuscular en ella, de vidas y rincones viejos. El estilo es trepidante, y el tono suena escéptico y burlón. Se intuye la presencia de González Ledesma jugando a las máscaras, reflexionando sobre la vida en boca de sus personajes. A la certera crónica social se añade, pues, una forma de entender el mundo: la amistad, el amor, la familia... También un rumor de fondo obsesivo que nos recuerda que las cosas no son como antes, y que tanto la ciudad como sus habitantes han pagado un precio. En suma, esta novela es un vigoroso y nostálgico homenaje a una Barcelona difunta, también a un mundo en transformación.

Argumento

Un hombre es asesinado en un piso del barrio obrero del Poble Sec, en Barcelona. La víctima es un tipo sin escrúpulos que había perpetrado un atraco años atrás, en el que murió un niño. Desde el primer momento, el veterano inspector Méndez sospecha que el padre del niño está llevando a cabo una venganza. Y que su próximo objetivo será el cómplice del atraco, un hombre poderoso que tratará de adelantarse a su perseguidor eliminándolo.

Qué Leer
, 127, diciembre de 2007

1 d’oct. 2004

González Ledesma: el jefe de la banda

Guionista de cómics y factótum de Bruguera en su etapa más efervescente, novelista de éxito ganador del Premio Planeta y escritor de culto para los amantes del género negro, autor tras el pseudónimo Silver Kane de alguna de las series de novelas de quiosco más leídas de la historia de este país... González Ledesma en cualquier parte del mundo sería una celebridad.

Paco Camarasa

Paco Ignacio Taibo II ha escrito: "Pocas Barcelonas son tan negras como la suya. Pocas Barcelonas narrativas están castigadas por las cagadas de mosca y los retretes donde el vaho de la orina perturba al usuario. Pocas son tan ásperas, tan corruptas, tan cínicas, y probablemente por eso, pocas están tan bien tratadas con esa combinación amor-odio que ha caracterizado a la mejor novela urbana policíaca de la segunda mitad del siglo XX".
Si entramos en las páginas de Google en español, encontraremos 259 referencias a Francisco González Ledesma (FGL) y sus múltiples actividades, pero serán 1.310 citas las que veremos en las páginas francesas del mismo buscador. Entrar en las páginas virtuales de la FNAC francesa nos permitirá pedir hasta nueve títulos suyos, pero si lo hacemos en la de su sucursal española tan solo obtendremos dos y uno de ellos no es de disponibilidad inmediata. Increíble.
¿Cómo es posible que sea tan mal conocido en su propio país alguien a quien Alejandro Jodorowsky compara con Cervantes, otro novelista de género, según el exuberante escritor chileno? También Jodorowsky aporta una de las claves de ese desconocimiento al señalar que "Silver Kane ayudó a vivir a la gente; la ayudó a pasar el régimen franquista, aunque no aportara nada a la cultura".

Hambre y precocidad

Tenía 12 años cuando las tropas franquistas, con la caballería mora al frente, entraron en Barcelona. Siempre tiene presente en su memoria aquel paseo de Colón invadido por los moros que trajo Franco. De aquel momento arranca su simpatía por los caballos: "Eran los únicos que parecían no querer atropellar a la gente". Al hambre de la guerra se unió el miedo de los vencidos. De entonces, de aquellas gentes con las que compartió las necesidades por haber crecido en un barrio pobre, en un barrio vencido, nació ese sentimiento, más que realidad, de pertenecer al equipo de los perdedores. Con tan solo 5 años comenzó su oficio de narrador. Aunque a esa edad cobraba en especie. En las horas de recreo del colegio público al que iba, contaba historias para aquellos que no tenían imaginación, pero sí merienda. Y ellos le retribuían compartiéndola con él. Su madre era modista, pero en el Poble Sec, un barrio popular de Barcelona, y, por lo tanto era modista para pobres. En Zaragoza había una tía que también cosía, pero para ricos. Y hacia Zaragoza fue Francisco a mejorar su salud delicada, a comer todos los días y a estudiar. Su particular homenaje a Zaragoza y algunos de sus recuerdos de las sórdidas relaciones curas-alumnos se encuentran en las páginas de su último libro publicado: Tiempo de venganza.
Más tarde, en 1941, ocuparon su lugar otros de sus hermanos y él volvió a Barcelona: al Poble Sec, el barrio que dejó y seguía siendo un barrio de derrotados, pobres y perdedores. Cursó el Bachillerato en los duros Escolapios y en el instituto Balmes. En el Balmes se encontró con profesores que realmente le enseñaron y lo estimularon, como Guillermo Díaz-Plaja, la tía de Zaragoza sufragaba los estudios siempre y cuando no hubiera suspensos.
Ya entonces comenzó a llevar originales a la editorial Molino. Lo recibía el editor en persona, quien con buenas palabras le pedía que siguiera escribiendo y que volviera al año siguiente. Pero cuando él tenía 16 años, su padre se quedó sin trabajo. No había seguro de paro. González Ledesma se convirtió en la única fuente de ingresos de la familia. Y comenzó lo que siempre ha sido una constante en su vida: la doble jornada. Siguió en el instituto, pero contactó con Bruguera e inició su carrera como guionista de tebeos...
A los 15 años ya había hecho de negro para su tío Rafael González Martínez, recién regresado del exilio francés. Posteriormente hizo lo mismo para alguien más importante, pero dio su palabra de no revelarlo y hasta hoy ha sido imposible conseguir que confiese. FGL es de aquellos que aún piensan que una palabra dada es más importante que un contrato. Rafael González, que sería posteriormente redactor jefe de Bruguera (la Santa Empresa), no solo le facilitó su acceso al mundo editorial, sino que le abrió su biblioteca de periodista de izquierdas. Su estreno como guionista fue nada más y nada menos que con el Inspector Dan, dibujado por Eugenio Giner. El lector español de aquellos días poco sabía de Londres. Una ciudad donde Dan, policía londinense, platónicamente enamorado de su ayudante Stella, se movía entre la niebla, la noche llena de discípulos de Jack el Destripador, momias, fantasmas escoceses... Antes de entrar en la Facultad de Derecho, aprobó el examen de ingreso en la Academia Militar. Pero tenía que comprarse el uniforme y el sable de cadete, 6.000 pesetas. Afortunadamente para sus futuros lectores, esta vez la tía de Zaragoza dijo no. Para estudiar, sí; para uniformes, no. Su doble jornada, como guionista y como estudiante, no le impidió presentarse con la mayor ilusión de la que era capaz ak I Premio Internacional de Novela que el editor José Janés había convocado, con jurado presidido por Somerset Maugham. Y ganó. Ganó las 10.000 pesetas del premio, que le permitieron comprarse una cámara fotográfica (200 pesetas) y un traje (250 pesetas), el resto lo tuvo que gastar en atender una enfermedad de su madre.
Pero la omnipresente censura dijo no. No se publicaría Sombras viejas, la novela ganadora del premio. A la acusación de rojo se añadiría la de pornógrafo, pues al final de la obra la protagonista se va a casar con el mejor amigo de su antiguo novio. Fue uno de los peores momentos. Estuvo a punto de dejarlo todo: "Supe entonces, y el tiempo me dio la razón, que no publicaría nada mientras Franco viviese, de modo que el futuro terminó para mí, porque era evidente que Franco no se moriría nunca.

Pegado a una Hispano Olivetti

Había que volver a la dura realidad de Bruguera. Pero, a partir de aquel premio, el editor pensó que, además de guionista, tenía enfrente a alguien que sabía escribir, y le propuso hacer novelas populares. González Ledesma necesitaba dinero angustiosamente. Pensó que sería un trabajo transitorio y que no dejaría huella en su camino de escritor con mayúsculas. Esta transitoriedad duró unos quince años, a razón de tres o cuatro novelas mensuales, alguna vez hasta seis. Es decir, unas 750 novelas del Oeste o policiales. "Joven, tendrá que buscarse un pseudónimo, porque, si se llama Francisco González Ledesma, nadie va a creerle que conoce las calles y el hampa de Nueva York, y mucho menos las praderas del Oeste." Y nació Silver Kane. Mono muerto fue el título de su debut novelístico. Corría el año 1952 y era una del Oeste. Había que escribir las novelas después de la facultad, primero, y de trabajar, después. Eran unos ochenta folios pero debían ser cada vez diferentes y atrapar al lector desde la primera página, ya que la competencia era mucha, pero sin apartarse nunca de unas normas clásicas. La primera edición de un bolsilibro tenía entre 20.000 y 24.000 ejemplares. De algunas historias de Silver Kane se habrán sacado más de un millón.
En los años 50, Bruguera pagaba entre 1.500 y 2.000 pesetas por novela. Y encima cobradas en dos plazos, la mitad al salir y el resto un mes después. Los plazos de entrega eran rigurosos y había que cumplir. No se permitían retrasos. Bajo ningún concepto. Había que hacer lo que fuera... Una noche, Ledesma tecleaba desesperadamente, con toda la rapidez posible, el original que debía entregar a la mañana siguiente. Pero se fue la luz. El apagón habitual duraba más de los necesario. Había que entregar. Había luna llena y noche despejada. Ledesma subió al terrado de la casa con su Hispano Olivetti portátil y, con la luna como cómplice, pudo cumplir el plazo.
Crear en pocas páginas y con poco tiempo personajes y tramas, buscar ambientes, fabricar sentimientos creíbles. Él lo ha definido como un "aprendizaje de perro". Terminó Derecho. Entró a trabajar a tiempo completo, y nunca mejor dicho, en Bruguera. No se contaba el horario sino el trabajo efectivamente realizado, por lo cual, muchas semanas, aunque hubiera estado cincuenta horas en la Redacción, sólo cobraba cuarenta. Mientras ascendía en el organigrama de Bruguera, iba adquiriendo práctica como abogado. Decidió especializarse en Derecho Catalán y en Propiedad Intelectual. Fue esta última faceta, que lo obligaba a litigar contra autores que eran, y siguen siendo, sus amigos, una de las causas por las que se planteó dejar la abogacía. Y lo dejó todo. Dejó su bien retribuido trabajo de abogado para pasar al inseguro y mal pagado oficio de periodista. Y Rosa, su mujer, aquella Rosa que era dibujante en Bruguera, con dos hijos y embarazada del tercero, no dudó en apoyarlo.
Mientras era abogado, en esa doble jornada siempre constante en su vida, estudiaba Periodismo como alumno libre. Cada año viajaba a Madrid por los exámenes. En su coche, mientras él conducía, los otros dos ocupantes iban repasando los temas de examen. Eran Josep Maria Huertas Clavería (el mejor conocedor de los barrios de Barcelona) y Lluís Permanyer (el gran cronista de las calles y las casas de esa ciudad). Entró como periodista en El Correo Catalán y posteriormente pasó a La Vanguardia, pero ya en 1966 era uno de los doce fundadores del Grupo de Periodistas Democráticos que rápidamente suscitaron el interés no solo de la policía política franquista, la maldita Brigada Político-Social, sino también del Servicio de Información Militar.
Fueron años duros, pero apasionantes, para ejercer el periodismo. La Redacción de La Vanguardia estaba cerca del Barrio Chino de Barcelona. El cierre de los periódicos se producía a las 3.00 horas de la madrugada y las horas tranquilas eran de las 21.00 a las 23.00. Tiempo para bajar por unas Ramblas aún no fagocitadas y regurgitadas por la invasión turística y llegar a uno de sus muchos bares y restaurantes baratos, por ejemplo. Antes del nacimiento literario de Méndez, Ledesma fue redactor jefe de la sección Nacional de La Vanguardia, en la etapa que se inicia poco antes de la muerte de Franco y acaba después de que Felipe González ganara sus primeras elecciones, en 1982. Período convulso, apasionante, duro, emocionante, durante el cual le tocó vivir de todo y conocer a muchos y a muchas. Pero él lo tiene claro: nunca escribirá sus memorias. Por dos motivos: porqué no le gusta hablar mal de nadie, aunque ese alguien sea un auténtico mala bestia y malasangre, y porque de lo que le gustaría hablar es de su ciudad, y para eso no necesita las memorias, ya lo ha hecho en cada una de sus novelas.

Méndez, ese monstruo

Con Expediente Barcelona, se presentó al Premio Blasco Ibáñez convocado por Prometeo. La obra resultó finalista e iba a pasar a la historia de la novela negra española por representar el nacimiento de Ricardo Méndez, aunque aún no como protagonista total.
En su segunda aparición, Méndez ya se erige en protagonista absoluto de la novela, acompañado de periodistas y abogados, profesiones que el autor conoce perfectamente.
Y ganó el gordo del mercado editorial español: el Premio Planeta de 1984. En poco menos de cinco años, una novela negra se hacía, de nuevo, con el premio de mayor proyección comercial en lengua hispana: Crónica sentimental en rojo seguía los pasos de Los mares del sur, de Manuel Vázquez Montalbán.
Siguió trabajando en La Vanguardia, haciendo un poco de todo. Viajes, gastronomía, editoriales, revisión de textos sobre temas militares. Pero en la Redacción se habían sucediendo cambios tecnológicos. Todo o casi todo se hacía a través de ordenadores. Habían desaparecido las máquinas de escribir. Todas menos una. Allí, algo apartada, había una mesa con una Olivetti encima. Algunos visitantes creían que era una pieza de museo, un homenaje a los viejos tiempos, pero le aclaraban que era la que utilizaba diariamente FGL. Y cuando se jubiló, lógicamente, le permitieron que se la llevara consigo.
Y continuó recorriendo con Méndez la realidad y la historia de su ciudad: Barcelona. "Es que Barcelona es como mi madre, porque me vio nacer, y es como mi hija, porque la veo cambiar cada día". Las calles de nuestros padres de 1984, La dama de Cachemira de 1986, Historia de Dios en una esquina de 1991 --¿se imaginan a Méndez en un crucero por el Nilo?-- se entrecruzan con otras historias, siempre urbanas --como Soldados de 1985, Los símbolos de 1987-- y con incursiones en la difícil narrativa deportiva --42 kilómetros de compasión de 1986 o Cine Soledad de 1993--.
Más adelante, se apuntó a proyectos como Negra y criminal, la novela a veinticuatro manos cuya idea surgió en la librería barcelonesa del mismo nombre durante la presentación de El pecado o algo pàrecido, la última aparición de Méndez.
Pero fue l inspector Méndez el que subyugó a los franceses y a los españoles que lo hemos leído. Méndez, que nunca será comisario, que no discute con sus jefes --no importa quiénes sean: simplemente no les hace caso--, que no perdona ni a un violador ni a un ladrón que mata, que todavía cree que el conocimiento del alma humana puede resolver tantos casos como los métodos modernos de los chicos y chicas del CSI de turno. Méndez no es producto de la imaginación sino de la observación de su creador. Tiene rasgos de cuatro policías que FGL conoció. Con uno de ellos, el cuarto policía, hubo una historia de cama por medio. Era un director de la Escuela de Policía. En Taormina (Sicilia) se celebraba un congreso sobre la mafia. Funcionó todo tan bien que todos estaban convencidos de que estaba organizado por la propia mafia. El dirctor de la escuela caminaba desolado por el vestíbulo del hotel: por un error de la organización, no tenía habitación. González Ledesma le ofreció compartir su habitación doble. El otro aceptó. Ledesma aún no sabía que en su habitación solo había una cama de matrimonio. Fue una larga noche hablando de casos y anécdotas.
Con Méndez ganó el Prix Mystère a la mejor novela extranjera y el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón en el 2003. Méndez le permitió escribir la memoria de la ciudad y de sus barrios: "Buscó un bar de jubilados, como los de su barrio, para pedir un coñac barato. Pero nada, ni un local abierto. En la parte alta la gente se jubila en casa". Pero Méndez es un escéptico y González Ledesma es un idealista cargado de dudas ("si los ideales no existieran, la realidad sería absolutamente asquerosa"), que no soporta los "cambios de chaqueta" y cree que el sentido de la dignidad es lo que puede ser el hilo conductor de una vida. Y ya saben,: si oyen a alguien hablar sobre la última novela de FGL, no piensen en términos académicos. No traten de rectificar diciendo que Lorca no escribió novelas. En el mundo de la novela negra, de la novela urbana, de la novela sobre Barcelona, esas siglas identifican a Francisco González Ledesma, el jefe de la banda.

Qué Leer, octubre de 2004